Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

9 de marzo de 2016

Cortando camino

—Maldición —masculló Silver a la nada.
El sol rozaba con uno de sus cantos el horizonte de poniente. Era una bola de fuego rojo, y el cielo a su alrededor presentaba variaciones que iban del rojo al naranja y al purpura. Era una puesta de sol hermosa. Pero Silver no estaba para tales tonterías.
Si tan solo no se hubiera entretenido en aquella cervecería donde se encontró con viejos conocidos…, pero lamentarse de nada servía.
Silver bajaba de la ciudad a ver a sus padres, que vivían en una aldea, bastante lejos de la autopista principal. Para ver a sus pobres viejos y demostrar al resto que un aldeano también podía triunfar en la ciudad. Viajaba en su moto nueva estilo Hayley Davidson. No llevaba una indumentaria de cuero negro que hiciera juego con la moto, pero eso era lo de menos; aun así, sabía que iba a impresionar a sus viejos amigos.
Hacía diez años que había dejado la aldeucha, para tratar de trascender en la ciudad. Con esfuerzo lo había conseguido. Sin embargo, no recordaba que el camino a casa fuera tan largo. El sol casi desaparecía en el horizonte y él no llegaba siquiera al cruce que tenía que tomar. Empezaba a impacientarse, no quería llegar de noche a la aldea, a despertar a sus pobres viejos, que con tanto esfuerzo habían costeado sus estudios en la ciudad.
Iba a velocidad moderada, porque no se consideraba un conductor ducho y no quería tentar a la suerte. Entonces vio un claro entre la vegetación que bordeaba la carretera y Silver frenó de golpe, la llanta de atrás se levantó y Silver sintió que el corazón se le salía por la boca. Para su fortuna la llanta no se elevó tanto como para dar una voltereta.
«¡Santo Dios! —pensó, recuperándose del susto— Si voy más rápido me mato.»
Aun así, se detuvo poco más adelante del claro. Hizo dar media vuelta a la moto, despacio, y se detuvo frente al claro. Era un camino. Silver ya lo conocía de antes, un palo de amate era firme testigo de que no se equivocaba. En su juventud lo había utilizado en un par de ocasiones, aunque lo recordaba más ancho y un poco más limpio, ahora parecía una senda de animales. Para llegar a su destino, siguiendo la carretera principal, tenía que recorrer al menos unos cincuenta kilómetros, una vuelta enorme que pasaba por varias poblaciones más. Aquel camino que tenía enfrente cortaba esa curva y reducía el camino a poco más de diez kilómetros.
¿Pero por qué parecía tan descuidado? ¿Acaso era que habían dejado de usarlo? Aunque lo más seguro era que siempre hubiese sido así, y él lo estaba comparando con los caminos más limpios de la ciudad. Sí, eso debía ser, entonces, ¿por qué no? Así llegaría alrededor de las siete de la noche con sus padres, aún podría compartir unas horas con ellos.
Y sin pensarlo más se internó en aquél camino viejo y abandonado, sin imaginar los ratos aciagos que le esperaban por su audacia.
El camino, angosto, donde dos personas apenas podrían caminar hombro con hombro, aparecía tapizado de hojas secas, raíces de los arbustos más grandes y montecillos que empezaban a horadarlo. La moto era un temblor constante y Silver pronto se estaba arrepintiendo de tomar el atajo. Tampoco recordaba que la naturaleza tuviera tan ganado el sendero. Además, la oscuridad allí era más densa. Árboles y arbustos bordeaban el caminito y en algunas partes sus ramas se entrelazaban para formar un dosel de ramas, hojas y enredaderas. Y la atmósfera era húmeda y ominosa. La luz de la motocicleta, a pesar de que era muy potente, apenas alumbraba más allá de los diez metros. En el camino Silver vio desaparecer toda suerte de roedores e incluso una serpiente, y entre las sombras, allá donde la luz apenas llegaba, le parecía que a ratos se escabullían seres de mayor envergadura.
«Tranquilo, no es nada, sólo tu imaginación —se dijo, totalmente arrepentido de haber tomado el atajo—. Sólo sigue conduciendo, diez kilómetros no es tanto.»
Hizo todo lo posible por sólo concentrarse en el camino, cosa que consiguió durante un rato. En esos momentos miraba únicamente el camino, su mente centrada en el timón y en el acelerador, nada más existía. Sólo el camino y su convicción de que pronto llegaría a su destino, sin más percance que un buen dolor de culo por el bote de la moto.
Pero tanto bota una cosa que acaba ponchándose.
Silver rugió de rabia cuando tras casi caerse comprobó que el tubo de la llanta trasera había explotado. Maldición, eso era lo que se ganaba por querer acortar el camino: una llanta ponchada en mitad de la nada. ¿Y ahora qué hacía?
Estaba revisando la llanta, por fuerza de costumbre no porque creyera que podía repararla, cuando escuchó algo a sus espaldas. Y de pronto comprendió la magnitud del problema en el que estaba metido. Se volvió hacia el ruido, como de hojas y ramitas secas que se quiebran, pero no vio nada, excepto oscuridad. Pero no fue aquel ruido lo que lo hizo sentir miedo, sino que fue el hecho de que comprendió lo comprometido de su situación: lejos de su destino, una moto con la llanta ponchada, solo, una noche negra, un camino abandonado y un miedo a lo desconocido como no sentía desde que era pequeño y creía que bajo su cama habitaban monstruos aterradores.
—¿Por qué a mí? —se preguntó en voz alta, maldiciendo su suerte.
Su voz sonó hueca y fuera de lugar. Un conejo saltó a la parte iluminada del camino y sus ojos refulgieron como piedras del mal, Silver dio un respingo, y el conejo lo miró con fijeza. Lo observó durante un momento, una eternidad le pareció a Silver, después se perdió por uno de los costados. Lo curioso era que sus ojos no habían dejado de brillar durante todo el rato que lo observó. Mala cosa aquella.
«No tengo más remedio que continuar.»
Era mejor una llanta perdida que una noche en aquel lugar. De modo que subió a la motocicleta y aceleró. La llanta ponchada lo tiraba hacia los lados, lo hacía perder el equilibrio, amenazando con derribarlo. El aro producía sonidos huecos al golpear contra las raíces que se entrelazaban en el camino. Pero Silver, de brazos fuertes y decidido, aunque a duras penas, lograba mantener el dominio de la motocicleta. Sí, sólo debía seguir así y llegaría en un santiamén a la aldea.
Entonces, una raíz más grande, la llanta sin aire golpeó con fuerza, el brinco lo desestabilizó y Silver y moto fueron a dar contra el suelo. El golpe le sacó un gemido. Desde el suelo vio que la raíz que lo había derribado se movía, sólo que no era una raíz, sino algo como, como una serpiente, solo que… ¿desde cuándo las serpientes tienen ventosas?
Silver se puso de pie y marcó distancias entre aquella cosa y él. La serpiente aquella, si es que lo era, producía una especie de silbido en su avance, algo así como el viento entre las rocas. Terminó de meterse por completo en el monte y una especie de baba quedó como vestigio de su paso. Silver permaneció en el centro del camino, inmóvil, temeroso de que cualquier movimiento suyo terminaría en un ataque de aquella serpiente o lo que fuera. Un tentáculo era lo que parecía en realidad.
Estuvo largo rato inmóvil, expectante. El motor de la moto se apagó un minuto antes que la luz y Silver quedó envuelto en una especie de luz argéntea. Durante unos instantes creyó que era algo sobrenatural, pero luego miró al cielo, y vio a una gorda luna de plata en el horizonte. De alguna forma eso le hizo sentir más temor. No era supersticioso, pero por lo general, la luna llena era considerada la noche de los monstruos.
Muy asustado, a decir verdad, y mil veces arrepentido de haber tomado el atajo, regresó junto a la moto. La levantó y probó encenderla, ¡sorpresa!, el motor no respondió. Entonces sí que sintió pánico. Probó a la patada y con el botón automático, pero nada. Ni siquiera la luz prendía.
Un minuto más tarde, seguro de que no quería estar más en ese sitio, empezó a caminar halando de la moto. Bonita estampa ofrecería en la aldea cuando apareciera tirando como un animal de carga lo que en un principio iba a presumir.
Al principio avanzó con agilidad. La moto no se resistía, y tomándola de la forma correcta, era posible mantener un ritmo constante. Pero Silver empezó a cansarse al cabo de un rato. La noche era fresca, pero él sudaba y jadeaba por el esfuerzo, le empezaba a dar sed y no llevaba nada que pudiera quitársela. Se obligó a continuar, si aquél camino era el que años atrás había recorrido unas cuantas veces, entonces no debía estar lejos de una pequeña laguna que bordeaba el camino. Recordó sus aguas pardas y verdes, pero estaba seguro que en aquellos momentos le parecería más límpida que un manantial.
Y en contra de lo esperado llegó a la laguna. Tal como le estaban saliendo las cosas ese día creyó que nunca iba a dar con ella. Pero la encontró. La observó durante un momento, aliviado, mientras recuperaba el resuello y después, haciendo cuenco con las manos, bebió hasta saciarse.
Una vez saciada su sed, se sintió reconfortado en cierto modo, y la noche le parecía más apacible que aterradora. Cerca de la orilla de la laguna había un olmo de frondoso ramaje, cuyas hojas a ratos parecían brillar a la luz de la luna. Tal belleza le aligeró el alma, y logró olvidarse de sus recientes tribulaciones.
Ya más relajado decidió que lo mejor sería quedarse a pasar la noche allí. Ir halando de su moto por un camino empotrado en un montarral era una tarea que sin duda se hacía mejor con la luz del día. «¿Qué más da? —pensó—. Por un día que me retrase mis padres no dejarán de esperarme.»
Así que sacó la motocicleta del camino, para que en el improbable caso de que alguien pasara no entorpeciera su paso, y se formó una cama de musgo y ramas junto al tronco del olmo. Cayó rendido de inmediato, no había imaginado que estuviera tan cansado.
Estaba teniendo un sueño apacible, lejos de tribulaciones y atajos angostos que le amargaran la vida. Se podía decir que dormía como un bebé. Pero a su sueño tranquilo, y de alguna forma supo que era real, empezó a llegar un ruido, un murmullo, como de agua que reverbera, como de un rumor de insecto. Era un sonido débil, distante, pero persistente. Su sentido de alerta lo hizo despertarse, no somnoliento como acostumbraba despertarse por las mañanas, sino que con la mente despejada, alerta.
Algo le decía que en aquel sitio ya no estaba solo, y el miedo empezó a palpitar de nuevo. Con la luz de la luna la noche casi parecía día, pero pese a eso, Silver no logró ver nada a su alrededor. Quizá sólo era su imaginación.
De todas formas, no se sentía tranquilo.
Algo en el agua llamó su atención. Silver miró con atención. Nada. Sólo una luna llena que se reflejaba en el centro, gorda, majestuosa, pero también sucia por la superficie en la que se reflejaba. Un momento. Del centro de esa luna salió una onda concéntrica que llegó hasta los márgenes de la laguna. Silver contó diez latidos de corazón antes de que otra onda naciera del mismo punto. La siguiente tardó menos tiempo, y la siguiente mucho menos. Un minuto después, toda la superficie líquida estaba invadida de ondas. Y en el centro, donde nacían, algo empezó a emerger.
Si Silver no se cagó fue sólo porque desde la mañana no había comido nada.
Una criatura, totalmente inhuma, emergía monstruosa, como si un elevador en lo bajo de las aguas la izara. Su formaba recordaba a la de un pulpo, por los cuatro tentáculos de menos de medio metro que salían de su cuerpo; su rostro era escamoso y parecido al de un pez. Algo le rozó una pierna y Silver dio un salto. Anonado como estaba, viendo aquél rostro monstruoso, no se había percatado que un tentáculo blancuzco salía del agua e intentaba cogerlo. Se alejó de él, aterrado, brincando como loco.
El tentáculo, sabiéndose esquivado regresó al agua, reptando. El ser del agua siguió emergiendo, y esta vez empezó a avanzar hacia la orilla. Silver siguió retrocediendo, aún inseguro de si aquello era real o no.
Algo se movió en su ángulo visual. Silver se volvió para echar un rápido vistazo. ¡Otro tentáculo! Solo que este era verdoso. Nacía de un arbusto ubicado a escasos metros de Silver. El arbusto se agitaba, y Silver estaba seguro que el dueño de aquel tentáculo se escondía allí. Sueño o no, Silver supo que era el momento de echarse a correr. Y dejando la motocicleta atrás, se echó a correr por el caminito tapizado de hojas secas.
La velocidad de movimiento de los tentáculos le había indicado que éstos eran lentos, igual que sus dueños. De modo que, corriendo, Silver estaba seguro de no ser alcanzado. Corría aterrado. El corazón desbocado en su pecho. Pero también sentía una suerte de adrenalina, un regocijo sin fundamento, e imaginó la historia que iba a contar más adelante. Sólo tenía que seguir corriendo, y así salvaría el pellejo.
Sólo tenía que correr.
¡Cuán equivocado estaba!
Algo se enredó en sus piernas. Cayó con brusquedad. Su cabeza rebotó con fuerza contra el duro suelo y durante unos instantes todo estuvo oscuro. Sentía que algo seguía enrollándose en sus tobillos, algo húmedo y viscoso, como gusanos que reptan, la sensación más horrible que alguien puede sentir. Solo que no eran gusanos, si no tentáculos, tentáculos verdes y tentáculos blancuzcos. Aún aturdido por la caída sintió que era arrastrado. Intentó sujetarse de una raíz, a la desesperada, luego de un arbusto, de una raíz de nuevo, pero la fuerza con que tiraban de él era inexorable. No tardó en darse cuenta de que no había nada que pudiera hacer.
Su último pensamiento, aciago a más no poder, fue que nadie sabría qué fue de él. 

3 comentarios:

  1. Que mala suerte tuvo. Claro que si fuesemos mas coherentes y no tomasemos atajos imprevisto, o dejásemos a un lado las casas abandonadas,no habrían historias de terror. Muy buena la historia. Saludos desde España. Silvia.

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    1. Jaja, tienes mucha razón Silvia. La mayoría de las historias de terror nacen por la imprudencia de los protagonistas. Pero si no pecaran de curiosos o de presurosos, el mundo sería un lugar muy aburrido. Abrazos!

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  2. Pobre Silver, pensar que habia sido afortunado de surgir en la ciudad y dejar la aldea atras. Y ahora sufrio justamente cuando iba a mostrar sus logros a sus progenitores, eso si es mala suerte. Parece que Silver no lee historias de terror, porque de ser asi lo hubiera pensado mejor y no se hubiese aventurado en ese extraño camino dobde aparecen extraños monstruos acuaticos y terrestres con tentaculos. Por eso hay que pensar las cosas bien antes de actuar, por que el flojo trabaja doble. Un muy buen cuento, aterrador ye interesante. ¡Espero la proxima historia!. ¡Saludos dedde Venezuela!

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