Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

6 de abril de 2016

El Meteorito

Carolina despertó presa de una extraña inquietud, como si hubiese tenido una pesadilla, lo extraño era que no recordaba haber soñado nada. Sin embargo, jadeaba acompasadamente y tras tocarse el rostro, lo descubrió perlado de sudor.
«¿De qué va todo esto? —se preguntó en su fuero interior—. Quizá esté enfermando.» Pero no se sentía enferma, excepción hecha por una especie de desasosiego que le carcomía por dentro.
Se levantó cansinamente de la cama y se acercó a la ventana de su habitación. Abrió uno de los marcos y se dejó acariciar por la fresca brisa de la noche. La sensación fue en extremo agradable. «Calor —pensó—, sólo era calor.» Se dejó embriagar por la sensación del aire en su rostro, con la barbilla alzada, admirando el hermoso globo luminoso que flotaba más arriba, entre nubes gordas y de aspectos apacibles.
Pero la extraña sensación seguía allí, de ningún modo aplacada por la brisa que acariciaba su rostro y que tiraba sus negros y revueltos cabellos hacia atrás. Pero por lo menos ya no jadeaba ni notaba su rostro sudoroso. Solo aquella inquietud…
Primero abrió los ojos, ojos grandes y expresivos, y después se llevó la mano a la boca para ahogar un gritito. De pronto la luna presentaba un color rojizo, color que también se reflejaba en las panzudas nubes que la guardaban. Carolina no lo podía creer; las cosas no cambian de color de un segundo para otro. Pero aquélla luna sí que lo había hecho. La siguió observando durante un minuto, intrigada y asustada a la vez, tratando de comprender lo que ocurría. Entonces se percató que tenía calor y que su rostro aparecía perlado de sudor de nuevo. Y el aire… el aire ya no refrescaba, sino que era caliente, cada vez más caliente.
Carolina se vio obligada a cerrar la ventana para evitar que aquel aire la tocara. No entendía que ocurría. Nada.
Sin embargo, no dejó de observar la luna, casi roja ahora. Entonces lo vio, y dio un paso atrás, aterrada. Pero en cuanto comprendió de qué se trataba se acercó lo más que pudo a los cristales de la ventana sin llegar a tocarlos. ¡Un meteorito! ¡Por todos los cielos! ¡Se trataba de un meteorito! (¿O era un cometa?) Era una bola de fuego, que se reflejaba en la luna, aunque debía de tratarse de algo muy grande o poderoso para que la ola de calor llegara hasta donde se encontraba ella.
«¡Dios! —pensó— Quizá ni caiga lejos.»
La bola de fuego caía a una velocidad de vértigo. Durante un segundo la propia casa pareció temblar, y el temblor fue real unos momentos más tarde cuando el meteorito impactó contra el suelo. La onda fue grande y poderosa, casi aterradora. Pero Carolina no estaba asustada, en todo caso, excitada. Estaba segura, mil veces segura, que el meteorito no había caído lejos del pueblo. Y estaba segura que si se ponía en marcha de inmediato podía llegar antes de que el gobierno acordonara la zona.
Y eso era lo que se proponía hacer.
Se vistió con toda prisa y salió pitando en busca de su jeep. Ya en la puerta se detuvo, dubitativa, ¿Y si el aire de fuera aún estaba caliente? Pero como no iba a cejar en su empeño, abrió la puerta con lentitud. El aire que rozó su mano era cálido más no caliente. Sonrió, contenta. Terminó de abrir la puerta, tras lo cual una vaharada de cálido viento la recibió, pero era algo que podía soportar. Por último, subió al jeep y se puso a conducir en la dirección que había visto caer la bola de fuego.
Carolina estaba excitada como pocas veces.
Condujo durante algunos kilómetros, temerosa y excitada a partes iguales. La calle estaba solitaria, y el silencio era interrumpido únicamente por el ruido del motor del jeep. Como si el meteorito hubiese obligado a meterse en sus escondites a todo ser animado, humanos y animales por igual. Aunque también podía deberse a que era poco más de la una de la mañana. No obstante Carolina temía que pronto apareciesen luces en el cielo y en la carretera, de los que venían a encargarse del objeto caído del cielo.
Algunos kilómetros más tarde, los efectos del meteorito empezaron a ser más notorios; era como si una ola de calor hubiera asolado la región. Las hojas de los árboles aparecían marchitas en mayor grado a medida que el jeep se acercaba al lugar de la colisión, todo estaba cubierto de polvo y pronto empezaron a aparecer algunos árboles completamente achicharrados o tumbados, prácticamente arrancados de sus raíces. Eso a Carolina la conmocionaba, pero siguió conduciendo, siguiendo la ola de destrucción.
Hasta que llegó a un punto en que el coche ya no podía llevarla. El rastro de devastación se internaba en el bosque y no había ninguna senda por la que el jeep pudiera seguir rodando. Carolina suspiró exasperada, tomó su bolso, aparcó a un lado del camino y se internó a pie en el bosque a medias destruido. Sabía que debía darse prisa antes de que clausuraran el área, por eso no titubeó a la hora de dejar el auto atrás.
Sus botas eran de suela gruesa, idóneas para la ocasión. A pesar de ello el calor le llegaba hasta las plantas de los pies, y no era raro ver salir humo de los troncos de algunos árboles. Pensaba en lo que iba a encontrar en el lugar del impacto cuando algo se movió entre sus pies. Carolina soltó un grito y dio un salto en simultáneo, instintivamente alejándose de aquello que reptaba en el suelo. Una masa negra y amorfa se agitaba entre hojas chamuscadas y suelo negro. Carolina retrocedió otro paso, asustada y preguntándose qué era aquello. Una parte irracional de su cerebro le gritaba que se alejara de esa cosa a toda prisa, que se trataba de algo que había caído con el meteorito, pero Carolina se negó en redondo a huir.
La masa negra seguía agitándose, retorciéndose, y en un par de ocasiones dejó escapar unos leves chillidos. No se movía, no iba a ningún sitio, agonizaba, comprendió Carolina. Cogió valor y se acercó con pasos titubeantes. Tras un breve examen identificó la masa amorfa como un conejo: estaba chamuscado y le faltaban algunos miembros, pero se trataba a todas luces de un conejo. Carolina sintió lástima y repugna a la vez, pero sacó su cámara de video y filmó a la agonizante criatura.
Lo del conejo no fue el único caso. Encontró pájaros tan achicharrados que solo eran reconocibles por el olor a carne quemada, las culebras formaban líneas de carbón o círculos si estaban enrolladas, y los animales más grandes agonizaban lastimeramente. Carolina filmaba lo más importante, y su voz describía a medias las escenas, sin entretenerse demasiado, porque sospechaba que el lugar de impacto del meteorito ya no estaba tan lejos.
Sus sospechas no eran infundadas. Pronto dejó de encontrar animales vivos, incluso los más grandes aparecían tan calcinados que era difícil determinar su especie, y árboles, no había uno solo que no pareciese un tronco negro y humeante. Había llegado al lugar donde la devastación había encontrado su punto culminante. El corazón martilleaba excitado dentro de su pecho, ¡iba ser la primera en filmar aquél cuerpo celeste! ¡Un meteorito! ¡Por todos los cielos, iba a filmar un meteorito!
No estaba preparada, ni siquiera imaginaba de forma remota, lo que en verdad iba a encontrar.
Divisó el cráter a unos trescientos metros de distancia. Eran las tres de la mañana y la luna llena aún señoreaba en el cielo, confiriendo a aquella área destrozada un aura argéntea, casi fantasmal. Carolina casi echó a correr de emoción, pero se contuvo, y anduvo con paso seguro y comedido. Los últimos doscientos metros en torno al cráter estaban completamente abrasados, ni una brizna de hierba se había salvado, y la tierra estaba negrísima y caliente. Aun así, no se detuvo y se las arregló para soportar el calor y buscó los puntos más cálidos para pisar y llegar al borde del enorme agujero.
En el fondo, cincuenta o sesenta metros más abajo, se veía humear a un objeto. «El meteorito», pensó Carolina. Enfocó la cámara y empezó a grabar. Hubiese querido bajar, pero el agujero era muy inclinado y sin nada donde sujetarse, y si se precipitaba, sería carne a las brasas sobre el objeto que humeaba en el fondo. De manera que tenía que conformarse con filmar solamente.
Hablaba a la cámara, con la voz entrecortada por la emoción, cuando vio que algo diminuto ascendía reptando por una de las paredes del cráter. Lo enfocó con la cámara, sin saber lo que era. Tras unos minutos de escrutinio seguía sin saber lo que era. No reptaba muy lejos de su posición, así que empezó a avanzar hacia él, asegurándose de pisar en firme. Entre más lo miraba más dudas tenía; y es que la criatura tenía más aspecto de molusco que de algún vertebrado del bosque.
Siguió avanzando hasta quedar justo arriba del animalito, que seguía reptando unos cinco metros más abajo. Era una cosita del color del musgo, no más grande que un gato pequeño, pero su aspecto era gelatinoso y se arrastraba como un caracol, y por más que miró, no vislumbró algo que hiciese de ojos o boca; parecía una bola de gelatina que se arrastra.
«Que extraño», pensó Carolina, sintiéndose muy inquieta, como cuando despertó esa noche.
Observando la bola de gelatina que se arrastraba, no se había percatado que la columna de humo que salía del meteorito se había reducido de manera considerable. Dirigió la lente de la cámara al fondo, con rapidez, para captar la imagen del meteorito por primera vez. Cual no fue su sorpresa cuando en lugar de enfocar una roca espacial, lo que enfocó fue una cámara de acero, de la cual, por una ventanilla abierta, salían en fila india un sin número de seres similares al que reptaba bajo sus pies.
Carolina no estaba, ni mucho menos, preparada para algo de aquella magnitud. De pronto fue como si sus piernas de carne y hueso se hubiesen transformado en una masa gelatinosa incapaz de soportar su peso. ¡Extraterrestres! ¡Alienígenas! ¡Visitantes de otro mundo! Era demasiado grande todo como para cogerlo con estoicismo, las posibilidades y sus implicaciones eran inmensas.
Temblando como estaba, tratando de serenarse y comprender la magnitud de aquel descubrimiento, no se había percatado que la solitaria figura gelatinosa había terminado su ascenso. Carolina incluso dejó de filmar para observarla mejor, pero por más que miró no podía describirla más que como una bola de gelatina. El extraterrestre simplemente no tenía forma, y aunque no tenía ojos, ni nada a lo que se le pudiese asignar tal calificativo, Carolina se sentía observada.
Entonces la criatura saltó y fue a quedar pegada a la cara de Carolina. Ella se echó a gritar, perdió pie, se resbaló y empezó a rodar ladera abajo. La cabeza rebotaba contra la tierra ardiente, la cara le ardía, le quemaba y sentía que algo se la succionaba. Todo era horror, dolor y muerte. Al llegar al fondo chocó contra algo blando. El resto de visitantes de otro mundo se adhirieron a su cuerpo, quemando y succionando. Mallugada por la caída, débil por las energías que el primer extraterrestre le quitó mientras caía, Carolina no tuvo energías para pelear. Sólo se rindió y se dejó hacer.
Nunca lo pensó, pero ella era solo la primera de una larga lista. 

3 comentarios:

  1. Esta historia me hizo recordar a la película The Blob. Donde de un meteorito surge una babosa que sebcome todo. Aunque en esta historia son varias cosas, la pobre Carolina no pudo salvarse. Ahora todos estan en peligro, parece que solo ella sintio el cambio de temperatura y la caida del meteorito, y su curiosidad le costo la vida. Vaya, cual será el objetivo de esas babosas verdes?. Acabar con la raza humana o dominar. Lo que sea, se van a alimentar primero, por lo que se menciona, habrán muchas victimas hasta que alguien haga algo. Un muy buen relato amigo!, esas cosas, al parecer, van a arrasar con todo!. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

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  2. Hola Manuel antes no podía entrar a tu blog ayer lo logré y me desatrasé de los cuentos casi no duermo jajaja están muy chéveres como siempre no has perdido el toque. Buenas noches y sigue escribiendo esas buenas historias. Ojalá algún día pueda hacer un cuento de esa manera. Att. David

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  3. Hola, gracias por comentar. Que bien que os haya gustado la historia. Ya sabéis, seguid revisando el blog, en cualquier momento hay nueva historia.

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