Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

8 de junio de 2016

Temor a la oscuridad

La noche es aterradora. De eso Matías no tenía ninguna duda. Por eso en su casa las luces se mantenían encendidas desde las seis de la tarde hasta la seis de la mañana. Desde la caída del sol hasta el despuntar del alba. Matías sabía que la caída del sol era como una alarma para los terrores de la noche, los cuales empezaban a rondar y a vagabundear a la caza de algún incauto.
O al menos era lo que le habían dicho y repetido mil veces desde que era pequeño. Y él lo creía. Por eso es que en su casa siempre había luz por las noches.
Matías era considerado un bicho raro. Era retraído, tenía pocos amigos, y hasta en el trabajo se pasaba la mayoría del tiempo encerrado en su oficina. Eso sí, nadie negaría que era un empleado muy rentable. Con eso se le podía calificar como un tipo introvertido. Pero su manía por mantener las luces prendidas era algo que muchos le preguntaban pero que pocos entendían. Por lo general uno se tenía que conformar con encoger los hombros y darse por vencido.
Con todo y eso Matías era tenido por un buen tipo; bueno, por aquellos que habían conseguido acercarse lo suficiente para ganarse su afecto.
Uno de esos que lo apreciaban bastante era Arnoldo. Compañero de trabajo desde hacía muchos años. Compartían muchos intereses. Ambos practicaban golf, tenían gustos literarios similares. Y no había algo que les gustase más que un buen libro y una copa de vino en el porche de la casa de cualquiera de los dos. Incluso sus esposas se llevaban bien, quienes platicaban largos ratos mientras ellos leían, charlaban y compartían opiniones acerca de lo que leían. Mientras, los niños jugaban en sus habitaciones a las cosas que juegan los niños.
Arnoldo le tenía mucho aprecio a Matías. Su amigo era un buen tipo, de eso él podía dar prueba. Y a él en particular le importaba un comino si en casa de Matías las luces no se apagaban durante toda la noche, o si este dormía rodeado de ajos o si dormía debajo de la cama en lugar de arriba. Eso a él no le importaba. Él apreciaba a Matías y punto. Lo que a él le preocupaba era la reputación que su amigo se estaba granjeando por la peculiaridad de las luces. «¡Está loco!» era una de las expresiones más comunes que la gente usaba cuando hablaba de Matías, y eso a Alberto le molestaba.
De modo que de vez en cuando procuraba sacar el tema. Tenía que conseguir que Matías dejara atrás esa manía suya. Tenía que hacerle comprender que en realidad nada se esconde en la noche, que en realidad no hay nada allí fuera esperando que se quede a oscuras para abalanzársele. Y siempre que sacaba el tema a colación, lo hacía con tiento, ya que las más de las veces lo único que conseguía era que Matías se enfurruñara. Pero esa vez había bebido más de una copa, y se sentía achispado, intrépido, ese era el día para hacerle entender a Matías de lo absurdo de su temor.
─¿Sabes lo que me dijo mi vecino hoy por la tarde ─inquirió─ justo antes de subirme al coche y venir para acá?
─Que se está tirando a tu mujer, ¿talvez? ─replicó Matías, quien también había bebido más de la copa acostumbrada.
Arnoldo se rió. Y ambos entrechocaron las copas para celebrar la broma.
─Muy buena ─reconoció Arnoldo─. Pero nadie se está tirando a mi vieja, o al menos es lo que yo creo ─nuevas risas─. ¿Pero no se trata de eso. Creerás que el muy cretino se atrevió a gritarme si iba a visitar al loco?
Matías se puso en guardia. Sabía que venía un sermón. Así que mejor se encogió de hombros y dio un sorbo a su copa.
─Sabes de sobra que eso me trae sin cuidado. No importa cómo me llame la gente. Mi seguridad y la de mi familia va primero ─sentenció Matías, severo.
Pero a diferencia de otras ocasiones, Arnoldo no dejó la cosa allí.
─Sé que la familia va primero. ¿Pero no crees que estás exagerando? Pareces un maníaco con el asunto de las luces y cosas que salen en la noche. Esas cosas no existen, Matías. Y a mí no me importa lo que hagas en tu casa, en serio que no me importa, pero la gente insiste en molestarme a costa tuya.
─No les hagas caso y punto.
─Lo intento, créeme que lo he intentado. Y quizá he aprendido a no hacer caso. ─Entonces se le ocurrió otra estrategia─. Deberías pensar seriamente en dejar ese hábito tan peculiar. Supera tus miedos. Hazlo por tu mujer, y por tus hijos, que, de todos, estoy seguro, son los más afectados.
No dijo más, se puso de pie, le dio la mano y un fuerte abrazo y fue a por su mujer y sus hijos para regresar a casa. No sabía si lo había conseguido, pero por la expresión de Matías, sabía que lo iba a pensar, y mucho.

Matías permaneció en el porche largo rato después de que Arnoldo se hubo marchado. Sus palabras le habían dado mucho que pensar. ¿Y si Arnoldo tenía razón? ¿Y si en realidad no había nada acechando en la noche? Lo que sí era cierto es que había dado en el clavo al mencionar a su familia. Quisiera o no, tanto su esposa como sus hijos estaban estigmatizados por su comportamiento. Pero si él tenía razón, ellos también corrían peligro. Durante largo rato le dio vueltas y más vueltas al asunto, pero no llegó a tomar una decisión. Hasta que se sintió cansado y mejor se fue a dormir.
Durante los días que siguieron, Arnoldo continuó pensando en ese maldito miedo que lo hacía mantener las luces de su casa encendidas. ¿Y si todo eran invenciones de su loca madre? ¿Y si todo eran invenciones de su mente infante y asustada?
Porque Matías no tenía miedo a la oscuridad por simple cobardía. Él no se consideraba un cobarde, y si lo era, gran parte de la culpa la tenía su loca madre. Porque esa matrona rolliza que decía haberlo llevado nueve meses en el vientre era quien más lo había aterrorizado en su niñez y adolescencia. No había noche que no visitase una por una las habitaciones de él y sus dos hermanos, cerciorándose que las luces estuviesen todas encendidas. Y una vez por semana se quedaba un buen rato en cada habitación, explicándoles y recalcando por qué hacía aquello. Su misión era que lograran tomar conciencia de las cosas que acechaban en la noche, de lo peligrosas que podían ser, pero lo único que conseguía era aterrarlos.
Matías no les explicó a sus hijos el porqué de dejar encendidas las luces, no necesitaba asustarlos, en casa se hacía lo que él mandaba y punto. A su esposa sí tuvo que darle explicaciones, y ella, mujer dócil, las aceptó casi sin rechistar.
Matías, el menor de los tres hermanos, se había quedado sin padre desde que era un bebé. Y su madre no paraba de repetir que a él se lo habían llevado los terrores que acechan en la noche. De niño Matías había creído a ciegas y tontas que aquella era la verdad, ahora no estaba tan seguro.
Aunque también recordaba, no sin sufrir un escalofrío, que una noche, cuando tenía trece años, quiso ser un rebelde. Durante unos minutos lo había sido. Harto de dormir con las luces prendidas (y si se cortaba la corriente eléctrica había una planta de gasolina lista para tomar el relevo), una noche, seguro de que su madre roncaba, se levantó y anduvo con pies de plomo hasta el apagador, lo accionó y la oscuridad, hasta entonces algo casi desconocido para él, lo envolvió en un abrazo etéreo y sutil. 

Por un momento se sintió eufórico, desafiante, contento por haber desafiado la autoridad de su madre. Pero sólo duró unos instantes. Después se sintió desorientado, sin visión, y algo, como el palpitar lento de un corazón, parecía llenar la atmósfera. La oscuridad empezó a engullirlo, a sofocarlo, a maniatarlo… El corazón empezó a palpitar a mil por hora, sintió cómo la frente se le perlaba de sudor a la vez que algo, invisible en la oscuridad, parecía que reptaba hacia él. No lo veía, pero sabía que era algo malévolo, oscuro, hambriento, insaciable, algo que iba a por él. 

Había empezado a jadear, el aire faltaba en la habitación y no llegaba el suficiente a sus pulmones, sentía oprimido todo el cuerpo y aunque intentó alzar la mano para encender las luces, sus fuerzas eran insuficientes para realizar tan nimia tarea. El punto culminante de aquella tortura lo representó aquello que se deslizaba hacia él, algo que nunca vio, pero que sintió enroscarse en sus pies, frío como el hielo al principio y ardiente un instante después. Era algo que reptaba y se enroscaba, ascendiendo lenta pero inexorablemente… Pero entonces su madre entró en la habitación como una tromba y encendió las luces. Y con las luces se acabó la tortura.
Ese episodio había sido real, ¿verdad? O era solo una trastada de su mente. Ya no estaba seguro. En realidad, no estaba seguro de nada.
¿Y si Arnoldo tenía razón?
Esa fue la pregunta con la que se pasó torturando los siguientes días. Hasta que decidió hacer la prueba. Pero no tenía por qué arriesgar a su familia, era algo que debía hacer solo.
No le contó a nadie, fue algo que decidió por sí mismo. A su esposa le dijo que estaría una noche fuera, por motivos de trabajo. Ella se sorprendió, ya que era la primera vez que estaría una noche sin su esposo, pero no perdió tiempo con preguntas innecesarias. Conocía a su esposo, y sabía que, si él no le contaba nada por voluntad propia, ninguna de sus preguntas conseguiría sonsacarle algo. Él le encargó que encendiera las luces en cuanto el sol se estuviese poniendo, y que cuidara a sus hijos.
Matías salió en su coche y se fue a un bonito hotel, a poco más de un kilómetro de su casa. Se dio un relajante baño, se entretuvo leyendo un libro y a eso de las ocho de la noche bajó a cenar.
Cuando subió a su habitación eran ya las nueve de la noche. Había dejado las luces encendidas y mientras cogía valor para apagarlas, empezó a pensar en lo que podía ocurrirle cuando por fin lo hiciera. ¿Se abalanzarían sobre él los horrores de los que hablaba su madre?, ¿volvería a experimentar lo que le ocurrió de niño?, ¿No ocurriría nada? Mil pensamientos cruzaron por su cabeza, hasta que se dijo que nada conseguiría imaginando y haciéndose preguntas para las que no tenía respuestas. La mejor manera de salir de dudas era apagando las luces.
Y entonces presionó el botón.
La oscuridad lo envolvió a velocidad de vértigo. Matías sintió que el corazón se le aceleraba, y durante largos instantes contuvo la respiración. Estuvo junto al interruptor de las luces un minuto, inmóvil, expectante, un minuto en el que nada ocurrió.
«A lo mejor esperan que me aleje del interruptor ─pensó, aún incrédulo de que nada le hubiese ocurrido─. Porque para ellas, estar cerca del interruptor es como tener un arma a la mano.» De manera que continuó un buen rato de pie, inmóvil, expectante. Pero nada ocurría. Con parsimonia empezó a dar pasitos, uno primero y luego otro, a tientas, buscando el sofá frente a la televisión. Dio con el sofá, se sentó y permaneció otro largo rato en silencio, en la oscuridad. Poco a poco sus labios empezaron a estirarse en una sonrisa. No ocurría nada. Ni atmósfera pesada, ni escasez de aire, ni algo reptando hacia él. Nada. Absolutamente nada. Casi le daban ganas de brincar de júbilo.
Largo rato permaneció a oscuras. En el sofá, en la cama, incluso fue al baño a tientas, y como recompensa consiguió un buen golpe en la espinilla. Pero nada conseguía arrebatarle la euforia que sentía, al saberse liberado de aquella maldición que su madre había recargado en sus hombros. Pero ahora sabía que no tenía que cargar con ella. Todo habían sido inventos de su madre. Lo sabía, ahora estaba seguro.
Tan exultante como estaba decidió ir a casa de inmediato. No necesitaba más pruebas. Su esposa tenía que saber que a partir de ese día podrían ser una familia normal.
Bajó casi flotando las escaleras. Pagó en la recepción y fue a por su coche. Su reloj marcaba las once de la noche. Las calles estaban desérticas, y a escasas manzanas de su casa, oscuras. «Se fue la energía eléctrica», comprendió. Conforme se acercaba a su casa se percató de que esta estaba igual de oscura que las demás. ¡Demonios! No había enseñado a su esposa como encender la planta manual.
Y de pronto empezó a sentir miedo. De pronto el tipo confiado y exultante del hotel había desaparecido. Ahora Matías tenía miedo. Mirar su casa a oscuras hacía que temblara de pavor. Nunca la había visto así, y decididamente, no era una imagen agradable. Empezó a temer por su familia, por su esposa, por sus hijos. La negrura era espesa, casi palpable, y supo que su madre tenía razón al temer a semejante oscuridad, allí, cualquier cosa podía acechar. Con el corazón en un puño tomó la linterna de la guantera y bajó a prisa.
El pasillo de la casa aparecía oscuro, negro, y de inmediato Matías supo que algo muy malo ocurría allí. Llamó a gritos a su mujer, pero no hubo respuesta. Sólo silencio, un silencio sofocante, un silencio que lo agobiaba, una noche que lo envolvía y un aire que se volvía pesado, casi irrespirable. Echó a correr, abrió de un empujón una puerta y se abalanzó sobre la planta de luz, y la encendió a prisas, sintiendo que algo reptaba hacia él y que pronto lo alcanzaría.
El cacharro estaba en buen estado porque encendió de inmediato, y la casa se vio iluminada por una luz blanquísima. De inmediato se echó a correr en dirección a la habitación de su esposa, llamándola a gritos todo el tiempo. La puerta estaba abierta, la cama desecha, pero sin un alma en ella. Matías estaba aterrado. Y de inmediato corrió a las habitaciones de sus dos pequeños.
Y allí encontró a los tres, a la puerta de una de las habitaciones. Matías se echó a llorar y a gritar, desconsolado. Los tres eran casi irreconocibles, tenían la piel reseca y de color gris, agrietada. El piso tenía marcas de arañazos, y había sangre allí donde los dedos descarnados habían buscado en vano algo con que defenderse.
Les habló con cariño, falsamente esperanzado de que regresaran. Pero sabía que eran gestos vacuos. Eran cuerpos sin vida. Los acunó uno a uno, los cubrió de lágrimas y besos y les pidió perdón una mil veces. Sabía que nunca debió haber salido de casa.
Por último, fue al cuartito en el que estaba la planta de luz y la apagó. Regresó junto a su esposa e hijos. Por último apagó la linterna de mano. Cuando sintió que algo frío empezaba a envolverlo no sintió miedo.
Sólo lloró.

4 comentarios:

  1. Que miedo, al fin y al cabo, parece ser que tenían una especie de maldición, ¿o no? El mal estaba en su casa y no en el hotel.

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    1. Así parece, aunque más que en la casa, más bien creo que era en la familia. O quien sabe. Lo curioso de las historias de terror es que muchas cosas nunca tienen sentido.

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  2. Pobre Matias, solo queria tener una vida normal y ahora quedo a merced de la cosa que rondaba en la oscuridad. Que habrá sido?. Lo que sea, parece que estaba tras Matias, porque de ser asi nadie podria apagar las luces. La cosa fue primero a por la familia de Matias y despues por el mismo Matias. Un final muy triste amigo, Arnoldo solo quiso ayudarlo y ahora, practicamente el fue el que lo conducio a su muerte. Era necesaria la luz todo el tiempo. Todos alguna vez hemos temido apagar la luz y Matias tenia buenos motivos para hacerlo. Una buena historia, con un final tragico e interesante. De lo mejor!. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

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    1. Jeje. Sí, pobre Matías. No siempre es así, pero cuando uno se deja guiar por la presión de la sociedad, generalmente se termina haciendo o siendo algo que no se quiere ser. En este caso Matías perdió a su familia. Si uno cree en algo, si uno le teme a algo, por qué dejarlo de hacer sólo porque al resto de la gente le parezca raro. Desde mi punto de vista todos debemos ser lo que somos, con defectos y virtudes, con talentos y temores.

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