Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

16 de diciembre de 2015

Una noche en el bosque

José observó la laguna sólo unos instantes. Esta no le interesaba para nada. Al menos no directamente. Pero esa laguna era la única fuente de agua en leguas a la redonda, de manera que si había presas en los parajes cercanos, era lógico pensar que era allí donde llegaban a abrevar. Y no estaba equivocado.
Era media mañana, el sol calentaba con fuerza, y arrancaba destellos plateados de la parda agua. Y en los márgenes de la laguna, en las orillas lodosas y llenas de fango, no fue difícil encontrar un centenar de huellas de animales del bosque.
José era un avezado cazador. Tenía muchos años de experiencia encima. Así que pudo reconocer con poco estudio la mayoría de las huellas que fue hallando conforme recorría las márgenes de la laguna. Distinguió las huellas de un armadillo, de un tepezcuinte, de un gato salvaje y el de un felino de mayor tamaño, quizá un leopardo. Más tarde encontró huellas de un animal más suculento, las de un ciervo; la marca de un casco divido en dos, con dos pezuñas más atrás eran inconfundibles para él, en especial por su tamaño. Si lograra cazar aquel ciervo haría de esa cacería una muy fructífera.
Se disponía a alejarse de la laguna para buscar un escondite cuando divisó unas huellas humanas.
«Así que no soy el único que ha venido por estos sitios», pensó.
Pero entonces se dio cuenta que las huellas eran de un pie descalzo. «A lo mejor no quería ensuciar sus botas». Sin embargo, sabía que esa línea de pensamiento era una sandez. ¿Quién va a un bosque y procura no mancharse las botas? Tendría que tratarse de un tipo muy raro en todo caso.
Se acercó a las huellas por curiosidad. Y entre más las examinaba menos seguro estaba que se tratara de huellas humanas. A simple vista parecían huellas humanas, pero al mirarlas a detalle se llenó de dudas. La parte del talón era más estrecha, y la de adelante más ancha. Tenía cinco dedos, pero parecían más largos de lo normal, además de que medio centímetro delante de cada dedo había un fino agujero, como si el dueño de aquel pie tuviera garras. «Porque nadie tiene uñas tan largas.»
La examinó un minuto más. Y luego la del otro pie, que era exactamente igual, con la consabida diferencia entre el derecho y el izquierdo por supuesto. Pero solo consiguió generarse más dudas. ¿Existía acaso en el bosque alguna criatura con pies como aquellos?
Se puso de pie y agitó la cabeza, tratando de alejar sus pensamientos de aquella misteriosa huella. No tenía importancia. Lo que le competía eran las huellas del ciervo, buscar un buen sitio donde camuflarse y esperar.

El sol había hecho tres cuartas partes de su recorrido en el cielo, su reloj de pulsera marcaba las tres de la tarde, cuando José supo que las largas horas de espera serían recompensadas. Tenía el culo entumecido de tanto estar sentado. Desde su escondite había visto un par de conejos, un mapache, un zorro y un lagarto en la laguna. Pero fue hasta ese momento que apareció lo que de verdad le interesaba: el ciervo. Y no era un ciervo pequeño, observó con regocijo. Mejor que mejor. Se aseguró de estar en el lado correcto respecto al viento y aprestó su escopeta de dos cartuchos.
El ciervo caminaba a paso vivo, pero al acercarse a medio centenar de metros de la posición de José se detuvo, como intuyendo el peligro. Su nariz se movió, olfateando, y sus orejas daban saltitos sobre su testa. Movió la cabeza a uno y otro lado. Cincuenta metros no era una distancia imposible para un cazador como José, pero no si tenías la presa de frente. De modo que decidió espera la reacción del animal. El ciervo olfateó de nuevo. Algo raro debía llegar a sus finas narices. Por último, decidió seguir avanzando, solo que con paso cauteloso. Esa fue su perdición.
José apuntó, contuvo la respiración y esperó paciente. Cuarenta, treinta, veinticinco metros. El ciervo le ofreció todo el costado. Era presa fácil. José haló del gatillo y el restallido del disparo resonó con potencia en el bosque. El ciervo se tambaleó, bandadas de pájaros se desperdigaron y los roedores cercanos corrieron sobre el tapiz de hojas buscando refugio. Pero el ciervo no cayó, recuperó la vertical y echó a correr. Pobre, seguro que aún no sabía que estaba muerto.
José salió de los arbustos y ramas que le servían de escondite. Se echó la escopeta a la espalda y bajó con parsimonia a la laguna. Juntó las manos, las ahuecó, y se refrescó el rostro. Después sacó la botella que llevaba en la mochila y dio un buen trago. No había por qué correr tras el ciervo. Estaba muerto, de eso no había dudas. Seguro no había llegado muy lejos, y si lo hacía, las marcas de sangre lo conducirían hasta él.
Caminó hasta el punto donde había herido al animal. Había mucha sangre allí. Después siguió el rastro. Más marcado al principio, y débil conforme se internaba en el bosque. Un centenar de metros más adelante empezó a preocuparse. Las huellas de sangre eran más salteadas, tanto así que la siguiente marca no la vio hasta después de recorrer todo el perímetro de la última marca. ¿Y si no lo había herido de gravedad como creía? ¿Y si el ciervo estaba lo suficientemente bien como para correr un kilómetro antes de morir? Estas preguntas lo preocuparon. Pero eso no podía ser posible. Estaba seguro de haber acertado el disparo.
Tras llegar a la siguiente mancha de sangre, fue incapaz de hallar otra. Buscó las huellas de los cascos del animal, pero no encontró ni una. ¡Imposible! Un animal de aquella envergadura debía dejar aunque fuera una leve marca en aquel tapiz de hojas húmedas.
—¡Cielo Santo! —murmuró cuando vio las otras huellas. Concentrado como estaba buscando huellas de pezuñas no se había fijado en las otras. Las mismas de la orilla de la laguna, aquellas que parecían humanas.
También vio un matorral apachado, con algunas hojas manchadas de sangre. «Aquí fue donde murió mi presa», concluyó. Y alrededor del matorral, las huellas casi humanas. Al examinarlas con cuidado concluyó que no eran de un solo ser, sino que se trataba de dos. Las siguió unos cuantos metros y cambió de opinión. No se trataba de dos, si no que de tres. Fuera lo que fueran aquellos seres, humanos o no humanos, se habían llevado el ciervo. Era la única explicación plausible que José daba a la desaparición de una presa que él consideraba muerta.
Aun así, continuó buscando. Buscó a izquierda y derecha, de norte a sur. Barrió un área grande en torno al sitio donde estaba el matorral manchado de sangre, pero no encontró nada. Solo las huellas semihumanas que se internaban más adentro en el bosque. Aquellos seres se habían llevado su presa, ya no le cabía ninguna duda al respecto.
Sopesó largos momentos la situación. ¿Qué hacer? ¿Volver a la laguna y tratar de cazar algo más o seguir las huellas hasta dar con los roba-presas? La solución más sencilla era regresar a la laguna y tratar de cazar algo más, aunque fuera de menor envergadura. Pero el ser humano raramente actúa con tino, de modo que su curiosidad pudo más y optó por seguir el rastro.
Cargó en la escopeta un nuevo cartucho para reemplazar el que había quemado y se puso en pos del rastro.

El sol tocaba el horizonte cuando llegó a un pequeño claro. Ocupaban el despejado varias colinas dispuestas en círculo, todas no más grandes que una casa y no más altas que la misma. Coronaban cada colina unos bloques de piedra basta, rectangulares, que de ninguna manera podrían estar allí que no fuera por la mano del hombre. José vio que las huellas pasaban entre dos de esas colinas, y al otro lado oyó voces. Eran voces ásperas y duras, casi inhumanas.
Las alarmas se prendieron en su interior. ¿Y si de verdad los dueños de aquellas huellas no eran seres humanos? ¿Y si estaba ante la guarida de alguno de esos monstruos que llenaban las leyendas y mitos de los lugares rurales? Por un momento su corazón palpitó con fuerza y no supo que hacer. Pero luego se vio las manos, y decidió que no había ser en el mundo que no se pudiese enfrentar con una buena escopeta.
De modo que decidió continuar. Pero no por el canalillo entre las colinas, sino sobre estas. Así que empezó el ascenso, agachado, haciendo el menor ruido posible. Del otro lado las voces sonaban más ásperas y apremiantes. Era como si discutieran. Pero José no lograba captar el significado de las palabras. El corazón le martillaba con fuerza en el pecho, no sabía lo que iba a ver al otro lado. Tenía miedo, pero también curiosidad, y era esta última la que lo impelía a seguir.
Llegó a la cima y se escondió tras el bloque de piedra que la coronaba. Era piedra vieja, erosionada por el viento. Y aún visibles en su superficie, muchas líneas que formaban jeroglíficos de aspecto arcaico. «¡Cielo Santo!» Tenía razón, esas piedras habían llegado allí por manos de hombre, o quizá de algún otro ser pensante. ¿A dónde demonios había llegado a dar?
Se sobrepuso a la sorpresa, y, pecho a tierra, asomó la cabeza para ver a los raptores de su ciervo. «¡Dios Santo!» Se mantuvo impávido, merced a un gran esfuerzo. En medio del círculo de colinas, en torno al ciervo muerto por él, había tres figuras semihumanas de aspecto repugnante. O eso fue lo que José pensó en primera instancia. Pero tras observar con más detenimiento vio que no eran más que humanos. Tenían las cabelleras largas y enredadas como alambre, igual que las barbas, largas y desaliñadas; los cabellos de uno eran negros, los de otro oro y castaños los del tercero. Vestían únicamente calzones de piel, y sus cuerpos eran fibrosos y nervudos. ¿Qué hacían tres humanos de aspecto tan zarrapastroso en aquel sitio?
Los tres hombres discutían o charlaban (era difícil saberlo), a la vez que con cuchillos de piedra quitaban la piel al ciervo. Tras escuchar con mayor atención José logró captar algunas palabras sueltas, pero sin ubicarlas en una frase. Comprendió que sus voces no eran semihumanas, sino solo que estaban en desuso. José no sintió ira porque le hubieran robado su presa, sino más bien lástima. No sabía quiénes eran esos tipos. Quizá unos locos, o algunos imbéciles que se metieron a explorar aquel bosque sin lograr salir nunca.
Casi vomita cuando el del pelo castaño arrancó una tira de carne y se la metió a la boca, cruda. La masticó con evidente deleite y recibió un sopapo de uno de sus compañeros por interrumpir la tarea. El castaño respondió con un puñetazo y en un abrir y cerrar de ojos estaban enzarzados en una pelea, en la que el tipo libre reía con placer. José decidió que era mejor irse de ese sitio, quizá incluso del bosque. No le apetecía pasar la noche en un sitio en el que también estuvieran aquellos hombres, si es que lo eran.
Empezó a retroceder. Pero entonces recordó las huellas que había seguido. De modo que se arrastró a la cima de nuevo, y espió los pies. Eran pies sucios, callosos y duros, pero en ningún momento los confundió con las huellas que lo habían guiado hasta allí. Entonces, ¿es que no eran esos los que habían raptado el ciervo en primer lugar? ¿Acaso había otros tres? Por una vez hizo caso a su razón y decidió alejarse de aquel claro lo antes posible.
Inició el descenso, pero resbaló, rodó y chocó contra una roca. A pesar de un ímprobo esfuerzo, soltó un gemido. Le dolían las costillas, allí donde se golpeó con la piedra. Al otro lado de la colina el ruido de la pelea cesó y José oyó pasos que se acercaban. Se sobrepuso al fuerte dolor y logró ponerse de pie, aterrado sin saber bien por qué. Recuperó la escopeta que había soltado en su descenso y corrió ladera abajo.
Más que ver intuyó el momento en que uno de los tipos desgreñados coronaba la colina. José sintió terror puro y temió que en cualquier momento algo saltaría sobre su espalda desprotegida. Fue por eso que mejor se volvió, escopeta en ristre, con las manos más temblorosas de lo que jamás había creído. A un lado del bloque de piedra estaba el tipo de cabellos castaños. Al oeste, el sol se ocultaba por completo. José vio una línea de sangre en la comisura de la boca del sujeto, pero no sabía si provenía de un golpe o de la carne del venado.
El tipo sonrió, y fue la sonrisa más grotesca que en su vida había visto. José sintió que se le helaba la sangre e intuyó el peligro y gritó:
—¡No te muevas! —al tiempo que apuntaba con la escopeta.
El sujeto dio un paso al frente, dejando atrás la roca de vetustos jeroglíficos. Fue como una ilusión. Una ilusión aterradora. Un segundo era un hombre harapiento y al siguiente un monstruo surgido de alguna historia de terror. Su cabeza era de lobo, de un lobo castaño, con orejas puntiagudas y con hocico lleno de filosos dientes. Su cuerpo era de cintura estrecha y tórax amplio, cubierto de un bello espeso igualmente castaño. Sus brazos eran largos, y se adivinaban fuertes, rematados en poderosas garras. José no pudo verle los pies, ocultos en el césped que tapizaba las colinas, pero no hacía falta, sabía que eran de talón estrecho y dedos largos rematados en garras.
No dudó un instante y disparó. El hombre lobo retrocedió medio paso ante al impacto de los balines en su pecho. Su cabeza fue más atrás, alcanzando la línea del bloque de piedra y durante un instante aquella criatura tuvo cuerpo velludo y cabeza humana. El hombro lobo recuperó la vertical y aulló. José escuchó los pasos de los otros dos. Volvió a disparar. Esta vez el monstruo se mantuvo firme, preparado como estaba para recibir el disparo. La sangre le brotaba del pecho y volvió rojo su pelaje, que ante la ya escasa luz parecía negro, pero no parecía sentir dolor.
Los otros dos hombres aparecieron tras él. Cuando se pusieron al lado del primero ya no eran hombres, sino monstruos similares, uno rubio y el otro negro como la noche sin luna.
José se dio la vuelta y echó a correr. Tras él, tres aullidos hendieron la noche.

Continuará…

7 comentarios:

  1. Pobre José, ¡se metió en una buena! Es un cuento formidable, me ha gustado mucho. Estoy ansiosa por ver la continuación. Sigue así, Manuel, tienes un gran talento.
    Abrazos desde España

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    1. Gracias Esther. Se ve que José se encuentra en un grave aprieto. Quién sabe cómo le vaya. Lo sabremos pronto. Saludos1

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  2. La curiosidad mató al gato,en este caso, José lo tiene bastante mal.Tremendo ,esta fantástico, el suspense te atrapa hasta el final,espero que no se haga muy larga la espera. Saludos desde España. Silvia.

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    1. Espero que no. Calculo que éste miércoles subo su conclusión, pero no prometo nada. Y que bien que te haya gustado.

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  3. Excelente historia! en verdad me impresiono porque suelo ir de caceria a los bosques jeje y siempre leo tus cuentos incluso ahi..me gusto mucho..Ariel

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    1. Pues mucho cuidado con las huellas extrañas, no te vayas a meter en un embrollo similar. Jaja. Haber que día me mandas algo de carne. Saludos!

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  4. jajaja cuando quieras maestro para eso estamos..saludos..Ariel

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