Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

23 de noviembre de 2016

Mi hermano Poulder (Primera parte)

Poulder me ha asegurado muchas veces que es ateo. Es mi hermano mayor, y como tal, no deja de tener sentido lo que dice. A veces pienso que tiene razón, y casi me convence, pero entonces pienso en la vastedad del universo, en el sinfín de cosas portentosas e inexplicables, en ese afán de la gente por buscar ayuda en algo más allá, en ese vacío que a veces sólo llenas rezando a algo que ni siquiera tienes la certeza de si es real o imaginario. Entonces hago oídos sordos a sus argumentos. No es que crea en ese Dios de los cristianos, o el de los musulmanes, o en algún otro al que la gente le ha puesto rostro y nombre, pero estoy casi seguro de que si estamos aquí es porque algo o alguien quiere que estemos.
Me parece que divago mucho.
El punto es que Poulder no cree en ningún dios, de la misma manera que asegura no creer en nada que escape a la comprensión humana. ¿La religión?, un invento para darle esperanza al proletariado y mantenerla tranquila. ¿Los milagros que ocurren entre los creyentes?, farsas para hacer creer a más gente estúpida, y algunas son dolencias tan irrelevantes que basta el efecto placebo. ¿Gente endemoniada?, más artimañas, y algunos locos. ¿Sucesos misteriosos, visiones de fantasmas?, imaginación de la gente en el mejor de los casos, y mentiras descaradas por un poco de atención, en otros.
Lo cierto es que Poulder no cree en cosas que no sean palpables o no sean demostrables mediante la ciencia. No es que él piense que no son reales, o no quiera creer, sino que, en verdad cree que nada de eso es real.
Tal es su descreencia que desde hace tres años se viene empeñando en cambiar mi pensamiento en uno igual al suyo. Al principio me pareció divertido, y una forma muy singular de demostrarme que no soy un cobarde, pero desde su primer intento todo ha venido subiendo de nivel, de audacia, de atrevimiento, y francamente, cada vez estoy más aterrado, y lo que es peor, empiezo a creer que lleva razón.
Cuando inició con su proyecto tenía yo quince años, y él diecinueve, ya una persona adulta. Todo dio inicio una noche de Halloween.
―Olvídate de los dulces ―dijo ese 31 de octubre entrando a mi habitación. Precisamente yo estaba preparando mi disfraz para salir con mis amigos―. Esta noche invocaremos fantasmas.
―¿Qué? ¿Por qué? ―recuerdo haber preguntado como un bobo.
―Pero vamos, cambia esa cara ―dijo, apaciguador―. No va a ocurrir nada, te lo digo yo que sé que esas cosas no existen.
―¿Entonces para qué invocar algo en lo que no crees?
―No, hermanito, no es que no crea, tengo la certeza de que no existen, que es diferente.
―Pero no respondiste mi pregunta.
―Muy fácil, para demostrarte que lo que digo es verdad. Empezaremos con los fantasmas y los espíritus, después, quién sabe.
Jamás creí que ese “quién sabe” pudiera transformarse en algo oscuro y aterrador.