Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

24 de febrero de 2016

La sombra del hermano

Jacinto sintió que algo lo observaba, y el miedo lo hacía su presa. Todo estaba oscuro, en tinieblas, pero creía entrever algo más negro observándolo desde todos los rincones de la habitación. Además, oía susurros, gorgoteos y risas a medias, como mofándose de él… y de sus miedos. De pronto todo osciló, hubo un leve temblor, y la negrura se abalanzó sobre él.
Sintió un impacto en el pecho. Jacinto se incorporó jadeante, buscó a tiendas en la pared y encendió las luces de la habitación. Allí no había nada, solo silencio y quietud. La sábana se le había deslizado hasta la cintura y su torso aparecía agitado y sudoroso.
—Sólo fue otra maldita pesadilla —masculló con rabieta.
El reloj de mesa marcaba las 12:03 de la media noche. «Otra vez a la misma hora», pensó. Se incorporó, todo rastro de sueño desaparecido, pero aún con algo de miedo palpitando en su interior.
«Esta vez lo que me atacaba era oscuridad», meditó, pero no sabía lo que eso significaba. La noche anterior había soñado que estaba en un agujero, un pozo probablemente, y luego le empezaba a llover tierra. Había despertado antes de asfixiarse. Y la anterior, la anterior había sido la peor y más rara de todas, «era sangre —recordó—, y yo estaba en medio, luego encendió como si fuera gasolina y…», había despertado antes de morir incinerado, pero el calor había sido tan real…
Fue al lavamos y se echó abundante agua en el rostro, tratando de despertar del todo. Pero sabía que era un gesto vacuo, la pesadilla lo había despertado por completo. Después fue y se sentó en la cama, pensativo, convencido cada vez más que aquellas pesadillas tenían relación con la desaparición de su hermano, hecho ocurrido cinco días atrás.
Pero ¿por qué? No lograba comprender nada. Además, él no tenía que ver nada con la desaparición de su hermano.
Se puso de pie de nuevo. De pronto se sentía sucio, seguro era por la transpiración provocaba por la reciente pesadilla. Se quitó el pijama y se metió a la regadera. El agua fría le provocó un fuerte escalofrío. Eso lo puso furioso, golpeó la pared con fuerza y maldijo a su desaparecido hermano. ¡El muy imbécil hasta desaparecido le seguía amargando la vida!
Jacinto era el hermano mayor del desaparecido Ramiro. Y si alguien tendría que haber vivido a la sombra de alguien tenía que haber sido Ramiro, pero las cosas no habían sido así. Jacinto fue siempre díscolo, cosa que no cambió cuando se hizo adulto. Era despreocupado, amante de las fiestas, del alcohol y hasta de las drogas. Ramiro era todo lo contrario, centrado, obediente, arrecho, inteligente… y quién sabe cuántas cosas más.
La cosa es que Ramiro había ido acumulando cosas buenas mientras Jacinto permanecía estancado en lo mismo, en un empleo mediocre, una casa mediocre y una vida mediocre. Ramiro vivía en la casa de enfrente, mucho más grande y bonita que la de él, se había casado, tenía dos pequeñines, se vestía de traje e iba al trabajo en un bonito coche que no se apagaba a cada rato. Y lo peor de todo es que en ningún momento se había ofrecido en mejorar, aunque fuera en algo la vida de su hermano menos afortunado.  
Pero Jacinto se lo dejaba pasar. Le tenía inquina por nacer más afortunado que él, pero hasta allí llegaba todo. Lo que no le perdonaba era que tras su desaparición el primer interrogado por la policía fuese él. Al interrogatorio le siguió una minuciosa inspección de su casa. La policía se había marchado, a indagar por otro lado, pero no sin antes advertirle que si él estaba detrás de la desaparición de su hermano le iba a ir muy feo.
¡Y ahora esto! Pesadillas a mitad de la noche, que lo despertaban aterrado temiendo que de verdad su vida corría peligro.
—¡Maldito! —dijo en mitad de su ducha de agua fría—. Maldito, mil veces maldito, Ramiro. Ojalá te estés pudriendo donde quiera que estés.
Tras ducharse, Jacinto se encontró más sereno y se volvió a acostar. Tras apagar la luz creyó ver algo a través de la rendija de debajo de la puerta, y un ruido como de pisadas. Tembló a pesar de que ya se había cubierto con las colchas, y se tapó de pies a cabeza, como cuando hacía de niño y tenía miedo. Ese truco todavía funcionaba, porque al rato se quedó dormido.
Ojalá solo hubieran sido las pesadillas. Un mal sueño por noche, aunque no es normal, era algo con lo que Jacinto habría podido lidiar. Lo habría achacado a ese odio que tenía a su hermano, a la envidia y quizá a la culpa de sentirse feliz de que ya no viviera frente a él, de ya no verlo todos los días, de ya no oír sus risas… Pero es que en la vida de Jacinto las pesadillas pronto pasaron a segundo plano. 
Y es que la sombra que creyó entrever a través de la rendija de debajo de la puerta y las pisadas que la acompañaban pronto se hicieron motivo de terror para el pobre Jacinto.
La noche siguiente, mientras se preparaba una sopa de fideos en su vieja estufa, sintió de pronto una picazón en los omoplatos, y un miedo casi infundado lo atrapó de golpe. Se volvió, creyendo que había alguien detrás, pero no había nada, solo el vano de la puerta, y… ruidos alejándose. La cuchara con que removía la sopa se escurrió entre sus dedos y golpeó el piso con un suave tintineo. Cauteloso caminó hasta la puerta, pero por más que escudriñó y aguzó la vista no vio nada aparte de su vieja y descuidada casa.
Esa noche volvió a sufrir pesadillas, con la diferencia de que a la mañana siguiente no recordaba ni una a detalle. Y cuando abrió la puerta de la habitación para ir a la cocina descubrió pisadas en el pasillo. Las pisadas estaban orientadas hacia la puerta, como si alguien se hubiese detenido frente a esta. Eran pisadas de barro, de calzado de adulto. Y lo más raro de todo, es que eran las únicas huellas, no había más ni a derecha ni a izquierda. Era como si el que estuvo allí hubiese aparecido de la nada, y de igual forma se había marchado. Pero como ya había amanecido, y la claridad de la mañana inundaba el pasillo, Jacinto sintió más intriga que miedo. Lo que sí lo hizo albergar temor fue cuando al ir por un cubo de agua y un trapo para limpiar las pisadas: ¡sorpresa! ¡las huellas habían desaparecido!
La mañana siguiente descubrió las mismas pisadas. Y esta vez ya no sintió curiosidad ni intriga, sino un miedo más marcado. Sopesó la posibilidad de que alguien le estuviese jugando una broma, pero tras revisar las escasas puertas y ventanas de su casa, las descubrió cerradas a cal y canto. Jacinto empezaba a creer seriamente que algo sobrenatural rondaba su casa.
Esa noche se planteó dejar la puerta abierta. En el pasillo, a ambos lados de la puerta, colocó dos cordeles con una campanilla en un extremo, de manera que si alguien se acercaba la campanilla le alertaría. Él por su parte dormiría con una lámpara de mano y un garrote, para saltar sobre lo que sea que fuera a pararse frente a su habitación. Se acostó con la puerta abierta, pero no se sentía cómodo y un miedo desconocido lo acosaba, de modo que mejor la cerró.
Lo despertó el tintineo de las campanillas. Pero no era el tintineo de alguien que se tropieza, sino que el ritmo era continuo y frenético. Jacinto se despabiló en un santiamén, cogió el garrote con la mano derecha y la lámpara con la otra y corrió hacia la puerta. Salió al pasillo hecho una tromba, sin importarle lo que fuera hallar allí. Pero el pasillo estaba desierto, y el ritmo frenético de las campanillas fue decreciendo, hasta que todo quedó sumido en el silencio. En ese instante, con el corazón palpitando de terror, recordó que la puerta la había dejado cerrada, pero él no la había abierto, ¡ya lo estaba!
Y un presentimiento se fue convirtiendo en una certeza.
Los siguientes días fueron de una inquietud continua, de tormentos, y de noches en vela. Jacinto ya no sospechaba que algo sobrenatural ocurría en su casa; estaba seguro. Pero se empezó a preocupar en serio cuando tres noches después del asunto de las campanillas, algo lo haló de las piernas y lo tiró al suelo. El asunto ya no era solo de ruidos, pesadillas y huellas, sino que había avanzado al grado de ser algo físico. Y si aquello que lo acosaba podía tocarlo, solo era cuestión de tiempo que intentara matarlo.
Empezó por no dormir, a la vez que buscaba manuales y libros en internet y en los lugares menos frecuentados de la ciudad, y cualquier cosa que le diera una idea más precisa de lo que estaba ocurriendo en su casa. Mientras investigaba tuvo que aprender a hacer oídos sordos a las pisadas, a los trastos que caían al piso, a los golpes a las paredes, al chirriar de algún mueble al ser arrastrado en el piso, a la regadera cuya llave se abría y cerraba sola… y a mil ruidos más. Pero tras siete días en vela supo lo que ocurría. Y la verdad es que todo tenía sentido, cómo no lo había visto antes.
«Así que el maldito de mi hermano busca vengarse. —Sonrió para sus adentros y cerró la tapa de cuero del antiquísimo libro que le había aclarado todo—. Pues no lo conseguirá.»
—¿Me oyes, maldito? —gritó—. Esta noche terminará todo. Aquí pone algún sádico que aún pasará mucho tiempo para que puedas hacerme daño de verdad. Solo que después de esta noche ya no podrás hacerlo.
Y rió como hacía muchos días no reía. Se carcajeó feliz, esa noche terminaba todo, y el infeliz de su hermano estaría muerto de una vez por todas. ¡Qué bien! ¡Qué bien! «Y miren que hora es, justo la media noche, muy acorde todo.»
Se carcajeó fuerte, eufórico, la risa se esparció por toda la casa y llegó a la calle, e incluso alcanzó las casas vecinas. El fantasma de su hermano debió comprender lo que ocurría porque durante unos minutos se volvió loco. Tiró trastos, levantó la cama, encendía y apagaba la luz, golpeó la pared como un desquiciado, y más. Pero Jacinto lo ignoró todo. No podía dañarlo. El libro era muy claro en ese aspecto: un fantasma debía vagar durante al menos cuarenta y nueve días en un lugar concreto para que pudiera hacer daño a los seres vivos. «Siete veces siete», rezaba el libro. Y su hermano no llevaba ni la mitad de ese tiempo.
Con el corazón más liviano fue al armario a buscar la piocha y la pala. Su hermano hacía escándalo alrededor de él, incluso se atrevió a darle unos empujones. Pero Jacinto lo ignoró, el imbécil de su hermano no podía hacer más que eso.
Descendió al sótano contento, silbando, imprecando contra su hermano muerto, iluminando su camino con una vieja lámpara de aceite. Removió con esfuerzo un viejo granero, desclavó las astilladas y sucias tablas del piso y empezó a cavar. La lámpara la dejó sobre el granero, de manera que iluminaba casi todo el recinto. Las arañas, las cucarachas y las ratas que se escurrían por allí producían grandes sombras, entre las cuales había otra que miraba a Jacinto trabajar: era la sombra del hombre que Jacinto buscaba desenterrar. La sombra estaba inmóvil, como si ya no quisiera seguir incordiando, como si ya se hubiera rendido.
Jacinto hizo una pausa para mirar burlón a la sombra. Su alegría era tal que volvió a reír a tambor batiente. Su risa sonaba hueca en aquel espacio subterráneo.
—Despídete de este mundo, hermanito —dijo—. Una vez haya transportado tus mugrosos restos a un camposanto tendrás que dejar este mundo. —Volvió a reír, feliz de que los tormentos fueran a terminar—. Serás reclamado por los señores del infierno sin duda alguna. A su debido tiempo te veré allá, seguro, pero para eso hace falta mucho.
Y manos a la obra otra vez.
La parte difícil fue extraer el cuerpo del agujero. No tanto por lo arduo de la tarea, sino por el hedor y lo asqueroso. El costal en el que lo había metido aparecía agujereado y una miríada de gusanos se daba un festín. Hizo falta todo su autocontrol para no echar las tripas mientras sacaba aquellos desechos del hoyo. Lo empaquetó todo en un costal y después echó éste en una vieja valija que había por allí.
No se sorprendió al descubrir que la sombra de su hermano ya no lo observaba. También había un algo que había desaparecido, como un aura sobrenatural. «Cierto —pensó—. El autor de ese libro tenía razón.» Pero tenía que terminar el trabajo. Tenía que llevar lo restos a un cementerio, lugar donde todos los cuerpos deben estar cuando el hálito de vida se les ha ido.
Se cargó la maleta al hombro y ascendió al primer piso.
Y cuál no fue su sorpresa cuando descubrió a la policía en la sala de su casa.
—Tire esa maleta y manos arriba —dijo uno, el mismo que lo había interrogado días atrás.
Y tras los policías, la sombra de su hermano, que con las manos hizo un gesto de complicidad.
—Tendría que haber reído menos fuerte, señor Jacinto —dijo el policía—. Tendría que haber celebrado hasta que su obra hubiese estado completa.
El maldito de Ramiro al final sí se había vengado.

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