Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

17 de marzo de 2016

Él

Los primeros rayos del sol alcanzaron a Él cuando se inclinó en un estanque de agua casi clara, para dar un gran sorbo. No tenía sed, pero sabía que más tarde quizá no tuviera tiempo de beber. No es que Él hubiese pensando precisamente en esa palabra, porque Él no tenía un lenguaje como nosotros lo entendemos. Lo de Él eran más emociones, sensaciones, contacto mental…, pero para relatar algo de la historia de Él lo haré en un lenguaje que todos comprendamos, ¿entendido?
Primero que nada, diré que la historia de Él es una historia muy larga, mil páginas no serían suficientes para escribir una centésima parte de esa historia, y lo que a continuación relataré, en unas pocas páginas, es un burdo intento mío por contar a grandes rasgos algo de la historia de este enigmático (y mal llamado monstruo) personaje.
Bien.
Él sorbió el agua del estanque y la saboreó con placer. Luego dio otro sorbo. Cada uno lo suficientemente grande como para llenar un barril. Un último sorbo y se puso de pie, todavía saboreando el agua con placer. Era uno de los pocos placeres que se podía permitir en los últimos tiempos. Además de que era un placer que empezó a permitirse no hacía mucho. Ya que Él no siempre había podido beber. Según su memoria, hacía unos mil años que le empezó a salir boca, y no fue hasta que transcurrió la mitad de ese tiempo que fue capaz de beber algo. Ni que decir de la comida. Comparado con los humanos, Él era como un bebé al que apenas le empiezan a salir dientes; no podía comer cualquier cosa, aún.
Porque hay que decir una cosa de Él, sólo una cosa, y es que Él era muy, pero muy viejo, tanto que ya ni se acordaba; no tanto por su mala memoria y el tiempo transcurrido, sino porque en el principio apenas si tenía conciencia de su existencia. Porque la vida de Él se remontaba a muchos miles de años humanos atrás. Es mucho tiempo, ¿a que sí?
Él tragó los últimos restos de agua y empezó a caminar, procuraba mantenerse entre los árboles, silencioso. Esa vez fue una de las pocas ocasiones que agradeció ser tan pequeño. Durante mucho tiempo había soñado con crecer, crecer, hasta alcanzar las nubes, pero ahora le satisfacía que ese deseo no se hubiera realizado. Si no, ¿cómo se mantendría oculto en aquellos árboles ralos, salpicados de charcas y arroyuelos de agua parda? Porque hay que decir, que pese a su edad, Él parcamente mediría diez metros de altura y uno de grosor en su parte más gruesa, que era la cintura, donde sus piernas nudosas salían disparadas hacia el suelo.
El sol ya se había separado un buen trecho del horizonte cuando él supo que estaba muy cerca de su destino. Eso era incuestionable, las marcas de los humanos eran notorias por doquier. Él sintió la cólera bullir en su interior. Había un árbol por allí cerca, al que habían dejado tullido al quitarle una de sus ramas más gruesas y hermosas. Él tanteó al árbol, no lo conocía de antes, pero el árbol supo que quien se comunicaba con él no era otro que Él, el único de su especie que podía caminar. El árbol le contó a Él lo despiadado de los humanos, le mostró en imágenes cómo le cortaron un brazo con una cosa que hacía mucho ruido y que tenía unos dientes filosos que cortaban más rápido que las polillas. ¡Y cómo se reían los malditos mientras lo amputaban!
Él le prometió venganza. Pero sabía que era una promesa vacua. Lucharía, haría todo lo posible por vencer, pero él sólo era uno, y ellos…, bueno, numerosos como hormigas. Pero ya estaba harto de huir. Era hora de plantar cara y vencer o morir, pero peleando en aquella tierra que amaba.
Él, desde que tenía conciencia se había dedicado a huir. Quizá fue esa misma imperiosa necesidad de huir lo que había hecho que su tronco se separara en dos, que pudiera sacar sus raíces de la tierra y pudiera correr, lejos de aquel fuego que abrazaba a sus amigos y parientes, que aterrados por el fuego que se acercaba implacable aún tuvieron tiempo de extasiarse al ver que uno de los suyos podía caminar. Muchos gritaron pidiendo su ayuda, otros dijeron que les enseñara cómo dejar la tierra para echarse a correr también, pero Él solo pensaba en correr, en huir de aquel fuego exterminador, de aquel fuego que, como todo, también había sido obra de los humanos.
Había huido, superó el dolor de ver arder a todos sus conocidos y se asentó en otro sitio. Enterró sus raíces y se quedó allí mucho tiempo. De vez en cuando, en los días que todo florecía de preferencia, sacaba sus raíces de la tierra y recorría su nuevo hogar. Pero allí también llegaron los humanos. Llegaron en números incontables, y se mataban entre ellos, y cortaban árboles para seguirse matando, prendían fuego a los árboles, con la intención de prenderse fuego o hacerse correr entre ellos. Todo era sangre, fuego, muerte y dolor. A él intentaron talarlo en una ocasión, le hicieron una muesca en el tronco y el dolor lo recorrió como una exhalación. El dolor hizo que se agitara, de algún lado le salió un gemido y extrajo sus raíces de la tierra. Los humanos se echaron a correr, asustados, Él lo disfrutó un momento, luego se había echado a correr antes que regresaran.
Pero no fue la única guerra en la que Él estuvo. Vio a los humanos matarse entre ellos incontables veces. En una ocasión un general colgó su hamaca de una de sus ramas. Otra vez sirvió para ahorcar a los cautivos. Aunque las más de las veces sólo era un mero observador. En una ocasión estuvo en el patio de una casita de unos campesinos. Fueron años felices. Había una niñita que jugaba a su sombra todos los días. Su alegría era la alegría de Él. Pero un día llegaron unos bandidos y mataron a los padres y animales de granja. La niñita, que ya no estaba tan pequeña, se había ocultado entre sus ramas. Pero la descubrieron, la hicieron bajar y le quitaron la ropa e iban a forzarla sexualmente (porque tras incontables años de vida tanto en el bosque como entre humanos Él ya sabía qué era aquello), entonces Él se movió, sacó sus raíces de la tierra y los bandidos se echaron a correr. La niñita también se echó a correr, gritando que un monstruo quería hacerle daño. Fue la última vez que él intentó ayudar a un humano y la última vez que vivió entre humanos.
Los siglos siguientes deambuló entre bosques, valles y llanuras. Fue casa de muchas aves, testigo de grandes enfrentamientos entre felinos, motivo de alegría y admiración allí donde iba. Intentó enseñar cómo sacar las raíces de la tierra a los demás árboles, pero nunca tuvo éxito, sencillamente porque no sabía cómo lo había logrado él.
Pero al final de todo siempre estaban los humanos, siempre terminaban llegando allí donde él se escondía, casi parecía que lo seguían. Y donde había humanos, había dolor, fuego, muerte, angustia. El pasatiempo humano favorito era matar animales, talas árboles, y quemar. Lo quemaban todo, incluso entre ellos.
Él huía por las noches, cuando nadie lo veía. Huía y enterraba sus raíces en lugares que los humanos aún no habían pisoteado. Pero al final los humanos siempre llegaban, portadores del fuego.
Y Él volvía a huir. Y volvía a huir. Pero ya no. Esa vez sería diferente.
«Tranquilo, amigo —dijo al árbol de la rama amputada—. Si nuestro dios de sol y lluvia es misericordioso, hoy mismo te proporcionaré algo de esa venganza que tu centro anhela.»
Enterró sus raíces no muy lejos de su nuevo amigo y se quedó inmóvil. Permanecer inmóvil era su especialidad, después de todo era mitad árbol y mitad… bueno, al menos sabía que era mitad árbol.
Esperó con paciencia. Tanteando con su mente todo alrededor. Los árboles tenían mucho miedo, igual que ayer, que antier, y que todos los días desde la llegada de los humanos. Le contaron a Él que ya habían perdido varios amigos y parientes, y a través de ellos vio el campamento humano. Había al menos diez tiendas de campaña, muchas armas para matar y despedazar árboles, y grandes montones donde apilaban a sus camaradas fallecidos. Él sentía la rabia rebullir dentro, pero mantuvo la calma. Él solo no podría con tantos humanos. Sólo restaba ser paciente.
Hasta que llegó su oportunidad. Durante la noche.
El humano iba solo. Avanzaba despacio, alumbrando su camino con una lámpara de mano (Él no sabía qué era una lámpara de mano, pero recuerden que yo estoy contando la historia de forma sencilla, sin adentrarnos demasiado en la mente excepcional de Él). Esa noche no iba a talar árboles, lo que llevaba en su mano era un arma para matar animales: ¡el humano iba de cacería!
Él esperó paciente. El humano se fue acercando paso a paso, despacio, con lentitud. Cuando estuvo enfrente del medio-árbol, Él dejó caer sus ramas. El humano grito. Pero su grito no duró demasiado. Él lo cogió con una rama del torso y con otra de las piernas, tiró y el humano se estiró hasta partirse en dos. Las vísceras se esparcieron como salpicaduras de agua.
Los humanos encontraron el cuerpo de su compañero a la mañana siguiente. Y sintieron miedo. Hicieron una y mil especulaciones, pero ninguna les pareció satisfactoria. Una cosa estaba clara: en el bosque había un depredador capaz de separar a su víctima en dos partes. Habría que tener mucho cuidado a partir de ese día.
Y a partir de ese día se anduvieron con mucho cuidado. Pero a partir de ese día cosas realmente cruentas y espantosas empezaron a ocurrirles a los osados o imbéciles que se apartaban del grupo principal. Tres días después del primer asesinato, otro hombre apareció muerto, colgando de sus ropas deshilachadas de las ramas de un laurel. Lo más raro era que el asesinato ocurrió durante el día. De manera que habría que andarse con pies de plomo incluso durante la jornada diurna.
Días más tarde, aparecieron muertos otros dos. Andaban juntos. En su locura quizá habían decidido salir a cazar al depredador, porque portaban armas de fuego de alto calibre. Lograron disparar, porque fueron los ruidos de los disparos los que alertaron al resto de grupo. Pero no tuvieron suerte, ya que además de su sangre y vísceras, no había rastros de sangre de alguien más. Excepto las enormes pisadas, una mezcla de púas y serpientes extendidas, que dejaba Él. Pero no parecía probable que un ser tan gigantesco existiera, de modo que al principio no relacionaron aquellas pisadas con las muertes.
A pesar de las trágicas muertes. La explotación maderera no cesó. ¿Y cómo? Si el resultado sería muy lucrativo.
Él había tenido la esperanza que tras algunas muertes los humanos se iban a marchar. Pero no fue así. Todo lo contrario, éstos estaban tan decididos como al principio con exterminar el bosque. Él estaba decepcionado. Y cansado. Matar no era fácil, aun si se trataba de aquellas criaturas despreciables. Sencillamente él no había sido hecho para matar. Y cada muerte le pesaba en el alma. Pero tenía que continuar, por él, por el bosque, y por todos los animales y árboles del mundo.
Las muertes continuaron durante un tiempo más. Cada vez más espaciadas. A veces transcurrían semanas sin que alguien muriera. Pero tarde o temprano alguien pecaba de imprudencia y sus vísceras terminaban embarradas en el suelo.
Los humanos estaban fuera de sí. Probaron atrapar al depredador con cerdos, vacas y gacelas, mientras ellos se apostaban para vigilar, pero él depredador no se asomó. Después, abusando de la osadía, mandaron una pareja de valientes y locos delante, mientras ellos los seguían a un centenar de metros, listos para abalanzarse sobre la fiera cuando atacara la carnada. Pero todos los árboles hacían de oídos y ojos de Él, y Él no atacó.
Los hombres morían. Con diferencia de muchos días, pero morían. Los árboles morían día a día. Por decenas y por cientos. Los que quedaban estaban aterrados. Más hombres llegaban para reemplazar a los caídos; pero para los árboles no había relevos. Era una guerra que estaban perdiendo. Y su único combatiente, el único que podía salvarlos, insistía en ser paciente, y las bajas que causaba eran desproporcionadamente inferiores a las que sufrían. Los demás empezaron a incordiarlo. Empezaron a decirle que debía ser más osado, que debía atacar de diferentes formas, tenía que cobrar más víctimas o irremisiblemente todos morirían.
Lo siguieron atormentado de tal manera que cada vez que Él expandía su mente lo único que oía eran reproches y mil ideas de cómo acabar con los humanos. Durante un tiempo se sintió acosado de tal modo que pensó seriamente en huir. Pero tras reflexionar sobre ello decidió que no. No iba a volver a huir. Así que era hora de actuar con más audacia.
Hacía cierto tiempo que los humanos se habían percatado que cuando iban en número de cuatro o más, no eran atacados. Así que no era raro ver grupos que iban de cuatro a diez personas deambulando por el bosque. Atacar a estos grupos era el siguiente paso de Él. Si conseguía acabar con uno de esos grupos quizá los humanos se dieran cuenta de que enfrentaban algo muy poderoso y se marcharan. Pero si no…
Era una noche de cuarto creciente. Él se había instalado junto a un tamarindo cuyos frutos los humanos cortaban constantemente para prepararse alguna especie de bebida. Llevaba tres noches de espera, sin que los humanos apareciesen. Pero a la tercera noche llegaron. Eran cinco. Él esperó a que pasasen frente a él, después atacó.
El primero apenas tuvo tiempo de gritar. El segundo disparó, y Él sintió algo agudo y penetrante rasgar su corteza. El dolor fue fuerte, pero no persistente. El tipo murió igual que el primero. Mientras se encargaba del segundo, aplastó de una zancada al tercero, que se vio perforado por varias raíces. Los otros dos gritaban de pánico, hicieron algunos disparos y se echaron a correr. Él estiró sus ramas, a uno lo cogió por la cintura, pero al último sólo lo rozó. Mientras mataba al cuarto, Él intentó alcanzarlo, pero el humano era muy rápido y Él, pese a su tamaño, muy lento.
Él se dio la vuelta y se echó a correr. Por su temeridad había sido descubierto. Ahora sólo le quedaba huir antes de que los humanos fueran a por él. Cuando el que había escapado les contara lo sucedido se asustarían, Él lo sabía, pero también se enfurecerían e irían a por él, y él no podía hacerles frente.
Así fue como Él huyó de nuevo, como antes, como siempre, como parecía que estaba destinado a ser.   

2 comentarios:

  1. Vaya, es una historia tristevy aterradora a la vez. Un monstruo que atacaba a los humanos pero con el fin de proteger a la tierra. Un arbol con poderes especiales, dedicado a exterminar, pero a pesar de ser considerado un monstruo, no es tal cosa. Los humanos somos monstruos, exterminan millones de especies cada año. Talan arboles que podrian ayudarnos con el oxigeno que aportan sin necesidad de hacerles daño. Cada diavla tierra esta peor, y sin embargo no escarmientan. Una excelente y aleccionadora historia Manuel!. Me parecio muy buena y te quedó de lo mejor!. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

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    1. Tienes razón Ongie. Por lo general todo acto tiene una razón; lo que para los humanos era un monstruo que estaba acabando con sus vidas, para Él era un acto de defensa, una última tirada por proteger a los suyos. Pero no importa lo fuerte que sea, lo grande o lo aterrador, el hombre, experto en destrucción, siempre encuentra la forma de destruir. Y esto Él lo sabía. Saludos!

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