Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

22 de agosto de 2016

Lo más querido(1)

Andy jamás imaginó el embrollo en el que se encontraría liado cuando un muchachito de cabello castaño entró en el salón de clases. Parecía un niño normal, tímido y asustado por su primer día de clases en una escuela distinta. Andy lo hizo pasar al frente, le dijo que lo estaba esperando y que por favor se presentara con sus compañeros. Con voz trémula y baja dijo llamarse Daniel Solórzano, tenía ocho años y se habían mudado porque su madre ya no quería vivir en su antigua casa.
Pasada una semana, Andy no notaba ningún cambio en el chico, todo lo contrario, parecía más retraído, y hasta se mostraba nervioso, casi asustado. No había hecho ninguna amistad y sus esfuerzos por socializar eran inexistentes. Incluso respondía con miedo cuando él le preguntaba algo sobre la clase. Andy decidió que él chico necesitaba un amigo. Quizá él podría ser ese amigo, al menos mientras le ayudaba a integrarse con el resto de sus compañeros.
De manera que un lunes le pidió que se quedara unos minutos después de que el resto de la clase se hubo marchado. Daniel se quedó sentado en su escritorio, inmóvil, la vista baja, como si esperara una reprimenda, no, como si hubiese sido reprendido. Andy se le acercó con una gran sonrisa, intentando tranquilizarlo, pero el muchacho no alzaba la vista de la madera del pupitre. Andy haló un escritorio y se sentó cerca del muchachito.
No voy a reprenderte le dijo, poniendo una mano sobre su hombro. Sólo quería saber si estabas bien.
El pequeño levantó su rostro bajo la mata de pelo castaño y lo miró con ojos grandes y vidriosos, como si quisiese llorar.
No me pasa nada dijo el niño, su voz trémula.
Eso espero. Pero si ocurre algo, no dudes en acudir a mí. Soy tu nuevo profesor, es cierto, pero también puedo ser tu nuevo amigo.
Lo tendré en cuenta aunque su voz era débil, como asustada, sus palabras dejaban bien claro que no era ningún niño tonto.
¿Tenías muchos amigos en tu antigua escuela? le preguntó.
El niño sonrió cuando gratos recuerdos pasearon por su mente.
Sí. Todos los del salón eran mis amigos… su rostro se ensombreció, bueno, hasta que mi padre murió Andy notó que al mencionar a su padre su voz sonaba más asustada que triste.
¿Y hace cuanto fue eso?
Hace dos semanas.
«¡Oh! eso no lo esperaba. Es por eso que el pequeño siempre está tan taciturno», pensó.
Lamento lo de tu padre dijo. No sabía cómo darle el pésame a un infante. Consuélate imaginando que él ahora está en un lugar mejor.
El niño le dirigió una mirada que Andy no llegó a descifrar del todo, una mirada que de alguna manera lo azoró.
Ya pasará… alcanzó a decir antes de que la mujer entrara en el salón como una tromba.
¡Dany! su voz era chillona ¿Qué haces aquí? ¡Me tenías preocupada! ¡Llevo largo rato esperándote fuera!
¡Mamá! Dany también se había llevado un buen susto Sólo conversaba con el profesor, me pidió que me quedara.
¿Usted? ¿Con qué derecho se atreve a retener a mi hijo? ¿No se puso a pensar en lo preocupada que me pondría? ¿Es que usted…?
Lo siento dijo Andy. No tenía el menor deseo de disculparse, pero sabía que, o era eso o la desquiciada señora seguiría gritando. No pretendía preocuparla señora. Sólo quería charlar unos minutos con su hijo.
Es cierto mamá. La intervención del pequeño pareció convencer a la señora. Él es el profesor Andy, dice que quiere ser mi amigo. Y no estés molesta por el retraso, no fueron más de cinco minutos.
¿Cinco minutos?
Así fue, señora.
Pues a mí me pareció una hora. Oh, lo siento, debe ser la tensión acumulada. Tiene que entenderme, acabo de perder a mi marido, y mi Dany está… se arrepintió de lo que iba a decir, es tan frágil corrigió, entienda que me preocupo por él.
Siento mucho lo de su esposo le consoló Andy. Y es algo que me gustaría charlar con usted. ¿Cómo es posible que recién me entere de la muerte del padre de uno de mis alumnos? Y que sea nuevo no es excusa.
¿Tiene usted, esposa?
No respondió Andy al instante, sin darse cuenta de que la pregunta no iba con lo que hablaban.
Entonces no representa ningún problema que lo invite a cenar con nosotros.
¿Cenar? preguntó Andy como un idiota, la proposición lo tomó por sorpresa.
Sí. Tanto a Dany como a mí nos hace falta con quien platicar. No han sido días fáciles, además no conocemos a nadie aquí.
¿Y cómo es que se mudaron a este vecindario entonces?
De eso y más platicaremos en la cena. Le esperamos a las ocho, en… le dio la dirección y se marchó con un adiós y halando a Daniel de la mano.
Andy se quedó en medio del salón como bobo. ¿Qué había ocurrido allí? ¿Es que ahora estaba comprometido a ir a una cena? Sí, eso era. Pero todo había ocurrido de manera extraña. Esa señora era extraña. «Y guapa», dijo su subconsciente. Y muy cierto. Aunque lo de señora era por respeto, Andy había visto a mujeres mucho más grandes ser llamadas señoritas. La mamá de Daniel aparentaba unos veinticinco años y vestía con falda y chaqueta, elegantemente. Era alta, de piel clara y una frondosa cabellera negra le enmarcaba un rostro hermoso, de grandes ojos, nariz respingona y labios gruesos y carnosos. Solo unas ojeras ensombrecían su belleza.
«¿Y qué hago pensando en lo hermosa que es esa señora? se reprendió mentalmente. Vestida de manera elegante, pero bien que entró gritando en el salón y ni siquiera me dijo su nombre.» Con todo sabía que a las ocho estaría tocando a la puerta de la casa que le habían indicado.

Fue de esa manera que empezaron las visitas de Andy a casa de la señora Eva, que fue como dijo llamarse esa primera noche, redimiéndose de su falta de educación en el salón de clases. Una casa muy elegante y espaciosa, por cierto. No cabía duda de que el marido de Eva fue en vida una persona muy acaudalada. Y elegante y galante. Porque la señora Eva lo era. Cuando Andy iba de visita para cenar, siempre encontraba a la señora vestida de traje o usando vaporosos vestidos de seda y terciopelo. El pequeño no le iba a la saga, parecía que lo más rústico que se ponía era el uniforme escolar. Y, aunque Andy se ponía sus mejores ropas, siempre se sentía burdo ante tanta opulencia. La señora Eva había estudiado gastronomía algunos años atrás, de manera que las comidas siempre eran a pedir de boca.
A pesar de todas las visitas, las ricas cenas y las muchas charlas, Andy no conseguía avanzar. Dany, aunque bien vestido y adorado por su madre, seguía sin mostrar progresos de actitud. Por mucho que Andy le instaba a entablar amistades con sus compañeros, el niño apenas lo intentaba. Peor aún, día a día se ensimismaba más. Andy le preguntó a su madre si era por la diferencia de clases (porque era muy claro que Andy pertenecía a una clase social superior a la de sus compañeros de salón), y ésta respondió con un escueto “no somos de esa clase de personas”. Podría atribuírsele su retraimiento a la muerte del padre, pero, pasado un mes, hasta el niño más apegado habría dejado de extrañar, aunque fuera un poco, al difunto.
Hasta que un día Andy se convenció, tras darle muchas vueltas al asunto, que tal vez el asunto no era por la muerte del padre. Quizá había otra razón. Ya iba bien avanzado en ganarse la confianza del niño, así que le planteó el problema sin mayor preámbulo, un día después de clases.
¿Qué te ocurre? le preguntó. Ya han pasado varias semanas y te noto igual. Estás cansado y tienes miedo. ¿A qué le temes, Dany?, ¿Ocurre algo en tú casa? ¿Ocurrió algo en el lugar donde vivías, además de la muerte de tu padre?
¿Puedo serte sincero, Andy? Preguntó el niño, ¿esperanzado?
Por supuesto que sí.
Mi padre… le temó a él… me dice cosas y quiere hacerme daño…
La madre del chico entró en el salón y llamó al pequeño. Se marchó sin dirigirle la palabra a Andy, quien por su parte se quedó petrificado. ¡Qué cosas decía ese niño! Lo peor de todo, parte del miedo con que lo decía, le había calado a Andy. El chico parecía tan sincero. Decidió interrogar de nuevo al niño el siguiente día. El chico se presentó a clases, pero no quiso hablar sobre el tema. Lo único que dijo fue que su madre se lo había prohibido.
¿Puedes decirme el nombre de tu padre? le preguntó por último, ocurriéndosele nuevas ideas.
―Carlos, Carlos Solórzano.
Apenas salió de clases, Andy buscó un ordenador con conexión a internet y tecleó el nombre de Carlos Solórzano.
“Magnate de negocios muere apuñalado a la puerta de su casa”, era el titular de un periódico de reconocida reputación. Andy hizo clic en el enlace y leyó.
Según aquél periódico, el padre de Dany había muerto de siete puñaladas al bajar de su auto para abrir la verja de su casa. Se desconocían los motivos, aunque se alegaba venganza personal. No había mucho de raro en ello, excepto… abajo había una foto del difunto, un señor de traje de cuarenta y tantos años, de cabello negro con algunos indicios grises. «No castaño», ni la madre ni el padre tenían el color de pelo de Dany.
Andy se preguntó que significaba aquello.

Continuará…

1 comentario:

  1. Esta genial tu relato mucho suspenso y terror y la manera de describir las situaciones muy psicológica

    ResponderEliminar