Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

25 de diciembre de 2016

Bajo el suelo

Estaban de visita en casa de su tío. En la casa se respiraba silencio, tristeza, aburrimiento e incluso hosquedad. Fuera, la lluvia repiqueteaba sobre el techo de pizarra, contra las ventanas de cristal y enfangaba los patios recubiertos de una fina capa de césped. Hacía tres días que habían llegado; la lluvia les había precedido, y cualquiera diría que seguiría allí cuando se hubiesen marchado. Steven, hijo de la visita y sobrino del anfitrión, se la pasaba malhumorado y antipático, encerrado en su habitación. Su madre lo había llevado contra su voluntad, y ahora resultaba que la maldita lluvia no lo dejaba salir a divertirse. Era el peor viaje de su vida.
En la casa vivía un primo casi de su misma edad. De niños habían sido muy amigos, siempre que sus padres se hacían visitas recíprocas, se pasaban todo el día, delirantes de alegría. Pero esa vez nada era igual. Quizá fuera el clima, quizá simplemente nadie estaba de humor para juegos, quizá porque su tío se la pasaba encerrado en su estudio malhumorado, quizá porque su perrito Doggy había desaparecido el día de ayer, quizá porque su primo había perdido a su madre hacía un año… tantos quizá. Lo cierto es que en aquella casa nadie tenía ánimos para nada más que cruzarse de brazos y lanzar miradas iracundas a la pared. Steven menos que nadie.
Su tía, hermana de su madre, había desaparecido hacía un año exactamente. No había quedado ni rastros de ella. Alguien dijo poco después de la desaparición que, por las pistas, eran tan probable que la hubiesen raptado los extraterrestres como que estuviese escondida en algún rincón de la casa. Aunque claro, ésta persona seguramente había olvidado que la policía registró cada centímetro de la casa.
Steven, a sus cortos siete años, sabía que esa era la razón del ambiente de pesadumbre en la casa. Aunque no entendía por qué tenía que afectarle a él. O al clima, porque estaba seguro que aquella lluvia melancólica era reflejo de la moral en aquella casa. O a Doggy, porque estaba seguro que el perrito se había escapado porque no soportaba el ambiente en la casa. Aunque no entendía cómo pudo salir, ya que las puertas se mantenían cerradas día y noche.

20 de diciembre de 2016

Extraños presagios

Gilberto se encontraba de vacaciones en la hacienda de un tío. Era esta una propiedad utilizada para el ocio, principalmente. Contaba con más de cien hectáreas, entre bosquecillos y pasto para el ganado, pero su atractivo principal lo constituía una mansión que databa de los tiempos de la conquista española y que había pertenecido a un terrateniente largo tiempo olvidado. A escasos cien metros de la mansión había un río en eterno arrullo, que constituía una música casi mágica para los habitantes de la gran casa. A Gilberto particularmente le encantaba el sonido del río, era lo último que escuchaba antes de dormirse y lo primero que penetraba en su subconsciente al despertarse. Era un lugar de paz, un lugar para meditar, para descansar en serio.
Llevaba dos días de estancia en la mansión. Dos días en los que se había recuperado de las fatigas del viaje, dos días en los que se había dedicado a leer y charlar sobre cualquier banalidad con su tío. Dos días en los que casi había olvidado a Javier, su mejor amigo. Pero al tercer día lo recordó, y no de la forma más grata.
Había salido a dar un paseo a caballo, recorriendo los potreros a ratos y siguiendo la vereda del río en otros. Era un día cálido, agradable. Junto al río se podía oír la letanía de aves entre el follaje y el rumor del río como fondo. Ya había entrado la tarde, pero Gilberto decidió que bien valía la pena sentarse un rato para oír aquel canto combinado con el rumor del río. Incluso se acostó cerrando los ojos y recostando la cabeza sobre los brazos. Estuvo mucho tiempo así, tranquilo, disfrutando del ambiente, hasta que un agudo chillido irrumpió en el lugar. Abrió los ojos y vio un gavilán en el cielo.
―¡Oh, rayos! ―exclamó, y se giró en el suelo, enterrando el rostro en el suelo y protegiéndose la parte posterior de la cabeza con los brazos.
¡El gavilán con amenazantes garras iba hacia él!
Otro chillido, un golpe sordo e infinidad de aleteos. Pero él gavilán no impactó contra Gilberto. Se recuperó del susto y se incorporó. El aleteo continuaba, pero lento y débil. Estaban en un arbusto a solo unos pasos de él. El ave de caza había cogido una blanca palomilla. Al rato ascendió en el vuelo, llevando entre sus garras a la víctima. El trinar de las aves había cesado, sólo se oía el río, pera esta vez parecía lleno de pesadumbre.
Todo había sido muy extraño. Más extraño aún, se descubrió pensando en Javier, su apuesto amigo de ojos azules que había dejado aterrado en la ciudad. Durante unos momentos le pareció que los ojillos de la paloma eran los ojos de su amigo. Una idiotez, por supuesto.

16 de diciembre de 2016

Esperando la cena

La familia Hart era una familia típica de aquella parte de la ciudad. Mantenía relaciones cordiales con todos sus vecinos, asistía a fiestas y eventos de caridad, donando igual o más que cualquier otro, y su casa siempre estaba abierta para quien los necesitase. No había en ellos nada de extraordinario. Excepción hecha quizá por lo inmensa de su fortuna, pero como sus más cercanos vecinos también eran gente acaudalada, esto no era algo que llamase mucho la atención. También eran gente muy agraciada, pero eso se debía a su juventud.
Y los Hart estaban muy orgullosos de su normalidad.
Sólo tenían una pequeña extravagancia, una nimiedad en realidad, algo sin importancia, o al menos eso era lo que repetían constantemente a sus amigos. Y es que los Hart no salían de casa ningún día de fin de mes. Ya fuera veintiocho de febrero, algún treinta o treinta y uno de otro mes, su agenda estaba invariablemente marcada con quedarse en casa, y los demás lo sabían, por lo mismo nadie les extendía ninguna invitación con cualquiera de esas fechas.
―Es un viejo ritual familiar ―dijo el Sr. Hart cuando alguien le preguntó a cerca de la peculiaridad―. Podría decirse que es nuestra noche especial, una noche de familia.
Las amistades, gente educada, no insistía en el tema, no les incumbía, y los Hart lo agradecían grandemente, dando una fiesta como ninguna otra a principios de mes.
El motivo por el que los Hart no salían de casa los fines de mes era muy sencillo. El fin de mes era la cena familiar, una cena muy especial que sólo ellos podían compartir. Una cena largos días esperada, que se hacía desear más y más a medida que llegaba la última noche del mes.
Esa noche, como cualquier otra de fin de mes, se sentaron los tres a ver televisión. El señor y la señora Hart a los costados del sofá, y el pequeño, de doce años, en el centro. Si alguien se hubiera asomado a la ventana habría visto que miraban el televisor sin ver, que sus rostros estaban pálidos y famélicos y que en nada parecían las personas que muy feliz se mezclaban en la sociedad. Pero si alguien se asomó a la ventana, seguro que no miró nada, porque estas estaban cerradas a cal y canto.

13 de diciembre de 2016

Callejón oscuro

Muchos de nosotros, en algún momento de la niñez, nos hemos visto en la imperiosa necesidad de, para llegar a algún sitio, tener que atravesar algún callejón a alguna hora de la noche; una calleja plagada de sombras; un caminillo bordeado de árboles que al oscilar dan la sensación de que se echarán sobre nosotros; una callejuela entre apretados edificios, bordeada de contenedores de basura, de donde no se sabe si saldrán ladrones o monstruos de pesadilla. Creo que muchos, en algún momento hemos tenido que pasar por algo así, ya sea en la ciudad, una villa, o una aldeíta rural muy alejada del mundo urbano. También los adultos transitan por caminos similares, pero la mente ya no es como cuando se era niño, cuando se creía en monstruos, fantasmas, cosas debajo la cama, acechantes de la sombra, y más. Es a los pequeños a quienes, caminando por estos sitios, se les desboca el corazón por el miedo.
Eso fue precisamente lo que le ocurrió a un niño de nombre Sam. El pequeño vivía en una pequeña aldea, allá en Petén, un departamento de Guatemala. La aldea era pequeña y aislada, no contaba con servicio de energía eléctrica ni de agua potable. Las casas eran de madera y techos de láminas viejas y oxidadas. Y había muchos árboles, especialmente de esos que se prestan a leyendas sobre cosas sobrenaturales, tales como los cedros, los amates y los tamarindos.
En la aldea había ciertas personas, las más adineradas del lugar, que, pensando en sacar provecho, ponían sus tiendas, compraban plantas de energía a gasolina para enfriar siquiera un poco las bebidas y hacían negocio. El más emprendedor fue don Joaquín, que no sólo compró una planta para enfriar las bebidas, sino que construyó un gran cajón de madera, una televisión y una casetera y montó una especie de cine. El pequeño cine se convirtió muy pronto en la sensación del lugar. Familias enteras abarrotaban el lugar casi todas las noches, llenando las bolsas de Joaquín, pero pasando ratos muy amenos, como hacía nunca los tenían. Regresaban a casa en medio de grandes platicas, risas, susurros sobre las muertes, que como se había descubierto al asesino, en fin, entre en millar de comentarios.
Para un viernes muy particular, don Joaquín anunció que habría una película de terror. El pequeño Sam, cliente habitual del cine con su familia, se emocionó grandemente. Pero cuál no sería su decepción al enterrarse que esa noche no podrían ir.
―No hay dinero, hijo ―dijo la madre―. Sólo para el desayuno de mañana.
No se dijo más. No había, no había.
Ya otras veces había ocurrido así, y Sam comprendía. De manera que cuando le daban algún dinerito no se lo gastaba todo en dulces y golosinas como los demás chicos de su edad. No, él sabía que el día que los necesitaría llegaría. Y ese día era esa noche.

10 de diciembre de 2016

Discusión antes de medianoche

«!Ni que sea mi única hija, ni que nada! ―maldecía para sus adentros Ramón Cáceres, el padre de Daniela― ¡Si resulta que es cierto la mato porque la mato!»
En la calle hacía un frío de los mil demonios, el viento agitaba los arbolillos que bordeaban las cercas de las casas vecinas, y en el cielo, un cuarto creciente, apenas una rendija, se humillaba y se escondía entre negras y gordas nubes; como si también temiera la cólera de Ramón.
«¡Mira que jugar a verme la cara! ¿A mí?, que me desvivo por ella, que la mimo como a nadie, que no la dejo ensuciarse las manos, que la trato como a una princesa. Pero dejad que les ponga las manos encima.»
Eran las nueve de la noche. Había muchos transeúntes yendo a algún lugar o volviendo de ellos, muchos eran amigos o conocidos, estaba seguro de que lo saludaron, pero él no estaba para tales tonterías en aquellos momentos. De todas las casas escapa luz por las ventanas, y en la mayoría había lucecillas y en una que otra hasta música navideña. Era diciembre, y aunque la luna era una pálida imitación de ella misma, las calles estaban lo suficientemente iluminadas como para poder ver sin ninguna dificultad.
Y era gracias a esas lucecillas que se habían dado cuenta. Él no por supuesto, él había confiado en su niña, hasta esa noche.
Se había tomado unos tragos de whisky en casa de su amigo Hardy, como otras tantas veces, y se preguntó desde cuándo ocurría aquello. El hijo de Hardy, un muchacho de diecisiete años pareció sorprendido cuando lo encontró frente a la chimenea de su casa, hablando muy tranquilo con su padre.
―¡¿Señor Cáceres?! ―exclamó más que preguntar.
―¿Qué sucede, chico?
―Nada, bueno, es que juraría que se encontraba en su casa.
―¿Por qué lo dices?
―Vengo de visitar a unos amigos, y precisamente su casa queda a mitad de camino. Vi una sombra en su jardín lateral.
El barrio en el que vivían era sin duda el más seguro de la ciudad, y quizá del país. Allí nunca ocurría nada digno de mención. En ningún momento pensó que se tratase de un ladrón. Ya sentía la rabia rebullir en su interior.
―Tal vez era Daniela dando un paseo ―aventuró.
―¿A estas horas? ¿Con este frío? Además, estoy seguro que era una silueta masculina…
―Ya basta, muchacho ―le interrumpió su padre―, ya has dicho bastante.
―Me tengo que ir ―dijo Ramón Cáceres. Y se levantó.
―Te acompaño ―se ofreció Hardy.
―No.
No dio un portazo al salir porque no era su casa. Tampoco su puerta. Y se había echado a andar. Sólo tenía que caminar cinco manzanas. Ya había caminado cuatro, en unos tres minutos. Iba dando largas y rápidas zancadas. Sin embargo, esos tres minutos habían bastado para imaginar diferentes escenarios, de los cuales, la mayoría, lo hacían rebullir de rabia.
Cuando llegó a su casa las luces estaban apagadas. Cruzó la verja del jardín del frente, las bien engrasadas bisagras no hicieron ningún ruido. Alrededor todo estaba silencioso, la musiquilla navideña de una casa vecina era lo único que irrumpían en aquella quietud, lejana y débil, lo que le daba al entorno un aspecto ominoso. De todas formas, Ramón cruzó la vereda de piedras a grandes zancadas, pero silencioso. Su intención era sorprenderlos.

1 de diciembre de 2016

Mi hermano Poulder (Conclusión)

De regreso a casa mi hermano siguió incordiándome. Yo prácticamente no le puse atención. Estaba aterrado. No recuerdo haber hecho nada, pero de todas formas era cómplice de un asesinato. Una y otra vez se repetían en mi mente el estampido de los balazos, un rostro ajado de barbas sucias y grises retorciéndose un segundo antes de morir sin saber por qué, y la sonrisa desquiciada de Poulder. Cada auto que se nos cruzaba se me antojaba el de la policía que iba a arrestarnos. Mi hermano seguía exultante a mi lado. Fui incapaz de increparle nada porque era evidente que se había vuelto loco, y lo que menos necesitaba era echarme encima la ira de un maniático.
Al llegar a casa me sujetó del brazo para que yo no echara a correr a mi habitación.
―Hoy fuimos a los videojuegos y después al cine ―me advirtió. Su vos era amenazadora―. ¿Entendido?
―Sí ―alcancé a balbucir.
―No hables de esto a nadie y te darás cuenta que todo sigue igual de bien. Los actos de este tipo solo pueden ser castigados por la ley, la ley de los hombres, de nadie más.
Le hice caso y no hablé de ello a nadie. Pasaron los días y las semanas, y aunque al principio tenía pesadillas en las que un hombre de rostro ajado y barbas sucias moría, y otras veces me perseguía, pronto dejaron de ser periódicas para convertirse en sueños esporádicos, hasta que por fin desaparecieron. Mi sensación de bienestar incrementó al no aparecer la policía con grilletes para encarcelarme.
Sin darme cuenta, de manera paulatina, mi subconsciente iba dándole la razón a Poulder; no importaba lo vil que fuera el acto, solo eran castigados si los hombres lo descubrían. Quizá después de todo no había algo más allá de nuestra percepción sensorial, quizá después de todo no existía lo que las religiones denominan pecado, sino solo acciones.    
*****
Creí que la muerte de aquel indigente había sido la cúspide de los intentos de Poulder por demostrarme que no existe nada más allá del mundo objetivo, de lo real y lo tangible. ¡Cuán equivocado estaba! Aquel suceso sólo fue el primer eslabón de una serie de sucesos a cuál más descabellado y aterrador, que pusieron a prueba mi cordura y todo en cuánto creía. Mi hermano Poulder, hoy me atrevo a decirlo, simplemente se había vuelto loco. Pero no un loco cualquiera, sino uno peligroso, maniaco, encaprichado en demostrarme que no existe ningún Dios ni nada sobrenatural. Y lo estaba logrando.
¡Hasta el fatal desenlace!
Durante el siguiente año, hasta mi cumpleaños dieciocho, me forzó a ser su acompañante en muchas de sus correrías. No digo que me forzó solo para mitigar la culpa, o para parecer la víctima, porque de ningún modo lo soy. Pero sí es cierto que chantajeó, obligándome a acompañarle. Al principio amenazó con contarle a mis padres lo que hacíamos cuando salíamos, y cuando esto no funcionó, me amenazó con asesinarles, ¡a mis padres, sus padres! Sí que estaba loco, y le creí, de modo que me vi arrastrado en la vorágine de locuras y monstruosidades que al final acabarían con él.

23 de noviembre de 2016

Mi hermano Poulder (Primera parte)

Poulder me ha asegurado muchas veces que es ateo. Es mi hermano mayor, y como tal, no deja de tener sentido lo que dice. A veces pienso que tiene razón, y casi me convence, pero entonces pienso en la vastedad del universo, en el sinfín de cosas portentosas e inexplicables, en ese afán de la gente por buscar ayuda en algo más allá, en ese vacío que a veces sólo llenas rezando a algo que ni siquiera tienes la certeza de si es real o imaginario. Entonces hago oídos sordos a sus argumentos. No es que crea en ese Dios de los cristianos, o el de los musulmanes, o en algún otro al que la gente le ha puesto rostro y nombre, pero estoy casi seguro de que si estamos aquí es porque algo o alguien quiere que estemos.
Me parece que divago mucho.
El punto es que Poulder no cree en ningún dios, de la misma manera que asegura no creer en nada que escape a la comprensión humana. ¿La religión?, un invento para darle esperanza al proletariado y mantenerla tranquila. ¿Los milagros que ocurren entre los creyentes?, farsas para hacer creer a más gente estúpida, y algunas son dolencias tan irrelevantes que basta el efecto placebo. ¿Gente endemoniada?, más artimañas, y algunos locos. ¿Sucesos misteriosos, visiones de fantasmas?, imaginación de la gente en el mejor de los casos, y mentiras descaradas por un poco de atención, en otros.
Lo cierto es que Poulder no cree en cosas que no sean palpables o no sean demostrables mediante la ciencia. No es que él piense que no son reales, o no quiera creer, sino que, en verdad cree que nada de eso es real.
Tal es su descreencia que desde hace tres años se viene empeñando en cambiar mi pensamiento en uno igual al suyo. Al principio me pareció divertido, y una forma muy singular de demostrarme que no soy un cobarde, pero desde su primer intento todo ha venido subiendo de nivel, de audacia, de atrevimiento, y francamente, cada vez estoy más aterrado, y lo que es peor, empiezo a creer que lleva razón.
Cuando inició con su proyecto tenía yo quince años, y él diecinueve, ya una persona adulta. Todo dio inicio una noche de Halloween.
―Olvídate de los dulces ―dijo ese 31 de octubre entrando a mi habitación. Precisamente yo estaba preparando mi disfraz para salir con mis amigos―. Esta noche invocaremos fantasmas.
―¿Qué? ¿Por qué? ―recuerdo haber preguntado como un bobo.
―Pero vamos, cambia esa cara ―dijo, apaciguador―. No va a ocurrir nada, te lo digo yo que sé que esas cosas no existen.
―¿Entonces para qué invocar algo en lo que no crees?
―No, hermanito, no es que no crea, tengo la certeza de que no existen, que es diferente.
―Pero no respondiste mi pregunta.
―Muy fácil, para demostrarte que lo que digo es verdad. Empezaremos con los fantasmas y los espíritus, después, quién sabe.
Jamás creí que ese “quién sabe” pudiera transformarse en algo oscuro y aterrador.

7 de octubre de 2016

El refrigerador fantasma

Camino a la escuela, Benny pasa por un terreno abandonado. El predio en cuestión no tiene nada de especial, a no ser por ocupar toda una manzana, por estar lleno de maleza y árboles viejos, y porque muchos vecinos lo han elegido como el basurero del barrio. En pocas palabras, un sitio por el que Benny no sentía ninguna curiosidad.
Hasta que una mañana de tradicional marcha a la escuela, descubrió bajo el ramaje de un amate, un refrigerador de regular tamaño. El aparato en cuestión era color crema (aunque Benny supuso que debió haber sido blanco), de una sola puerta, descascarillada y con manchas de óxido en los bordes en lento avance hacia el centro. Benny se preguntó quién lo pudo dejar allí. También sintió una especie de atracción, curiosidad por ir a verlo. Pero eso lo podía hacer tarde así que decidió satisfacer su curiosidad a la vuelta de la escuela.
Benny sólo tenía ocho años, así que como es normal en un chiquillo de esa edad, se lo contó a sus amigos más cercanos, y a la hora de la salida, ya no era solo Benny quien fue al terreno abandonado para mirar el viejo refrigerador, sino que también lo acompañaban Raúl, Daniel y José.
―No le veo nada especial ―dijo Raúl mientras miraban el aparato desde la calle―. Es sólo un cacharro viejo.
―No, no lo es ―replicó José, con aire misterioso. José era un año mayor que el resto y el más intrépido de todos. Se le acababa de ocurrir una fenomenal idea―. Yo reconozco ese refrigerador ―continuó con un tono de voz que atraía la atención de los demás chicos―, lo vi en un recorte de periódico hace no mucho. Mi papá me lo quitó antes de que pudiera terminar de leer, pero algo entendí.
―¿Qué fue lo que leíste? ―Preguntó Benny, expectante.
―Que es un refrigerador embrujado.
―¿Embrujado?
―Sí. Leí que causó muchos estragos en un pueblo vecino. No sé a qué se referían con estragos, pero les aseguro que no fue nada bueno.
Benny escuchó las palabras con temor. Y cuando se volvió para mirar el refrigerador, por un momento vio que este se abría y una mano huesuda asomaba por el borde. Palideció y parpadeó. Al instante siguiente el cacharro seguía tan inmóvil como siempre.
―Mentiras ―dijo Raúl―. Los fantasmas y cosas embrujadas no existen.
―Y menos en cosas tan sin chiste como esas ―apuntó Daniel.
―Quizá se trate de otro refrigerador ―dijo Benny―, no del embrujado.
―Pues entonces hay que comprobarlo ―les retó José.
―Adelante ―dijo Raúl. Era el más serio y formal de los tres y fue el que encabezó la marcha.
Benny era el tercero, y tenía miedo, mucho miedo. Conforme se acercaban le parecía que el refrigerador centraba su atención en él, toda su malignidad enfocada en su persona, como si supiera que era el que más miedo tenía. Y a cada paso se le asemejaba más grande y tenebroso. Casi veía la puerta abrirse y a un monstruo abalanzarse sobre ellos.
Pero cuando Raúl abrió el refrigerador, lo único que salió fue polvo, humedad y un olor a viejo y óxido.
―¡Ja! ―dijo Raúl―, he allí tu refrigerador embrujado.
Benny suspiró aliviado.
―¿Qué esperabas? ―inquirió José― Es de tarde. Cuando has visto que un fantasma salga de día. Les reto a venir por la noche. Si no sale nada es que el periódico decía patrañas o es el refrigerador equivocado como propuso Benny.

4 de octubre de 2016

Lo que las lluvias trajeron

La temporada de lluvias es de lejos la época que más aborrezco del año. Más de una vez me ha jugado malas pasadas, en las cuales los míos y yo hemos tenido que abandonar nuestro hogar para ir a casa de un pariente, en el mejor de los casos, y a un albergue, en el peor. La razón es sencilla, vivimos en terreno propicio a las inundaciones. No siempre fue así, de lo contrario no habría invertido mis escasos ahorros en tal propiedad. A un costado del terreno en el que vivo, hay un bajío, una hondonada natural que en lo más crudo del invierno siempre se llenaba de agua, pero sin perjudicar los terrenos circundantes. Esto hasta algunos años atrás. Muchos dicen que es por los cambios climáticos, en parte es cierto: ahora los veranos son más secos y cálidos y los inviernos más crudos.
Yo me inclino a creer que es por mi mala estrella.
Sí, por mi mala fortuna. ¡En mi vida he sido un tipo con suerte! Mi padre murió cuando yo tenía catorce años y mi hermano el mayor, que por demás está decir que lo odio con todas mis fuerzas, vendió la parcela de tierra y se fugó con la joven mujer del vecino y nuestro dinero. Desde entonces tuve que partirme el lomo de sol a sol trabajando para otros, apenas ganando una miseria. Pero conseguí ahorrar algo y compré el terreno en el que ahora vivo. Que mi mala estrella se encargó de convertir en tierra propicia a inundaciones. 
Soy un tipo calmado, y aunque nunca he asistido a una iglesia, tampoco me han visto en una cantina y demás lugares de esta calaña. Pero a pesar de ello siempre me salen problemas con toda suerte de tipos, donde en el mejor de los casos consigo un ojo morado, en el peor, que me corran de algún trabajo en el que por fin empezaba a despuntar. Fui feliz un tiempo cuando me junté con Ana, una joven preciosa codiciada por muchos pero que me había elegido a mí. Hasta que se fugó con un vecino, el mismo al que mi hermano le robó la mujer (razón por la que lo odio más), y me dejó con dos niños de tres y dos años.
Que me aspen si no soy un tipo con mala estrella.
Y ahora empieza el invierno de nuevo. Lluvias, truenos, relámpagos, vientos fuertes, la luz que se va y una lámina vieja que no deja de gotear. Se los aseguro que la perspectiva es para entristecer a cualquiera. Por suerte mis hijos, que ya tienen siete y seis años, ya saben nadar como lagartos, por lo que no se me ahogarán si la inundación nos sorprende mientras dormimos. Parco consuelo para un tipo como yo.
Para mi sorpresa, el primer mes de lluvias transcurre de forma atípica. Lo que antes eran lluvias, si bien no torrenciales, sí continuas, ahora son esporádicas, a veces limitándose a finas lloviznas. Sonrío como bobo todas las mañanas al quitar la tranca de la puerta y ver que en el bajío hay poca agua acumulada. Quizá después de todo este sea un año de esos en los que no tengo que salir corriendo como pollo al que se le mete un tacuazín en el gallinero. Pero en el fondo no me confío. Ya lo saben, soy un tipo con mala suerte.
Y es como si la hubiera llamado. Mi mala estrella siempre aparece cuando parece que todo irá bien.
Todo empieza un lunes de finales de agosto. Ando arando el campo de un amigo de mi difunto padre para ganar el sustento diario, cuando empieza a lloviznar. Al principio le resto importancia al asunto, pienso que pasará pronto, y sigo trabajando. El cielo está gris en esos momentos, pero al rato, a una velocidad pasmosa, casi dramática, densos nubarrones negros empiezan a tapizarlo y se dejan oír los primeros retumbos de los truenos. Una tristeza abrumadora me empieza a poseer y la certeza de que se viene una tormenta de las buenas empieza a hacerse realidad. Sufro escalofríos, sudo de miedo, impotencia y cólera y empiezo a maldecir mentalmente. Y con un retumbo lejano, la tormenta se desata sobre mi aturdida cabeza.

25 de agosto de 2016

Lo más querido (conclusión)

Impelido quién sabe por qué absurdo, esa noche decidió presentarse en casa de la viuda, sin invitación. Intuía que allí había algo más, algo que tenía al chico asustado. Y aunque no era alguien curioso, había cogido cierto afecto a Dany. Quería ayudar de todo corazón.
A las ocho de la noche se encontraba tocando el timbre de la imponente mansión. Tuvo que esperar una eternidad hasta que Eva fue a abrirle. Era curioso que hasta ese día no hubiera visto ningún empleado en la casa, aunque suponía que sólo los había de día. La señora de la casa parecía somnolienta, y en efecto, seguramente estaba durmiendo, porque vestía una bata de etéreo raso que insinuaba muy bien las curvas de su cuerpo. Al ver a Andy pareció volver de un letargo, ya que al instante siguiente parecía todo lo despierta que cabe desear.
―Profesor, Andy ―dijo a modo de saludo―. No esperaba su visita.
―Lamento aparecer tan de repente, pero no creí que ya estuviese durmiendo. Perdone mi importunísimo, será mejor que regrese otro día.
―¡Faltaba más! De ninguna manera. Pase por favor. Su presencia siempre es bienvenida en esta casa.
No dejó que Andy protestara. Lo tomó del brazo y lo hizo cruzar el umbral. De reojo, casi sin querer, Andy miró hacia el escote de la hermosa señora, percibió el empiezo de unos blancos y firmes pechos. Pero apartó la vista de inmediato.
―Andy está durmiendo ―dijo Eva, mientras lo guiaba hacia la sala―. Yo también estaba durmiendo. Algunas veces preferimos dormir temprano, especialmente los fines de semana, por lo que ocurre en las noches… ―pero entonces se calló, como si hubiera hablado de más.
―¿Lo que ocurre? ¿Qué ocurre en las noches?
―Nada. Sólo que a veces Andy tiene pesadillas. Nada del otro mundo.
―¿Qué clase de pesadillas? ―Entonces se dio cuenta de algo. Habían dejado la sala atrás y habían iniciado el ascenso de las escaleras―. ¿A dónde vamos?
Eva le sonrió con dulzura y le acarició el brazo que le tenía cogido. Andy sintió una corriente eléctrica recorrerle el cuerpo.
―A mi habitación, claro.
―¿Su habitación?
―Usted es un hombre joven y muy apuesto, además de soltero. Yo, una mujer necesitada de un poco de afecto y compañía, ¿es mucho pedir?
La mente de Andy trabajaba a marchas forzadas, sin embargo, no lograba pensar nada con claridad. Lo único que entendía es que Eva lo guiaba a su habitación, y no para charlar precisamente.
―No es mucho ―respondió al cabo de un instante, consciente de que Eva era una mujer muy hermosa, y que, sin quererlo, muchas veces se había sorprendido fantaseando con ella.
―Además ―la mujer se detuvo en el rellano del segundo piso, le empezó a acariciar el pecho con una mano y la otra se la dejó en el cuello―, hace unos instantes le sorprendí espiando mis senos. ―Se mordió un labio con picardía a la vez que le atravesaba con ojos ardientes, chispeantes, excitados.
Andy se vio contagiado de aquel fuego.
―Sí, lo hice ―reconoció, excitado.
Pasó una mano por la estrecha cintura de Eva y comenzaron a devorarse los labios, con fuerza, con pasión, con ardor, ajenos a aquel chico que dormía no muy lejos de allí, ajenos a la oscuridad en que aquél chico empezaba a sumirse.

22 de agosto de 2016

Lo más querido(1)

Andy jamás imaginó el embrollo en el que se encontraría liado cuando un muchachito de cabello castaño entró en el salón de clases. Parecía un niño normal, tímido y asustado por su primer día de clases en una escuela distinta. Andy lo hizo pasar al frente, le dijo que lo estaba esperando y que por favor se presentara con sus compañeros. Con voz trémula y baja dijo llamarse Daniel Solórzano, tenía ocho años y se habían mudado porque su madre ya no quería vivir en su antigua casa.
Pasada una semana, Andy no notaba ningún cambio en el chico, todo lo contrario, parecía más retraído, y hasta se mostraba nervioso, casi asustado. No había hecho ninguna amistad y sus esfuerzos por socializar eran inexistentes. Incluso respondía con miedo cuando él le preguntaba algo sobre la clase. Andy decidió que él chico necesitaba un amigo. Quizá él podría ser ese amigo, al menos mientras le ayudaba a integrarse con el resto de sus compañeros.
De manera que un lunes le pidió que se quedara unos minutos después de que el resto de la clase se hubo marchado. Daniel se quedó sentado en su escritorio, inmóvil, la vista baja, como si esperara una reprimenda, no, como si hubiese sido reprendido. Andy se le acercó con una gran sonrisa, intentando tranquilizarlo, pero el muchacho no alzaba la vista de la madera del pupitre. Andy haló un escritorio y se sentó cerca del muchachito.
No voy a reprenderte le dijo, poniendo una mano sobre su hombro. Sólo quería saber si estabas bien.
El pequeño levantó su rostro bajo la mata de pelo castaño y lo miró con ojos grandes y vidriosos, como si quisiese llorar.
No me pasa nada dijo el niño, su voz trémula.
Eso espero. Pero si ocurre algo, no dudes en acudir a mí. Soy tu nuevo profesor, es cierto, pero también puedo ser tu nuevo amigo.
Lo tendré en cuenta aunque su voz era débil, como asustada, sus palabras dejaban bien claro que no era ningún niño tonto.
¿Tenías muchos amigos en tu antigua escuela? le preguntó.
El niño sonrió cuando gratos recuerdos pasearon por su mente.
Sí. Todos los del salón eran mis amigos… su rostro se ensombreció, bueno, hasta que mi padre murió Andy notó que al mencionar a su padre su voz sonaba más asustada que triste.
¿Y hace cuanto fue eso?
Hace dos semanas.

26 de julio de 2016

El sobreviviente de un derrumbe

Gritos. Piedras cayendo. Sonidos metálicos de las herramientas que caen. Madera que se astilla. El aterrador crujido de algún hueso que se rompe como cualquier madero. Gritos de nuevo. Toda una cacofonía de ruidos aterradores. Pero más aterrador que los gritos: el miedo y el dolor. Y la oscuridad, y la perdida de la orientación. Arriba, era el único punto discernible, por los escombros que caían. Después solo recordaba dolor y oscuridad, oscuridad y dolor…
Y entonces despertó en un rellano de la montaña. La cabeza le dolía, con un dolor punzante, que desaparecía un segundo para aparecer al siguiente, si cabe, más doloroso que la vez anterior. Al principio no veía nada, solo opacidad, y más allá, como un horizonte, una luz clarísima que se antojaba inalcanzable. Y su cuerpo, su cuerpo se le antojaba un bulto amorfo. De alguna manera lo sentía allí, pero no conseguía que respondiera a sus órdenes.
«Estoy muriendo ―pensó―. O quizá ya lo esté.»
Se dio cuenta que no había forma de hacer que su cuerpo respondiera, así que dejó de intentarlo. Sólo se quedó allí, tendido, procurando dormir. Seguramente ya no despertaría. Mejor. Para qué querría vivir si su cuerpo no hacía lo que su cerebro mandaba.
Gritos. Piedras cayendo. Sonidos metálicos de las herramientas que caen. Madera que se astilla. El aterrador crujido de algún hueso que se rompe como cualquier madero. Gritos de nuevo. Toda una cacofonía de ruidos aterradores. Pero más aterrador que los gritos: el miedo y el dolor.
Dolor. Dolor. Un dolor agudo y punzante, que le recorre el cuerpo como una corriente, encontrando su punto culminante en la cabeza. Un dolor que lo devuelve a la actualidad.
Entreabre los ojos y descubre aliviado que ya puede ver. La luz es cegadora y tiene que achinar la vista para acostumbrarse a la claridad. El dolor sin embargo sigue allí, quizá más fuerte que antes. Piensa que seguramente no puede moverse, pero se mueve, las piernas le responden, cansadas, doloridas, pero tienen movimiento. Le dan ganas de llorar, de gritar de júbilo. No todo está perdido. El derrumbe aquél no pudo con él.
Con un sobrehumano esfuerzo se puso a gatas, y después, aún más trabajosamente, de pie. El cansancio y el dolor parecen ser tan de él como su alma. «No es para menos ―se dice―, me cayeron cientos de toneladas de escombros.»
«¡Es cierto! ¡El derrumbe! ¿Dónde estoy?»

21 de junio de 2016

La promesa de una madre

Carlitos no recordaba haber tenido una madre. Bueno, por lógica tenía una, sólo que no la conocía. Papá sí que tenía, aunque sólo lo conocía por fotografías. Él había emigrado a Estados Unidos cuando Carlitos no era más que una llorona pelotita rosada. De eso hacía más de siete años. Actualmente vivía en casa de su abuela materna, que para él era su mamá, aunque era su papá quien cada cierto tiempo mandaba algunos dolarcillos para ayudar en su mantención y en su estudio, y muy de vez en cuando incluso hablaban por teléfono. En cierta forma se podría decir que Carlitos no tenía madre ni padre. Pero tenía a la abuela, dos tíos y una tía a la que el marido había abandonado y dos sobrinitos más pequeños que él que a veces no entendían cuando intentaba explicarles algún juego.
Por lo general siempre estaba haciendo algo: jugando, viendo la televisión, manchando libros, estudiando, jugando alguna broma a su anciana abuela, entre otras tantas actividades de un infante de ocho años. Se podría decir que Carlitos era feliz. Sin embargo, siempre se colaba uno de esos días en los que amanecía melancólico, cabizbajo, sin ánimos de hacer nada. Sentía un vacío enorme en su pecho, como cuando pierdes algo que querías mucho. Sólo que Carlitos no recordaba haber perdido algo. Pero entonces, un vistazo entre la cerca a la calle, un mandado a la tienda de la esquina, y una madre llevando de la mano a su hijo, una madre comprando un helado de la carretilla a su pequeño, un padre jugando fútbol con su infante… y Carlitos sentía que los ojos le escocían, muchas veces se contenía, otras, terminaba en un rincón de su habitacioncita, sollozando en silencio, para que nadie lo notara.
Los días del padre y de la madre eran especialmente tristes para el pequeño. Por lo general fingía indiferencia, o traba de pasárselo bien como los demás, pero era seguro que durante la noche su almohada se mojaría de saladas lágrimas. Su padre siempre le llamaba en el día del padre, le decía que lo quería mucho y que uno de esos días le daría la sorpresa de aparecer por allí. Pero nunca aparecía. El día de la madre era un asunto aparte, no tenía nadie que le llamara, ni que lo fuera a ver, y aunque trataba de llenar ese vacío con su abuela, ella era, a fin de cuentas, su abuela.
Fue uno de esos días que decidió que quería saber más de su madre.
Empezó por preguntar a su abuela cómo se llamaba su mamá. La abuela no quiso responderle a la primera y siguió bordando una manta como si no lo hubiera oído, pero Carlitos preguntó una y otra vez hasta el punto de volverse exasperante.
María dijo al final la abuela, los ojos chispeantes. Carlitos había empezado a creer que se había pasado de la raya y que recibiría una azotaina, pero su abuela se limitó a mirarlo con ojos de enfado. María era su nombre.
¿Era?, ¿Quieres decir que murió?
No. No lo creo. Pero para mí como si lo estuviera.
Carlitos siguió preguntando e incordiando, pero la abuela ya no respondió. Sólo fingió que no existía.
María. Se llamaba María. Por lo menos ahora tenía el nombre. Quizá si preguntaba por todas las Marías de la ciudad diera con su madre. Pero era una tarea titánica, y lo más seguro era que no estuviese en la ciudad, de lo contrario ya lo habría ido a ver. Seguiría preguntando a su abuela. Ella era su madre, tenía derecho a saber quién era y qué había sido de ella.
Pero al siguiente día, cuando salía de la escuela, ocurrió algo muy raro. Caminaba por la acera, medio distraído, pensando en la forma de sonsacar información sobre su madre a su abuela, cuando escuchó que alguien decía su nombre. Miró atrás y a los lados, medio asustado. Sabía de los peligros de la ciudad: roba-chicos, bandidos, mareros, secuestradores, y más. Tras él venía un grupo de jóvenes, centrados en sus celulares. Delante iba un grupito de niños más chicos que él, haciendo escándalo como si en ello les fuera la vida. Nadie que lo conociera. Nadie que supiera su nombre.

8 de junio de 2016

Temor a la oscuridad

La noche es aterradora. De eso Matías no tenía ninguna duda. Por eso en su casa las luces se mantenían encendidas desde las seis de la tarde hasta la seis de la mañana. Desde la caída del sol hasta el despuntar del alba. Matías sabía que la caída del sol era como una alarma para los terrores de la noche, los cuales empezaban a rondar y a vagabundear a la caza de algún incauto.
O al menos era lo que le habían dicho y repetido mil veces desde que era pequeño. Y él lo creía. Por eso es que en su casa siempre había luz por las noches.
Matías era considerado un bicho raro. Era retraído, tenía pocos amigos, y hasta en el trabajo se pasaba la mayoría del tiempo encerrado en su oficina. Eso sí, nadie negaría que era un empleado muy rentable. Con eso se le podía calificar como un tipo introvertido. Pero su manía por mantener las luces prendidas era algo que muchos le preguntaban pero que pocos entendían. Por lo general uno se tenía que conformar con encoger los hombros y darse por vencido.
Con todo y eso Matías era tenido por un buen tipo; bueno, por aquellos que habían conseguido acercarse lo suficiente para ganarse su afecto.
Uno de esos que lo apreciaban bastante era Arnoldo. Compañero de trabajo desde hacía muchos años. Compartían muchos intereses. Ambos practicaban golf, tenían gustos literarios similares. Y no había algo que les gustase más que un buen libro y una copa de vino en el porche de la casa de cualquiera de los dos. Incluso sus esposas se llevaban bien, quienes platicaban largos ratos mientras ellos leían, charlaban y compartían opiniones acerca de lo que leían. Mientras, los niños jugaban en sus habitaciones a las cosas que juegan los niños.
Arnoldo le tenía mucho aprecio a Matías. Su amigo era un buen tipo, de eso él podía dar prueba. Y a él en particular le importaba un comino si en casa de Matías las luces no se apagaban durante toda la noche, o si este dormía rodeado de ajos o si dormía debajo de la cama en lugar de arriba. Eso a él no le importaba. Él apreciaba a Matías y punto. Lo que a él le preocupaba era la reputación que su amigo se estaba granjeando por la peculiaridad de las luces. «¡Está loco!» era una de las expresiones más comunes que la gente usaba cuando hablaba de Matías, y eso a Alberto le molestaba.
De modo que de vez en cuando procuraba sacar el tema. Tenía que conseguir que Matías dejara atrás esa manía suya. Tenía que hacerle comprender que en realidad nada se esconde en la noche, que en realidad no hay nada allí fuera esperando que se quede a oscuras para abalanzársele. Y siempre que sacaba el tema a colación, lo hacía con tiento, ya que las más de las veces lo único que conseguía era que Matías se enfurruñara. Pero esa vez había bebido más de una copa, y se sentía achispado, intrépido, ese era el día para hacerle entender a Matías de lo absurdo de su temor.

22 de mayo de 2016

La promesa de Cristopher Rod

La noticia de que terminaba con él lo devastó. Sintió un nudo en la garganta y un desgarrón en el corazón, que desembocaron en copiosas lágrimas de angustia. Aunque era algo que desde hacía algunas semanas venía temiendo, siempre había albergado la esperanza de que esos temores fueran infundados, y que al final, todo volvería a ser como al principio.
Pero uno no alberga dudas y temores sin base. Y él había empezado a notar indicios de alejamiento sentimental por parte Annie hacía varias semanas, bueno, más que indicios, a decir verdad. Los mensajes de buenos días y buenas noches eran casi historia; las peticiones de que fuese a verla ya no existían, y sólo se veían tras algunos ruegos por parte de Cristopher, encuentros que ya no estaban repletos de mimos y caricias, mucho menos abrazos y besos; ella alegaba que era por el estudio, porque tenía oficios domésticos que hacer, porque sus padres querían que los acompañara a algún sitio. Ahora Cristopher sabía que no eran más que excusas.
Annie simplemente había dejado de amarlo.
Cristopher Rod había entrado a la mayoría de edad hacía algunos meses. Edad suficiente para contar con algunas experiencias sentimentales en su pasado. Ya en otras ocasiones habían terminado con él. Otras había sido el propio Cristopher quien había dado por terminada una relación. Pero en ninguna de las ocasiones anteriores se había sentido tan desahuciado como esa vez. Y es que Annie simplemente, Cristopher estaba seguro, era el amor de su vida. Estaba completa y perdidamente enamorado de ella, y ahora, de un plumazo, todos sus sueños e ilusiones se iban por la borda. Sentía, un dolor, un coraje, una rabia, una frustración, un odio, que las simples palabras no bastarían para expresarlo.
Fue en ese momento de máximo dolor que Cristopher se hizo una promesa. Juró y perjuró que por nada del mundo permitiría que Annie fuera de otro. Ella se lo había buscado, por echarlo sin mayor explicación, máxime que ahora circulaban rumores de que lo había botado porque tenía otro enamorado.
Ese primer día Cristopher no salió de su habitación. Tampoco nadie lo molestó. Sin duda sus padres intuían lo que había pasado. Ya en un par de ocasiones le habían advertido que tuviera cuidado, que podía salir herido. Y como casi siempre, sus padres habían llevado razón. No cenó y se durmió derramando abundantes lágrimas, sintiendo a ratos que el corazón se le pararía a causa del dolor.
El segundo y tercer día no fueron muy diferentes al primero. Fue a la escuela de manera mecánica, tratando de enmascarar su dolor, pero a ningún ducho se le escapó que algo le ocurría. Mala manera esa de intentar darle ánimos diciéndole que de todas formas Annie no valía la pena. ¡¿Qué no valía la pena?! A punto estuvo de agarrar a golpes al imbécil de su amigo. ¿Quién habrá inventado eso de que hablar mal de la otra persona ayudará a apaciguar el dolor?

5 de mayo de 2016

El joven viajero


La casa de los Ryder era una mansión antigua, grande e intimidante; aunque hermosa en cierta manera. Y tras la muerte de sus dos propietarios tres años atrás, todos pensaron que los tres hijos la venderían al primero que hiciera una oferta y se mudarían a otro sitio. De modo que todos se sorprendieron, desde el alcalde del pueblo, hasta el enterrador del cementerio, que los tres muchachos declararan su firme intención de conservar la casa y los negocios de sus difuntos padres.
Porque era bien sabido que los señores Ryder no eran los primeros en morir de forma antinatural en aquella casa. Pero esa es otra historia, y sería alargar demasiado lo que os quiero contar. De manera que mejor entremos en lo que nos incumbe.
Jessie Ryder era la mayor de los vástagos, ahora tenía veintitrés años, y los jóvenes del pueblo la consideraban una mujer a tener en cuenta a la hora de matrimoniarse. Pero por la que la mayoría moría era por la menor de las hembras. Se llamaba Mishell, recién había cumplido los veinte años y era considerada una beldad en el pueblo. El menor se llamaba José, y aunque su nombre era más tosco que el de sus hermanas, también era un muchacho muy agraciado, y no eran pocas las jovencitas que soñaban en convertirse en la señora Ryder, aunque eso supusiera vivir en la vieja e intimidante mansión. José hacía no mucho que había cumplido la mayoría de edad.
A pesar de ser personas de gran belleza física, también se les consideraba raros, especialmente por los adultos, quienes no se dejaban engañar tan fácilmente por un rostro bonito. Esta rareza se reflejaba en el poco trato con la gente del lugar, en su proceder huraño y en su poca hospitalidad. Jamás habían consentido en ceder la mansión para alguna fiesta de la localidad, ni se habían asomado a fiesta alguna. Ni que decir del viajero que necesitaba un lugar donde pasar la noche, sencillamente le cerraban la puerta en la nariz.
Y la gente, lentamente, empezó a poner historias misteriosas a estas maneras de proceder. Pero por supuesto, todos eran rumores inventados. Los Ryder eran, en pocas palabras, personas que gustaban de su privacidad y de la ociosidad en su mansión.
Pero los rumores pueden ser peligrosos, fue lo que empezó a repetir frecuentemente la mayor de los Ryder.
─Tenemos que ser más sociables ─dijo una noche de otoño, a mitad de la cena.
Mishell y José no dijeron nada. Se miraron de manera significativa, así durante largos minutos, casi sin moverse ni parpadear, y asintieron al fin. Pensaban en las historias, muchas de ellas ciertas, que habían escuchado durante los años de sus cortas vidas. Sí. Lo sabían. Conductas extrañas llevaban a la desconfianza de la comuna, y la desconfianza llevaba al temor, y muchas veces ese temor, infundado en la mayoría de los casos, llevaba a la gente a cometer toda clase de locuras. La quema de los implicados no era la mayor de todas. De manera que, aunque no les agradaba la perspectiva de socializar con la gente del lugar, la perspectiva de acabar en la hoguera les era aún menos halagadora.
Pasados algunos días, pensando aún en la manera de acometer su nuevo estilo de vida, alguien llamó con la aldaba a la puerta de la mansión. Fue un solo golpe, fuerte y repentino, y los tres hermanos dieron un respingo, alarmados. Afuera la lluvia caía, no torrencial pero sí pertinaz, y los relámpagos hendían la noche periódicamente. ¿Quién podía llamar a la puerta a esas horas de la noche, bajo la lluvia?

6 de abril de 2016

El Meteorito

Carolina despertó presa de una extraña inquietud, como si hubiese tenido una pesadilla, lo extraño era que no recordaba haber soñado nada. Sin embargo, jadeaba acompasadamente y tras tocarse el rostro, lo descubrió perlado de sudor.
«¿De qué va todo esto? —se preguntó en su fuero interior—. Quizá esté enfermando.» Pero no se sentía enferma, excepción hecha por una especie de desasosiego que le carcomía por dentro.
Se levantó cansinamente de la cama y se acercó a la ventana de su habitación. Abrió uno de los marcos y se dejó acariciar por la fresca brisa de la noche. La sensación fue en extremo agradable. «Calor —pensó—, sólo era calor.» Se dejó embriagar por la sensación del aire en su rostro, con la barbilla alzada, admirando el hermoso globo luminoso que flotaba más arriba, entre nubes gordas y de aspectos apacibles.
Pero la extraña sensación seguía allí, de ningún modo aplacada por la brisa que acariciaba su rostro y que tiraba sus negros y revueltos cabellos hacia atrás. Pero por lo menos ya no jadeaba ni notaba su rostro sudoroso. Solo aquella inquietud…
Primero abrió los ojos, ojos grandes y expresivos, y después se llevó la mano a la boca para ahogar un gritito. De pronto la luna presentaba un color rojizo, color que también se reflejaba en las panzudas nubes que la guardaban. Carolina no lo podía creer; las cosas no cambian de color de un segundo para otro. Pero aquélla luna sí que lo había hecho. La siguió observando durante un minuto, intrigada y asustada a la vez, tratando de comprender lo que ocurría. Entonces se percató que tenía calor y que su rostro aparecía perlado de sudor de nuevo. Y el aire… el aire ya no refrescaba, sino que era caliente, cada vez más caliente.
Carolina se vio obligada a cerrar la ventana para evitar que aquel aire la tocara. No entendía que ocurría. Nada.
Sin embargo, no dejó de observar la luna, casi roja ahora. Entonces lo vio, y dio un paso atrás, aterrada. Pero en cuanto comprendió de qué se trataba se acercó lo más que pudo a los cristales de la ventana sin llegar a tocarlos. ¡Un meteorito! ¡Por todos los cielos! ¡Se trataba de un meteorito! (¿O era un cometa?) Era una bola de fuego, que se reflejaba en la luna, aunque debía de tratarse de algo muy grande o poderoso para que la ola de calor llegara hasta donde se encontraba ella.
«¡Dios! —pensó— Quizá ni caiga lejos.»

17 de marzo de 2016

Él

Los primeros rayos del sol alcanzaron a Él cuando se inclinó en un estanque de agua casi clara, para dar un gran sorbo. No tenía sed, pero sabía que más tarde quizá no tuviera tiempo de beber. No es que Él hubiese pensando precisamente en esa palabra, porque Él no tenía un lenguaje como nosotros lo entendemos. Lo de Él eran más emociones, sensaciones, contacto mental…, pero para relatar algo de la historia de Él lo haré en un lenguaje que todos comprendamos, ¿entendido?
Primero que nada, diré que la historia de Él es una historia muy larga, mil páginas no serían suficientes para escribir una centésima parte de esa historia, y lo que a continuación relataré, en unas pocas páginas, es un burdo intento mío por contar a grandes rasgos algo de la historia de este enigmático (y mal llamado monstruo) personaje.
Bien.
Él sorbió el agua del estanque y la saboreó con placer. Luego dio otro sorbo. Cada uno lo suficientemente grande como para llenar un barril. Un último sorbo y se puso de pie, todavía saboreando el agua con placer. Era uno de los pocos placeres que se podía permitir en los últimos tiempos. Además de que era un placer que empezó a permitirse no hacía mucho. Ya que Él no siempre había podido beber. Según su memoria, hacía unos mil años que le empezó a salir boca, y no fue hasta que transcurrió la mitad de ese tiempo que fue capaz de beber algo. Ni que decir de la comida. Comparado con los humanos, Él era como un bebé al que apenas le empiezan a salir dientes; no podía comer cualquier cosa, aún.
Porque hay que decir una cosa de Él, sólo una cosa, y es que Él era muy, pero muy viejo, tanto que ya ni se acordaba; no tanto por su mala memoria y el tiempo transcurrido, sino porque en el principio apenas si tenía conciencia de su existencia. Porque la vida de Él se remontaba a muchos miles de años humanos atrás. Es mucho tiempo, ¿a que sí?
Él tragó los últimos restos de agua y empezó a caminar, procuraba mantenerse entre los árboles, silencioso. Esa vez fue una de las pocas ocasiones que agradeció ser tan pequeño. Durante mucho tiempo había soñado con crecer, crecer, hasta alcanzar las nubes, pero ahora le satisfacía que ese deseo no se hubiera realizado. Si no, ¿cómo se mantendría oculto en aquellos árboles ralos, salpicados de charcas y arroyuelos de agua parda? Porque hay que decir, que pese a su edad, Él parcamente mediría diez metros de altura y uno de grosor en su parte más gruesa, que era la cintura, donde sus piernas nudosas salían disparadas hacia el suelo.
El sol ya se había separado un buen trecho del horizonte cuando él supo que estaba muy cerca de su destino. Eso era incuestionable, las marcas de los humanos eran notorias por doquier. Él sintió la cólera bullir en su interior. Había un árbol por allí cerca, al que habían dejado tullido al quitarle una de sus ramas más gruesas y hermosas. Él tanteó al árbol, no lo conocía de antes, pero el árbol supo que quien se comunicaba con él no era otro que Él, el único de su especie que podía caminar. El árbol le contó a Él lo despiadado de los humanos, le mostró en imágenes cómo le cortaron un brazo con una cosa que hacía mucho ruido y que tenía unos dientes filosos que cortaban más rápido que las polillas. ¡Y cómo se reían los malditos mientras lo amputaban!