Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

7 de octubre de 2015

La niñera

Era la primera vez que Esteban se quedaba solo en casa. Con diez años de vida a sus espaldas ya era todo un hombrecito, y así lo consideraban sus padres. Esteban estaba de acuerdo. Lo único que tenía que hacer era sentarse a ver televisión y a jugar videojuegos, no abrir si alguien llamaba a la puerta, y acostarse a dormir cuando llegara la hora. Hasta un tarado podía hacer eso, cuánto más él. De modo que despidió a sus padres en la puerta y fue corriendo a la sala a prender la televisión y la consola de videojuegos. De inmediato empezó a matar zombis.
Sus padres eran personas cultas, y más que acomodados, pero si Esteban era lo bastante grande y avispado para cuidar de sí mismo ¿por qué malgastar dinero en una niñera? Sería un desperdicio. Y como personas cultas, que se movían en los círculos de la alta sociedad, no había semana en que no recibieran por lo menos una invitación a alguna cena o fiesta de gala. De manera que Esteban pasaría muchas noches solo, hasta que fuera lo suficiente grande para salir por su cuenta. Pero eso a él lo tenía sin cuidado, más noches solo, más noches de televisión y videojuegos sin que mamá o papá estuviesen incordiándolo.
Mientras, los zombis morían entre el estallido de la metralleta y diferentes gritos de dolor; como siempre. Solo que a veces, muy quedo, algún zombi emitía un ruido que Esteban nunca había oído, parecía un gritito femenino. Hasta ese día en el juego sólo había habido gritos masculinos. Pero los otros eran gritos quedos, esporádicos, nada de qué preocuparse. Sin embargo, a veces eran inquietantes.
Pasaron los minutos, estos se convirtieron en una hora, y Esteban sintió la necesidad de aligerar la vejiga. Puso pausa y caminó con prisas al retrete; el juego estaba demasiado bueno como para no perder más tiempo del necesario.
Una sombra se agitó a sus espaldas.
Esteban se giró asustado. Nada. Solo la cortina de una habitación que se agitaba. Se rascó la cabeza, confuso. Él no se asustaba fácilmente. Fue al retrete y exhaló un suspiro de placer cuando todo lo que estaba conteniendo empezó a salir. Salió de nuevo al pasillo y se encaminó a la cocina. Tirar lo que tenía dentro le dio ganas de volver a llenarlo. La cortina ya no se agitaba.
Hasta que la dejó atrás.
Entonces captó con el rabillo del ojo que algo se movía tras él. Se giró, esta vez más asustado que antes: ¡la cortina se agitaba levemente! El corazón le martilleaba en el pecho e hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para no gritar aterrado. Miró a ambos lados del pasillo, tratando de encontrar la habitación por la que se colaba la fuente de aire, porque tenía que tratarse de una ráfaga de aire ¿verdad? Pero todas las puertas estaban cerradas. Se fijó en que la cortina que se agitaba, ahora más despacio, como deteniéndose, era la de la puerta del cuarto de niños. Allí donde antes había estado su cuna, y la de sus hermanos antes que él. Quizá había movido la cortina inconscientemente mientras pasaba junto a ella. Sí, eso debió ser.
No convencido del todo, pero más calmado, fue a la cocina, se preparó un sándwich y regresó a la sala a seguir matando zombis. Pero de vez en cuando, cuando más enzarzado se encontraba con el juego, creía oír un grito femenino. Y en una ocasión creyó ver una sombra pasar por el televisor, una sombra proyectada tras él. Era una sombra imprecisa, pero el cabello desaliñado y los hombros hundidos eran fácilmente reconocibles: ¡Era la silueta de una mujer! Sin embargo, cuando volvió la vista no había nadie.
Esteban empezó a sentirse inquieto. Quizá no era tan buena idea quedarse solo. ¡Eso era! Era solo el nerviosismo y el miedo por quedarse solo en casa, se dijo.
Más tarde, mucho más tarde, Esteban se encontraba encerrado en su habitación. Las manos le temblaban ligeramente, así como la sábana que sujetaba. Tenía mucho miedo. Después de la sombra proyectada en el televisor, había escuchado como pisadas en la cocina, luego más cerca, más cerca, y, por último, un grito lastimero, mitad llanto, mitad terror, y él había salido disparado a su habitación, convencido de que en la casa había fantasmas. Durante unos minutos hubo silencio, pero luego escuchó una puerta que se abría, y pisadas que se acercaban. El terror de Esteban fue absoluto. Se planteó salir por la ventana al jardín y de allí correr en busca de ayuda, pero la ventana tenía balcones de hierro, jamás podría escapar de allí. Mientras las pisadas se acercaban recordó que alguien alguna vez dijo que los terrores de la noche desaparecen cubriéndote con una sábana. Y eso hizo él.
Pero las pisadas no cesaron en ningún momento. No eran pisadas suaves y delicadas como las primeras, sino fuertes, como el taconeo de una persona sana y fuerte. Esteban tenía mucho miedo. Se hizo un ovillo, intentó cubrirse más con la sábana, y se tapó los oídos, pero las pisadas seguían allí. Más cerca, más cerca… las pisadas se detuvieron frente a la puerta de su habitación, y Esteban escuchó girar el pestillo.
La puerta se abrió.
—Cariño, dejaste la luz encendida —era la voz de su madre. Esteban había dejado la luz encendida porque tenía miedo, y dicen que los fantasmas le temen a la luz. Era la voz de su madre, pero Esteban aún no se atrevía a asomar el rostro de entre las sábanas. ¿Y si era un fantasma con la voz de su madre? ¿O un monstruo?
Las pisadas se acercaron hasta su cama, y unas manos le descubrieron el rostro.
—Amor, ¿qué tienes? Estás temblando.
Esteban abrió los ojos poco a poco, con miedo. A su lado estaba su madre. Esteban la abrazó y se echó a llorar. Y le contó todo lo que había ocurrido.
—¡Aquí hay fantasmas! —aseguró al final.
Su madre sonrió y le acarició el cabello.
—Son imaginaciones tuyas, nada más. Y yo que pensaba que ya estabas grande —aseveró su madre no sin cierta ternura.
—¡Soy grande!
—Entonces apagaré la luz y duerme.
—Vale.
Dos días después llegó de visita el hermano mayor de Esteban, Ángel. Tenía veinticinco años y era un oficial del ejército. Era el hermano favorito de Esteban, aunque Freddy aún estaba en la universidad y su hermana se había fugado con un motociclista cuando mamá la regañó por perder la regla. Esteban pensaba que era una exageración regañar tanto a Beatriz por una simple regla. Él arruinaba juguetes por montones y no le decían nada. Eso sí, nunca había perdido uno. Quizá allí radicaba la diferencia.
Ese día, más tarde, después de jugar a pasarse un balón de fútbol americano, Ángel le rodeó los hombros con un brazo y lo llevó a una esquina del jardín.
—Me contó mamá que por fin te quitaron la niñera —comentó.
—Sí. Ya estoy grande, y puedo cuidar de mí mismo —infló un poco el pecho, queriendo parecer valiente.
—Está bien eso de saber cuidar de sí mismo, aunque no sé si en este caso ser valiente sea la mejor opción.
Eran demasiadas palabras y Esteban no las entendió todas, pero algo comprendió.
—¿Me quieres decir algo?
—Te quiero contar una historia.
—Sabes que no me gustan las historias, pero la escucharé sólo porque eres mi hermano favorito.
Ángel sonrió y le revolvió el pelo.
—Hace veinte años, en una casa de este vecindario, no muy lejos de aquí, había una niñera. Era una niñera gorda, fea, que jamás se peinaba y raras veces se bañaba. Si eso no fuera poco, también era mala. No dejaba ver televisión a los niños a su cuidado, y en su lugar se ponía a ver programas obscenos. No les daba de cenar, o si se acordaba de hacer la cena, se la comía ella y les dejaba nada más que las sobras. Si los chicos se portaban mal les jalaba del pelo y las orejas y los mandaba a dormir a grandes voces.
—Era una niñera muy mala —comentó Esteban—. Nada que ver con la señorita Angie.
—Sí, en eso estamos de acuerdo. Pero déjame proseguir.
—Vale.
—Pues verás, una noche, esta niñera sufrió un trágico accidente. Según se sabe, la electrocutó una tostadora mientras cuidaba a una dulce niña. Pero hay quienes dicen que fue esa dulce niña quien preparó todo para que la mujer sufriera ese accidente. Y sus razones tendría; la niñera la trataba mal, le gritaba, le pegaba e incluso dicen que la tocaba en sus partes íntimas. La niña se lo dijo a sus papás, pero ellos no le creyeron, de manera que tuvo que resolverlo por sí sola. Si es cierto lo que la niña contó, accidente o no, la niñera obtuvo su merecido.
»Pero era esta una niñera tan mala que ni estando muerta se quedó conforme. Dicen que por las noches venía y asustaba a la niña, y tanto la atormentó que la pobre se volvió loca y pasó varios años en un psiquiátrico hasta que murió de soledad. Pero la niñera no se conformó con eso, continuó vagando por el mundo de los vivos, y durante las noches, cuando encuentra niños solos, los atormenta sin misericordia.
Esteban había escuchado absorto, con el corazón palpitándole más aprisa a medida que la historia avanzaba. De pronto tenía una respuesta para los gritos, las pisadas, y las cortinas que se agitaban, de la noche en que se quedó solo.
—¿Es cierto? —preguntó con voz trémula.
—Es posible —reconoció su hermano—. Cuando yo fui lo suficiente grande para quedarme sin niñera, a veces escuchaba ruidos en la casa, y en unas cuantas ocasiones creí ver una silueta rondar a mis espaldas. Pero recuerda que yo no me quedaba tan solo como tú, conmigo se quedaban Freddy y Beatriz, y quizá por eso nunca ocurrió nada más.
»No te lo digo para asustarte —continuó Ángel con gesto protector—. Si no para que tengas cuidado. Mamá ya me contó lo que le contaste la otra noche, y es posible que esas cosas que oíste no fueran imaginaciones tuyas. Sería mejor que siguieras teniendo niñera.
—Sí, yo también había pensado lo mismo.
—Pues me alegro que pensemos igual —su hermano lo abrazó y le revolvió el pelo.
Esa misma tarde Esteban le confesó a su madre, no sin cierta vergüenza, que quizá lo mejor era seguir teniendo niñera, quizá después de todo no estaba tan grandecito como pensaban. Su madre le sonrió con indulgencia y le dijo que estaba bien, que si así lo quería, la próxima vez le llamaban a Angie para que fuera a cuidarlo. Esteban sintió un inmenso alivio ante esa respuesta.
Lo que no sabía, ni sospechaba siquiera, era que Angie sufriría un accidente poco antes de ir a casa de la familia de Esteban. Nada serio, solo una torcedura de tobillo, pero suficiente para mantenerla en cama unos cuantos días. Y cuando se enteraron ya era de noche, sin tiempo suficiente para conseguir otra niñera. De modo que a pesar de haber hecho a un lado la vergüenza para confesar que no quería quedarse solo, solo terminó quedándose.
—Tengo miedo —confesó a su madre mientras la despedía a la puerta—. Los ruidos de la noche pueden volver.
—Tranquilo, cariño —dijo ella—. No volverán. Tú dedícate a ver televisión y luego vete a tu cuarto, verás que nada sucede.
Esteban tuvo que asentir.
Pero en cuanto cerró la puerta sintió que la casa era demasiado grande para él solo. Además, era gobernada por un silencio hostil y desde las paredes parecía que algo lo vigilaba. Se sentía diminuto. Durante un instante se sintió asfixiado y sintió la imperante necesidad de echarse a correr tras sus padres. Pero reprimió el impulso, apretó los puños y echó a andar a la sala.
Llegó a la sala caminando con tiento, después de un detenido examen, en el que se aseguró de que todo estaba igual que siempre, continuó hasta detenerse frente al televisor. En todo momento sintió que las paredes lo observaban, a la vez que un ruido, como una queda exhalación, vagaba ominosamente por la estancia. Esteban trató de convencerse que todo era producto de su imaginación, de su imaginación y de la historia que Ángel le había contado el otro día, pero lo de la imaginación no lo convencía. De lo que sí estaba convencido es que esa noche sería una jornada muy larga.
Esa noche decidió no seguir matando zombis. No. Ver morir gente, aunque fuera en pixeles, no era algo que quería para esa noche. De modo que escogió el juego más reciente de futbol y se puso a anotar goles. A medida que se enfrascaba más en el juego, el corazón se le fue aligerando y de pronto ya no tenía miedo, aunque en su mente aún flotaban reminiscencias de una niñera fantasma. Transcurrió así un buen rato, hasta que uno de sus jugadores anotó un gol. El jugador corrió a celebrarlo, la cámara del juego le enfocó el rostro, y de pronto el rostro del jugador se convirtió en un rostro chamuscado con los cabellos desaliñados y quemados. Esteban dio un grito y un salto y retrocedió aterrado. Entre el grito y el salto debió cerrar los ojos, porque de pronto en el televisor ya no había ningún rostro quemado, sino solo los jugadores en el centro del campo que reanudaban el partido.
Desconectó el televisor de inmediato, harto de los videojuegos por esa noche.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que sus padres se fueron? Miró el reloj de pared, arriba del mueble del televisor: apenas eran las nueve treinta, pasarían al menos dos horas antes de que sus progenitores regresaran. ¿Qué hacer? ¿Irse corriendo a su habitación y meterse a la cama o quedarse allí en la sala, despierto y atento hasta que ellos regresaran? No sabía qué hacer. De momento se quedó sentado en un sofá, tembloroso y atento a su alrededor.
Poco después, las ventanas de la sala que daban al jardín se abrieron de golpe, y los postigos golpearon con fuerza la pared. Una ráfaga de viento entró a la sala con un silbido y le siguió algo como una risa, y una sombra, demasiado semejante a una mujer, pasó fugaz por la ventana abierta. Esteban corrió escaleras arriba, aterrado a más no poder. Lo siguió el ruido de los postigos golpeando la pared y una risa burlona.
Ya en el segundo piso, mientras corría a su habitación, se encontró con que las cortinas se agitaban; no una, como la otra noche, sino todas. Esteban supo que allí tampoco se encontraría seguro. Se dio la vuelta, dispuesto a bajar a la sala y salir de la casa, esperaría a sus padres en la calle con tal de alejarse de aquél tormento.
Pero bloqueando las escaleras se encontraba la niñera.
Esteban ni siquiera gritó, el terror era tal que le ahogó la voz. Era una mujer gorda, tal como Ángel había dicho, con el rostro quemado y el pelo chamuscado, sus ropas eran raídas y andrajosas, y a través de ella, Esteban podía discernir las escaleras que descendían al piso inferior. ¡Estaba ante un fantasma!
La niñera mostró los dientes, dientes grandes y sucios y un vaho fétido y verduzco salía de su boca. Empezó a caminar hacia Esteban.
Esteban retrocedió por instinto, sin saber qué hacer. Tropezó, cayó y la niñera continuó acercándose. Los dedos de sus manos también estaban negros, y sus uñas eran gruesas y mugrosas. Esteban intentó ponerse de pie, pero una mano, blanda y fría le tomó la pantorrilla; no era uno de esos fantasmas incorpóreos después de todo. El contacto de aquella mano muerta fue lo más horrible que Esteban había sentido en su vida. Pateó la mano, frenético, aterrado a más no poder, pero sólo consiguió que la niñera le tomara la otra pierna. Y poco a poco empezó a halarlo hacia sí.
Entonces recuperó la voz, pero esta solo le sirvió para gritar aterrado. La niñera siguió halándole, despacio pero, con firmeza. A su alrededor, las cortinas restallaban, como si un huracán se hubiese colado en la casa y un ruido tenue como una exhalación lo envolvía todo. La niñera lo arrastró un poco, y empezó acercar su boca putrefacta a su rostro. Esteban no sabía qué era lo que pretendía aquél ente, pero era obvio que nada bueno. Cuando tuvo aquella boca maloliente a escasos centímetros de su rostro, la niñera se esfumó, el aire cesó y las cortinas volvieron a la quietud.
Esteban oyó el ruido de unas botas que subían las escaleras, y durante un instante perdió toda esperanza. Pero el que apareció fue Ángel, con rostro congestionado y jadeante.
—Tuve que tirar la puerta —dijo más tarde— cuando oí tus gritos.
—¿Qué me habría ocurrido, Ángel? —Preguntó Esteban. Estaba más calmado y al lado de su gallardo hermano se sentía protegido,
—No lo sé. Nada bueno, supongo. No han muerto muchos niños en el vecindario, aunque sí hay varios que se han vuelto locos, imagino que eso es lo que les hace. De buena suerte que hablé con mis papás hace rato y les pregunté con quién te habías quedado. Apenas supe que estabas solo vine lo más rápido que pude.
—Gracias, hermano.
Fue la última vez que Esteban se quedó solo en casa. Al menos hasta que dejó de ser un niño. Sin embargo, de vez en cuando, en el vecindario, llegó a saberse de niños que se quedaban solos y que, al regresar sus padres, los encontraban vivos pero idos, como sin alma. 

6 comentarios:

  1. Impresionante , la historia te engancha hasta el final. Sientes el pánico del pobre niño y todo.
    Hasta la próxima historia, escribes tus historias con ese algo especial ,que hace que sientas el terror dentro de ti cuando estas leyendo. Saludos desde España. Silvia.

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  2. Es un cuento terrorífico, de verdad, de lo más espeluznante que has escrito en el blog.
    ¡Todavía tengo el vello erizado!
    Espero con ansia la siguiente historia
    Un abrzo

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  3. Muy bueno, Manuel, lograste que me asustara y temiera por la suerte del chico, felicitaciones!

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  4. Oye mauro ke aces ke no escribes jajjajajajaja te echamos de menos ave si escribes algo menos mal ke tenemos pa leer a Manuel Villeda y jorge leal ke sin despreciar te a ti son de los mejore un saludos a todos de juan de españa

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  5. Gracias chicos. Perdón por no responder cada comentario en particular pero ando corto de tiempo. Apenas si entro al blog una o dos veces por semana. Aunque no les responda créanme que los leo y tengo en mucho aprecio. ¡Qué bien que os haya gustado el cuento! Nos vemos en la siguiente historia. Abrazos para todos!

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  6. Muy bueno. Estas cosas no pasan siempre, esa niñera ni siquiera la habrán aceptado en el infierno, que anda por allí asustando y encloqueciendo niños. Siempre asustando Manuel, por un instante creí que era el final del chico, pero su hermano llego justo a tiempo. Disculpa por no haber comentado antes, la historia del hotel estuvo buena Espero la próxima historia. Saludos desde Venezuela

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