Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

26 de julio de 2016

El sobreviviente de un derrumbe

Gritos. Piedras cayendo. Sonidos metálicos de las herramientas que caen. Madera que se astilla. El aterrador crujido de algún hueso que se rompe como cualquier madero. Gritos de nuevo. Toda una cacofonía de ruidos aterradores. Pero más aterrador que los gritos: el miedo y el dolor. Y la oscuridad, y la perdida de la orientación. Arriba, era el único punto discernible, por los escombros que caían. Después solo recordaba dolor y oscuridad, oscuridad y dolor…
Y entonces despertó en un rellano de la montaña. La cabeza le dolía, con un dolor punzante, que desaparecía un segundo para aparecer al siguiente, si cabe, más doloroso que la vez anterior. Al principio no veía nada, solo opacidad, y más allá, como un horizonte, una luz clarísima que se antojaba inalcanzable. Y su cuerpo, su cuerpo se le antojaba un bulto amorfo. De alguna manera lo sentía allí, pero no conseguía que respondiera a sus órdenes.
«Estoy muriendo ―pensó―. O quizá ya lo esté.»
Se dio cuenta que no había forma de hacer que su cuerpo respondiera, así que dejó de intentarlo. Sólo se quedó allí, tendido, procurando dormir. Seguramente ya no despertaría. Mejor. Para qué querría vivir si su cuerpo no hacía lo que su cerebro mandaba.
Gritos. Piedras cayendo. Sonidos metálicos de las herramientas que caen. Madera que se astilla. El aterrador crujido de algún hueso que se rompe como cualquier madero. Gritos de nuevo. Toda una cacofonía de ruidos aterradores. Pero más aterrador que los gritos: el miedo y el dolor.
Dolor. Dolor. Un dolor agudo y punzante, que le recorre el cuerpo como una corriente, encontrando su punto culminante en la cabeza. Un dolor que lo devuelve a la actualidad.
Entreabre los ojos y descubre aliviado que ya puede ver. La luz es cegadora y tiene que achinar la vista para acostumbrarse a la claridad. El dolor sin embargo sigue allí, quizá más fuerte que antes. Piensa que seguramente no puede moverse, pero se mueve, las piernas le responden, cansadas, doloridas, pero tienen movimiento. Le dan ganas de llorar, de gritar de júbilo. No todo está perdido. El derrumbe aquél no pudo con él.
Con un sobrehumano esfuerzo se puso a gatas, y después, aún más trabajosamente, de pie. El cansancio y el dolor parecen ser tan de él como su alma. «No es para menos ―se dice―, me cayeron cientos de toneladas de escombros.»
«¡Es cierto! ¡El derrumbe! ¿Dónde estoy?»
Estaba fuera de la montaña. En un rellano. ¿Pero cómo era posible? Los soportes de madera que sostenían los túneles y galerías practicados en la montaña se habían quebrado; primero unos, luego los demás, en un efecto dominó. Todo se había vuelto un caos. Las antorchas cayeron, se apagaron, la oscuridad los envolvió, a él, a sus amigos, a sus empleados. Una catástrofe. Pero tal parecía que había salvado la vida; aunque su economía se resentiría como nunca, probablemente ya era pobre.
¿Pero cómo era posible que estuviera fuera? Cierto, se sentía medio muerto y amodorrado, pero estaba vivo y fuera. Según recordaba, había estado en una galería casi en el centro mismo de la montaña, muy lejos del exterior. Tenía que ser un escogido para hallarse fuera y salvado de semejante catástrofe.
Curioso se dedicó a buscar algún túnel cercano. Quizá había escapado por uno y ya no lo recordaba. Cada paso era una tortura. De modo que anduvo con pies de plomo, escudriñando, aguzando la vista. Un buen rato después, en el que apenas había examinado un corto trecho, se dio por vencido. No había ninguna salida por allí, ni ningún rastro que delatara el rumbo por el que había llegado. Era muy extraño. Incluso sintió miedo. Pero se sobrepuso a tales tonterías. Lo importante en esos momentos era ir a casa y que lo revisara un médico. Y gestionar para sacar los hombres que habían quedado enterrados. Y pagar las indemnizaciones a las llorosas madres y viudas. ¡Maldición! Justo cuando empezaban a llegar a unas vetas cuajadas de rubíes. Justo cuando iba hacerse inmensamente rico. «Tendría que haber hecho todo con más calma ―se reprendió―. Tendría que haber contratado profesionales para la planificación de los túneles y de las estructuras que les darían soporte». Pero bueno, ya de nada servía lamentarse. Había aprendido a no preocuparse por aquello que no tenía solución. Ahora solo restaba arreglar aquel maldito desastre, averiguar con cuánto capital contaba, y volver a por la montaña, esta vez de manera más concienzuda.
Sí, así lo haría. Ahora debía preocuparse por el presente. Y el presente implicaba regresar a casa. ¿Pero en dónde estaba?
Entonces, a lo lejos, la luz del sol de media mañana arrancó destellos del lago que había más allá. Se sintió estupefacto, incrédulo, aterrado. ¡Se encontraba del otro lado de la montaña! Un lado que ninguna mano o herramienta humana había horadado. ¿Cómo era entonces que estaba allí? Sintió miedo, escalofríos, y mareos. ¿Cómo demonios?
«No, no, no… debe haber alguna explicación ―se dijo―. ¡Una cueva! Eso es, debí encontrar una cueva, me escabullí y medio muerto llegué aquí. Sí, eso es.» Era una explicación poco convincente, pero era lo único que tenía lógica. Porque la otra era que había obtenido ayuda sobrenatural, y ésta teoría sí que era más descabellada que la primera.
Pero igual, lo importante de momento era descender y llegar a casa. Su madre y su esposa debían encontrarse muy preocupadas. Con el cuerpo dolorido inició el descenso, procurando centrar sus pensamientos sólo en tal tarea, rumiar otros asuntos no le reportaría ningún beneficio. Y bien que le hizo falta toda la concentración. El camino (inexistente) era abrupto y escabroso, y muchas veces tenía que colgarse de rocas y raíces retorcidas para bajar a otro punto de apoyo. A lo lejos, como un rumor lejano, oía gritos y ruido de taladros y otras herramientas; intentando practicar un camino para recuperar a las víctimas seguro.
Cuando por fin pisó suelo seguro, ya era bien avanzada la tarde. El descenso había sido difícil y riesgoso, pero por alguna extraña razón se sentía mucho mejor, menos cansado y el dolor en su cuerpo se había reducido a un repiqueteo amortiguado en su cabeza. Pensó que sin duda se debía a la euforia de encontrarse a salvo.
Unos cien metros más abajo empezaba el lago, cuya agua verde-azulada a ratos se volvía plateada por los reflejos del sol. El agua le recordó que no había tomado agua desde el accidente, ni probado bocado. Más extraño aún, no sentía ni el menor atisbo de hambre o sed. Todo resultaba de lo más extraño. De todas maneras, eso no venía al caso en esos momentos.
Sin tiempo que perder se puso a caminar para rodear la montaña. Tenía que llegar cuanto antes a casa para despreocupar a sus parientes. Era una verdadera pena que los demás hubieran muerto en las entrañas de la montaña. A los parientes de estos sí que no podría despreocupar.
De tan mejor que se sentía hubo un momento que en lugar de caminar mejor se echó a correr. Se sentía tan liviano y tan vigoroso que no dejaba de sorprenderse, más después del castigo que había recibido en las cavernas. Hubo unos instantes en los que tuvo la sensación de volar, cuando corriendo saltó una cuenca de más de dos metros de ancho, en esos momentos tuvo la impresión de que se elevó muchos metros y que salvó más de una decena de un solo salto, pero lógicamente esa sensación no era más que el reflejo de la euforia que lo embargaba. Era imposible saltar semejante distancia, ¿verdad?
Llegó al otro lado de la montaña en menos tiempo de lo que hubiera imaginado. A su izquierda, a poco más de un cuarto de milla, había maquinaria y una gran multitud, intentando rescatar los cuerpos de las víctimas.
Toda la euforia lo abandonó de golpe. Escuchó llantos y gritos ahogados, el gemido de los motores, el tintineo de las picas contra la piedra y el lamento de madres, esposas y otros parientes suplicando un poco más de prisa para rescatar a los enterrados. De pronto todo el peso de lo ocurrido pareció recaer en sus hombros, y se sintió cansado en exceso, dolorido física y mentalmente, y el recuerdo del desastre lo hizo estremecerse. Pensó que debía ir hacia la multitud y alegrar a unos cuantos con su presencia, pero sabía que serían mucho más los tristes, amén de que podía insuflar falsas esperanzas en los corazones de los que tenían familiares y amigos en el centro de aquella enorme montaña. Mejor debía ir a casa, relajarse un rato y pensar con detenimiento sus siguientes movimientos.
Fue así como dio la espalda a la muchedumbre y a la enorme mole y se dirigió a casa, toda euforia quedada atrás. Había sido como si durante unos instantes hubiese olvidado todo lo que había ocurrido. Se había sentido tan bien. Pero tras él estaban los testigos de que el desastre era muy real, de que su ambición había llevado a la muerte a decenas de personas, amigos y empleados sin discriminación. Y sabía que era culpable. Peor aún, si las personas equivocadas descubrían que los túneles se habían practicado sin las medidas de seguridad suficientes, podía ser acusado de negligencia y enviado a la cárcel de por vida. Era una idea tan aterradora como la de morir aplastado por centenares de toneladas de tierra y piedra.
Vislumbró el porche de su hogar poco después. Además de los animales domésticos y de corral, el resto de la casa parecía desierta. Cómo no. Seguro que todos le lloraban frente a las ruinas de la mina. Pues aprovecharía para darse un baño y relajarse unos minutos, después regresaría con la multitud para que le vieran, y supieran que él era un sobreviviente.
Uno de los perros que había por allí cerca empezó a aullar de forma lastimera, lo súbito del aullido le provocó un brinco nervioso. Más que un brinco, lo que el aullido en realidad le provocaba era una especie de hormigueo, como si el ruido lo hubiese tocado haciéndolo reverberar. Fue algo extraño.
Atravesó la verja de la casa y casi corrió hacia el porche. Al aullido del primer perro se le sumó el de un segundo, luego el de un tercero, y poco después, hasta los gatos maullaban como si hubiesen perdido algo preciado. Y cada aullido, cada maullido, parecía repercutir en él. Sentía que todo él temblaba, oscilaba, y de alguna manera sabía que se debía al ruido de los animales, y eso lo aterraba.
Sintiéndose un gong golpeado por un martillo, entró a la casa raudo. Hasta ese momento no se había percatado que tanto la verja como la puerta las cruzó sin siquiera abrirlas. Continuó avanzando por el pasillo, ignorante aún.  
Dentro el ruido era más tenue, y pudo sentir paz. Se metió a la regadera y aunque la abrió, tampoco se dio cuenta que el agua le atravesaba de la cabeza a los pies. Permaneció largo rato bajo el agua, horas quizá, era tan relajante. Pero recordó que tenía obligaciones y dejó el agua, aunque a regañadientes.
La sorpresa se la llevó cuando quiso verse en el espejo para arreglarse el cabello. Aunque estaba frente al espejo, éste, simplemente no reflejaba nada. Retrocedió aterrado, aturdido, inconexo. ¿Pero cómo? Se palpó el rostro, lo sentía bajo las yemas de los dedos. Se pellizcó la mejilla, sintió la piel, pero no el dolor. ¿Qué ocurría? ¿Es que acaso era un vampiro? No, no era eso. Entonces se dio cuenta de lo de la verja, de lo de la puerta, el agua, la fisura del suelo que saltó, de su pronta recuperación, del jaleo de los animales… ¡Era un fantasma!
En esos momentos los perros arreciaron en su escándalo, y pronto empezó a oír ruidos humanos: llantos y gritos lastimeros, eran los más discernibles. Cerca, cada vez más cerca. Sintió una especie de nudo en la garganta, y miedo, mucho miedo. Tembloroso y aterrado caminó hacia la salida. Cruzó la puerta y vio un numeroso grupo entrar por la verja. Reconoció a su anciana madre, dando grandes gritos, su esposa no se quedaba atrás, algunas primas también lloraban de manera inconsolable. Nadie reparaba en él. E intuía por qué.
Esperó en el porche, inmóvil, aterrado, con ganas de llorar. El grupo se acercó.
Cuatro mozos transportaban una camilla. Y en la camilla: ¡su cuerpo!

3 comentarios:

  1. Pobre hombre, no sabia que estaba muerto, hasta que vio su cuerpo. Muy buena historia. Saludos.

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  2. Pobre hombre, no sabia que estaba muerto, hasta que vio su cuerpo. Muy buena historia. Saludos.

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  3. Impresionante hasta ya sin vida sintió su ausencia y el dolor de sus allegados.

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