Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

22 de mayo de 2016

La promesa de Cristopher Rod

La noticia de que terminaba con él lo devastó. Sintió un nudo en la garganta y un desgarrón en el corazón, que desembocaron en copiosas lágrimas de angustia. Aunque era algo que desde hacía algunas semanas venía temiendo, siempre había albergado la esperanza de que esos temores fueran infundados, y que al final, todo volvería a ser como al principio.
Pero uno no alberga dudas y temores sin base. Y él había empezado a notar indicios de alejamiento sentimental por parte Annie hacía varias semanas, bueno, más que indicios, a decir verdad. Los mensajes de buenos días y buenas noches eran casi historia; las peticiones de que fuese a verla ya no existían, y sólo se veían tras algunos ruegos por parte de Cristopher, encuentros que ya no estaban repletos de mimos y caricias, mucho menos abrazos y besos; ella alegaba que era por el estudio, porque tenía oficios domésticos que hacer, porque sus padres querían que los acompañara a algún sitio. Ahora Cristopher sabía que no eran más que excusas.
Annie simplemente había dejado de amarlo.
Cristopher Rod había entrado a la mayoría de edad hacía algunos meses. Edad suficiente para contar con algunas experiencias sentimentales en su pasado. Ya en otras ocasiones habían terminado con él. Otras había sido el propio Cristopher quien había dado por terminada una relación. Pero en ninguna de las ocasiones anteriores se había sentido tan desahuciado como esa vez. Y es que Annie simplemente, Cristopher estaba seguro, era el amor de su vida. Estaba completa y perdidamente enamorado de ella, y ahora, de un plumazo, todos sus sueños e ilusiones se iban por la borda. Sentía, un dolor, un coraje, una rabia, una frustración, un odio, que las simples palabras no bastarían para expresarlo.
Fue en ese momento de máximo dolor que Cristopher se hizo una promesa. Juró y perjuró que por nada del mundo permitiría que Annie fuera de otro. Ella se lo había buscado, por echarlo sin mayor explicación, máxime que ahora circulaban rumores de que lo había botado porque tenía otro enamorado.
Ese primer día Cristopher no salió de su habitación. Tampoco nadie lo molestó. Sin duda sus padres intuían lo que había pasado. Ya en un par de ocasiones le habían advertido que tuviera cuidado, que podía salir herido. Y como casi siempre, sus padres habían llevado razón. No cenó y se durmió derramando abundantes lágrimas, sintiendo a ratos que el corazón se le pararía a causa del dolor.
El segundo y tercer día no fueron muy diferentes al primero. Fue a la escuela de manera mecánica, tratando de enmascarar su dolor, pero a ningún ducho se le escapó que algo le ocurría. Mala manera esa de intentar darle ánimos diciéndole que de todas formas Annie no valía la pena. ¡¿Qué no valía la pena?! A punto estuvo de agarrar a golpes al imbécil de su amigo. ¿Quién habrá inventado eso de que hablar mal de la otra persona ayudará a apaciguar el dolor?

5 de mayo de 2016

El joven viajero


La casa de los Ryder era una mansión antigua, grande e intimidante; aunque hermosa en cierta manera. Y tras la muerte de sus dos propietarios tres años atrás, todos pensaron que los tres hijos la venderían al primero que hiciera una oferta y se mudarían a otro sitio. De modo que todos se sorprendieron, desde el alcalde del pueblo, hasta el enterrador del cementerio, que los tres muchachos declararan su firme intención de conservar la casa y los negocios de sus difuntos padres.
Porque era bien sabido que los señores Ryder no eran los primeros en morir de forma antinatural en aquella casa. Pero esa es otra historia, y sería alargar demasiado lo que os quiero contar. De manera que mejor entremos en lo que nos incumbe.
Jessie Ryder era la mayor de los vástagos, ahora tenía veintitrés años, y los jóvenes del pueblo la consideraban una mujer a tener en cuenta a la hora de matrimoniarse. Pero por la que la mayoría moría era por la menor de las hembras. Se llamaba Mishell, recién había cumplido los veinte años y era considerada una beldad en el pueblo. El menor se llamaba José, y aunque su nombre era más tosco que el de sus hermanas, también era un muchacho muy agraciado, y no eran pocas las jovencitas que soñaban en convertirse en la señora Ryder, aunque eso supusiera vivir en la vieja e intimidante mansión. José hacía no mucho que había cumplido la mayoría de edad.
A pesar de ser personas de gran belleza física, también se les consideraba raros, especialmente por los adultos, quienes no se dejaban engañar tan fácilmente por un rostro bonito. Esta rareza se reflejaba en el poco trato con la gente del lugar, en su proceder huraño y en su poca hospitalidad. Jamás habían consentido en ceder la mansión para alguna fiesta de la localidad, ni se habían asomado a fiesta alguna. Ni que decir del viajero que necesitaba un lugar donde pasar la noche, sencillamente le cerraban la puerta en la nariz.
Y la gente, lentamente, empezó a poner historias misteriosas a estas maneras de proceder. Pero por supuesto, todos eran rumores inventados. Los Ryder eran, en pocas palabras, personas que gustaban de su privacidad y de la ociosidad en su mansión.
Pero los rumores pueden ser peligrosos, fue lo que empezó a repetir frecuentemente la mayor de los Ryder.
─Tenemos que ser más sociables ─dijo una noche de otoño, a mitad de la cena.
Mishell y José no dijeron nada. Se miraron de manera significativa, así durante largos minutos, casi sin moverse ni parpadear, y asintieron al fin. Pensaban en las historias, muchas de ellas ciertas, que habían escuchado durante los años de sus cortas vidas. Sí. Lo sabían. Conductas extrañas llevaban a la desconfianza de la comuna, y la desconfianza llevaba al temor, y muchas veces ese temor, infundado en la mayoría de los casos, llevaba a la gente a cometer toda clase de locuras. La quema de los implicados no era la mayor de todas. De manera que, aunque no les agradaba la perspectiva de socializar con la gente del lugar, la perspectiva de acabar en la hoguera les era aún menos halagadora.
Pasados algunos días, pensando aún en la manera de acometer su nuevo estilo de vida, alguien llamó con la aldaba a la puerta de la mansión. Fue un solo golpe, fuerte y repentino, y los tres hermanos dieron un respingo, alarmados. Afuera la lluvia caía, no torrencial pero sí pertinaz, y los relámpagos hendían la noche periódicamente. ¿Quién podía llamar a la puerta a esas horas de la noche, bajo la lluvia?