Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

5 de noviembre de 2015

El Terror del Pueblo

La camioneta era nueva. Toda una belleza. Color rojo brillante, aros cromados, más de lo que se merecía aquel patán… Pero ese patán era mi amigo, y de alguna manera lo quería, aunque aún hoy día me pregunto por qué. De modo que yo también consideraba aquella camioneta como mía. Se la había regalado su millonario padre, en parte por haberse graduado sin necesidad de exámenes extraordinarios (aunque para que esto ocurriese hubo dinero de por medio, bien que lo sé yo), y en parte para que acudiese a la boda de su hermana, a celebrarse en una hacienda muy lejos de la ciudad. Yo, como su mejor amigo, también estaba invitado.
—¡Me regala esta belleza y quiere que la desperdicie yendo a la boda de la mocosa! —se quejó por enésima vez camino a la hacienda. La “mocosa” era dos años mayor que él, bonita, y mucho más agradable—. Mira que ganas no me faltan de dar media vuelta y regresar a la ciudad.
—Eso enfadaría a tu padre —señalé.
—Lo sé, lo sé, no tienes que repetírmelo como grabadora.
Mi amigo se llamaba Christian y tenía serios problemas de actitud. Yo era de los pocos que lo soportaban, en parte porque, aunque a regañadientes siempre me proporcionaba ayuda económica, y en parte porque me caracterizo por ser un sujeto pasivo, sus gritos y reprimendas y su constante quejadera siempre las había soportado con estoicismo. Ese día no fue la excepción.
—¿Quién será el idiota que se fijó en la mocosa? —preguntó más tarde.
—Un tal Jerónimo Anisster —le respondí—. Nos lo dijo tú padre ayer.
—¿Ah sí? —se encogió de hombros—. Seguro es un tipo horrible e idiota, ¿por qué más se fijaría en Denia? La mocosa no es ni mucho menos bonita, con esos labios como gusanos y esa nariz achatada... Tiene las piernas cortas y la pechuga demasiado chica…
Durante un buen rato no hizo más que enumerar los defectos de la mocosa. Yo solo asentía de vez en cuando o emitía un gruñido, mostrando mi acuerdo. Si no querías amargarte la vida, con Christian siempre debías estar de acuerdo.
De manera que más tarde, cuando perdió el volante unos instantes y medio salió del camino, con los resultas de que un tocón ponchó una llanta, tuve que mostrarme de acuerdo en que la culpa era de aquel camino pedregoso y no del conductor. Christian bajó del auto despotricando, y dio una patada a la llanta que se había ponchado.
—¡Mierda! —dijo—. Lo qué me faltaba. Muy bonita la camioneta, pero seguro que a mi padre no se le ocurrió verificar si las llantas eran de buena calidad.
—Tenemos la de repuesto —dije yo, conciliador.
—¿Eres idiota? ¿Tengo cara de un grasiento mecánico? Es más, ¿sabes cambiarla?
—Bueno… —me encogí de hombros—, solo es cuestión de levantarla con el gato, desatornillar las tuercas y…
—Y una mierda —me interrumpió—. Seguro lo harías mal y solo conseguirías que nos matemos. Pero mira, ese rótulo pone que a una milla hay un pueblo —era cierto—. Seguro que allí hay algún taller. Venga, vamos, no creo que la arruinemos más.
No se dijo más. Con el aro de la llanta tintineando, y el auto yéndose continuamente hacia un lado, cubrimos la distancia que nos separaba del pueblo. Era un pueblo pequeño, de calles de tierra y terracería, con casas de madera y techo de lámina en su mayor parte. Pero en el centro era más próspero, había comedores, hoteles, tiendas, ferretería, farmacia, los infaltables bares y lo que buscábamos: un taller.  
—Mira, allí hay uno —le señalé a Christian.
—Ya lo vi, no estoy ciego —replicó él. 
Decenas de miradas curiosas miraron la brillante camioneta enfilar hacia el taller. El tintineo del aro sobresalía en el silencio que nos rodeaba. Por unos instantes me sentí examinado a fondo, aunque era imposible dado que los vidrios polarizados impedían la vista del interior. Pero así fue cómo me sentí. Fue el primer indicio de que allí no todo andaba bien.
Aparcamos frente al taller, una amplia galera en la que había algunos autos y un tractor y un millar de herramientas y partes de los vehículos diseminados por doquier. Siempre me ha sorprendido el desorden del que gustan hacer gala esos sitios.
Christian bajó dando un portazo, con aire altivo y gesto ceñudo.
—Hey, el del taller —gritó.
Un hombre moreno, de barriga prominente, y una gabacha de lona sucia salió limpiándose las manos llenas de grasa.
—¿Me parezco a él? —me preguntó. No le entendí hasta que continuó— Desde luego que no. Ni tú. Y pretendías que la cambiásemos nosotros. —El del taller debió entender algo porque todo asomo de afabilidad desapareció de su rostro.
—Buenas tardes, muchachos, ¿qué se les ofrece?
—Nada del otro mundo. Solo quiero que le cambies la llanta a mi camioneta, y repares la que trae puesta.
El hombre fue hasta la llanta ponchada, la observó un minuto, tocando y dando golpecitos aquí y allá, y después negó con la cabeza.
—La llanta de repuesto puedo poner —dijo—. Reparar ésta, no. Está destrozada. Quién sabe cuánto trecho recorriste con ella en ese estado.
—No te estoy pidiendo que especules sobre la distancia que recorrimos con ella. ¿Vas a repararla o qué?
El mecánico lo miró con amargura.
—Dije que no.
—Entonces pon la de repuesto y véndeme otra.
—Esto es taller no venta de llantas.
—¿Entonces qué?
—Entonces nada. Pongo la de repuesto, me pagas y te vas.
—De acuerdo. Pera date prisa, que ya voy retrasado.
El mecánico no estaba solo. En el interior de la galera había tres hombres sentados en bancos de plástico y un cuarto (sin duda el ayudante del mecánico) atareado con los aros de una llanta de motocicleta. Uno de los tipos se levantó en esos momentos y salió a nuestro encuentro.
—Tendrás que espera tu turno, muchacho —dijo. Era un tipo fornido, curtido, y con toda la pinta de rifarse el físico en trabajo de campo—. Acá mi amigo Jeremías está revisando mi máquina —hizo alusión al tractor un poco más allá.
Christian lo miró de arriba abajo, con evidente repugnancia. Estoy seguro que si en esos momentos dice las palabras equivocadas habría terminado con los dientes en la mano. Pero no era tan tonto para eso, sabía con quiénes tenía poder para humillar y con quiénes no.
—Estoy seguro que unos minutos de retraso no le supondrán gran retraso, caballero.
El hombre soltó una risa forzada.
—Escuchen lo que dice el hijo de mami, “que unos minutos no me supondrán retraso”. —Los dos tipos que habían quedado en los bancos soltaron una carcajada—. Pues te equivocas muchacho, sí me suponen retraso.
—Ya lo oíste muchacho —dijo el mecánico, evidentemente complacido de poder darle esquinazo al riquillo con camioneta del año—. Vuelve en unas tres horas, quizá ya te la tenga lista.
—¿Tres horas? ¿Quizá? ¿No escuchó que ya voy con retraso? —Se lo pensó mejor y cambió te táctica— Puedo pagaros, a ambos.
—Definitivamente no —dijo el dueño del tractor—. Podría entrarme la noche, y nadie, en su sano juicio querrá que lo coja la noche en este sitio.
—¿Ah sí? ¿Por qué?
El mecánico y el del tractor intercambiaron miradas, luego hicieron ademanes restándole importancia a lo que habían dicho.
—¡Bah! Olvídenlo —dijo el del tractor—. Mejor piérdanse un rato por allí, que la espera será larga. —Se dio la vuelta y fue a sentarse de nuevo con sus compañeros.
—Ya oyeron —señaló el mecánico—. Regresen más tarde. —Se dio la vuelta y caminó hacia el tractor.
Christian estaba que echaba chispas de rabia e indignación, y por una vez, yo compartía ese sentimiento. ¿Qué les costaba cambiar un neumático? Pero también sabía que parte era culpa de Christian, de él y de su egocéntrica actitud. Me pareció que tenía intenciones de echársele encima al mecánico. De modo que intervine.
—Déjalo —le dije—. Vi una refresquería atrás, ven, vamos a beber y comer algo.
Asintió contra su voluntad y se dio la vuelta para acompañarme. Algo se interpuso en su camino y se fue al suelo.
—¡Maldito animal! —rugió poniéndose de pie. Y el perro que lo botó recibió una fuerte patada en las costillas. Iba a asestarle otro golpe, pero yo intervine, además que no me gustaba el gesto ceñudo con que nos miraba el dueño del tractor y sus amigos, a lo mejor el perro era suyo.
—Fue un accidente —dije, apaciguador—. Además, es solo un perro.
El perro se había quedado de pie, mirándonos. Era un perro negro como la noche, de regular tamaño, no tenía collar, y una cicatriz muy fea le empezaba en la frente, pasaba sobre su ojo derecho y moría en la punta de la nariz. Ese ojo tenía un color gris, sin vida. Sin embargo, me dio la impresión que me observaba más con ese ojo que con el sano.
—Por supuesto que fue un accidente —dijo Christian, airado—. Sería estúpido creer que el perro lo hizo adrede. Shu, perro, vete si no quieres que te mate. —El perro no se movió. Con una patada como la que le asestaron en las costillas yo estaría retorciéndome en el piso.
El perro no se movió, pero nosotros sí. Christian pidió una cerveza en la refresquería, cosa que no me gustó para nada, de modo que yo pedí un refresco. Si bueno era insoportable, ebrio lo era aún más, esperaba que no pasara de una cerveza. Que se metiera en problemas con gente de ese lugar, todos de aspecto hosco y taciturno, era una idea para nada agradable.
Sin embargo, lo hizo. No directamente, pero lo hizo. El muy tarado se puso a hablar muy mal de los habitantes de lugares pequeños como aquel.
—Son todos unos analfabetos —dijo en un momento dado—. Míralos —hizo un ademán que abarcó a todos los del lugar—. Todos sucios, andrajosos, y tan prepotentes como solo un ignorante puede serlo. Si no me crees toma como ejemplo a esos desharrapados del taller, mira que oponerse a mí, cuando tendrían que haber inclinado el cogote a la vez que decían “sí señor” “como guste, señor...”
Yo estaba muy nervioso. Noté las miradas hoscas de los pueblerinos. Unos comían sándwiches, o una hamburguesa, tomaban un refresco o una cerveza. Algunos fingían no oír al ebrio que desde la barra lanzaba imprecaciones, pero había otros que nos miraban con francos gestos iracundos.
La empleada del lugar, una muchacha con espinillas, pero con lindos bucles de cabello negro, me hizo señas para que me acercara a ella.
—Supongo que solo están de paso —comentó. Yo asentí—. Será mejor que se lleve a su amigo y salgan del pueblo cuánto antes; sobretodo antes del anochecer.
—¿Por qué? —pregunté en voz baja igual que ella—. ¿Cree que alguno de los comensales nos vaya a pedir cuentas de lo que está diciendo mi amigo?
—¿Ellos? —la mujer dudó—. Es posible, pero no lo creo. Ellos están sanos y su amigo algo ebrio, así que no creo que le tachen algo. Pero a lo que me refiero es a algo más, a algo a lo que la mayoría ha empezado a llamar “El Terror del Pueblo.”
—¿El Terror del Pueblo? —repetí como idiota.
—Sí. Se rumorea que es un monstruo, negro y de ojos de fuego, con fauces tan fuertes como una trampa para oso. Muchos han muerto de formas horrible entre sus garras. Hoy día nadie se atreve a salir de noche por aquí, Y eso es algo que algunos foráneos como ustedes deben tener en cuenta.
—No creo que haya un monstruo —dije—. Pero dado todo lo que ha dicho mí amigo no me sorprendería que nos hicieran desaparecer y le echaran la culpa a un monstruo inexistente.
La mujer me miró con aire indignado y se fue a atender una mesa en la que la estaban llamando.
Era hora de marcharnos. No sin esfuerzo logré sacar a Christian de allí. Un escalofrío me sobrecogió cuando salimos a la calle. El sol ya se había ocultado y solo unos dedos rojos que rozaban las panzas de las nubes evidenciaban que no había sido hace mucho. Me encaminé hacia al taller, llevando a mi amigo de los hombros. Sólo deseaba que la camioneta estuviera lista y no nos pusieran más objeciones. De pronto tenía miedo y la advertencia de la chica me parecía muy acertada.
Cuando llegamos al taller el mecánico estaba terminando de atornillar las tuercas de la llanta de repuesto.
—¿Todavía no ha terminado? —dijo Christian.
—En realidad ya casi terminó —intervine yo. Demasiadas miradas iracundas había ganado Christian ya. No conviene ser desagradable en ningún sitio, menos en uno como aquel.
En una esquina del predio en el que estaba el taller, vi al mismo perro de la tarde mirarnos con solemnidad, luego se marchó por un callejón. De alguna manera la mirada de ese perro hizo que sintiera muchos deseos de salir de ese pueblo.
—Pero no ha terminado —continuó Christian, insoportable—. Y sin duda mi padre me echará la culpa de este retraso.
—Ya terminé —dijo el mecánico.
Nos cobró con gesto ceñudo y yo tuve que reñir un rato a Christian para que le pagara, aunque se hubiese tardado en cambiar la llanta, y otro rato para que la hiciera de copiloto y no de piloto; lo que menos falta nos hacía era que fuera a estamparnos contra una pared de ese pueblo.
Arranqué la camioneta y salí de retroceso. Cuando eso ya había anochecido y el pueblo tenía un aspecto lúgubre y lastimoso, más con las escasas lámparas de luz mortecina que había diseminadas a lo largo de la calzada principal. Sentía nostalgia por algún lugar acogedor.
Enfilé hacia la salida del pueblo, sin pisar el acelerador. Las casas pasaban a nuestro lado como fantasmas borrosos y no me sorprendí al no encontrar ningún transeúnte a pesar de lo temprana de la hora. «El Terror del Pueblo», me repetí. Quizá no había ningún monstruo, pero era evidente que el pueblo tenía miedo de algo.
Saliendo del pueblo ocurrió lo impensable. Las llantas de la camioneta derraparon, perdí el control y me fui a estrellar contra el tronco de un árbol. Una premonición aciaga me alcanzó en ese instante. Afortunadamente iba despacio, de lo contrario el choque pudo haber sido mortal. Ni qué decir que Christian, una vez recuperado del susto inicial, empezó a despotricar como loco.
Me bajé del auto, asustado, no solo por el choque de la camioneta, sino por lo que pudiera haber afuera. Christian bajó tras de mí, diciendo que tendría que pagar el daño. Lo ignoré lo suficiente para revisar las llantas; estaban untadas de algo viscoso y blanquecino, por un instante me recordó al semen, pero tras palpar el líquido y olerlo, cambié de opinión: eran babas.
«¡El Terror del Pueblo!» La frase sonó fatídica en mi mente. Me puse de pie de un salto. De pronto tenía frío, y un miedo que me helaba hasta los huesos.
—¡Idiota, deja de gritar! —era la primera vez que le hablaba así a Christian— ¡Sube al auto de una puta vez! Tenemos que irnos.
Pero él solo había escuchado una palabra.
—¿Idiota? —repitió, airado— ¿Me llamaste idiota? ¿Qué te crees pedazo de mierda? —se había puesto furioso. En lugar de volver a la camioneta se puso a caminar hacia mí, con los puños apretados.
Antes de que llegase hasta mí escuché los gruñidos. Él también los oyó. Y una sombra negra saltó los arbustos de la orilla de la carretera. La muchacha de la refresquería tenía razón. Era negro, de ojos de fuego, del tamaño de un caballo pequeño, con patas fuertes y de filosas zarpas, de las fauces abiertas manaba aquel líquido viscoso que había hecho derrapar la camioneta. Estaba más cerca de Christian que de mí, y éste temblaba aterrado.
—¡Corre! —recuerdo haber gritado, aunque no sé si logré emitir sonido alguno.
El Terror del Pueblo se abalanzó sobre mi amigo. Jamás olvidaré esa estampa. Le destrozó el cuello y el rostro de un mordisco. Me consuela decir que mi amigo murió casi en el acto. Luego el monstruo se volvió hacia mí e hizo un gesto con la cabeza; lo comprendí al instante: me indicaba que me fuera.
Nunca he sido un valiente, así que, con la entrepierna cálida por la orina, corrí a la camioneta y salí de allí pitando. Aún siento vergüenza por semejante acto de cobardía, pero eso fue lo que hice, y en este relato estoy contando la verdad.
Por supuesto que más tarde la familia de Christian no creyó mi relato y fui acusado de su desaparición, pero ni todo su dinero pudo hundirme en la cárcel, por falta de pruebas. 
En las noches, antes de dormirme, lo recuerdo todo y pienso que si Christian no hubiese sido tan egocéntrico nada de aquello hubiese ocurrido. Si tan solo no le hubiera dado aquella patada al perro en aquél taller… Porque han de saber que aquélla noche yo obedecí al monstruo y salí pitando de allí porque reconocí la cicatriz que nacía en su frente y moría en la punta de su nariz. Solo que su ojo no era gris y carente de vida, sino rojo, del color del infierno.  

8 comentarios:

  1. Muy bueno. Terrorífico. Un saludo.

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    1. Gracias. Me alegra que te haya gustado. Igual, saludos.

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  2. Super terrorífico y da que pensar. A veces las personas suelen ser igual que Christian, ya sea por su estatus social, crianza, etc. Pero siempre hay algo que hace aprender la lección. Bueno, a Christian no le dio ni siquiera tiempo de aprenderla, ya que obtuvo lo que buscaba. Esta demostrado, el terror del pueblo tiene consciencia y piensa muy bien, ya que solo agredió a su atacante y no al otro chico, pudiendo haber acabado con los dos. Excelente historia!. Te luciste. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!.

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    1. Gracias Ongie. Y sí, pobre Christian, quizá obtuvo hasta más de lo que merecía. Personas como Christian existen, hasta yo puede que conozca un par. Solo que éste amigo si se pasaba de la raya. Jaja. Me alegra que te haya gustado la historia. Y ya trabajando en la próxima, ojalá esté para el miércoles. Abrazos!

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  3. Muy bueno eres magnífico y me encanta el otro blog bueno bueno de juan de españa

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    1. Gracias Juan. Quizá por ello es que no puedo publicar tan a menudo, pero siempre tengo presentes en la mente ambos blog y lo que voy a publicar. Saldos!

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  4. Que tal amigo? sos un maestro me encanta tu blog que maestria y genialidad en tus historias..segui asi maestro soy tu fan de Paraguay..Ariel

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    1. Gracias Ariel. Espero sigas leyéndome. Siempre estoy tratando de hacerlos pasar un rato ameno, o terrorífico, a la vez que trato de mejorar continuamente. Saludos!

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