Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

21 de octubre de 2015

La casa de Emma

El calesín traqueteaba y se deslizaba ora a un lado, ora al otro. Camila, la tranquila yegua castaña que tiraba de él, resoplaba jadeante, hundiendo los cascos en el enlodado camino con leves chop, chop, a la vez que agitaba las crines para deshacerse de parte de la lluvia. Henry iba sentado en el pescante, envuelto en una capa de lana marrón, vieja y hedionda debido a las muchas veces que se había mojado sin llegar a secarse después. El frío le atería hasta los huesos, y el viento cortaba como cristales filosos. Se juró por enésima vez que en cuanto regresara a la ciudad renunciaría a su empleo, sin importar que después tuviera que mendigar para sobrevivir; cualquier cosa era mejor a viajar solo y con aquel maldito clima.
El viento silbaba a su alrededor casi como si tuviera vida, hamaqueaba el calesín y le levantaba las ropas para rasgarle la piel con dientes filosos. Sobre él y Camila la lluvia caía implacable; goterones tan fuertes que habrían mareado a un niño. Todo en derredor brillaba continuamente en una sucesión aterradora de rayos; pero más aterradores eran los truenos que retumbaban como si ocurrieran dentro de los oídos. En un momento un rayo cayó especialmente cerca de ellos y Camila se encabritó. Por un momento a Henry se le fue el frío por temor a que la yegua lo tirara.
—¡Ey! —Gritó, y su voz sonó rasposa y fuera de lugar— ¡Tranquila, querida!
Camila se tranquilizó tras varias palabras suaves y Henry volvió a arrebujarse en su capa, tiritando de frío, maldiciendo aquel maldito clima y el camino angosto y fangoso.
De pronto, tras doblar una curva, vio unas luces. El corazón le palpitó de contento. Luces significaban una casa, y él aún tenía unas monedas en la bolsa como para convencer al propietario que los dejara quedarse, aunque fuera en el corredor.
—Mira Camila, luces, fuego, hogar, calor, comida…
La yegua no necesitó más. Ella también vio las luces y sabía lo que significaban, de modo que apretó el paso. Aunque quizá también fuera por los aullidos de los lobos que de pronto empezaron a oír. Henry sufrió un escalofrío, y este no fue de frío, y habló a Camila para que apresurara el paso.
Llegaron a la casa poco después de un kilómetro. Era una casa grande, de dos plantas, con un corredor pequeño que era azotado por la lluvia.
—Tendremos que convencerlos que nos dejen entrar —dijo a Camila— pues no creo que el corredor nos ofrezca mucho refugio.
La yegua sacudió las crines como respuesta.
Henry bajó del pescante con un leve salto, las piernas le dolieron cuando sus pies chocaron contra el suelo. Soltó un gruñido y caminó a trompicones hacia la puerta. Golpeó la aldaba tres veces y esperó. Como no hubo respuesta volvió a llamar, esta vez con más fuerza. Poco después oyó pasos acercarse y una ventanilla de la puerta se abrió.
—¿Quién? —preguntó una voz femenina, a la vez que un rostro hermoso y pálido se asomaba.
—Un viajero a quien la noche y la tormenta sorprendieron en mal lugar.
—¿Y qué deseas?
La luz que provenía de detrás solo perfilaba el rostro de la mujer, así como a su cabello rizado y rojizo, pero Henry supo que estaba ante la dueña de la casa, una mujer de cuarenta, hermosa todavía.
—Que me cedáis un rincón de vuestra casa para pasar la noche —la mujer torció el gesto—. Tengo dinero para pagaros —se apresuró a añadir Henry.
—No necesitamos vuestro dinero —dijo, con el gesto agrio—. Y tampoco podemos alojaros. Continuad vuestro camino. El pueblo está a menos de tres kilómetros.
—Tres kilómetros con este clima serán como trescientos —dijo Henry, tratando de apelar a la bondad de la mujer—. Por favor, cededme un trozo de vuestro piso por una noche.
—Antes acostumbraba alojar a todo viajero —dijo la mujer—. Hasta que llegó uno que marcó mi vida de forma significativa. Ya no confío en los viajeros. ¿Quién me asegura que no eres un ladrón o algo peor?
—Los ladrones o algo peor no estarían pidiendo permiso para pasar ni ofrecerían dinero a cambio de un trozo de suelo.
La mujer se lo pensó un momento. Henry comprendió que había dado en el clavo.
La mujer iba a decir algo, pero una voz grave y melodiosa se le adelantó.
—El caballero tiene razón, cariño —un hombre alto, delgado y de una palidez excesiva apareció detrás. Henry dio un paso atrás, había algo en ese hombre que lo asustaba; quizá era los ojos, que parecían negros y al instante siguiente refulgían como ascuas ardientes. El hombre abrazó a la mujer por detrás y la besó en la mejilla. La mujer rebulló, nada a gusto—. Es cierto que tiene aspecto andrajoso, pero es solo por las inclemencias del clima. Anda, complace a tú marido y hazlo pasar, tomaré algo caliente con él —deshizo el abrazo y regresó por donde había llegado.
La mujer lo vio alejarse con mirada compungida, soltó un resoplido resignado, y se volvió hacia Henry.
—Habría sido mejor que ni se acercara a esta casa —dijo. Cerró la ventanilla y corrió los cerrojos de la puerta—. Ahora ya es tarde. Pase.

7 de octubre de 2015

La niñera

Era la primera vez que Esteban se quedaba solo en casa. Con diez años de vida a sus espaldas ya era todo un hombrecito, y así lo consideraban sus padres. Esteban estaba de acuerdo. Lo único que tenía que hacer era sentarse a ver televisión y a jugar videojuegos, no abrir si alguien llamaba a la puerta, y acostarse a dormir cuando llegara la hora. Hasta un tarado podía hacer eso, cuánto más él. De modo que despidió a sus padres en la puerta y fue corriendo a la sala a prender la televisión y la consola de videojuegos. De inmediato empezó a matar zombis.
Sus padres eran personas cultas, y más que acomodados, pero si Esteban era lo bastante grande y avispado para cuidar de sí mismo ¿por qué malgastar dinero en una niñera? Sería un desperdicio. Y como personas cultas, que se movían en los círculos de la alta sociedad, no había semana en que no recibieran por lo menos una invitación a alguna cena o fiesta de gala. De manera que Esteban pasaría muchas noches solo, hasta que fuera lo suficiente grande para salir por su cuenta. Pero eso a él lo tenía sin cuidado, más noches solo, más noches de televisión y videojuegos sin que mamá o papá estuviesen incordiándolo.
Mientras, los zombis morían entre el estallido de la metralleta y diferentes gritos de dolor; como siempre. Solo que a veces, muy quedo, algún zombi emitía un ruido que Esteban nunca había oído, parecía un gritito femenino. Hasta ese día en el juego sólo había habido gritos masculinos. Pero los otros eran gritos quedos, esporádicos, nada de qué preocuparse. Sin embargo, a veces eran inquietantes.
Pasaron los minutos, estos se convirtieron en una hora, y Esteban sintió la necesidad de aligerar la vejiga. Puso pausa y caminó con prisas al retrete; el juego estaba demasiado bueno como para no perder más tiempo del necesario.
Una sombra se agitó a sus espaldas.
Esteban se giró asustado. Nada. Solo la cortina de una habitación que se agitaba. Se rascó la cabeza, confuso. Él no se asustaba fácilmente. Fue al retrete y exhaló un suspiro de placer cuando todo lo que estaba conteniendo empezó a salir. Salió de nuevo al pasillo y se encaminó a la cocina. Tirar lo que tenía dentro le dio ganas de volver a llenarlo. La cortina ya no se agitaba.
Hasta que la dejó atrás.
Entonces captó con el rabillo del ojo que algo se movía tras él. Se giró, esta vez más asustado que antes: ¡la cortina se agitaba levemente! El corazón le martilleaba en el pecho e hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para no gritar aterrado. Miró a ambos lados del pasillo, tratando de encontrar la habitación por la que se colaba la fuente de aire, porque tenía que tratarse de una ráfaga de aire ¿verdad? Pero todas las puertas estaban cerradas. Se fijó en que la cortina que se agitaba, ahora más despacio, como deteniéndose, era la de la puerta del cuarto de niños. Allí donde antes había estado su cuna, y la de sus hermanos antes que él. Quizá había movido la cortina inconscientemente mientras pasaba junto a ella. Sí, eso debió ser.
No convencido del todo, pero más calmado, fue a la cocina, se preparó un sándwich y regresó a la sala a seguir matando zombis. Pero de vez en cuando, cuando más enzarzado se encontraba con el juego, creía oír un grito femenino. Y en una ocasión creyó ver una sombra pasar por el televisor, una sombra proyectada tras él. Era una sombra imprecisa, pero el cabello desaliñado y los hombros hundidos eran fácilmente reconocibles: ¡Era la silueta de una mujer! Sin embargo, cuando volvió la vista no había nadie.