Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

18 de noviembre de 2015

Muerte en el bar

El local era un lugar sucio, apenas limpio sólo a primeras horas de la mañana cuando el propietario hacía un amago de limpieza, pero en cuanto llegaba el primer parroquiano todo volvía a estar sucio. Era un sitio muy concurrido. Pero nadie que se considerase decente visitaría aquél bar. Era de madera, vieja y astillada, y el piso de tierra apisonada. La madera sólo alcanzaba una altura de metro y medio, completaba el último trecho hasta el techo una malla metálica. Las láminas del techo estaban oxidadas y cuando llovía había que distribuir algunos cubos en el piso para recibir el agua de las goteras. Sin embargo, la gente seguía llegando. Algunos decían que porque era un sitio tranquilo, y la verdad es que las más de las veces sí lo era, pero había ocasiones… Otros decían, que al estar el local a más de una cuadra de la última casa del pueblo, podían emborracharse sin que nadie los señalase, cómo si la gente no supiera ya quiénes eran sin necesidad de señalarlos.
Lo cierto es que el bar, con más aspecto de chiquero que de bar, era visitado por la gente de más baja calaña del pueblo, por los borrachos empedernidos, y por todo aquel que no tuviese en consideración su decencia. Las noches, especialmente de viernes a sábado, eran una barahúnda conformada por gritos, charlas subidas de tono, y muy a menudo, por el ruido de un envase al romperse contra la cabeza de alguno de los parroquianos.
Esa era otra cosa por la que alguien que se preciase no visitaba aquél bar: las peleas. Los pleitos entre borrachos eran cosa de todos los días, las caricias de una puta, el móvil más común. No había semana en que alguien no resultara seriamente herido, y no pasaba un mes sin que alguien muriera. Visitar ese sitio reducía considerablemente la esperanza de vida. Sin embargo, la gente seguía yendo. Cuando alguien moría había alguien que tomaba su lugar. Se rumoreaba que estaba embrujado ¿por qué sino la gente seguiría yendo? Pero si preguntabas a alguno de sus clientes te dirían que iban porque no temían a la muerte.
Pero no hay mal que dure cien años, como bien dice el refrán.
Era otro sábado normal en el sucio bar. Una media luna plateaba colgaba del cielo y un manto de un millar de estrellas la rodeaba. De vez en cuando una nube pasajera la cubría, pero siempre era por escasos minutos. Era una noche hermosa. Pero no en el interior del bar, donde la algarabía alcanzaba su punto álgido.
El pobre Dylan ocupaba una mesa, en el rincón más cercano a la puerta de entrada, sentado en un banco y la espalda apoyada en la vieja pared de madera. El envase de cerveza estaba medio vacío y, cosa extraña, Dylan estaba asqueado, dudaba ser capaz de terminarse el líquido que quedaba. Pero tenía que hacerlo, por algo la había comprado. Dio un trago, que le supo amargo, escupió y dio una chupada a la rodaja de limón que tenía en un platillo de plástico.
En la puerta del fondo vio a Henry salir con Mariela, una puta bajita y con marcas de acné en el rostro; sin duda iban a los cuchitriles de atrás a hacer las cosas por las que las prostitutas se ganan la vida. En la mesa contigua a la de Dylan había tres hombres en estado avanzado de ebriedad, que hablaban de las grandes cosas que planeaban hacer en el futuro, pero que se sabía nunca iban a llevar a cabo. Más allá, un tipo con sombrero y botas de suela, y un arma oculta en el pantalón, pero que se notaba a través de la camisa, charlaba animadamente con una prostituta mientras que por debajo de la mesa le acariciaba las piernas. Pero desde luego no eran los únicos presentes. En el mostrador había cinco tipos, todos conocidos de Dylan, que bebían a la vez que charlaban-discutían con el orondo propietario del local. Otro sujeto marcaba música en la rockola, y por la forma que se sujetaba de ésta, era seguro que estaba hasta los topes de alcohol. En otra mesa, unos jovencitos, ninguno de los cuales pasaría de diecisiete años, inhalaban cocaína. Había dos gay en otra mesa, que charlaban entre sí y que de vez en cuando lanzaban miradas lascivas a alguna de las presencias masculinas; Dylan se percató que miraban demasiado a menudo al rincón en el que se encontraba.
Con todo, era un sábado como cualquiera.
Dylan se terminó la cerveza, y aunque sabía que ya estaba borracho, golpeó con la botella la mesa y pidió otra. La muchacha que estaba con el tipo de sombrero se levantó de un salto y fue al mostrador a por la cerveza y se la llevó a Dylan. Después se fue a recostar al marco de la puerta, de espaldas al tipo de sombrero. El susodicho esperaba que la chica fuera a sentarse con él de nuevo, de modo que le silbó y la llamó a su mesa. La muchacha lo volvió a ver y le dio la espalda con un claro gesto de desdén. Algo no le había gustado del caballero a la puta, ¿quién lo iba a decir? Quizá pese a su vestimenta no andaba dinero para pagar sus servicios o de plano su comportamiento era muy grosero.
El tipo volvió a silbar, esta vez con más fuerza.
—¡Hey, ven acá! —gritó— Aún no termino contigo.
La chica lo ignoró.
Entonces se puso de pie y avanzó a grandes zancadas, el cuello de la botella prieto en su mano. Dylan sabía que algo iba a ocurrir. Cuando uno de los clientes tomaba una botella de aquella forma era porque algo iba a ocurrir. La muchacha sintió la tensión en el ambiente, presintió el peligro. Se volvió, el hombre le gritó y le arrojó el envase, intentó agacharse, pero la botella le alcanzó en la frente en su descenso. El vidrio se hizo añicos, la chica soltó un grito, y la sangre empezó a manarle de los cortes.
Marlon, sentado a una mesa no muy lejos de allí, a quien Dylan ya había visto un par de veces con la chica del botellazo, se puso de pie de un salto, masculló algo sobre que a las mujeres no se les trataba así y lanzó su propia botella al caballero de sombrero, aunque desde luego un caballero no se comportaba así. El hombre esquivó el misil y la botella se estrelló muy cerca de donde se encontraba Dylan. Dylan se puso furioso, poco faltó para que le rajaran la trompa y todo por culpa del tipillo de botas de suela. Cogió un envase, de los vacíos, y se lo arrojó con todas sus fuerzas al culpable de todo aquello. Y menos mal que lo hizo así, porque al golpearle en la cabeza evitó que disparara a Marlon.
Sacar la pistola fue lo peor que pudo haber hecho. Una pistola era sinónimo de muerte, y por más que la gente diga que no le teme a la muerte, la verdad es que le teme, y mucho. De modo que cuando alguien desenfunda la muerte, todos harán lo posible para que esta no se haga patente. De manera que cuando el tipo de sombrero sacó su arma de fuego, todos los del bar sabían que hacer: le arrojaron botellas, y mientras el hombre se cubría otros se le abalanzaron y lo desarmaron. Cinco minutos más tarde, el sujeto estaba maniatado en un rincón y toda la clientela celebraba dando grandes tragos y fuertes caladas a los cigarrillos. La chica era tratada en otro rincón por una de sus compañeras.
—¿Qué habéis hecho? —dijo el cantinero cuando el ambiente se hubo calmado un poco—. ¿Acaso no sabéis quién es este caballero?
—Mi padre podría ser —gritó Henry, que ya había vuelto de los cuartos con la puta— que igual lo tendríamos atado en ese rincón.
—Sí —gritaron varios. Dylan por su parte se mantenía callado en su rincón.
—Es hijo de Don Quique Santillo, el de las fincas a las afueras del pueblo. Es comprensible que no lo conozcáis porque él se mueve por otros círculos, pero… Lo mejor que podrías hacer es soltarlo y pedirle una disculpa, de lo contrario la respuesta de su familia podría ser horrenda para todos nosotros, incluido yo mismo que nada he hecho.
En el bar hubo silencio durante unos instantes, incluso la música pareció atenuarse. Luego Marlon se puso de pie y se encogió de hombros.
—Yo opino que el caballero, pariente de los Santillo, nunca ha estado aquí, ¿Quién me secunda?
Dylan ya sabía cuál sería la respuesta. Era eso o arriesgarse, como bien había mencionado el cantinero, a la venganza de los Santillo.
—Sí —gritaron—, el caballero nunca ha estado aquí.
El hombre amarrado se echó a reír. O era muy valiente o estaba muy borracho. Solo así se explica que se riera ante una amenaza de muerte.
—¿Creéis que temo a la muerte? —dijo— Pues no. Y matadme sólo si vosotros tampoco le teméis. Porque sabedlo, a mi familia nada se le escapa, ni vosotros, por más que escondáis vuestro crimen.
«Yo sí le temo», pensó Dylan. Pero no lo diría en voz alta, o lo considerarían una amenaza y lo amordazarían igual que al pobre pariente de los Santillo.
Marlon fue el primero en carcajearse y gritar que él se orinaba en la muerte.
—Aquí nadie le teme a la muerte —dijo—. ¿No es así muchachos?
El resto de parroquianos, incluidas las putas, comenzaron a gritar su asentimiento. Solo el cantinero se calló, y regresó al interior de la tienda. Él y Dylan, que tampoco correó su burla a la muerte; la muerte era algo demasiado serio y definitivo para tomarla a la ligera. Decidió que lo mejor era salir de allí, no quería ser cómplice de un asesinato, no de nuevo.
Se escurrió con sutileza, mientras los demás seguían gritando su desprecio a la muerte. Eran todos una pandilla de locos. Por suerte nadie lo vio salir. Irse en contra de la voluntad de los demás era igual o más peligroso que quedarse.
Afuera se arrimó a uno de los postes del cercado del terreno, y dejó escapar un gemido de alivio cuando el líquido escapó de su vejiga. ¡Era tan gratificante! Entonces sintió el frío, no el frío de una noche fresca; no el frío de una repentina ráfaga de gélido viento; no el frío de primeras horas de la madrugada; ni siquiera el frío atroz que se dice se sufre en el lejano norte. No, era un frío que erizaba, un frío que venía de ningún sitio y de todos a la vez, un frío que calaba hasta el tuétano; un frío que no tenía nada de natural.
Dylan sintió temor, por primera vez sintió miedo de verdad. Arriba, una nube de panza negra dejaba al descubierto la media luna y, abajo, una sombra salida de ningún lado avanzaba al maldito bar. No era Halloween, pero, aunque lo hubiese sido, Dylan no se habría engañado, la cosa que caminaba frente a él no era un disfraz, sino algo real y terrorífico. Dylan se orinó los pantalones en su embotamiento, y de algún modo rezó para que aquél ser no se fijara en él.
No sabría decir qué era exactamente, él sólo miraba una figura alta, cubierta por una túnica negra, de mangas amplias, de una de las cuales, el esqueleto de una mano salía y agarraba el mango de una hoz de hoja más negra que la noche. Dylan sintió las piernas flácidas, cayó de rodillas, mirando aterrado el avance de la figura, que parecía flotar, hacia el bar.
La figura penetró por la puerta abierta. Hubo silencio. Una lechuza gritó más allá. La puerta se cerró de golpe, empujada por nadie. ¡Empezaron los gritos!
Dylan no sabía qué ocurría exactamente, pero no era difícil imaginarlo. Los gritos eran muy significativos en ese sentido, y la hoz que ascendía y descendía entre salpicaduras de sangre, lo clarificaba todo. ¡Adentro estaba ocurriendo una masacre!
De pronto Dylan se encontró que sus piernas habían recuperado estabilidad. Logró ponerse de pie, el corazón brincando frenético en su pecho. Incauto de él, no corrió calle arriba, hacia su casa, como haría una persona sensata, sino que caminó a pasos cortos hasta la pared del bar, para ver por entre la malla metálica.
Tuvo que alzar las manos y sujetarse de la malla para no caer de la impresión. Henry estaba tirado en el piso, inerte, el vientre abierto de un enorme tajo y las vísceras esparcidas a su alrededor. Los tres jóvenes inhaladores de cocaína también habían muerto; a uno le faltaba la cabeza, otro estaba partido por la mitad, y el tercero aún vivía, tristemente intentaba meterse las tripas en la panza. Todos estaban ya muertos, excepto Marlon, una prostituta y el pariente de los Santillo. Los envases rotos en todas partes indicaban que habían intentado detenerle con aquel tipo de proyectil, sin resultados positivos obviamente.
En aquellos momentos el de los Santillo hizo mención del arma, que increíblemente aún estaba en el piso, donde había caído cuando se lanzaron sobre él. Así que él también le tenía miedo a aquél ente, desde luego, era un disparate pensar que él lo había convocado. Marlon, heroicamente, esquivó un tajo de la hoz y se lanzó sobre la pistola. La cogió y descargó la tolva en la figura encapuchada que en esos momentos alzaba la hoz, las balas traspasaron al ente, como si fuera humo, y dieron contra la pared de madera, no muy lejos de donde estaba Dylan. Marlon gritó cuando la hoz descendió y le cortó desde el hombro hasta la cintura. La puta corrió aterrada hacia la puerta más alejada, pero fue en vano, esta no se abrió por más esfuerzos que hizo. El tajo le cortó la cabeza, que rodó y se detuvo sobre el cuello, con los ojos vidriosos, que parecían ver a Dylan.
El último fue Santillo. Durante un momento la figura encapuchada lo miró detenidamente, y Dylan creyó que de un momento a otro lo liberaría… y lo liberó sí, pero de esta vida. El tajo fue transversal, empezando en el hombro derecho y terminando en la cadera izquierda.  
Ya no había nadie más, y Dylan comprendió aterrado que era el siguiente. Estuvo a punto de dejar escapar un gemido, pero lo reprimió a duras penas. Pero el misterioso personaje no se volvió, contempló su creación, quizá con complacencia, y salió por la pared del fondo, no abriendo la puerta, sino traspasándola como un fantasma.
Dylan se quedó de pie un momento, recuperándose de la impresión. También descubrió que el cantinero seguía con vida, hecho un ovillo en la parte administrativa del bar. Curiosamente ellos eran los únicos afortunados de seguir con vida. Dylan tuvo una idea. Se alejó del maldito bar, tomó un camino diferente al acostumbrado y regresó a su casa. El otro día negó con rotundidad haber estado en el bar esa noche, y como el cantinero huyó, no había quien pudiera desdecirlo.
Dylan se volvió una persona sobria, y siempre que alguien hacía comentarios fuera de lugar acerca de la muerte, lo amonestaba con severidad. Sabía que con la muerte no había que jugar, pues había aprendido que la muerte todo lo oye, y más temprano que tarde te dará lo que mereces. ¡No temer a la muerte es una invitación a que te visite!

8 comentarios:

  1. Como siempre ,terrorífica. O bien Dylan no era asiduo del bar o es , que no le tocaba morir . Estés donde estés , si te toca ,no hay escapatoria para la muerte. Un saludo desde España. Silvia.

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    1. Gracias Silvia, que bien que te haya gustado. Imagino que sí, si te toca te toca, por eso hay que tenerle respeto.

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  2. Muy buena historia gracias por los momentos emocionantes y terrorificos amigo,siempre te sigo,estupendo el blog.Ariel

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    1. De nada Ariel, es lo que busco, entreteneros y por qué no, causaros un poco de miedo. Saludos!

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  3. Es curiosa la forma en que la muerte se manifestó en esta historia. A nadie le gusta que lo ofendan, al parecer, este ser no es una excepción. Actuó ella misma, de forma directa, al menos dio oportunidad, ya que dejó al pobre Dylan y al cantinero con vida. Estupendo relato amigo, guau, tus historias cada vez son mejores. Se ve que te esfuerzas bastante amigo, sigue así!. Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

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    1. Gracias Ongie, por eso no es bueno mostrar prepotencia con nada ni con nadie, no se sabe lo que esas actitudes nos pueden acarrear, en todo caso nada bueno. Hay que ser respetuoso con todo. No me gustaría ver una sombra con túnica acercarceme con una hoz en la mano. Saludos!

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  4. M gusto mucho ym dio miedo xq conoci 1 lugar muy parecido al dtu hitoria

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    1. Acá en la aldea donde resido había un bar que estaba retirado de las últimas casas de la aldea, y una noche algunas personas llegaron e hicieron un tiroteo donde ninguno de los presentes salió indemne, la mayoría murió y sólo unos pocos sobrevivieron. Por nada del mundo me meto en sitios así, dudo que llegue la muerte con su hoz y todo como en esta historia, pero se puede presentar de otras maneras más comunes. Que bien que te haya gustado. Un abrazo!

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