Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

7 de octubre de 2016

El refrigerador fantasma

Camino a la escuela, Benny pasa por un terreno abandonado. El predio en cuestión no tiene nada de especial, a no ser por ocupar toda una manzana, por estar lleno de maleza y árboles viejos, y porque muchos vecinos lo han elegido como el basurero del barrio. En pocas palabras, un sitio por el que Benny no sentía ninguna curiosidad.
Hasta que una mañana de tradicional marcha a la escuela, descubrió bajo el ramaje de un amate, un refrigerador de regular tamaño. El aparato en cuestión era color crema (aunque Benny supuso que debió haber sido blanco), de una sola puerta, descascarillada y con manchas de óxido en los bordes en lento avance hacia el centro. Benny se preguntó quién lo pudo dejar allí. También sintió una especie de atracción, curiosidad por ir a verlo. Pero eso lo podía hacer tarde así que decidió satisfacer su curiosidad a la vuelta de la escuela.
Benny sólo tenía ocho años, así que como es normal en un chiquillo de esa edad, se lo contó a sus amigos más cercanos, y a la hora de la salida, ya no era solo Benny quien fue al terreno abandonado para mirar el viejo refrigerador, sino que también lo acompañaban Raúl, Daniel y José.
―No le veo nada especial ―dijo Raúl mientras miraban el aparato desde la calle―. Es sólo un cacharro viejo.
―No, no lo es ―replicó José, con aire misterioso. José era un año mayor que el resto y el más intrépido de todos. Se le acababa de ocurrir una fenomenal idea―. Yo reconozco ese refrigerador ―continuó con un tono de voz que atraía la atención de los demás chicos―, lo vi en un recorte de periódico hace no mucho. Mi papá me lo quitó antes de que pudiera terminar de leer, pero algo entendí.
―¿Qué fue lo que leíste? ―Preguntó Benny, expectante.
―Que es un refrigerador embrujado.
―¿Embrujado?
―Sí. Leí que causó muchos estragos en un pueblo vecino. No sé a qué se referían con estragos, pero les aseguro que no fue nada bueno.
Benny escuchó las palabras con temor. Y cuando se volvió para mirar el refrigerador, por un momento vio que este se abría y una mano huesuda asomaba por el borde. Palideció y parpadeó. Al instante siguiente el cacharro seguía tan inmóvil como siempre.
―Mentiras ―dijo Raúl―. Los fantasmas y cosas embrujadas no existen.
―Y menos en cosas tan sin chiste como esas ―apuntó Daniel.
―Quizá se trate de otro refrigerador ―dijo Benny―, no del embrujado.
―Pues entonces hay que comprobarlo ―les retó José.
―Adelante ―dijo Raúl. Era el más serio y formal de los tres y fue el que encabezó la marcha.
Benny era el tercero, y tenía miedo, mucho miedo. Conforme se acercaban le parecía que el refrigerador centraba su atención en él, toda su malignidad enfocada en su persona, como si supiera que era el que más miedo tenía. Y a cada paso se le asemejaba más grande y tenebroso. Casi veía la puerta abrirse y a un monstruo abalanzarse sobre ellos.
Pero cuando Raúl abrió el refrigerador, lo único que salió fue polvo, humedad y un olor a viejo y óxido.
―¡Ja! ―dijo Raúl―, he allí tu refrigerador embrujado.
Benny suspiró aliviado.
―¿Qué esperabas? ―inquirió José― Es de tarde. Cuando has visto que un fantasma salga de día. Les reto a venir por la noche. Si no sale nada es que el periódico decía patrañas o es el refrigerador equivocado como propuso Benny.

4 de octubre de 2016

Lo que las lluvias trajeron

La temporada de lluvias es de lejos la época que más aborrezco del año. Más de una vez me ha jugado malas pasadas, en las cuales los míos y yo hemos tenido que abandonar nuestro hogar para ir a casa de un pariente, en el mejor de los casos, y a un albergue, en el peor. La razón es sencilla, vivimos en terreno propicio a las inundaciones. No siempre fue así, de lo contrario no habría invertido mis escasos ahorros en tal propiedad. A un costado del terreno en el que vivo, hay un bajío, una hondonada natural que en lo más crudo del invierno siempre se llenaba de agua, pero sin perjudicar los terrenos circundantes. Esto hasta algunos años atrás. Muchos dicen que es por los cambios climáticos, en parte es cierto: ahora los veranos son más secos y cálidos y los inviernos más crudos.
Yo me inclino a creer que es por mi mala estrella.
Sí, por mi mala fortuna. ¡En mi vida he sido un tipo con suerte! Mi padre murió cuando yo tenía catorce años y mi hermano el mayor, que por demás está decir que lo odio con todas mis fuerzas, vendió la parcela de tierra y se fugó con la joven mujer del vecino y nuestro dinero. Desde entonces tuve que partirme el lomo de sol a sol trabajando para otros, apenas ganando una miseria. Pero conseguí ahorrar algo y compré el terreno en el que ahora vivo. Que mi mala estrella se encargó de convertir en tierra propicia a inundaciones. 
Soy un tipo calmado, y aunque nunca he asistido a una iglesia, tampoco me han visto en una cantina y demás lugares de esta calaña. Pero a pesar de ello siempre me salen problemas con toda suerte de tipos, donde en el mejor de los casos consigo un ojo morado, en el peor, que me corran de algún trabajo en el que por fin empezaba a despuntar. Fui feliz un tiempo cuando me junté con Ana, una joven preciosa codiciada por muchos pero que me había elegido a mí. Hasta que se fugó con un vecino, el mismo al que mi hermano le robó la mujer (razón por la que lo odio más), y me dejó con dos niños de tres y dos años.
Que me aspen si no soy un tipo con mala estrella.
Y ahora empieza el invierno de nuevo. Lluvias, truenos, relámpagos, vientos fuertes, la luz que se va y una lámina vieja que no deja de gotear. Se los aseguro que la perspectiva es para entristecer a cualquiera. Por suerte mis hijos, que ya tienen siete y seis años, ya saben nadar como lagartos, por lo que no se me ahogarán si la inundación nos sorprende mientras dormimos. Parco consuelo para un tipo como yo.
Para mi sorpresa, el primer mes de lluvias transcurre de forma atípica. Lo que antes eran lluvias, si bien no torrenciales, sí continuas, ahora son esporádicas, a veces limitándose a finas lloviznas. Sonrío como bobo todas las mañanas al quitar la tranca de la puerta y ver que en el bajío hay poca agua acumulada. Quizá después de todo este sea un año de esos en los que no tengo que salir corriendo como pollo al que se le mete un tacuazín en el gallinero. Pero en el fondo no me confío. Ya lo saben, soy un tipo con mala suerte.
Y es como si la hubiera llamado. Mi mala estrella siempre aparece cuando parece que todo irá bien.
Todo empieza un lunes de finales de agosto. Ando arando el campo de un amigo de mi difunto padre para ganar el sustento diario, cuando empieza a lloviznar. Al principio le resto importancia al asunto, pienso que pasará pronto, y sigo trabajando. El cielo está gris en esos momentos, pero al rato, a una velocidad pasmosa, casi dramática, densos nubarrones negros empiezan a tapizarlo y se dejan oír los primeros retumbos de los truenos. Una tristeza abrumadora me empieza a poseer y la certeza de que se viene una tormenta de las buenas empieza a hacerse realidad. Sufro escalofríos, sudo de miedo, impotencia y cólera y empiezo a maldecir mentalmente. Y con un retumbo lejano, la tormenta se desata sobre mi aturdida cabeza.