Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

18 de febrero de 2016

El regreso de la novia

—¿Adivina quién regresó? —dijo Hardy a su madre.
La señora levantó la vista de su quehacer y vio a su sonriente hijo con gesto interrogativo.
—Alguien muy especial, a juzgar por esa sonrisa de bobo que traes —dijo doña Marta.
—Ni que lo dudes. Se trata de Esther —contó emocionado Hardy—, ¿te acuerdas de ella?
—¿La hija de los Gonzales? —Hardy asintió— Cómo olvidarme de ella. Si fue la chica que te rompió el corazón, pasaste una semana sin comer cuando se marchó.
Hardy sintió que su sonrisa se desvanecía. Era cierto, pero no por lo que su madre creía. Sonrió nervioso.
—Sí, es cierto —admitió—. Pero si la vieras ahora, está más preciosa que nunca. La invité a pasear esta tarde.
—Vaya, veo que no pierdes el tiempo. Pero ten cuidado hijo, así como vino puede marcharse.
—Descuida, mamá, ya soy un adulto.
—Eso espero.
Doña Marta clavó la mirada en su hijo mientras éste iba a su habitación. De alguna manera verlo alejarse le produjo pesar en su corazón, como si aquél que le daba la espalda ya no fuera a regresar.

Hardy por su parte no pudo más que pensar en Esther. Y se alegraba sobremanera que ella no le guardase rencor. Es más, incluso le aseguró en la entrevista de hace rato que había regresado por él. Hardy aún no terminaba por creérselo, pero si era cierto, esta vez no le fallaría, se prometió.
Esther se había marchado tres años atrás a vivir con unos tíos de la ciudad. La carrera que quería estudiar solo la daban en la ciudad, es lo que había dicho a sus conocidos, y puede que fuera cierto, pero Hardy sabía la verdad. La semana que pasó sin comer tras su marcha no era por su corazón roto, sino por su conciencia pesada, y por la inmensa vergüenza que sentía.
«Pero ya pasó —se dijo—. Si volvió por mí es porque me perdonó, y porque me ama.»
Es más, se cuidaría muy bien de hacer cualquier alusión al tema. Quizá pudieran empezar de nuevo.
Todas esas cosas Hardy las pensaba mientras alistaba la ropa que se pondría y se metía a la ducha.
En el transcurso de la tarde empezó a ponerse nervioso, y la alegría con la que habló del regreso de Esther a su madre se fue convirtiendo en ansiedad, pero sobre todo en miedo. La charla mantenida con Esther esa mañana había sido corta, casual, de improvisto, pero esa tarde ya sabía que se verían. Seguro ella también estaba pensando en el próximo encuentro, y puede que estuviera preparando una lista de preguntas y acusaciones que hacerle. Si eso ocurría, Hardy estaba seguro que no lo podría soportar. Tres años después aún recordaba todo con nitidez, con dolor, con vergüenza, pero también con cierto placer, y esto le provocaba más vergüenza aún. Pero quería a Esther, la amaba quizá, por eso estaba dispuesto a dar la cara, y esperar que aquél incidente hubiese quedado en el pasado. Pensaba que ya la había olvidado, que quizá ya no la volvería a ver, pero esa mañana, cuando la vio salir de la estación, su corazón se detuvo durante unos instantes y después empezó a palpitar con más fuerza. Eso solo podía ser amor.
Cuando se terminó de duchar, se secó con lentitud y se vistió con parsimonia, mecánicamente, porque sus pensamientos estaban con Esther. Hasta que por fin estuvo listo, y la hora de la cita había llegado. Estaba nervioso, de modo que respiró hondo varias veces, y se echó agua en la cara en el lavamos.
«No pasa nada —trató de convencerse—. Todo saldrá bien.»

Doña Marta estaba aspirando el polvo de la sala cuando vio bajar a su hijo, saltando los escalones de dos en dos. Doña Marta sabía que cuando su hijo hacía eso es que o tenía muchas prisas o estaba muy nervioso. De pronto temió por él. Pero también era cierto que sus ojos brillaban de una manera que hacía tiempo no lo hacían. Su hijo estaba excitado.
—Ya me voy, ma’ —se despidió Hardy. Su voz vibraba.
—Que tengas suerte, hijo. Y no regreses tan tarde.
—Estaré de vuelta antes de las siete.
—Te esperaremos para la cena entonces.
—Como tú quieras.
Le dio un beso en la mejilla, y salió de la casa alisándose la camisa y asegurándose que el peinado estaba bien. Doña Marta lo observó marcharse con aprensión. Había algo en el regreso de Esther que no terminaba por gustarle. Era como si presintiera que algo malo iba a ocurrir. Aunque trató de no hacer caso a ese ominoso sentimiento, no era la primera vez que tenía miedo cuando su hijo salía de casa. Solo que esa vez era diferente. Esa vez el presentimiento era en verdad aciago.

Hardy llegó al lugar de la cita con cinco minutos de adelanto. El lugar de reunión era atrás del viejo salón municipal, uno que decían que iban a demoler pero que jamás derribaban. No era un lugar decoroso para la joven en que se había convertido Esther, pero fue el sitio en el que empezaron a verse, hacía cinco años, cuando no eran más que unos jóvenes de catorce. El lugar le traía recuerdos muy gratos. Al otro lado de la calle había unos terrenos abandonados, llenos de árboles, arbustos y maleza, lugar que hizo las delicias cuando eran novios.
Dio la hora de la cita y Esther no había aparecido. Hardy no se inmutó por ello. Era típico de las mujeres llegar tarde. Pero diez minutos más tarde empezó a preocuparse. ¿Y si había decidido no presentarse? ¿Si todo fue una bromita? Tal vez en realidad ni se acordaba de él, y lo de la cita solo había sido para quitárselo de encima. No, eso no podía ser. Si hasta dijo que había regresado por él. Se sometía a esas torturas mentales cuando el follaje a sus espaldas se agitó, y Hardy se giró, sobresaltado. Por un momento temió que algún animal estuviera detrás, pero tras apartar una rama, Esther apareció, más hermosa que nunca. Hardy fue testigo de cómo su corazón se agitaba como loco en su pecho.
—Hola —fue su nervioso saludo.
—Hola —dijo Esther.
Se saludaron de beso en la mejilla.
—Tienes algo aquí —dijo Hardy, quitando una basurita del sedoso cabello de la muchacha. El olor de su perfume lo embriagó.
—Oh, gracias. ¿Cómo estás?
—Bien —«¿Pero qué digo?»— Feliz de verte de nuevo.
Esther sonrió. Sin duda la Esther de hace tres años no era esta que tenía enfrente, esta era tres años mayor, más alta, la línea de su cintura se había acentuado, sus piernas eran más largas y esbeltas, la redondez de sus mejillas casi había desaparecido, hasta su voz era distinta; pero su sonrisa era la misma, y Hardy no había visto sonrisa más maravillosa que aquélla.
—Me encanta tu sonrisa —dijo.
Esther le contestó con otra sonrisa.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó la chica, tímida.
«Quiero abrazarte, besarte, decirte cuánto te amo.»
—Podemos ir a tomar un helado —dijo en su lugar.
—¡Pero que cursi te has vuelto! —le acusó la chica— Mejor ven, vamos, quiero recordar nuestros recorridos por estos parajes —sin esperar respuesta de Hardy lo tomó de la mano y lo metió a los terrenos semi-montañosos de donde había salido.
Fue una tarde agradable. Esther se divertía y reía como en los viejos tiempos, como si aún fuera una chiquilla. Cuando encontraron un palo de almendras hizo que Hardy lo aporreara hasta que ella dijo basta, después recogió una única fruta y se la comió. El palo de nances estaba lleno de hormigas, pero Hardy subió a cortarle algunos frutos solo para que la joven no dejara de reír, y cuando empezó a maldecir y a rascarse allí donde los insectos lo mordían, pareció que Esther moriría de un ataque de risa. La chica lo disfrutó, demasiado le pareció a Hardy.
En el centro de aquellos terrenos había un estanque de agua sucia, sobre cuya superficie se deslizaban algunos patos. Cuando la joven le pidió que matara uno, Hardy se negó en redondo.
—Que aburrido te has vuelto —sentenció Esther, cogió ella una piedra y la lanzó con fuerza a una de las aves.
Hardy soltó un gemido de exclamación. La piedra le acertó en las sienes a un pato, la sangre salpicó el agua y el ave flotó inerte. Sus compañeros se alejaron presurosos. Esther se echó a reír. Y lo mató sin más, ni siquiera hizo el intento de cogerlo.
Esther se divertía como nunca, y Hardy se sentía cada vez más incómodo. No parecía que se estuviera divirtiendo con él, sino más bien a costa de él. Además de eso, nada estaba resultando como había imaginado. Pensó que se iban a sentar y hablarían sobre esos tres años sin verse, sobre las cosas que habían hecho, pero sobre todo, pensó que iban hablar de ellos. Había imaginado que en una charla así no faltaría ocasión para decirle que aún la amaba, que aún pensaba en ella como el primer día, pero allí, correteando como chamacos… no podía haber nada menos romántico.
Y de pronto, Esther, que le tiraba piedrecillas a unos cerdos de algún vecino, se volvió, muy seria, lo tomó por los hombros, lo atrajo hacia sí y lo besó. Al principio Hardy no supo qué hacer, pero después abrió los labios y correspondió al beso. No era uno de los besos que recordaba, este era menos torpe y más pasional, sin duda Esther había practicado mucho en su viaje por la ciudad, sintió una punzada de celos, pero no por ello dejó de besarla.
Cuando se separaron ambos estaban sin aliento.
—Eso… fue hermoso —dijo.
—Lo sé —respondió Esther—. Era lo que estabas esperando, ¿no?
—No precisamente. Pero sí tenía la esperanza de que llegáramos a esa parte —respondió Hardy con picardía.
—Pues ya llegamos. ¿Y bien? Ahora que ya estoy de vuelta, hay algo que quieras hacer o decirme.
De pronto la muchacha risueña y medio loca de hace rato había sido olvidada en algún rincón de su ser. Su voz era seria, formal, quizá también acusadora. Hardy intuyó con pesar que habían llegado al punto que él tanto temía.
—Bueno, pues quería decirte que te he extrañado un buen, y que en ningún momento de estos tres años he dejado de pensarte. —Era mentira por supuesto. Sí la había extrañado, pero solo unos meses, y en el último año prácticamente ni se había acordado de ella. No fue hasta que la vio esa mañana en la estación que todos sus sentimientos por ella regresaron de golpe. Pero eso no era algo que le diría.
—Yo también he pensado mucho en ti —dijo Esther, cariñosa. Le acarició el pecho con una mano y Hardy recorrió la línea de su cintura con ambas manos. Creía que venía un beso, uno de los buenos. Pero Esther no hizo ademán de besarlo, dejó una mano en su pecho y sus ojos se volvieron fríos—. Y de mi hermana, ¿te acuerdas de mi hermana?
Hardy sintió que la sangre se le helaba, no solo por el tono acusador de la muchacha, si no que sintió el tacto de la joven, frío y rabioso, como si la piel le hormigueara. Rompió el contacto y retrocedió, asustado.
—¡Mi hermana! —repitió Esther. Tenía los puños cerrados y los apretaba con fuerza, toda ella temblaba, y su voz estaba cargada de rabia, dolor y odio. Agregado a eso, Hardy sentía que algo emanaba de la muchacha, algo que no podía definir, pero que le parecía oscuro y sobrenatural— ¿Te acuerdas de mi hermana? —chilló— Mi hermana la moribunda.
—E-es-ther y-yo-o… —tartamudeó Hardy.
—¡Dilo! ¿También te acuerdas de ella? ¿De lo que lo hiciste?
Hardy no era capaz de responder. Estaba paralizado. La risueña Esther había cambiado en un santiamén. No sabía qué hacer; quedarse allí y pedir perdón o darse media vuelta y salir corriendo, que era lo que más ganas tenía de hacer.
Y cómo olvidar a la hermanita enferma de Esther, moribunda, como ella misma había dicho, si él mismo la cuidó durante medio año. Dos años menor que Esther, Sandy padecía una enfermedad terminal que más temprano que tarde la llevaría a la tumba; eso era algo que todo el mundo sabía, incluso la propia enferma. Sin padre que velara por ellas, la madre trabajaba y Esther cuidaba a la enfermita las más de las veces. Para ayudar a Esther, Hardy había cambiado el horario vespertino de la escuela por la jornada matutina, de modo que en las tardes, mientras Esther cursaba sus estudios, él cuidaba a la hermanita enferma.
Sandy era una muchachita preciosa, dulce y tierna. Trataba de hacer la mayoría de las tareas sola, y agradecía con sonrisas y palabras dulces los cuidados que le ofrecían. Hardy no tardó demasiado en cobrarle verdadero afecto, y muy pronto se encargaba de ella no solo por ayudar a su novia, sino porque de verdad le profesaba cariño a la joven.
Pero Sandy sabía que iba a morir. Y en una de las tantas charlas que mantuvo con Hardy, le confesó que nunca había besado a un chico. Hardy se hizo el rogar, pero un beso no era más que un beso, de modo que la complació. Fue un beso corto y suave, los labios le temblaban a Sandy, y Hardy sintió un morbo que jamás debió haber sentido.
Una semana más tarde, Sandy se sinceró con él, y le contó que no quería morir sin conocer el amor. Hardy quiso salirse por la tangente, le confirmó que en realidad ya conocía el amor, el amor puro y sincero de su madre y su hermana y el amor que él también le profesaba…
—No me refiero a ese amor —había dicho Sandy—. Ni al amor entre una pareja que se ame, sé que ya es demasiado tarde, que no podré conocer ese amor…
—Entonces, qué otro podrías conocer.
—Dije que quiero conocer el amor… me refiero, me refiero a que no quiero morir virgen.
Y Hardy no había podido decir que no. Durante mucho tiempo se dijo que solo fue por cumplir el deseo de una moribunda, pero también era cierto que deseaba aquel cuerpo juvenil de carnes blandas, de manos débiles y labios pálidos y temblorosos. Jamás olvidaría el rostro de la muchacha, una mezcla de dolor, placer y felicidad cuando le rompió el himen.
La muchacha jadeaba, él jadeaba, las piernas blancas de la muchacha temblaban con cada movimiento de cadera que hacía él. Sus manos le rodeaban el cuello y sus uñas le arañaban la espalda, sus labios pálidos buscaban los suyos con fervor y desesperación… El mejor sexo de su corta vida…
Y entonces la puerta se abrió, Esther gritó aterrada, Hardy salió del interior de la hermana moribunda y cayó al suelo, espantado y avergonzado a más no poder. Esther le había gritado mientras él se ponía los pantalones con premura, Sandy sollozaba calladamente en la cama, las piernas abiertas y un líquido blancuzco saliendo de su sexo.
La muchacha murió horas más tarde. Para fortuna de Hardy había logrado confesar a su hermana que todo había sucedido a petición suya, de lo contrario habría terminado tras las rejas por violador y asesino.
Pero la explicación de Sandy apenas si aplacó a Esther. Lo culpó de la muerte de su hermana, lo acusó de traidor y juró que lo mataría si volvía a acercarse a ella. Hardy hizo caso, y durante muchos días se torturó con aquel día. Lamentaba el rompimiento con Esther, y también creía que satisfacer el último deseo de Sandy había acelerado su muerte, pero también recordaba con morboso placer el acto sexual…
—¿Te acuerdas de ella? —Gritó Esther, devolviéndolo a la realidad— ¿Te acuerdas?
—Sí —admitió.
Esther le dio un empujón. Hardy cayó sobre una capa de hierbas y hojas mustias. De los ojos de la muchacha empezó a salir sangre, se le marcaron profundos cortes en las mejillas y en todo del cuerpo, de los cuales también manaba sangre. Sus ojos llenos de sangre rebosaban odio y venganza.
Hardy se echó a gritar.

Doña Marta esperó el regreso de su hijo a las siete. Y cuando el reloj dio las ocho sin señales de su vástago, empezó a preocuparse en serio. Y aquél presentimiento aciago ganó más espacio en su ser.
A las ocho y media salió al patio para ver si lo venía llegar. Pero quien llegó minutos después fue una vecina, chismosa a más no poder.
—¿Ya se enteró doña Marta? —preguntó a modo de saludo.
—No. —Doña Marta no estaba para aguantar chismorreos.
—Se trata de Esther, la hija de los Gonzales…
—¿Qué sucede con ella? —interrumpió una asustada madre, con el corazón en un puño.
—Murió esta mañana al venir de la ciudad a ver a su madre. Al parecer su coche salió de la carretera…
—No —dijo Doña Marta, sin aliento, antes de caer desvanecida.
Cuando más tarde la reanimaron fue solo para recibir la noticia de que su hijo había muerto de forma horripilante.
Doña Marta juraría haber visto una silueta de mujer bañada en sangre junto al ataúd de su hijo la noche del velatorio. Nadie la contradijo. Todos sabían que la buena señora estaba enloqueciendo. 

4 comentarios:

  1. Vaya, pobre Hardy. Todo por complacer a la hermanita de Esther, aunque también fue por su propio deseo. Pero Esther también actuó mal, ya que todos sabían que tarde o temprano Sandy moriría y que ella había sido la creadora de toda esta situación. Pero que terrible, murió Sandy, Esther y Hardy. Si Esther no hubiese muerto esa mañana, que habría ocurrido?. ¿Se habría visto con Hardy?. ¿Se hubiese vengado igual?. Una muy buena y aterradora historia amigo, el famtasma vengativo se salió con la suya. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

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    1. Hola Ongie. Pues quién sabe lo que habría ocurrido, y como tú dices, nadie de los tres está exento de culpa. Podemos hacer hipótesis y escribir muchos folios sobre lo qué podría haber ocurrido, cambiando solo algunas cosas de lo que en verdad ocurrió, pero la historia está como está. Gracias por comentar, y descuida ya estoy trabajando en la siguiente historia. Saludos!

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  2. Una gran historia, ya hasta lo pensare mejor si algun dia le hago una traicion a mi novia k tal k vuelve a cobrar venganza.

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    1. Eso de traicionar, ni pensarlo es bueno, amigo. Pero si lo haces, y de casualidad ella muere, tienes que andar con cuidado, jaja. Saludos Osiel.

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