Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

25 de agosto de 2016

Lo más querido (conclusión)

Impelido quién sabe por qué absurdo, esa noche decidió presentarse en casa de la viuda, sin invitación. Intuía que allí había algo más, algo que tenía al chico asustado. Y aunque no era alguien curioso, había cogido cierto afecto a Dany. Quería ayudar de todo corazón.
A las ocho de la noche se encontraba tocando el timbre de la imponente mansión. Tuvo que esperar una eternidad hasta que Eva fue a abrirle. Era curioso que hasta ese día no hubiera visto ningún empleado en la casa, aunque suponía que sólo los había de día. La señora de la casa parecía somnolienta, y en efecto, seguramente estaba durmiendo, porque vestía una bata de etéreo raso que insinuaba muy bien las curvas de su cuerpo. Al ver a Andy pareció volver de un letargo, ya que al instante siguiente parecía todo lo despierta que cabe desear.
―Profesor, Andy ―dijo a modo de saludo―. No esperaba su visita.
―Lamento aparecer tan de repente, pero no creí que ya estuviese durmiendo. Perdone mi importunísimo, será mejor que regrese otro día.
―¡Faltaba más! De ninguna manera. Pase por favor. Su presencia siempre es bienvenida en esta casa.
No dejó que Andy protestara. Lo tomó del brazo y lo hizo cruzar el umbral. De reojo, casi sin querer, Andy miró hacia el escote de la hermosa señora, percibió el empiezo de unos blancos y firmes pechos. Pero apartó la vista de inmediato.
―Andy está durmiendo ―dijo Eva, mientras lo guiaba hacia la sala―. Yo también estaba durmiendo. Algunas veces preferimos dormir temprano, especialmente los fines de semana, por lo que ocurre en las noches… ―pero entonces se calló, como si hubiera hablado de más.
―¿Lo que ocurre? ¿Qué ocurre en las noches?
―Nada. Sólo que a veces Andy tiene pesadillas. Nada del otro mundo.
―¿Qué clase de pesadillas? ―Entonces se dio cuenta de algo. Habían dejado la sala atrás y habían iniciado el ascenso de las escaleras―. ¿A dónde vamos?
Eva le sonrió con dulzura y le acarició el brazo que le tenía cogido. Andy sintió una corriente eléctrica recorrerle el cuerpo.
―A mi habitación, claro.
―¿Su habitación?
―Usted es un hombre joven y muy apuesto, además de soltero. Yo, una mujer necesitada de un poco de afecto y compañía, ¿es mucho pedir?
La mente de Andy trabajaba a marchas forzadas, sin embargo, no lograba pensar nada con claridad. Lo único que entendía es que Eva lo guiaba a su habitación, y no para charlar precisamente.
―No es mucho ―respondió al cabo de un instante, consciente de que Eva era una mujer muy hermosa, y que, sin quererlo, muchas veces se había sorprendido fantaseando con ella.
―Además ―la mujer se detuvo en el rellano del segundo piso, le empezó a acariciar el pecho con una mano y la otra se la dejó en el cuello―, hace unos instantes le sorprendí espiando mis senos. ―Se mordió un labio con picardía a la vez que le atravesaba con ojos ardientes, chispeantes, excitados.
Andy se vio contagiado de aquel fuego.
―Sí, lo hice ―reconoció, excitado.
Pasó una mano por la estrecha cintura de Eva y comenzaron a devorarse los labios, con fuerza, con pasión, con ardor, ajenos a aquel chico que dormía no muy lejos de allí, ajenos a la oscuridad en que aquél chico empezaba a sumirse.

Les despertó los gritos de Dany.
Andy se alzó bruscamente, con un miedo helado instalado muy dentro de su ser.
―¡Mi bebé! ―chilló Eva antes de que Andy alcanzara a pensar siquiera algo coherente.
Un instante después se encendieron las luces de la habitación y la mujer flotó recogiendo sus prendas para vestirse. Un nuevo grito hizo que se apresurara todavía más.
―¿Qué sucede? ―preguntó Andy saliendo de la cama y emulando a la mujer.
―¡Él está aquí! ―dijo la mujer, aterrada e histérica―. No debí quedarme dormida. Viene por mi niño.
―¿Quién? ―dijo Andy, brincando a la pata coja mientras metía una pierna en el pantalón.
―¡Carlos! ¡Mi difunto esposo!
Dicho y hecho se echó a correr hacia la procedencia de los gritos.
«¿Su difunto esposo? ¿Había dicho: su difunto esposo?» Sin tiempo para detenerse a pensar si en verdad había dicho tales palabras, se echó a correr tras la desesperada mujer, apenas abrocharse el pantalón.
Eva se había perdido en los pasillos, pero por los gritos no era difícil ubicarse. Cuando llegó a la habitación, poco faltó para que Andy se fuera de culo. Una sombra, negra como la noche misma, con un vago aspecto de hombre, surgía de una pared y con algo parecido a manos tiraba de Dany, que gritaba, pataleaba y se agarraba con denuedo de las ropas y la piel de Eva, que a su vez tiraba del muchacho, tratando de arrebatarlo de las garras de la sombra.
―¡No te quedes allí! ―chilló, desesperada―. Ayúdame.
El gritó despabiló a Andy que corrió y sujetó por la cintura a Dany, y empezó a tirar con todas sus fuerzas.
―¡Sostenlo! ―gritó Eva― No dejes que se lo lleve.
Y de pronto la fuerza que tiraba del muchacho se hizo más fuerte. Eva había soltado al niño y corrió hacia un armario. Andy tuvo que hacer un denodado esfuerzo para que la sombra no ganara aquella especie de tira y afloja. Un minuto después apareció Eva en su campo de visión. Llevaba una jarra de cristal en una mano y un rosario en la otra, con la mano del rosario se humedeció los dedos en el contenido de la jarra y empezó a salpicar a la sombra, a la vez que musitaba una letanía incomprensible. La sombra empezó a retorcerse, a chillar y poco a poco la presión en su presa comenzó a menguar. Hasta que desapareció en la pared de la que había surgido, dejando a un aterrado Andy abrazando a un lloroso niño.
―¿Qué acaba de ocurrir aquí? ―preguntó casi sin aliento a la mujer.
―Su padre ―respondió ella―. Su padre que quiere llevárselo a donde quiera que esté él.
―¿Pero cómo…?
―Necesito calmar a mi niño.
“Calmar al niño” consistía en aplicarle una inyección de sedantes. Cuando Andy le preguntó si tenía receta para eso, la mujer se limitó a mirarle con dureza y frialdad.
Una hora más tarde, a eso de las dos de la mañana, Dany dormía como un bebé en la cama que hacía unas horas había participado de sus delicias. Andy por su parte estaba asustado, ya no tenía ganas de saber qué era lo que ocurría allí, pero su mente insistía en seguir con el asunto y poco a poco una revelación iba abriéndose paso en su subconsciente.
―Gracias por estar aquí ―dijo Eva mientras miraban dormir al pequeño. Tenía los ojos rojos de tanto que había llorado después de salvar a Dany―. Si no hubiese sido por ti quizá él se lo habría llevado. Y yo me habría matado presa del dolor. Dany es mi más querido tesoro. No soportaría perderlo. Es lo que más quiero. Y por él haría todo, cualquier cosa.
Andy decidió probar suerte.
―Por eso mataste a tu esposo.
La mujer lo miró, aterrada.
«Lo sabía.»
―¿Cómo…? ―balbució la mujer. Empezó a mirar hacia todos lados, como si temiese que alguien los estuviese espiando, peor aún, como si alguien fuese a abalanzarse sobre ella―. ¿Cómo la sabe?
―No lo sabía ―dijo Andy, más aterrado que ella quizá. Una mujer que mata a su marido no es buena cepa―. Lo adiviné.
―Tenemos que hablar ―dijo la mujer tirando de él y llevándolo al pasillo.
De esa manera Andy se enteró de toda la verdad.
Cuando Eva conoció al magnate de negocios llamado Carlos, ya se teñía el cabello para que pareciese pelirroja natural. Era ella una muchacha de diecisiete años que de inmediato encandiló al empresario. Él la cortejó de manera discreta, cortejos que ella declinó hasta que su novio le dijo que no fuera tonta, que aprovechara y le sacara algún dinero al millonario. Novio pelirrojo natural que había conseguido que, entre otras cosas, ella se tiñera el cabello.
Así empezó una relación que años más tarde desembocó en un matrimonio. Por supuesto, ella había cortado con el pelirrojo poco antes del matrimonio. Lo que no pudo cortar fue el bebé que crecía en su barriga, pero como también ya se había acostado con su futuro esposo, no fue difícil convencerlo de que el hijo era suyo. Durante todo lo que duró el matrimonio se aseguró de mantener el cabello teñido, porque el pelo del chico había heredado el color del de su padre. Era eso o despertar las suspicacias de su esposo.
Todo marchaba bien hasta que cierto examen reveló que el esposo era estéril. Sospechando una traición el esposo estuvo a punto de matarla a golpes hasta que ella terminó por confesar todo. Primero localizó al verdadero padre del chico y le dio una de las muertes más cruentas que pueda imaginarse. Después amenazó con hacerle lo mismo a ella. Amenazó con matarla, pero antes la haría ver lo que le hacía al fruto de su traición, a aquél que más quería. Y ese fue su error: amenazar sin hacer nada.
―Tuve que hacerlo ―dijo una sollozante Eva―. Era él o mi niño y yo. Lo que nunca imaginé es que fuera a regresar para cumplir su amenaza.
Andy se había quedado sin palabras. Por una parte, sentía miedo por aquella mujer. Por otra, comprendía la decisión que había tomado, no así sus errores del pasado. Pero también sentía ganas de abrazarla, consolarla, decirle que todo estaría bien. Y una parte de él, una que conocía desde hacía poco, quería tumbarla en el piso, rasgarle la ropa y hacerle el amor.
―Tiene que buscar ayuda ―fue lo que dijo al fin―. Agua bendita y un rosario no van a salvar a Dany siempre. Usted misma lo ha dicho, cada vez “su esposo” parece más fuerte. Además de que usted se desvela cuidándolo; uno de estos días o falla usted o falla el Agua.
―¿Usted? Pero si hace rato hasta me tuteabas ―la mujer se había quebrado en mil pedazos.
Andy decidió que todo era demasiado complicado y peligroso para involucrarse más.
―No contaré esto a nadie. Pero debe buscar ayuda.
Y se marchó.

No vio a Eva durante la semana siguiente, tampoco a Dany, que dejó de asistir a la escuela. Él se sentía destrozado. Destrozado y aterrado. Aterrado por temor a lo que la mujer pudiera hacerle, y destrozado porque sentía que se estaba comportando como un cobarde, dándole la espalda a ella y al niño.
Aún estaba en el proceso de decidir qué hacer, si olvidarse de Eva y su hijo o ir y ofrecer su ayuda, cuando una llamada le despertó a plena noche. Era Eva, histérica.
―¡No funciona! ―le gritó al oído― ¡Tenías razón! ¡El Agua no funciona!
Andy sintió un frío helado recorrerle la piel. Temió lo peor.
―No me diga que… no puede ser…
―Se lo está llevando ―gritó la mujer―. Tienes que ayudarme, se está llevando a mi bebé.
Andy se puso de pie como impulsado por un resorte y al minuto siguiente volaba en su coche. No tenía ni la menor idea de cómo ayudar, pero sabía que tenía que hacer algo.
Las calles estaban desiertas, de modo que pudo ir a toda velocidad, los gritos de la mujer repitiéndose como un eco en su mente. Llegó en menos tiempo del esperado.
Aun así, llegó tarde.
Cuando se apersonó en el umbral de la puerta de la habitación de Eva, solo alcanzó a ver cómo la pierna del pequeño se deslizaba de sus manos y desaparecía en un agujero de oscuridad. La mujer se echó a llorar desconsolada, y él se dejó caer, incrédulo.
Más tarde ella le gritaría que por su culpa le habían arrebatado lo que más quería. Andy se molestó por verse injuriado tan injustamente y le replicó que en realidad era ella la culpable. Que era ella la culpable de la muerte de su hijo y le exigió que se fuera del pueblo o la denunciaría a la policía por la muerte de su esposo.
Eva se fue pocos días después de aquella fatídica noche. Y así terminó el fugaz paso de la mujer en la vida de Andy.

Hasta que ocho años más tarde el teléfono lo despertó a las tres de la mañana.
―¿Quién habla? ―preguntó somnoliento.
―¡Andy! ―Era una voz chillona y alterada. A pesar del tiempo transcurrido Andy supo que era Eva, la madre de aquél niño que había sido transportado aún con vida al infierno.
―Soy yo.
―Tienes que ayudarme. Él volvió. Empieza a torturar a nuestro hijo. Si no hacemos algo se lo llevará.
―¿Él? ¿Te refieres a tú difunto…? Espera, dijiste ¿nuestro hijo?
―Sí. Aquella inolvidable noche dejó simiente, Andy. ―Andy le creyó.
―¿Dónde vives?
Ella le dio la dirección.
―¿Qué sucede, amor? ―preguntó su esposa, la mujer con quien se había casado hacía algunos años.
―Algo muy serio. Prepárame una maleta. Estaré fuera unos días.
―¿Unos días? ¿Por qué?
―Mi hijo me necesita.

Fin 

5 comentarios:

  1. Y ya está? No hay continuación? Que aterrador, muy bueno, pero el final un poco raro. Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No esta raro amiga piensa en esto eva había engañado a su difunto esposo de q el niño era de el y no era verdad y es probable q el niño q según era hijo de andy ni siquiera aya sido realmente de el

      Eliminar
    2. No esta raro amiga piensa en esto eva había engañado a su difunto esposo de q el niño era de el y no era verdad y es probable q el niño q según era hijo de andy ni siquiera aya sido realmente de el

      Eliminar
  2. Por que fin Manuel necesito saber mas q dijo la esposa, de verdad era de el el niño lo mato la sra loca esa cuando descubrió q tampoco era de el dime por favaaaaar

    ResponderEliminar
  3. Por que fin Manuel necesito saber mas q dijo la esposa, de verdad era de el el niño lo mato la sra loca esa cuando descubrió q tampoco era de el dime por favaaaaar

    ResponderEliminar