Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

26 de noviembre de 2015

El autobús

Danilo se levantó de la banqueta cuando oyó el ruido del motor. El dueño del mismo no tardó en aparecer. Era un autobús rojo, con líneas oblicuas en color negro. Además, era un autobús viejo, pero Danilo no recordaba haberlo visto con anterioridad. De todos modos, eso no importaba. Si iba en esa dirección sólo podía ir a un sitio, el sitio al que él necesitaba ir. Danilo le hizo una señal de parada y esperó, nada tranquilo.
No hacía ni media hora que le habían llamado avisándole que su abuela había enfermado. Y la abuela era alguien muy importante para Danilo, tenía que estar a su lado en aquellos momentos. Aunque para ello tuviese que viajar, aunque ya fuese tarde y se estuviese haciendo de noche, aun así…
El autobús se detuvo a su lado con un ruido de frenos. Danilo vio como el chofer tocaba algún botón y la puerta se abrió. Por alguna razón, ver la puerta abrirse sola hizo que Danilo pensara en cosas aciagas. Del interior salió aire cálido, con olor a cuero viejo y polvo. Danilo subió.
—Buenas tardes —saludó sin mucho entusiasmo.
El chófer, que lucía un ridículo bigote de morsa, le hizo señas con la cabeza, señalando la parte de atrás. Hacia allá fue Danilo, a la vez que el autobús se ponía en marcha de nuevo. En su recorrido saludó un par de veces a los pasajeros junto a los que pasaba, pero al no recibir ni una mirada de reconocimiento, optó mejor por callarse. Todos los pasajeros, mujeres y hombres, parecían taciturnos y melancólicos. Demasiado callados, le pareció a Danilo.
Apenas se puso en marcha el autobús, algún pedazo de metal suelto empezó a producir ruidos monocordes. A nadie parecía importarle, ni molestarle. Todos estaban con las espaldas tiesas, la vista al frente, sin que nada de su alrededor les perturbase. Danilo se sintió incómodo.
Se sentó en el último sillón, al lado de un caballero de corbata y piel pálida.
—Buenas tardes, señor —dijo Danilo, quien le tendió la mano.
El hombre no se movió. Bueno, sí giró la cabeza unos grados para verlo, pero la volvió rápido al frente, con indiferencia y parsimonia. En esa mirada Danilo no vio curiosidad, ni molestia, ni reconocimiento, ni… ni… no, eso ya eran figuraciones suyas.
«¿En dónde me he metido?»
El único que parecía moverse con naturalidad aparté de él era el chófer. «Aunque ni tanto», tuvo que reconocer Danilo. Tampoco le había hablado al entrar, limitándose a señalar con la cabeza. En la menguante luz de la tarde, Danilo lo veía mover las manos sobre el timón de manera mecánica, sin brío ni pereza, la vista el frente, los ojos fijos en la carretera, fijos, sin parpadear… Danilo lo observó un minuto, le dolieron los ojos y no vio al chofer parpadear una sola vez. ¿Cómo era posible?
Danilo se fijó en el resto de pasajeros. Una señora de cabello corto rizado, con las manos sobre el regazo, compartía asiento con un anciano de cabello blanco que bien podría ser su padre, pero por la poca atención que se prestaban nadie lo diría. Ninguno parpadeaba, ninguno miraba a los lados, y soportaban los brincos del bus en los baches con estoicismo. En el asiento contiguo iba una joven, preciosa a decir de Danilo, pálida y de labios rojos, entrelazaba una mano en el brazo de un gallardo joven, de aspecto robusto y también pálido; pero ese gesto era lo único que hacían diferente al resto, por lo demás se limitaban a mirar al frente, inmóviles como estatuas. 
Danilo se encontró preguntándose repetidamente qué demonios les ocurría a todos. ¿Por qué se comportaban de manera tan rara? Durante unos instantes llegó incluso a dejar de preocuparse por su abuela, cosa que en un principio no habría creído posible. Pero desde luego no era que se sintiera mejor, todo lo contrario. Era como si se hubiera metido en donde no debía, era como ir en un velorio rodante, todos callados, todos solemnes, todos huraños.
Afuera la noche empezaba a cernirse sobre el autobús. Danilo sabía que cuando llegara al pueblo de su abuela ya sería noche cerrada. Pero no fue hasta verse rodeado de aquella atípica compañía que pensó que quizá mejor hubiera esperado al día siguiente. No. Nada de eso, su abuela le necesitaba y él iría a su lado, personas reservadas y retraídas no lo harían cambiar de parecer.
El sol se ocultó en el horizonte y los últimos dedos naranjas dejaron de arañar los vidrios del autobús. La pérdida del sol fue como perder un amigo. De pronto Danilo se sentía muy solo y abandonado en medio de aquella gente tan poco dada a comunicarse.
—Disculpe, ¿qué horas tiene? —preguntó al caballero de al lado al fijarse en que un reloj salía de la manga de su saco. El caballero miró el reloj, pero no dijo nada.
«Maldito. Mira que ver la hora, pero no decirme. Pero si te doy un sopapo en la cabeza seguro que haces algo». Tentado estuvo de hacerlo, solo por provocar una reacción en uno de ellos, pero todas las cabezas se volvieron y lo miraron con ojos acusadores, como si hubiesen escuchado lo que pensaba hacer. Danilo se encogió en su asiento, olvidada toda intención de hacer algo.
«¿Qué ocurre?», se preguntó, esta vez ya no con tanta curiosidad como con pavor. «Quizá lo mejor sería que me bajara y pedir aventón hasta donde la abuela.»
Cuando pensó en bajarse cayó en la cuenta que desde que subió él nadie más había vuelto a subir, ni nadie había bajado. ¿Acaso se había subido en un bus de turismo en lugar de uno normal? Eso lo hizo pensar que quizá sus acompañantes no fueran del país, eso explicaría la extrema palidez de algunos y su general mutismo, puede que ni siquiera hablaran español. «En todo caso serán de Transilvania», pensó con sorna.
—Disculpe —intentó otra vez— ¿habla español?
El caballero a su lado ni siquiera se movió.
—¿You speak spanish? —probó, recordando algunas palabras sueltas de inglés que sabía.
El tipo siguió sin hacerle el menor caso.
«Podría ser ruso. O ucraniano. O extraterrestre. O un hijodeputa que simplemente me ignora. De acuerdo, ya no diré nada, solo un necio le insiste a otro necio.»
Cruzó los brazos con gesto ceñudo y se hundió en el mullido sillón, contemplando el cristal de la ventana a su lado. Afuera ya era de noche, y en el interior se había vuelto todo negro, excepto por unas manchas blanquecinas que flotaban un poco arriba del respaldo de los sillones; Danilo sabía que eran los rostros pálidos de sus acompañantes, aun así, sufrió escalofríos.
Afuera los árboles a la orilla del camino pasaban como sombras borrosas y al este, la luna llena empezaba a alzarse, como un gigante luminoso que se desemperezaba. Danilo le dio la bienvenida, agradeciendo su luz. Aunque maldijo para sus adentros la nube panzuda que se alzaba junto a ella.
Y cuando el primer rayo de luz lunar dio contra los cristales de la camioneta, Danilo dio un brinco, con el corazón a mil por hora y la razón nublada. «No, no, no», se repitió una y otra vez. Y no podía ser de otra forma, lo que había visto tenían que ser figuraciones suyas nada más. Cuando la luna iluminó los rostros del resto de pasajeros Danilo vio calaveras en lugar de caras humanas, y eso no podía ser, ¿o sí?
Volvió a acomodarse en el sillón, sintiéndose como un perro tímido en medio de mastines. De pronto tenía miedo de mirar al caballero sentado a su lado. ¿Y si era cierto? ¿Y si el tipo a su lado era una calavera? ¿Y si todos eran calaveras? De ser así no podría soportarlo, moriría allí mismo. Jamás había estado tan aterrado. Ahora hasta su abuela ocupaba un lugar alejado en su mente.
Se obligó a reunir valor y giró la cabeza para ver al caballero de al lado. El tipo seguía igual, con el rostro al frente, como cansado pero imperturbable. «Solo fueron figuraciones mías», se repitió. Entonces el caballero volvió el rostro hacia él, a pesar de la oscuridad era perfectamente visible, y la palidez del mismo sobrecogió a Danilo, pero fueron sus ojos los que lo hicieron dar un respingo, unos ojos sin emoción alguna, ¡unos ojos carentes de vida!
Justo en esos momentos la panzuda nube desveló la brillante luna que ocultaba y la luz dio de lleno en el rostro del caballero, un rostro que era una calavera. Esta vez Danilo soltó un grito. Todos los rostros se giraron hacia él, todos esqueletos, con las cuencas de los ojos vacías y los dientes en una sonrisa perenne, una sonrisa macabra y que le helaba el corazón. Pero nadie dijo nada, se limitaron a mirarlo, Danilo sabía que en el momento que una hablara el corazón se le detendría; hay un límite del miedo que uno puede soportar.
Danilo se puso de pie, y tembloroso y aterrado empezó a caminar hacia el frente, si pudiera bajar quizá la pesadilla terminara. Los ojos de cuencas vacías lo miraron en su largo recorrido pasillo adelante, Danilo no recordaba que el bus fuera tan grande. Se le cayó el alma a los pies cuando vio al conductor, otra calavera idéntica a las demás. Había conservado la remota esperanza de que al menos el conductor fuera humano, aunque pensándolo bien, no tenía por qué haber sido tan optimista.
Aun así, lo intentó.  
—Quiero bajarme —dijo. La voz le temblaba y la voluntad le flaqueaba, pero lo dijo—. Quiero bajarme de esta maldita cosa.
Al este, la nube cubrió de nuevo la luna y el conductor adquirió rasgos humanos otra vez, pero Danilo sabía que solo eran ilusiones. De alguna manera verle piel sabiendo lo que era le producía aún más terror.
El conductor apartó la vista del camino un momento y lo miró con detenimiento.
—Ya casi llegamos —dijo, y volvió la vista al frente.
«No es cierto», se dijo. Había reconocido un grupo de cedros a la orilla del camino, cedros que cualquiera de su pueblo podía ver caminando solo unos centenares de metros. «No hemos avanzado nada —comprendió—. ¿Entonces qué demonios hemos estado haciendo?»
Miró al frente. La carretera seguía unos doscientos metros, pero luego se perdía en el interior de un túnel, ¿un túnel? El piloto no parecía sorprendido, sino todo lo contrario.
—¿Estás preocupado por tú abuela? —preguntó el piloto sin más.
—Sí —dijo Danilo, antes de que caer en la cuenta que aquella cosa no tenía por qué saber lo de su abuela.
—Pronto la verás —dijo al tiempo que el autobús empezaba a adentrarse en el oscuro túnel. Unos últimos rayos de luz alcanzaron al piloto, que durante un segundo fue una calavera realmente fea.
Danilo sintió la desesperación en su pecho, de alguna manera sabía que de ese túnel no había retorno, de la misma forma que sabía que nada de lo que hiciese le serviría de algo. Solo podía dejarse llevar y aceptar su destino con fatídica sumisión.
A medida que se adentraba en el túnel, empezó a oír ruidos, gritos lastimeros y llantos desconsolados. No podía ver nada, pero se imaginaba a los seres que los emitían: personas condenadas por sus pecados. De alguna manera se había subido a un autobús que lo llevaba por las arterias del mismísimo averno. Y en algún punto de ese vasto lugar estaría su abuela, ya no moribunda sino muerta.

4 comentarios:

  1. ¡Terrorífico! Día a día te superas.
    Y felicidades por tu otro blog. También lo sigo y me encanta.
    Saludos desde España.

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    1. Gracias Esther. ¿Te imaginas? Un autobús de calaveras que te lleve al infierno. Terrorífico, ¿no? Que bien que te haya gustado. Y cuida en donde subes. Saludos!

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  2. Terror en estado puro. No me gustaría estar en su lugar. Muy buena y terrorífica historia. Saludos. Silvia

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    1. Yo me moriría del susto. Si me aterro solo con oír ruidos fuera de la casa, no digamos estar en una situación como esa. Solo de imaginarlo ya me dio cosa. Jaja. Saludos!

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