Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

10 de febrero de 2016

Después de un velatorio

Aún no era muy tarde cuando Ricardo llegó al lugar del velatorio. Había mucha gente, sentados en bancas traídas de las iglesias de la aldea y en bancos plásticos y de madera proporcionados por los mismos vecinos. En esos momentos el predicador iba a empezar su mensaje; el rato más aburrido de un velatorio, a opinión de Ricardo, pero no si contabas con amigos que te distrajeran.
—¡Hey, Rica! —le gritó alguien. Por la voz solo podía tratarse de Quique, uno de sus amigos de parranda.
Lo divisó en un santiamén. Como siempre estaban apartados del resto, jugando a las cartas, y, ¡qué raro!, tomando aguardiente.
Ricardo trotó hasta ellos.
—¿Y qué pasó? —preguntó su amigo—. Pensé que ya no ibas a venir.
—Ni me preguntes. Mi mamá como siempre.
Quique y otros corearon su respuesta con una gran carcajada. Era por todos sabidos que su madre era una matrona muy dura, una mujer de temer.
—Pues, anda, toma. —Ricardo aceptó la botella, y tras cuartear un trago con soda en un vaso desechable se lo tomó a coleto.
Quique le palmeó la espalda y lo invitó a echarse otro trago, pero Ricardo lo calmó diciéndole que más al rato.
—¿Qué tal todo? —preguntó—. Ya saben que habrá de comer.
Quique se encogió de hombros.
—Supongo que algo bueno, recuerda que todos los vecinos colaboraron.
No todos. Su madre se había negado en redondo a colaborar para los funerales de aquel viejo loco. De alguna forma eso hacía sentir más culpable a Ricardo.
El muerto era Don Lachito, un viejito setentero, medio loco, borracho y solitario que sin duda alguna nadie lloraba. Pero pertenecía a la aldea, era vecino de todos, y los vecinos debían ayudarse. Esa mañana que fue hallado muerto a las puertas de su casucha, sin nadie que se encargase de su entierro, se apeló al lado bueno de los aldeanos para su última despedida. Y todos habían colaborado, o casi todos.
—¿Sucede algo? —preguntó Quique.
—No, nada.
—Pues te has quedado como menso, bueno, más menso de lo que eres.
—¿Sí? Bueno, verás, la verdad es que hoy no tengo muchos ánimos de compartir con ustedes. Así que, si me disculpas, por una vez quiero oír el mensaje de Dios.
Dejó a Quique y a varios más con la boca abierta mientras iba a tomar asiento junto al grueso de la reunión. Una señora que daba pecho a un bebé le sonrió cuando se sentó no muy lejos de ella y la niña que tenía entre sus piernas lo alegró un poco al sonreírle con dulzura. Ricardo le devolvió la sonrisa.
Pero la verdad es que no quería oír el mensaje de Dios. Solo quería estar allí en silencio, despedir con respeto los restos del pobre Lachito, y serenar su espíritu; tenía que convencerse que él no le había quedado a deber nada a aquel anciano, ni había tenido nada que ver con su muerte.   
Miró la caja, de madera pulida y relieves en forma de cruz y flores. El predicador se movía en torno al ataúd, y de vez en cuando lo tocaba, para ejemplificar algo de lo que hablaba, pero Ricardo no le prestaba atención a él, ni siquiera le escuchaba. Él solo miraba la caja, su contorno, el brillo del barniz, su tamaño. Allá donde estaba la corona de flores debía reposar la cabeza del anciano, lo imaginó con sus pantalones rotos, su camisa raída, y su viejo sombrero de paja. Era estúpido, porque seguramente le habían quitado esos harapos antes de meterlo a la caja, sin embargo, así era como lo imaginaba. También veía en su mente su rostro vetusto, ajado como pergamino viejo, sus ojillos entornados y suplicantes, sus labios contraídos, suplicando, y su mano delgada y temblorosa, implorando. Pero no, él no tenía la culpa de que el anciano hubiera muerto, ¿a qué no?
De pronto la caja tembló, y Ricardo escuchó golpes en la tapa. Se levantó de un salto, aterrado. Dio un paso atrás, dispuesto a echarse a correr, pero nadie se movía aparte de él, excepto el predicador que seguía con su perorata en el frente. Los vecinos más próximos habían vuelto la vista y lo miraban con curiosidad, y temor, pero nadie parecía haberse percatado del movimiento brusco de la caja, que, dicho sea de paso, ahora permanecía inerme en su sitio. Se limpió las mangas de la camisa, echándole la culpa a algún bicho y volvió a su asiento. Pronto se olvidaron de él.
¿Había sido idea suya? Tenía que serlo. Ninguna caja tiembla. Había sido su imaginación; eso y la culpa que sentía. El anciano no fue un angelito de Dios, pero él le había gastado muchas bromas en los últimos años. Bueno, muchos le habían gastado bromas al viejo, pero al parecer él era el único que sufría del remordimiento. En todo caso, lo del movimiento de la caja había sido idea suya. Sin embargo, sentía erizada la piel, con un frío que no se debía al fresco de la noche.
El viejo Lachito, como se le conocía en toda la aldea, era un borracho solitario desde que Ricardo era niño. Para él siempre había tenido el mismo aspecto, incluso ahora que ya había muerto. Su madre le contó una vez que era un viejo con mala suerte, simplemente. Su hijo mayor había muerto a tiros, una hija fue a prostituirse a un pueblo vecino y nunca regresó, otra hija contrajo viruela y murió, otra se casó con un hombre de fuera y tampoco regresó, otro hijo quiso vengar a su hermano y también murió. Al final, el anciano se quedó sin hijos, sin esposa y sin parientes cercanos. Eso era más o menos lo que le había ocurrido, pero eso había sido hacía mucho tiempo. De modo que cuando Ricardo conoció a Don Lachito, ya era Don Lachito.
Ya fuera por tantas desgracias o por otros motivos era un anciano loco. Con las señoras, especialmente las jovencitas, era un encanto a veces, aunque por lo general las enamoraba y hasta las correteaba; terminaba pidiéndoles un besito y un jiji, una risa chillona y aguda que a nadie le era indiferente. Con los hombres también era mal educado y ofensivo, excepto cuando alguien le ofrecía un trago de aguardiente, su bebida predilecta.
Ricardo cuando era pequeño tenía miedo del anciano. Siempre que se encontraba al anciano, este le decía groserías y le lanzaba piedrecillas. Pero conforme crecía le fue perdiendo el miedo, a tal punto que cuando Don Lachito le lanzaba piedras, Ricardo le plantaba cara y tenían un intercambio de proyectiles. Pero al convertirse en un joven de quince y dieciséis años, el anciano dejó de prestarle importancia y se concentró en la siguiente camada de chiquillos. Ricardo había aprovechado esa situación para jugarle varios decenios de bromas.
Recordaba haberle dado un octavo de ron mezclado con unos centímetros de meados, se había reído como loco con el rostro que puso el viejo. Le había dado sopapos y corrido mientras el viejo le lanzaba improperios, y le había hecho hacer algunas ridiculeces con promesas de alcohol, promesas que nunca había cumplido. La mayoría habían sido bromas inocentes, sin ninguna consecuencia más que una buena risa y un disgusto del anciano. Incluso la de la noche anterior, ¿o no?
En algún momento de su ensimismamiento el predicador debió terminar su mensaje porque cuando alzó la cabeza al frente no había nadie, y estaba rodeado de silencio interrumpido por charlas en tono muy bajo. Varias muchachas se movían entre los asistentes con picheles de café y cestos de pan.
Una joven se acercó y le alargó un vaso desechable para llenárselo de café. Ricardo lo iba a tomar, pero notó que el brazo que le tendía el recipiente era flaco, moreno, huesudo y de piel vieja y arrugada; las uñas eran negras y sucias, y cuando alzó al rostro para ver a la muchacha, lo que vio fue un rostro decrépito enfundando en un viejo sombrero de paja. Don Lachito le sonrió con su boca desdentada, Ricardo se tiró hacia atrás con espanto, la silla se inclinó y cayó de espaldas. Unas manos frías lo sujetaron.
—¡No! —gritó Ricardo— No. Suéltame.
—Estate quieto, Ricardo —le dijo alguien. Era una voz de mujer. Ricardo tardó un instante en darse cuenta que no era la temida voz de don Lachito.
Y tardó medio minuto en comprender que todo había sido producto de su mente. Se excusó de forma torpe y se desembarazó de las manos que lo ayudaban a ponerse de pie. Regresó junto a Quique y el resto de sus amigos y aceptó un buen trago de ron, no sin antes ser recibido con risas de sorna por su caída.
Apuró otro vaso de la ardiente bebida y se sentó en una roca, silencioso, pensativo y asustado. ¿Y si había sido su última broma la que había mandado a la tumba al viejo Lachito? No, no podía ser. No había hecho nada del otro mundo, nada que nadie más no hubiera hecho antes.
La noche anterior había estado viendo películas en casa de un amigo, y cuando regresaba a la de su madre, un tanto retirada del pueblo, se encontró con el difunto, que a las puertas de su casa estaba repantigado echándose unos buenos tragos de ron. Por algún motivo Ricardo decidió que a él también le caería bien algo que le calentara la garganta, más con el fresco que hacía esa noche. Y también decidió que se lo tomaría sin gastar un solo centavo.
Así que se acercó al cerco de la propiedad del anciano. Debería estar borracho porque conversaba solo. El Jiji, jijiji, de su risa era inconfundible. Reía como si alguien le estuviera contando chistes muy buenos.
—Oh, hijo, no imaginaba que allí sucedieran tales cosas —escuchó Ricardo decir al anciano. Una pausa, como si le respondieran, y de nuevo el jiji, jijiji—. Eso es nuevo. Un brindis por ti, hijo. —Y apuró un buen trago del contenido de la botella que tenía en la mano.
«Está más loco de lo que dicen», había pensado Ricardo. Quizá también era por la borrachera. Quizá lo mejor sería que no siguiese tomando. Y de paso lo que quedaba en la botella se lo tomaba él.
De modo que fue hasta donde estaba el anciano y le arrebató la botella.
—¿Quién eres? —preguntó Don Lachito, en el típico dialecto de los borrachos—. Dame eso, es mío. —Se puso de pie y empezó a corretear como un niño alrededor de Ricardo tratando de recuperar su valiosa posesión, pero Ricardo lo mantuvo apartado con un brazo, a la vez que se echaba un buen trago—. Regrésamelo —Exigió el viejo—. Hijo, hijo, ven, me han robado. Ven te lo suplico. Es mi medicina, sin ella no podré vivir…
Ricardo ya no recordaba todas las insensateces que había balbuceado el anciano. «Es mi medicina, sin ella no podré vivir», la frase se repetía en su cabeza una y otra vez. Por último había dado un empujón al anciano y había caminado a casa, apurando los últimos restos de la botella. Don Lachito había quedado acurrucado en el suelo, sollozando, suplicando que le regresara su medicina. Desde luego no era una medicina, pero cuando a la mañana siguiente apareció muerto allí donde Ricardo lo había visto por última vez, no pudo evitar sentirse culpable.
Y ahora sentía la conciencia pesada. Además, no olvidaba, que antes de dejar a Don Lachito, había creído entrever una sombra agitándose en una ventana de la casa, también recordaba el frío y el miedo que había sentido. Mismo miedo que había experimentado un par de ocasiones esa noche, noche que de pronto se volvía más y más fresca.
De pronto no lo pudo soportar más. No quería estar allí. Había llegado al velatorio como una forma de disculpa con el anciano, pero que más daba, los muertos no aceptan disculpas, ¿verdad? Así que se puso de pie, se echó un último trago de aguardiente y se marchó, alegando que mañana tenía tareas pendientes por hacer.
Era ya cerca de media noche cuando se marchó, las manos en los bolsillos del suéter, y el gorro echado sobre la cabeza, aun así, el frío lo hacía tiritar. Una media luna señoreaba en un cielo cuajado de estrellas y nubes de formas irregulares y un viento helado mecía los árboles y arbustos, haciéndoles susurrar de formas que a Ricardo le parecían escalofriantes.
Cuando pasó frente a la casa del difunto, se detuvo un instante, presa de un escalofrío sin igual. La casa estaba en silencio (puesto que al fallecido lo habían velado en un pequeño prado que había en el centro de la aldea), oscura, y su negra forma se proyectaba contra el bosquecillo que había detrás. De pronto Ricardo captó movimientos en la casa, y, tras aguzar la vista, creyó ver una forma con sombrero asomarse por una ventana.
Ricardo cerró los ojos y se echó a correr. Jijiji, escuchó a sus espaldas y Ricardo trató de correr más rápido.
Salió de los lindes de la aldea a toda velocidad. No oía ruidos a su espalda, ni la risita aguda había vuelto a repetirse, pero el frío le atenazaba las entrañas con gélidas garras y el miedo lo hacía su presa con furor. Se detuvo un poco más allá, jadeante, aterrado. Quizá lo que había visto no eran más que visiones, pero el frío y el miedo desde luego no lo eran.
De pronto un ruido, la risita que se repite, y su vista que se vuelve hacia un altozano junto al camino. ¡Oh, horror! En la cima del altozano, una forma negra que recuerda vagamente a la del difunto anciano, lo único inconfundible es aquel sombrero del demonio. La sombra se quita el sombrero, lo agita, se oye jiji, jijiji, y Ricardo piensa que el corazón se le saldrá del pecho. La sombra empieza a bajar, corriendo, rápido, muy rápido, sus pisadas no se oyen, como si flotara o fuera un ser etéreo, pero Ricardo siente mucho miedo y sabe que si se deja atrapar será su fin. Sus pies tardan en responder, pero cuando lo hacen lo llevan volando.
Y vuela más que corre, porque de otro modo el ser lo hubiera alcanzado. Y solo Dios sabe lo que habría ocurrido de haber sucedido así.
Días después Ricardo contaría esta historia a sus familiares y amigos. Pensó que se reirían, y lo llamarían loco, pero la mayoría lo miró con ojos serios y le dijeron que fuera precavido, que se encomendara a Dios, porque un muerto tenía cuentas con él, y eso no era algo para tomar a la ligera. ¡Todo lo contrario!

4 comentarios:

  1. Hola Manuel!. Espero que hayas disfrutado estas fiestas, y no, no has perdido el toque amigo. Esta historia te quedó genial, ahora se tiene que pensar dos veces antes de gastar una broma pesada, sobre todo a gente mayor, aunque no me gustaría hacerlo. Vaya amigo, por un momento me preocupé, ya que había intentado entrar y hallaba el blog en privado. Pero, menos mal que lo abriste otra vez, ahora tendremos buenas historias de nuevo de tu parte. Espero la próxima historia!. ¡Saludos dese Venezuela!

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    1. Jeje. Hoy si te explayaste bro. Pues si, mira, me tomé mis buenas vacaciones, pero ya estoy de vuelta, y procuraré publicar todos los miércoles, en la medida que otras obligaciones me lo permitan claro está. Espero tenerte siempre por acá. Y que bien que te haya gustado la historia. Saludos!

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  2. Pensé qm había perdido mucho xq cambie d cel y este no m dejaba entrar a tu pagina pero ya estoy d vuelta esperando tus historias qm encantan ya quiero leer mas. Saludos y abrazos desde México

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  3. Cada cierto tiempo intentaba abrir tu blog y decia lo mismo, hoy k lo vuelvo a abrir me encuentro con la agradable sorpresa k lo abriste. Que bueno por nosotro k te animaste a abrirlo y k buena historia la de tu regreso

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