Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

22 de diciembre de 2015

Una noche en el bosque (culminación)

No recordaba cuánto había corrido. Pero su corazón desbordado y su agitada respiración atestiguaban que un buen trecho. Aunque quizá fuera solo producto del inmenso terror que atenazaba sus entrañas. No comprendía con claridad lo que ocurría, solo sabía que no era bueno y que estaba aterrado hasta el tuétano. ¡Por todos los cielos! ¿En qué embrollo estaba metido?
Se había detenido bajo la frondosa copa de un ceibo. A su alrededor diez mil árboles lo observaban con hojas susurrantes y vaivenes hipnóticos. Además de eso, el bosque estaba sumido en un silencio hosco. En el cielo, al este, se adivinaba una luz argéntea, suministrada por la luna creciente, demasiado débil para llegar al tapete de hojas muertas que alfombraba el suelo.  
En la distancia se oyó un aullido. Se encogió ante el escalofriante sonido, e instintivamente apretó con fuerza el tubo de hierro del cañón de la escopeta. El aullido venía de muy lejos, creyó. Lo que no dejaba de ser sorprendente. Estaba a escasas decenas de metros de los hombres lobos cuando se había echado a correr, y ahora parecía haberlos dejado atrás. ¿Acaso no era tan mortíferos como creía, ni rápidos, ni fuertes? ¿O es que el miedo lo había hecho correr cuál leopardo? No importaba, lo que sí venía al caso es que de momento se encontraba a salvo.
Se agachó unos momentos, buscando recuperar algo de aliento y aprovechó para poner dos cartuchos nuevos a la escopeta. Cuando hace ratos le disparó al monstruo castaño, aunque había visto sangre no había notado gestos de dolor. Pero quizá sí lo había herido. Quizá los monstruos, que eran mucho más racionales que lo que los cuentos contaban, habían retrasado la persecución para prestar auxilio a su compañero.
Sí, eso debía ser, se convenció.
Lo que calificaba a los hombres lobos como seres pensantes. Lo que significaba que irían por él. Era un pensamiento sobrecogedor este último. De pronto decidió que ya había descansado suficiente. Tratando de ser muy sigiloso, se puso a caminar a pasos rápidos. De buena cuenta que era muy bueno siendo sigiloso, todo cazador debía serlo.
Lo más difícil no era caminar, ni ser sigiloso, lo más difícil era ubicarse. Sí, sabía que la luna salía al este, pero en qué punto del bosque se hallaba, ¿al norte o al sur? En su loca carrera no se había preocupado por la dirección, lo único que quería era salvar el pellejo, salvarse de aquellos horrores.
Si lograra encontrar la laguna. De allí al Jeep, escondido entre la maleza, solo había un par de kilómetros. Pero orientarse en aquel lugar oscuro y lúgubre parecía imposible. Trató de hacer memoria, procurando recordar si había corrido hacia su derecha o hacia la izquierda, o en línea recta. Pero lo único que consiguió recordar fue el miedo, los aullidos que repiqueteaban en su alma, y las formas semihumanas y horrorosas de los tres hombres lobos recortadas en la cima de la colina.
Un aullido hendió la noche a sus espaldas. Cerca, más cerca que el último. «Me están alcanzando». Sin embargo, no dejaba de extrañarle que solo fuera un aullido. «A lo mejor uno se quedó con el compañero herido», aunque no guardaba muchas esperanzas.
Paralelo a sus pensamientos un aullido hendió la noche. Pero no a sus espaldas, sino a su derecha. El aullido de su derecha encontró eco en la izquierda. ¡Cielo Santo! ¡Estaba rodeado! Tres aullidos, atrás y a los lados. Tres bestias horrorosas cerrando el cerco, adiós a la posibilidad de que sus disparos mataran al castaño. ¿Es que además de ser monstruos que no tenían que existir más que en las leyendas y mitos también eran inmortales? De ser así, sus posibilidades de salir de ésa eran más bien nulas.
Pero si consiguiera llegar al Jeep podía escapar. Dudaba que aquellas bestias pudieron alcanzarlo a ochenta kilómetros por hora. ¿Pero dónde estaba el Jeep?
Un nuevo aullido lo sacó de sus elucubraciones y le produjo un sobresalto. Más cerca, cada vez más cerca. El corazón, que durante unos minutos se había apaciguado, volvía a martillarle desaforadamente en el pecho, y las manos le daban pequeños tics nerviosos. El miedo volvía a atenazarle las entrañas con sus gélidas garras.
Pero sabía que si quería sobrevivir esa noche debía sobreponerse al miedo. No debía detenerse a pensar en lo increíble y terrorífica que era la situación. Tenía que concentrarse en lo práctico. Más tarde, si salía de esa, podría volver en mente y pensar en todo lo que aquella aventura significaba.
De manera que trató de regular su respiración, a la vez que seguía avanzando a grandes zancadas. «Y si me subo a un árbol?», pensó de pronto. La copa de un árbol podía ser un buen refugio, meditó. El meollo radicaba en que si lo descubrían podía darse por muerto. O peor aún, si las leyendas eran ciertas, podía terminar convertido en uno de ellos. Eran monstruos, mitad humanos y mitad lobos, si tenían el olfato de estos últimos lo encontrarían más temprano que tarde. Así que descartó la idea momentos después de planteársela.
De modo que continuó avanzando. Rápido, sigiloso. Los árboles lo observaban a su paso, y sus ojos invisibles parecían indicarle que estaba condenado.
De pronto un aullido. Unas pisadas ligeras. Y una sombra que se abalanza. El bulto saltó de la derecha de José. Uno de los hombres lobos se le había acercado sin que él lo notara.  
Si el monstruo lo hubiera atacado por la espalda José habría muerto irremisiblemente. Si José hubiese sido una persona menos atlética, más débil de fuerza y más lenta de reflejos, se habría quedado de pie como una estatua, o no habría logrado reaccionar a tiempo. Pero José era José, y aunque su corazón dio un brinco como nunca antes, se volvió con presteza y logró atravesar su escopeta entre el monstruo y él, evitando por poco que las garras se le hundieran en la carne.
El peso del monstruo contra la escopeta lo tiró al suelo y la fiera cayó sobre él. Tenía el hocico del monstruo tan cerca que podría haberle contado los dientes, y recetado unas mentitas, una baba maloliente se le escapaba y le caía en el pecho y en el cuello. La fiera sujetó con una manaza la escopeta, y alzó la garra libre para asestar una estocada mortal. Pero contra una sola mano José era más fuerte, tiró de la escopeta con fuerza a un lado e hizo rodar al monstruo a la vez que él se ponía de pie. Corrigió la posición del arma, apuntó y disparó, justo en el instante en que la bestia se le echaba encima de nuevo.
El hombre fue regresado un par de metros por la fuerza del impacto. Mientras estaba tirado José dejó escapar el segundo fogonazo. No muy lejos de su posición los compañeros de su atacante respondieron al fuego con aullidos cortos. No supo por qué lo hizo, pero en lugar de echarse a correr, buscó en los bolsillos de la mochila otro par de cartuchos. Le temblaban las manos, y el corazón brincaba como trampolín de circo. Pero los encontró, y eran los últimos. Logró cargarlos a la escopeta, que también temblaba al son de sus manos. Los aullidos eran ahora más seguidos y se oían cada vez más cerca, como si supieran que su compañero necesitaba ayuda.
El hombro lobo se puso de pie, un parche negro en la negrura gris de la noche. José contuvo un grito ahogado. Adivinaba el pecho del monstruo agujereado y chorreando sangre, y la bestia, aunque herida, no parecía alguien que fuese a morir.
—¡Cielo santo! —murmuró en un hilo de voz.
Volvió a apuntar. Pero supo que era en vano. Aquél ser era inmortal. Sus compañeros se acercaban por los costados a gran velocidad, los aullidos cada vez más cercanos eran firmes testigos de ello. Fue en ese momento que José se dio por vencido. Estaba muerto. Desde que subió a aquella colina estaba muerto, solo que aún no lo sabía. Hasta ese momento. Su interior se llenó de una calma que solo llega cuando aceptas lo inevitable. Sabía que había hecho todo lo que podía. El hombre lobo se abalanzó sobre él. José se dispuso a abrazar la muerte.
Sintió el golpe duro en el pecho, garras que se le incrustaban y le rasgaban la piel y… algo más. El siguiente zarpazo sería mortal. Lo sabía. Pero no hubo siguiente zarpazo. El hombre lobo se alejó de él lloriqueando, y durante un instante pareció un perro humillado. De una de sus manos peludas, a pesar de la oscuridad, salían hilillos de humo.
José no sabía a qué se debía ello, pero sus ansias por vivir habían regresado con el lloriqueo del monstruo, y desde luego no se iba a quedar a averiguar qué era lo que le ocurría. Se puso de pie y se echó a correr de nuevo. El hombre lobo aulló, pero era un aullido lastimero, muy diferente a los primeros.
Corrió con renovados bríos. Esquivando árboles y arbustos. Sin volver la vista atrás. Algo le ocurría al hombre lobo. Tenía la certeza de que sus compañeros irían a auxiliarle, y él se hallaba en una situación inmejorable para escapar. Si conseguía dar con su destino desde luego.
En un momento dado atravesó unos arbustos, sus pies no tocaron suelo y cayó. Sintió un dolor en la pierna que pisó el aire y al instante siguiente rodaba. Sintió que algo húmedo y blando se le pegaba al cuerpo, y cuando se detuvo, una mano y una pierna tocaban la tibia agua de la laguna. ¡La había encontrado!
 Se obligó a sentarse, merced a un gran esfuerzo. Había caído de un barranco, y solo el fango que rodeaba la laguna habían impedido que se hiciera más daño. Aun así, sentía magullado todo el cuerpo y la pierna izquierda, que era la que había pisado en falso, le dolía mucho.
Además de eso el pecho le escocía. Se lo miró, y lo vio cubierto de lodo y sangre. Sentía las heridas de las garras de la bestia como fuego vivo. Entonces se fijó en otra cosa: en su cadena, el único amuleto que nunca se quitaba. Un colmillo de cinco centímetros de largo recubierto de plata. El colmillo también estaba cubierto de sangre, y en la punta la capa de plata se había caído.
«No se cayó —comprendió José—, se quedó prendida en la herida que el hombro lobo se hizo con él». Después de todo las leyendas contenían más verdad de lo que la mayoría creía: la plata podía herirlos. Por eso los hilillos de humo, por eso su dolor. Por eso tenía una posibilidad de salir de allí.
Arriba la luna creciente iluminaba la laguna y sus alrededores y su doble ondulaba tenuemente en el agua. Un aullido hendió la noche. Luego un segundo y después un tercero. No eran aullidos lastimeros, eran aullidos llenos de rabia y José supo que habían reanudado la persecución. Antes de ponerse de pie con esfuerzo, utilizó el cordón en el que llevaba colgado el colmillo y lo ató fuerte en el tubo de la escopeta. Después de lo ocurrido al monstruo negro, estaba seguro que verían con temor aquella nueva arma. Después, cojeando empezó a caminar en la dirección que estaba el Jeep.
Fue una persecución sin tregua. José cojeaba y los monstruos volaban a sus espaldas. Intentó correr un par de veces, pero su pierna lastimada cedía demasiado pronto y terminaba con el rostro enterrado entre la hojarasca. Más tarde sacó las llaves del Jeep de la mochila y la tiró a un lado, tratando de aligerar la carga. Los monstruos le pisaban los talones. Los oía aullar muy fuerte, rabiosos, y en un momento dado escuchó los ruidos propios de sus fuertes piernas al pisar el suelo.
Pero esa noche la buena fortuna no lo había abandonado aún, y José salió al débil camino que lo había llevado allí, y más allá, cubierto por hojas de palmera vio su salvación. Corrió arrastrando un pie, desesperado. Sus perseguidores salieron al camino. José se volvió y apuntó con su nueva arma. Los monstruos se detuvieron un momento. Dos se abrieron a los lados, como queriendo cercarlo. José continuó retrocediendo, y cuando estuvo a tres metros del auto, llave en mano se abalanzó hacia él. Metió la llave en la puerta y con la otra sostenía la escopeta, como un amuleto para mantener alejados los monstruos.
¡Y lo logró! Se coló en el auto, y sin quitar las palmeras que lo cubrían, retrocedió, enfiló el camino y aceleró a fondo. Los lobos se quedaron aullándole a la luna
—Pero ahora ya sé que os hace daño, malditos y juro que esta me la pagan.

Fin.

Quizá un final menos épico de lo que algunos esperaban, pero fue lo que salió.
Es la última historia del año. Ahora haré a un lado la computadora y descansaré un poco. 

Os deseo unas felices fiestas.

5 comentarios:

  1. Estupendo relato amigo sos un genio me gusto mucho.gracias por compartir con nosotros estos relatos tan emocionantes..que pases unas felices fiestas..abrazos..Ariel

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  2. Lo dicho, eres un genio. Felices fiestas para ti también. Espero ansiosa los relatos del nuevo año. Abrazos

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  3. Excelente cuento amigo!. Jose es fuerte, ágil y decidido. Es muy arriesgado, como todo cazador, esos tres tipos saben bien lo que hacen. Son hombres lobo pensantes, sabian bien lo que hacían. Lo que no comprendo es porque vivían de esa forma tan primitiva. Este cuento estuvo buenísimo amigo, no se porque dijiste que no iba a quedar tan epico, si estuvo genial!. Para la próxima vez, Jose vendrá mas preparado y acabará con esos tipos-lobos. Te deseo una feliz navidad amigo, bien merecido te tienes ese descanso por darnos estas excelentes historias!. Que tengas un próspero año nuevo, te deseo lo mejor!.¡Saludos desde Venezuela!

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  4. Muy bien. Pero al herirlo ,no se convierte él también en hombre lobo. Bueno la historia podría continuar, aunque sea más adelante. Felices Fiestas. Saludos .Silvia.

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  5. Plebe un excelente relato en unmomento de la historia do por muerto a José o siendo parte de la manada. gracias x los relatos de este año y felices fiesta, largo tiempo sin Comentar sólo k a veces las situaciones no ayudan. Feliz año!!! Saludos desde Mazatlán, Sinaloa

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