Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

21 de junio de 2016

La promesa de una madre

Carlitos no recordaba haber tenido una madre. Bueno, por lógica tenía una, sólo que no la conocía. Papá sí que tenía, aunque sólo lo conocía por fotografías. Él había emigrado a Estados Unidos cuando Carlitos no era más que una llorona pelotita rosada. De eso hacía más de siete años. Actualmente vivía en casa de su abuela materna, que para él era su mamá, aunque era su papá quien cada cierto tiempo mandaba algunos dolarcillos para ayudar en su mantención y en su estudio, y muy de vez en cuando incluso hablaban por teléfono. En cierta forma se podría decir que Carlitos no tenía madre ni padre. Pero tenía a la abuela, dos tíos y una tía a la que el marido había abandonado y dos sobrinitos más pequeños que él que a veces no entendían cuando intentaba explicarles algún juego.
Por lo general siempre estaba haciendo algo: jugando, viendo la televisión, manchando libros, estudiando, jugando alguna broma a su anciana abuela, entre otras tantas actividades de un infante de ocho años. Se podría decir que Carlitos era feliz. Sin embargo, siempre se colaba uno de esos días en los que amanecía melancólico, cabizbajo, sin ánimos de hacer nada. Sentía un vacío enorme en su pecho, como cuando pierdes algo que querías mucho. Sólo que Carlitos no recordaba haber perdido algo. Pero entonces, un vistazo entre la cerca a la calle, un mandado a la tienda de la esquina, y una madre llevando de la mano a su hijo, una madre comprando un helado de la carretilla a su pequeño, un padre jugando fútbol con su infante… y Carlitos sentía que los ojos le escocían, muchas veces se contenía, otras, terminaba en un rincón de su habitacioncita, sollozando en silencio, para que nadie lo notara.
Los días del padre y de la madre eran especialmente tristes para el pequeño. Por lo general fingía indiferencia, o traba de pasárselo bien como los demás, pero era seguro que durante la noche su almohada se mojaría de saladas lágrimas. Su padre siempre le llamaba en el día del padre, le decía que lo quería mucho y que uno de esos días le daría la sorpresa de aparecer por allí. Pero nunca aparecía. El día de la madre era un asunto aparte, no tenía nadie que le llamara, ni que lo fuera a ver, y aunque trataba de llenar ese vacío con su abuela, ella era, a fin de cuentas, su abuela.
Fue uno de esos días que decidió que quería saber más de su madre.
Empezó por preguntar a su abuela cómo se llamaba su mamá. La abuela no quiso responderle a la primera y siguió bordando una manta como si no lo hubiera oído, pero Carlitos preguntó una y otra vez hasta el punto de volverse exasperante.
María dijo al final la abuela, los ojos chispeantes. Carlitos había empezado a creer que se había pasado de la raya y que recibiría una azotaina, pero su abuela se limitó a mirarlo con ojos de enfado. María era su nombre.
¿Era?, ¿Quieres decir que murió?
No. No lo creo. Pero para mí como si lo estuviera.
Carlitos siguió preguntando e incordiando, pero la abuela ya no respondió. Sólo fingió que no existía.
María. Se llamaba María. Por lo menos ahora tenía el nombre. Quizá si preguntaba por todas las Marías de la ciudad diera con su madre. Pero era una tarea titánica, y lo más seguro era que no estuviese en la ciudad, de lo contrario ya lo habría ido a ver. Seguiría preguntando a su abuela. Ella era su madre, tenía derecho a saber quién era y qué había sido de ella.
Pero al siguiente día, cuando salía de la escuela, ocurrió algo muy raro. Caminaba por la acera, medio distraído, pensando en la forma de sonsacar información sobre su madre a su abuela, cuando escuchó que alguien decía su nombre. Miró atrás y a los lados, medio asustado. Sabía de los peligros de la ciudad: roba-chicos, bandidos, mareros, secuestradores, y más. Tras él venía un grupo de jóvenes, centrados en sus celulares. Delante iba un grupito de niños más chicos que él, haciendo escándalo como si en ello les fuera la vida. Nadie que lo conociera. Nadie que supiera su nombre.

8 de junio de 2016

Temor a la oscuridad

La noche es aterradora. De eso Matías no tenía ninguna duda. Por eso en su casa las luces se mantenían encendidas desde las seis de la tarde hasta la seis de la mañana. Desde la caída del sol hasta el despuntar del alba. Matías sabía que la caída del sol era como una alarma para los terrores de la noche, los cuales empezaban a rondar y a vagabundear a la caza de algún incauto.
O al menos era lo que le habían dicho y repetido mil veces desde que era pequeño. Y él lo creía. Por eso es que en su casa siempre había luz por las noches.
Matías era considerado un bicho raro. Era retraído, tenía pocos amigos, y hasta en el trabajo se pasaba la mayoría del tiempo encerrado en su oficina. Eso sí, nadie negaría que era un empleado muy rentable. Con eso se le podía calificar como un tipo introvertido. Pero su manía por mantener las luces prendidas era algo que muchos le preguntaban pero que pocos entendían. Por lo general uno se tenía que conformar con encoger los hombros y darse por vencido.
Con todo y eso Matías era tenido por un buen tipo; bueno, por aquellos que habían conseguido acercarse lo suficiente para ganarse su afecto.
Uno de esos que lo apreciaban bastante era Arnoldo. Compañero de trabajo desde hacía muchos años. Compartían muchos intereses. Ambos practicaban golf, tenían gustos literarios similares. Y no había algo que les gustase más que un buen libro y una copa de vino en el porche de la casa de cualquiera de los dos. Incluso sus esposas se llevaban bien, quienes platicaban largos ratos mientras ellos leían, charlaban y compartían opiniones acerca de lo que leían. Mientras, los niños jugaban en sus habitaciones a las cosas que juegan los niños.
Arnoldo le tenía mucho aprecio a Matías. Su amigo era un buen tipo, de eso él podía dar prueba. Y a él en particular le importaba un comino si en casa de Matías las luces no se apagaban durante toda la noche, o si este dormía rodeado de ajos o si dormía debajo de la cama en lugar de arriba. Eso a él no le importaba. Él apreciaba a Matías y punto. Lo que a él le preocupaba era la reputación que su amigo se estaba granjeando por la peculiaridad de las luces. «¡Está loco!» era una de las expresiones más comunes que la gente usaba cuando hablaba de Matías, y eso a Alberto le molestaba.
De modo que de vez en cuando procuraba sacar el tema. Tenía que conseguir que Matías dejara atrás esa manía suya. Tenía que hacerle comprender que en realidad nada se esconde en la noche, que en realidad no hay nada allí fuera esperando que se quede a oscuras para abalanzársele. Y siempre que sacaba el tema a colación, lo hacía con tiento, ya que las más de las veces lo único que conseguía era que Matías se enfurruñara. Pero esa vez había bebido más de una copa, y se sentía achispado, intrépido, ese era el día para hacerle entender a Matías de lo absurdo de su temor.