Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

4 de octubre de 2016

Lo que las lluvias trajeron

La temporada de lluvias es de lejos la época que más aborrezco del año. Más de una vez me ha jugado malas pasadas, en las cuales los míos y yo hemos tenido que abandonar nuestro hogar para ir a casa de un pariente, en el mejor de los casos, y a un albergue, en el peor. La razón es sencilla, vivimos en terreno propicio a las inundaciones. No siempre fue así, de lo contrario no habría invertido mis escasos ahorros en tal propiedad. A un costado del terreno en el que vivo, hay un bajío, una hondonada natural que en lo más crudo del invierno siempre se llenaba de agua, pero sin perjudicar los terrenos circundantes. Esto hasta algunos años atrás. Muchos dicen que es por los cambios climáticos, en parte es cierto: ahora los veranos son más secos y cálidos y los inviernos más crudos.
Yo me inclino a creer que es por mi mala estrella.
Sí, por mi mala fortuna. ¡En mi vida he sido un tipo con suerte! Mi padre murió cuando yo tenía catorce años y mi hermano el mayor, que por demás está decir que lo odio con todas mis fuerzas, vendió la parcela de tierra y se fugó con la joven mujer del vecino y nuestro dinero. Desde entonces tuve que partirme el lomo de sol a sol trabajando para otros, apenas ganando una miseria. Pero conseguí ahorrar algo y compré el terreno en el que ahora vivo. Que mi mala estrella se encargó de convertir en tierra propicia a inundaciones. 
Soy un tipo calmado, y aunque nunca he asistido a una iglesia, tampoco me han visto en una cantina y demás lugares de esta calaña. Pero a pesar de ello siempre me salen problemas con toda suerte de tipos, donde en el mejor de los casos consigo un ojo morado, en el peor, que me corran de algún trabajo en el que por fin empezaba a despuntar. Fui feliz un tiempo cuando me junté con Ana, una joven preciosa codiciada por muchos pero que me había elegido a mí. Hasta que se fugó con un vecino, el mismo al que mi hermano le robó la mujer (razón por la que lo odio más), y me dejó con dos niños de tres y dos años.
Que me aspen si no soy un tipo con mala estrella.
Y ahora empieza el invierno de nuevo. Lluvias, truenos, relámpagos, vientos fuertes, la luz que se va y una lámina vieja que no deja de gotear. Se los aseguro que la perspectiva es para entristecer a cualquiera. Por suerte mis hijos, que ya tienen siete y seis años, ya saben nadar como lagartos, por lo que no se me ahogarán si la inundación nos sorprende mientras dormimos. Parco consuelo para un tipo como yo.
Para mi sorpresa, el primer mes de lluvias transcurre de forma atípica. Lo que antes eran lluvias, si bien no torrenciales, sí continuas, ahora son esporádicas, a veces limitándose a finas lloviznas. Sonrío como bobo todas las mañanas al quitar la tranca de la puerta y ver que en el bajío hay poca agua acumulada. Quizá después de todo este sea un año de esos en los que no tengo que salir corriendo como pollo al que se le mete un tacuazín en el gallinero. Pero en el fondo no me confío. Ya lo saben, soy un tipo con mala suerte.
Y es como si la hubiera llamado. Mi mala estrella siempre aparece cuando parece que todo irá bien.
Todo empieza un lunes de finales de agosto. Ando arando el campo de un amigo de mi difunto padre para ganar el sustento diario, cuando empieza a lloviznar. Al principio le resto importancia al asunto, pienso que pasará pronto, y sigo trabajando. El cielo está gris en esos momentos, pero al rato, a una velocidad pasmosa, casi dramática, densos nubarrones negros empiezan a tapizarlo y se dejan oír los primeros retumbos de los truenos. Una tristeza abrumadora me empieza a poseer y la certeza de que se viene una tormenta de las buenas empieza a hacerse realidad. Sufro escalofríos, sudo de miedo, impotencia y cólera y empiezo a maldecir mentalmente. Y con un retumbo lejano, la tormenta se desata sobre mi aturdida cabeza.
Imposible seguir trabajando. Cojo mis herramientas y busco mi vehículo para regresar a casa; una vieja bicicleta que me ha acompañado desde los tiempos en que era soltero. Regreso a casa llorando, de modo que mi visión es borrosa, sumado a la oscuridad que las negras nubes proyectan sobre la tierra, hagan de cuentas que casi no veía nada.
De regreso en la aldea paso en casa de mi madre para recoger a mis hijos, quienes con temor se aferran a las faldas de su abuela. Me quedo en el corredor, chorreando agua, tiritando de frío, pensando en lo rápido que se ha de estar llenando el bajío junto a mi casa. Mi progenitora me ofrece una taza de café, esperando con ello hacer que me quede hasta que la tormenta se diluya. La acepto y me quedo, pero no estoy tranquilo, apenas pruebo la reconfortante bebida.
Cuando por fin cesa la tormenta, la humeante taza de café está casi tan fría como una lápida. La dejo en el pasamanos del corredor y me subo a la bicicleta para ir a mi casa.
―Es mejor que se queden los niños ―digo a mi madre―. Vengo por ellos al rato si la casa es habitable.
Mi madre sólo asiente.
El camino de tierra presenta al menos diez centímetros de agua, de modo que la bicicleta crea pequeñas olas a mi paso. Desconsolado pienso que toda esa agua irá a parar a la cuneta junto a mi casa.
Cuando llego soy recibido por un coro de ranas y suspiro aliviado al ver que el hoyo sólo está lleno en tres cuartas partes. Sé que crecerá un poco aún, pero que si no vuelve a llover no afectará la casa. Muy a mí pesar sonrío con amargura, y no puedo evitar pensar en la madre de mis hijos, y en lo qué hará con el imbécil que me la quitó.
Observo el cielo, que sigue gris, consiguiendo que me sienta aún más desdichado. Sé que es muy probable que vuelva a llover, y entonces sí, el agua alcanzará la casa. Decido que es mejor que mis pequeños se queden en casa de su abuela, no me apetece salir corriendo con ellos a media noche.
De modo que me quedo en casa, solo, triste y apesadumbrado. Me dan ganas de llorar e incluso de quitarme la vida, y cuando en la noche empieza a llover de nuevo, mi desconsuelo es total. Pero la lluvia es débil, aunque constante, y cuando a eso de los diez u once de la noche el sueño me domina, me decido por la cama, total, si el agua penetra en la casa, me despertará la humedad.
Pero lo que me despierta no es el agua, sino unos débiles golpes y chapoteos muy cerca de mi cama. Provienen de fuera, del lado que queda la hondonada. De inmediato mi corazón se cierra en un puño y mis sentidos se ponen alerta, tratando de identificar la fuente del sonido.
¡Toc! ¡Plach! Pausa. ¡Toc! ¡Plach! De nuevo.
Concluyo que el agua ya ha llegado hasta la pared de la casa. Pero qué produce el ruido es algo que escapa a mi mente. Quizá algún tronco, una caja o algún objeto que el agua hace chocar con otro. ¿Pero y el chapoteo? Además, me doy cuenta, no se oye el canto de ninguna rana. Todo se me hace raro, y el miedo me paraliza en la cama.
Permanezco largo rato en el lecho, inmóvil, aterrado, sin saber qué hacer, y de inmediato mi mente va a las cosas sobrenaturales, monstruos y seres de leyenda, con lo que sólo consigo aterrarme más.
Me debato interiormente sobre qué hacer: ¿Enchamarrarme bien y obviar lo de fuera? O ¿Levantarme e ir a averiguar lo que ocurre? Tras unos minutos me decido por lo segundo.
Tomo la linterna de mano y quito la tranca de la puerta con reverencia. Fuera cae una fina llovizna y el suelo está encharcado. La puerta queda al lado contrario a la laguna, de modo que empiezo a rodear la casa para averiguar la fuente de aquellos ruidos. Tengo miedo y todo el tiempo temo que veré algún monstruo junto a la pared, aunque mi mente consciente me repite que ha de tratarse de algún objeto que el agua hace chocar con alguna otra cosa.  
Me doy cuenta muy rápido que el agua ha desbordado la laguna y que esta lame la pared de fondo de mi casa, otra lluvia y mi casa se inundará.
Llego a la esquina y respiro hondo antes de asomarme. El cocodrilo da un último golpe con la cola a la pared de la casa y se hunde con un fuerte chapoteo. Casi me caigo de culo y corro alejándome lo más que puedo del agua. «¡Un lagarto!» pienso asombrado y asustado a la vez. Todo el tiempo he tenido un cocodrilo junto a mi cama, golpeando la pared, chapoteando, quizá oliéndome, intentado abrir un hueco para cazarme.
Alumbro la superficie del agua, temeroso de que la criatura se deslice hacia mí. Lo único que veo es calma, y la llovizna que empaña un poco mi visión. Si vuelve a llover el agua penetrará en la casa y me encontraré a merced de aquél reptil. De modo que resuelvo irme a casa de mi madre.
¡Un cocodrilo! No dejo de pensar en ello mientras pedaleo por el encharcado camino. ¡Un cocodrilo junto a mi casa! ¡Joder! ¡Faltaba más!

Por la mañana busco a uno de mis pocos amigos, aficionado a la caza y a la pesca, y le comento el incidente de la noche anterior.
―¿Un cocodrilo? ―Repite asombrado.
―Sí.
―¿Estás seguro?
―Claro que sí.
―¿Completamente seguro?
―Que sí.
―Perfecto. Nos llevamos mis armas y esta misma tarde lo cazamos.
―Esperaba que dijeras eso ―sonrío aliviado.
A media tarde estamos apostados en el patio de mi casa. El agua sigue lamiendo la pared de fondo. Por suerte no ha vuelto a llover. Y de alguna manera aquel cambio en mi rutina me tiene con diferente humor, casi podría decir que estoy emocionado. Por una vez lo de las lluvias no me ha traído sólo pesadumbre. Ya quiero cazar aquel reptilillo.
La tarde pasa lenta y monótona. No se ve nada fuera de lo normal en el agua, excepto las pequeñas ondas que algún insecto causa al posarse en su superficie. Empiezo a plantearme si en realidad había visto algo anoche. O quizá la criatura se marchó a otra parte. Pero nadie dice nada y continuamos vigilando.
Poco antes del crepúsculo aparece mi hijo mayor. Al preguntarle que qué hace allí, responde que ha oído a la abuela comentar que ando cazando lagartos y que él quiere ver. Interrogo con la mirada a mi compañero, él se encoge de hombros, de modo que le digo a mi pequeño que puede quedarse, pero que se mantenga a una distancia prudente y en silencio.
La tarde da paso a la noche, una noche clara y estrellada que pronto es adornada por un magnifico cuarto creciente y la superficie del agua se ve salpicada de halos argénteos. Sin embargo, no hay rastros del cocodrilo. Conforme pasan las horas me convenzo más y más que en el agua no hay nada, lo de la noche anterior, quizá después de todo, sólo fueron alucinaciones.
A eso de las diez de la noche le echo un vistazo a mi hijo. Está unos diez metros atrás nuestro, recostado en el tronco de un árbol de mangos, cabecea por el sueño. Pienso que sería mejor desistir de aquella empresa. Mi hijo necesita dormir sus diez horas. Estoy a punto de decirle a mi compañero sobre mi idea, cuando en la sombra que proyectan las ramas del mango, veo una sombra aún más negra. Se me congela la respiración y un terror como nunca antes he sentido me invade.   
La sombra se mueve sobre dos piernas, pero si de algo estoy seguro es que no se trata de algo humano. El silencio parece condensarse, el tiempo detenerse y una sensación de opresión se cierne en el lugar. Mi compañero lo siente, porque deja de observar el agua para ver hacia donde yo miro, y aunque no le veo el rostro, sé que también se aterra.
La sombra continúa avanzando. Ya se ha dado cuenta que lo observamos porque acelera sus movimientos, movimientos que lo llevan hacia mi niño.
Grito aterrado y apresto la escopeta que descansa en mis rodillas. Mi grito despabila a mi compañero que también prepara su arma; y a mi hijo que se echa a llorar.
―No mires atrás ―le grito.
Pero sólo consigo que en efecto haga lo que le pedí no hacer. Ve al monstruo y grita aterrado. La criatura se lanza sobre él. Mi compañero y yo disparamos casi al unísono. Ambos damos en el blanco, la sombra se tambalea. Mi hijo aprovecha para echarse a correr hacia mí. Aún tenemos un cartucho en la recámara, volvemos a disparar. De nuevo en el blanco. La sombra se tambalea más fuerte. Creemos que caerá, pero no lo hace. Se da la vuelta y echa a correr hacia el agua, sus pies (los imagino membranosos y palmeados) chapotean en el terreno lodoso.
No hago ademán por recargar la escopeta. Un ser que no cayó con cuatro disparos, no caerá con uno más.
Lo logro ver a la luz de la luna, su espalda es escamosa y similar a la de un lagarto, pero no logro apreciar más porque se zambulle en el agua, dejando en el suelo una estela de sangre morada.
¡Así que no era un cocodrilo!
Nos marchamos de allí de inmediato, asustados, y aquella maldita casa jamás vuelve a ser mi hogar. 

1 comentario:

  1. Qué mala suerte del personaje primero se inunda, luego aparece el reptil y luego que sé yo. Muy entretenido el relato por acá en Bogotá está lloviendo mucho entonces me llamó mucha la atención tu relato😁👍

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