Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

2 de diciembre de 2015

El payaso del cumpleaños

Los cumpleaños son motivo de alegría para la mayoría. Hace muchos años también lo eran para mí. Recuerdo las fiestas que mis padres me preparaban: las piñatas rellenas de dulces y confeti; los pasteles de leche y chocolate, coronados con fresas o duraznos; los juegos que amenizaban para que yo y mis amiguitas nos divirtiéramos; y los regalos, sobre todo recuerdo los regalos. Y encima de todo eso recuerdo mi cumpleaños número once, el último cumpleaños en el que tuve una fiesta de verdad, el último cumpleaños en el que fui feliz. Lo que lo arruinó todo fue un maldito payaso. Hasta ese día en ninguna de mis fiestas había habido payasos.
Se suponía que el payaso era una sorpresa. Y lo fue, vaya si lo fue. Pero no de la manera que mis padres esperaban. En lugar de alegría lo que me causó fue repulsión, y más tarde terror. Desde el momento que se paró en el umbral de la puerta sentí que algo se quebraba en mi interior, mi sonrisa se petrificó y poco a poco se convirtió en un rictus de desagrado. Su cabello rojo, verde y azul me pareció grotesco; su nariz roja y redonda y su boca ancha también roja casi me congelaron el aliento. Y también estaban sus pantalones bombachos, sus zapatos ovalados en la punta y de más de un pie de largo, su chaleco ridículamente corto de color amarillo chillón… Recuerdo que me quedé sin aliento y que instintivamente retrocedí un paso.
El payaso me miró fijamente y sonrió, recuerdo que solté un gritito y retrocedí aún más.
—Feliz cumpleaños, Katherine —me dijo.
Pero yo ya no lo escuchaba, yo corría a abrazarme de las faldas de mi madre. Le supliqué que lo echara, que yo no lo quería allí. Sin embargo, mi madre no lo echó, el resto de las niñas estaban encantadas con el payaso en cuestión, y yo me vi recluida en un rincón, sola, asqueada y aterrada a un tiempo, exiliada de mi propia fiesta. Ese día, antes de la llegada del payaso, fue el último cumpleaños que recuerdo haber sonreído con el corazón.
Pero no es que ese día me haya marcado de por vida. Nada de eso. Descubrí que les tenía fobia a los payasos, nada más. Pero yo era una niña, y los niños se recuperan con facilidad. De manera que a la mañana siguiente del payaso ya casi ni me acordaba, y fui a la escuela, jugué en el recreo y me divertí como siempre. Hasta allí todo normal.
Pero pasó ese año y llegó mi siguiente cumpleaños. Y a medida que el día de mi cumpleaños se acercaba, se fue apoderando de mí una pesadumbre que ni yo misma sabría decir de dónde salió. A falta de un día para esa fecha tan especial me encerré en mi habitación, sin hambre, sin deseos de salir, medio enferma y, siendo fiel a la verdad, medio aterrada de lo que acontecería el día siguiente. De alguna manera había empezado a pensar demasiado en aquél payaso, lo imaginaba y él me sonreía grotescamente, y yo me encogía y lloraba arrebujada en las mantas de mi cama.
En la noche previa lo soñé. Soñé que llegaba a mi fiesta, y era grande y feo y grotesco, hizo un perrito de globos y me lo regaló, yo lo cogí con temor, pero entonces el perrito cobró vida, y se hizo grande, feroz y se abalanzó sobre mí, la carcajada del payaso reverberó en mi mente y yo desperté aterrada y sudorosa, incapaz de volver a dormirme.
Al día siguiente no salí de mi habitación, tenía fiebres, pero nada del otro mundo, lo que de verdad me mantuvo encerrada era el miedo, miedo a que mis padres hubiesen contratado de nuevo al payaso, miedo a que hiciera lo que había soñado. Esa fue la última vez que tuve fiesta de cumpleaños, aunque no estuve presente ni para partir el pastel.
A partir de ese día inició una constante: en los días previos a la fecha de mi cumpleaños me sumía en una especie de letargo, triste, aterrada y hasta enferma. Pero lo peor eran las noches, por las noches siempre venía el maldito payaso. Me sonreía, con esa sonrisa suya tan grotesca, se carcajeaba y siempre me hacía algún regalo que terminaba convirtiéndose en algo horrible que quería devorarme. A veces me felicitaba y me deseaba feliz cumpleaños, pero la sorna que ponía en sus palabras era casi palpable.
En la noche previa de mi cumpleaños número quince, cuya celebración hice cancelar unos días antes, me encontré sudorosa y aterrada en medio de la oscuridad de mi habitación, con miedo a dormir por temor al payaso que con seguridad me estaría esperando en mis sueños para convertirlos en pesadillas. Fue la noche que ocurrió lo impensable: ¡El maldito payaso se materializó!
O al menos pienso que eso fue lo que hizo. Recuerdo que dormitaba entre la frontera del sueño y la vigilia cuando un hedor nauseabundo y dulzón penetró por mis fosas nasales, eso era nuevo. Abrí los ojos y me encogí en la cama; una cortina de humo espesa se colaba entre los postigos de la ventana, un frío gélido me aterió, y la silueta del macabro payaso empezó a perfilarse ante mí. Cuando se hubo materializado por completo me sonrió, de sus caninos brotaban pequeñas gotas de sangre, y sus manos empezaron a balancearse y ondularse como la danza de una serpiente.
—Feliz cumpleaños, Katherine —me dijo.
De su chaleco sacó una tarjetita y me la lanzó. Después sus brazos empezaron a estirarse, los puños se convirtieron en cabezas de víboras que empezaron a acercarse a mí de manera amenazadora. Fue entonces cuando empecé a gritar.
Recuerdo que tenía las cabezas de las serpientes a escasos centímetros de mi rostro cuando la puerta de mi habitación se abrió y una oleada de luz llenó la habitación.
—¿Qué ocurre? —preguntó aterrada mi madre.
Yo no pude más que echarme a llorar. Quise señalar al payaso, pero allí no había nadie, solo la ventana de mi habitación, cerrada y silenciosa. Lloré de alivio, y le dije que solo había sido una pesadilla.
Cuál no sería mi sorpresa cuando a la mañana siguiente descubrí la tarjetita junto a una pata de mi cama. Me puse a temblar y le rehuí durante un buen rato como se le rehúye a un animal venenoso. Pero al final la curiosidad pudo más y me atreví a cogerla con sumo cuidado:

Feliz cumpleaños, Katherine.
Lamento tu pérdida.

¿Pérdida? ¿Qué pérdida? No tardaría en averiguarlo. Mi madre, mi adorada madre, el ser que más quería en la vida, murió en un accidente automovilístico esa misma tarde. Creí que me volvería loca, no solo de dolor sino también de terror. ¡Era por mi madre el pésame de la tarjeta! ¿Por quién más si no?
Ojalá lograran imaginar el torbellino de sentimientos y emociones que se entreveraban en mi interior. Dolor por la pérdida de un ser tan querido, miedo de aquel payaso malévolo que me había dado el pésame antes del incidente, lo que era un claro indicio de que el payaso era real, muy real… A partir de ese día la perspectiva de volver a encontrarme con el maldito payaso me aterraba hasta límites indecibles.
Como era ya una costumbre, una vez transcurrido el día de mi cumpleaños, el payaso dejó de aparecerse en mis sueños. Remitieron las fiebres, la pesadumbre sin explicación desapareció sin más y me quedé solo con el dolor por la pérdida de mi madre. Transcurridas varias semanas, el dolor y la soledad por la ausencia de mi madre también empezó a remitir, y, aunque no al cien, volví a ser una chica normal.
Pero el tiempo transcurre; los días se hacen semanas, las semanas meses, e irremediablemente doce meses hacen un año. Llegaron los días previos a mi siguiente cumpleaños, ni siquiera mi padre hizo mención de esa fecha, pero yo sabía lo que significaba, y el maldito payaso empezó a torturarme en mis sueños de nuevo. Eran sueños tan vívidos que juraría que eran reales, o al menos algunos retazos de ellos.
Después de aquella noche en la que me dejó la tarjeta de mis quince no creí que hubiera manera de torturarme aún más. Pero la había, y lo hizo, y es por ello que hoy estoy en cama, aterrada, incapaz de abandonar mi habitación, esperando el trágico momento en el que deje este mundo. Porque verán, la noche previa a mi cumpleaños número dieciséis, el muy bastardo me dejó otra nota:

Feliz cumpleaños, Katherine.
Lamento decirte que este será tú último cumpleaños.

¡Horror! ¡Era un anuncio de mi propia muerte! Porque en ningún momento dudé de la veracidad de lo escrito en la tarjeta, no después de lo de mi madre. A partir de ese momento me volví una paranoica al completo. No sabía cómo moriría, en qué momento, ni qué día. Lo único que tenía claro era que no pasaba de ese año. No era una idea en absoluto alentadora. Todos sabemos que vamos a morir, pero estoy segura que a nadie se lo anunciaron como lo hicieron conmigo.
Otra persona quizá hubiera reaccionado con estoica resignación, pero no yo. Yo quería vivir, tenía planes, quería ir a la universidad, graduarme, tener un empleo, casarme, tener dos preciosos hijos, una casa, un auto… tantas y tantas metas y sueños. No es de sorprender que casi me volviera loca con aquella nota.
Durante un tiempo me negué a salir de mi habitación. No se lo dije a nadie por temor a que me considerasen chalada de la mente, pero empecé a buscar pretextos para quedarme encerrada en mi cuarto. Pero tras un mes los pretextos se me acabaron y mi padre terminó convenciéndome a salir de nuevo. Cuando salí lo hice con gran cuidado y sigilo. Miraba cada escalón que pisaba, me aseguraba que ningún niño viniera en su bicicleta cuando salía a la acera y vigilaba bien las calles para cruzar al otro lado.
Todo eso hice y más. Aun así, había cosas que yo no podía controlar. No podía controlar el bus que me llevaba a la escuela, ni los miles de coches que nos encontrábamos en el camino. No podía controlar a los chicos de la escuela con sus patinetas ni sus balones de juego; no podía controlar el cableado eléctrico, que muchas veces sentía me electrocutaría; no podía controlar los vientos, ni las tormentas, ni los rayos que muchas veces hendían la noche… en fin, eran tantas cosas que no podía controlar. Sin embargo, llegué a creer que si era cuidadosa con todo podía sobrevivir, y sabía que si llegaba vivita y coleando a mi siguiente cumpleaños, lo de las notas no sería más que una cruel broma, lo de mi madre una casualidad, y podría librarme del maldito payaso.
Pasó el tiempo, y en lugar de relegar la nota a un recoveco de mi mente, cada vez la tenía más presente. Entonces fue cuando volvió al payaso. Todas las noches lo soñaba, y con cada sueño empezó a succionarme la vida. Lo soñaba con su cabello de colores, con sus labios y nariz roja, con sus horribles zapatos, con su chaleco de color chillón. Todas las noches me aterrorizaba de una manera diferente. Me echaba ratas, gusanos, serpientes, murciélagos, a veces era él quien se transformaba en algún ser de pesadilla. Pero las más de las veces solo se quedaba de pie, mirándome con una enorme sonrisa roja en la boca, no me dejaba dormir, durante el día no tenía apetito, y a aquel ritmo no tardé en caer enferma de verdad.
Ahora sé por qué no viviré otro cumpleaños, no es que me fuera a acaecer algo trágico como a mi madre, no, a mí es el maldito payaso quien va a matarme. Ya lo está logrando. Ahora estoy aquí en mi habitación, envuelta en sábanas para paliar el frío, tratando de escribir estas líneas. Estoy delgada, famélica y los doctores no hallan la forma de sacarme de este estado. Aún no les digo lo que de verdad ocurre, ¿para qué? Sé que no serviría de nada.
Bueno, dejaré de escribir, me duele la mano y estoy agotada. Mañana es mi cumpleaños número diecisiete. Estoy débil y demacrada, pero estoy satisfecha, ya le soporté bastante a ese maldito payaso. Quién sabe, quizá hasta esté viva el día de mañana. Bueno, me iré a acostar…
¡Oh Dios! Ahí viene, una cortina de humo se está colando por la ventana…

    Basta decir que su padre la encontró muerta la mañana siguiente, el día de su cumpleaños número diecisiete. Los doctores dicen que murió de debilidad, por falta de nutrientes y vitaminas y otras cosas más. Los que han leído lo que la chica escribió la noche previa a su muerte sabrán sacar conclusiones y creer lo que mejor les parezca.

9 comentarios:

  1. Pobre Katherine, no llegó a su otro cumpleaños. Que payaso tan cruel, pero,¿Seria el mismo de su cumpleaños numero once?. O una entidad aparte que se aprovechó de su fobia para torturarla?. Vaya con la chica, a mi tampoco me agradan los payasos, desde que vi It(me imagino que la habrás visto) los payasos no me hacen tanta gracia. Interesante y misterioso, genial amigo!. Espero la próxima historia!. Saludos desde Venezuela!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues no se sabe la procedencia del payaso que la acosaba, hay cuestiones que no tienen respuesta, o al menos yo no sé esa. Y a mi también me desagradan algo los payasos, no he visto It, pero si me leí el libro, y siempre es mejor el libro que las películas, en los circos me hacen reír los payasos pero no me atrevo a acercármeles, me dan miedo. jaja. ¿Qué será? Saludos Ongie.

      Eliminar
  2. O era el malvado payaso la que acabó con ella ,o su mente le jugó una mala pasada y se fue convenciendo ella misma que era su fin.Saludos .Silvia.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Podría ser una de las dos cosas, o ambas a la vez, quién sabe. Como ya mencioné en el comentario anterior, hay cuestiones que no tienen respuesta. Así que habrá que seguir elucubrando. Un abrazo.

      Eliminar
  3. Muy bueno tu relato como siempre todo lo que escribes, lo de los payasos es una fobia que muchos tienen yo en particular no pero les he cogido miedo por tantas historias de miedo y cine y esta que fue muy impredecible y la foto aún más. Recuerdo un cumple de mi hermana en McDonalds que salió Ronald el payaso a amenizar la fiesta y todos los niñitos empezaron a llorar pero buena esa es otra historia espero que no se les aparezca en sueños. Jajaja saludos. David

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jaja. Muy bueno eso de lo tu hermana en McDonald. Horrible si eras uno de los niños, pero muy divertido si eres un simple observador. Que bien que te haya gustado la historia. Saludos!

      Eliminar
  4. La mente nos juega cada trastada, y si no obtenemos ayuda psicologica paa vencer nuestros miedos, sera imposible safarnos de nuestros propios miedos y desastres en los que incluyen muertes, realmente seremos nosotros mismos los culpables de nuestros desastres??

    ResponderEliminar
  5. La mente nos juega cada trastada, y si no obtenemos ayuda psicologica paa vencer nuestros miedos, sera imposible safarnos de nuestros propios miedos y desastres en los que incluyen muertes, realmente seremos nosotros mismos los culpables de nuestros desastres??

    ResponderEliminar