Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

25 de diciembre de 2016

Bajo el suelo

Estaban de visita en casa de su tío. En la casa se respiraba silencio, tristeza, aburrimiento e incluso hosquedad. Fuera, la lluvia repiqueteaba sobre el techo de pizarra, contra las ventanas de cristal y enfangaba los patios recubiertos de una fina capa de césped. Hacía tres días que habían llegado; la lluvia les había precedido, y cualquiera diría que seguiría allí cuando se hubiesen marchado. Steven, hijo de la visita y sobrino del anfitrión, se la pasaba malhumorado y antipático, encerrado en su habitación. Su madre lo había llevado contra su voluntad, y ahora resultaba que la maldita lluvia no lo dejaba salir a divertirse. Era el peor viaje de su vida.
En la casa vivía un primo casi de su misma edad. De niños habían sido muy amigos, siempre que sus padres se hacían visitas recíprocas, se pasaban todo el día, delirantes de alegría. Pero esa vez nada era igual. Quizá fuera el clima, quizá simplemente nadie estaba de humor para juegos, quizá porque su tío se la pasaba encerrado en su estudio malhumorado, quizá porque su perrito Doggy había desaparecido el día de ayer, quizá porque su primo había perdido a su madre hacía un año… tantos quizá. Lo cierto es que en aquella casa nadie tenía ánimos para nada más que cruzarse de brazos y lanzar miradas iracundas a la pared. Steven menos que nadie.
Su tía, hermana de su madre, había desaparecido hacía un año exactamente. No había quedado ni rastros de ella. Alguien dijo poco después de la desaparición que, por las pistas, eran tan probable que la hubiesen raptado los extraterrestres como que estuviese escondida en algún rincón de la casa. Aunque claro, ésta persona seguramente había olvidado que la policía registró cada centímetro de la casa.
Steven, a sus cortos siete años, sabía que esa era la razón del ambiente de pesadumbre en la casa. Aunque no entendía por qué tenía que afectarle a él. O al clima, porque estaba seguro que aquella lluvia melancólica era reflejo de la moral en aquella casa. O a Doggy, porque estaba seguro que el perrito se había escapado porque no soportaba el ambiente en la casa. Aunque no entendía cómo pudo salir, ya que las puertas se mantenían cerradas día y noche.
Total, que allí estaba, acostado en su cama, a las tres de la tarde, con el televisor prendido, viendo Cartoon Network, sin escuchar nada por el repiqueteo de la lluvia, sin atreverse a subir el volumen porque le tenía miedo tanto a su madre como a su tío. Se encontraba aburrido, hastiado de aquella maldita visita, maldecía a cada rato a su primo que no quería jugar ni a los videojuegos, a su madre por haberle llevado contra su voluntad, a su tío porque ni siquiera le dio un abrazo cuando llegó hace tres días, además de que no se dejaba ver casi ni para las comidas.
―Aún no supera lo de mi hermana ―le dijo su madre hacía poco, ante las preguntas de Steven.
Steven se le quedaba mirando las pocas veces que lo veía. Su tío rebullía inquieto ante su mirada de niño, no le miraba a los ojos, y a ratos parecía alguien tratando de ocultar algo (¿Ocultar qué?). Pero se reponía rápido, y entonces sí le miraba a los ojos, y Steven, lleno de pavor, como si hubiese visto un monstruo, a un muerto, o un ser sin alma, salía pitando a su habitación.
Harto de estar echado, decidió ir a vagabundear un rato. Ya el día anterior había recorrido la casa de punta a punta, de rincón a rincón, buscando a Doggy, sin ningún éxito. Decidió probar suerte otra vez, registraría todos los rincones de la casa de nuevo. No podía perder a su perrito, así como así. Si no lo encontraba en la casa, estaba dispuesto a ir a buscarlo a la calle, aún a riesgo de una buena regañina y un resfriado.
Los pasillos de la casa estaban en penumbra, las luces no estaban prendidas y de fuera no llegaba más que una tenue claridad. Sus zapatos metían mucho ruido sobre el piso de madera pulida; no es que fuera un ladrón ni nada parecido, pero se sentía como si estuviera haciendo algo malo. Cuando pasó frente a la puerta del estudio, por la rendija de abajo escapaba un haz de luz. Steven imaginó que su tío saldría en cualquier momento a ver qué ocurría, así que aceleró el paso, metiendo más ruido todavía.
Vagabundeó durante una hora al menos. Llamando en susurros a su mascota, inspeccionando aquellas habitaciones que no estaban cerradas con llave, tratando de no dejar rincón sin pasar revista. No halló al perrito. Tampoco nada fuera de lo normal, pero tenía la impresión de que aquella casa guardaba algún secreto, un secreto que hacía que a Steven se le erizara el vello.
Sus pasos terminaron por llevarlo a la primera planta, hasta la trampilla que daba acceso al sótano.
«Aquí no he revisado», pensó de inmediato. Sintió miedo, mucho miedo. De alguna forma supo que no debería estar allí, sintió el impulso de salir pitando hacia su habitación, pero se contuvo. ¿Y si Doggy estaba allí?
Venció la reticencia que sentía, miró a diestra y siniestra, adelante y atrás, las escaleras que ascendían al segundo piso, nadie, estaba solo. La portilla sólo tenía un pequeño pasador de hierro (en ningún momento se le ocurrió que un perro no podría haber abierto la portezuela), lo corrió, y haciendo acopio de todas sus fuerzas, tiró hacia arriba. Al principio no ocurrió nada, pero Steven siguió tirando, con todas sus fuerzas, los tendones resaltando en su cuello, el rostro rojo como tomate. Ni eso lo hizo darse cuenta que un perrito no habría podido bajar por allí. La trampilla crujió, se tambaleó, después ascendió de golpe, Steven cayó a causa del impulso. Ascendió por el agujero en el suelo una nube de polvo, y el olor a moho y a humedad, a miedo.
Steven se asomó por el borde. Abajo todo estaba oscuro. Pero el niño tenía un teléfono con lamparilla y la encendió, iluminó la negrura de allá abajo, revelando una escalera con toscos escalones de madera y un piso cubierto de polvo. No parecía muy probable que allá abajo estuviera Doggy. Oyó unas fuertes pisadas que se acercaban, y antes de detenerse a pensarlo siquiera un segundo, se metió por el agujero y bajó la trampilla lo más silencioso que pudo, pero la trampilla era muy pesada y sus bracitos no pudieron con el peso; la trampilla se cerró de golpe y esparció otra nube de polvo.
Iluminó los escalones y bajó con tiento, lo demás estaba oscuro. Steven sintió miedo como nunca lo había experimentado. Jamás se había encontrado en un sitio tan oscuro, solitario, hediondo y sucio. A ratos se arrepentía de haber bajado, pero se había propuesto revisar cada rincón de la casa para encontrar a su perro, así que siguió descendiendo. El sótano también era parte de la casa, después de todo.
Alumbró la pared al pie de la escalera, tentó y logró encender el foco del sótano. Éste producía una luz amarillenta, menos clara que la lámpara de su celular. Sin embargo, le produjo un gran alivio, la luz alcanzaba casi a todos los rincones del sótano; ya no tendría que preocuparse de las criaturas que se escondieran entre las sombras.
Aun así, se descubrió con miedo todavía. Tenía la sensación de que no debía estar allí, aunque no lograba comprender el porqué de esa sensación.
«A de ser porque nunca antes he estado en ningún sótano ―se dijo―. Sólo un vistazo en aquel armario y dentro de aquellas cajas, después me voy», se prometió. Debería de haber imaginado que no iba a encontrar a su perro ni en el armario ni en las cajas. Lo que sin ninguna duda no imaginó era lo que en realidad iba a hallar.
Abrió el armario con nerviosismo. Adentro sólo había telas de araña, una rata, y lo que parecían ser trapos viejos. Había una caja de madera a un costado del armario. En ella encontró lo mismo, sólo que allí eran dos las ratas. Había varias cajas más, desperdigadas contra las paredes del sótano. Las abrió todas, y en ninguna halló a Doggy, aunque no le sorprendía. No había nada allí, aparte de las ratas, que pudiera provocar miedo, ni siquiera a un niño de su edad, sin embargo, él tenía mucho miedo. A veces tenía la sensación de que estaba justo donde alguien más quería que estuviera. Pero no saldría de allí hasta que escudriñara todo. 
Ya sólo le quedaba una caja, más grande que las demás. Cuando se acercó vio que no era una caja rústica como las demás, sino un enorme baúl barnizado, con relieves de flores en los bordes. Era un baúl muy bonito y no estaba lleno de polvo como los demás. Era el único limpio y agradable a la vista, pero también era el que más suspicacias generaba en el muchacho. Pareciera tan fuera de lugar. Steven se encontró pensando que era el típico lugar donde alguien guardaría un cadáver.
Se acercó más, despacio, con la casi certeza de que su perro estaría allí dentro, muerto, la boca rígida y las tripas de fuera. Estaba que se orinaba en los calzones, pero era un niño con mucho carácter y siguió acercándose. La tapa tenía unas argollas para un candado, pero no tenía candado. Pesaba tanto como la trampilla de allá arriba, pero logró alzarla merced a un gran esfuerzo. ¡Nada! No supo si estaba feliz de que su perro no estuviese allí o, al contrario. Lo cierto es que el baúl estaba vacío.
Bueno, era hora de regresar. Al menos no lo había atacado ningún monstruo del sótano.
Bajó la tapa de un fuerte golpe. Entonces fue que vio la parte del piso junto al baúl, tenía menos polvo que el resto, y ralladuras, como si hubieran arrastrado algo muy pesado sobre él. «El baúl», comprendió el niño, con su inteligencia de niño. Ya estaba cansado de tanta búsqueda, deseaba ir a darse un baño y echarse a dormir, tratar de olvidar a su perrito. Pero se había prometido registrar todos los rincones de la casa, y debajo del baúl, aún era rincón de la casa.
Empezó a empujar el baúl, creyó que le costaría un gran trabajo. Le costó el doble, pero consiguió deslizarlo. «Otra trampilla ―meditó―. ¿Un segundo sótano?» Sólo había una forma de averiguarlo. Esta trampilla era más pequeña y menos pesada que la otra, de manera que la levantó sin mucho esfuerzo. Volvió a prender la lámpara de su celular y empezó a bajar. Tenía miedo, pero también estaba orgulloso de lo osado que se estaba volviendo.
No eran escalones muy grandes, y no descendieron a un segundo piso del sótano, sino que terminaban en una pequeña cueva en la tierra. «Una bóveda ―comprendió, porque el techo estaba apuntalado con madera―. Un túnel, que se interna en las entrañas de la tierra.»
Por fin se convenció de que no encontraría a su perrito allí. Decidió que ya había fisgoneado bastante, no debería tentar demasiado a la suerte. Era hora de regresar.
Cuando se giró para volver, la luz del teléfono se reflejó en una pequeña pieza de metal. Steven se acercó y recogió la pieza: era la hebilla con el collar de Doggy, al mismo tiempo escuchó algo como un aullido a lo lejos, muy dentro del túnel.
Doggy ―gritó, aterrado y contento a partes iguales.
¿Cómo había llegado su mascota hasta allí? Alumbrando el suelo del túnel, se echó a correr. Tenía miedo, pero sabía que más adelante le esperaba su mejor amigo, el perro que tantas veces le había hecho reír.
Sus pasos resonaban secos en el túnel bajo el suelo, las paredes parecían oprimirle y estaban llenas de sombras por doquier, pero continuó corriendo. Más adelante vio que el túnel se ensanchaba hasta formar una bóveda más grande que la primera. Se detuvo donde terminaba el túnel, había visto algo más adelante, algo que definitivamente no era su perrito.
No querría alumbrar hacia el frente, al otro extremo de la bóveda. Sólo había sido una mirada fugaz, pero había visto un monstruo. Y no era su imaginación, podía escuchar sus gruñidos y ronquidos. ¿Qué hacía?
―Doggy ―llamó, con trémula voz―. Doggy, estás allí. Ven acá, amigo.
El monstruo rugió, dio un grito inhumano y se echó a correr con rápidas pisadas. Antes de que Steven tuviera tiempo de echarse a correr, se escuchó el tintineo de una cadena, y el golpe sordo del monstruo al caer tras ser regresado por el tirón de la cadena.
«Está amarrado», comprendió Steven, sintiéndose más seguro.
Descubrió un interruptor de luz sobre una plancha de madera y no dudó en accionarlo. Ahora que el monstruo estaba amarrado, quería ver de qué se trataba. Una luz brillante iluminó la instancia y Steven dio un grito aterrado. Sujeta por el tobillo y anclada a una argolla de metal, a su vez insertada en un pilar de concreto, se hallaba su tía desaparecida.
―Tía, ¿eres tú? ―preguntó tras recuperarse del susto inicial.
La mujer, zarrapastrosa, llena de cortes, cicatrices y costras, lo miró con ojos delirantes, cargados de locura, y soltó un gruñido. Intentó abalanzarse sobre él, pero las cadenas la retuvieron de nuevo.
A sus pies había huesos. Cientos de huesos, y un poco más allá, casi oculto por la sombra de la que una vez fue su tía, el cadáver a medio devorar de Doggy. Steven volvió a gritar, las lágrimas derramándose por sus mejillas. Se giró para regresar a la casa e informar de lo que había descubierto, pero alguien le tapaba la salida. Vio algo oscuro ir contra su cabeza, después todo fue negro.
Cuando despertó tenía un grillete en uno de los tobillos, la cadena estaba sujeta a un pilar de concreto. La mujer intentaba alcanzarlo, pero estaban lo suficientemente separados para que no lograran tocarse aún si estiraran las manos. Su tío lo observaba desde la comodidad de un banquito.
Steven se echó a gritar. Gritó, gritó y gritó hasta que quedó afónico.
―De nada sirve gritar ―dijo su tío. Todo suficiencia, complacido―. Estamos muy profundo en el suelo. Tú no tenías que acabar aquí, sólo ella ―hizo un gesto hacia su esposa―. Pero aquí estás y aquí te quedarás. Allí tienes algo de comer.
Le tiró una pierna de su vieja mascota. Steven retrocedió asqueado, llorando, gritando, implorando. Su tío apagó las luces y se fue. Y Steven sintió todo el peso de la oscuridad encima.
     Nadie lo fue a rescatar. Durante cuatro días se negó a comer. Pero al quinto, la pierna de Doggy le pareció un manjar, a pesar de que ya hedía.

6 comentarios:

  1. Excelente cuento como todos los que publicas en este blog, no entraba hace ya varios meses al blog pero me desatrasé. Felices fiestas Manuel y que tengas un excelente 2017 lleno de éxitos. Felicidades

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    1. Gracias amigo. Pues igual no te has perdido mucho, yo también he tenido algo abandonado el blog. Pero acá estoy, intentando retomar ritmo. Gracias por tus buenos deseos y éxitos y bendiciones en el nuevo año que se avecina.

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  2. Muy bueno. Pobre niño. ...la curiosidad le pudo y acabo fatal.Feliz 2017.

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    1. Gracias Silvia. Igual para ti, feliz 2017. La curiosidad mató al gato, ¿no? ¿O sería al perro?

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