Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

16 de septiembre de 2015

Camino Solitario

El lugar en el que nos hallábamos era un nacimiento de agua muy popular en aquella localidad. Nacía de entre las rocas de un precipicio formando una amplia laguna cristalina que a continuación se convertía en un arroyo de aguas zigzagueantes. Sin duda era un lugar precioso. Yo me divertía bañándome a ratos y bebiendo cerveza con los hermanos de mi novia y algunos amigos de ellos. Mientras, ella compartía tiempo con sus primas y amigas que hacía varios meses no veía. Era un día fresco y agradable, y ambos nos la estábamos pasando bien.
A eso de las tres de la tarde, Julie, mi novia, fue a decirme que debíamos marcharnos. Esa noche cenaríamos con sus padres, y quería ayudarles a preparar una rica cena. Pero yo me lo estaba pasando de lo lindo, y le pregunté si no había forma de quedarnos un rato más. Ella iba a decir que no, pero el hermano mayor de Julie intervino y le prometió que él me llevaría a casa más tarde. De modo que nos pusimos de acuerdo, no sin reticencias por parte de mi novia. Ella se llevó el auto y a unas primas y yo me iría más tarde con su hermano mayor en motocicleta.
—La cena es a las siete —sentenció antes de marcharse.
Mientras, me quedé dándome unos chapuzones más y tomándome otra cerveza. Mi intención no era emborracharme. No quería que los padres de Julie pensaran que era un borracho. Para la cena tendría que estar sobrio. Los que no pensaron en permanecer sobrios fueron mis futuros cuñados, que continuaron tomando hasta terminarse las cervezas que habían llevado, y cuando no hubo más, mandaron a un amigo a traer más al pueblo. Poco después estaban totalmente borrachos, y sin embargo querían seguir tomando. A mí me insistieron varias veces más, pero me negué en rotundo, siempre tocando la media luna que llevaba al cuello colgada de un cordón de lana que Julie me había regalado hacía dos meses.
El punto de todo este preámbulo es que cuando les dije a los hermanos de Julie que debíamos marcharnos, ellos se echaron a reír y me dijeron que de allí no se movían hasta el fin del mundo. Y todos sabemos lo difícil que es disuadir a un borracho. Sopesé otras posibilidades, pedirle a alguien más que me llevara, pero yo era un desconocido allí, y ellos para mí, así que tuve ciertos recelos. De modo que decidí regresar caminando. Eran las cinco de la tarde, la distancia hasta el poblado era de unos ocho kilómetros, podía recorrerla en una hora caminado a buen paso, así que eso me dispuse hacer.
El mayor de mis futuros cuñados, sospechando lo que iba hacer me detuvo. La esperanza destelló en mi interior, pues creí que diría que me iba a llevar, o que me dejaría llevarlo en su motocicleta, mejor dicho. Por nada del mundo me sentaría atrás de un borracho en una moto.
—Si piensas caminar, cuñadito, lo mejor será que tomes el atajo —dijo—. Está un poco más adelante, está descuidado y cubierto de monte, pero reducirás la distancia a casi la mitad.
Soltó una sonora carcajada y volvió a empinarse el envase de cerveza. Sentí la rabia aflorar, y tentado estuve de tirarme sobre su roja cara y rajársela a puñetazos. Pero yo era un desconocido allí, y no sabía que consecuencias podía acarrearme un arrebato de ese tipo. Tened en cuenta que yo me había quedado gracias a mi terquedad y a una oportuna intervención de él; tenía todo el derecho del mundo a sentirme ultrajado, y si encima de todo eso se burlaba… Bueno, por lo menos me comporté de forma civilizada y me marché sin decir palabra.
Ojalá también pudiera decir que no tomé el atajo.
Porque han de saber que sí existía tal atajo. Al principio creí que se trataba de una broma del hermano de mi novia, pero cuando vi un estrecho camino semioculto entre la fronda supe que decía la verdad. Era un camino estrecho, de esos en los que sólo puede pasar un vehículo. Las líneas donde antes pasaban las ruedas de los autos tenían el monte más pequeño, mientras que en el centro alcazaba mi cintura, y a los lados tenía tamaño irregular, casi un bosquecillo.
No necesité que nadie me lo confirmara para saber que aquel era el atajo. Tampoco me detuve a pensar por qué estaba tan abandonado. De modo que solo me detuve para echar una ojeada atrás y me interné en él. Al principio caminé con paso enérgico, preocupado por la cena de esa noche, y maldiciendo al imbécil del hermano de mi novia; a él, al otro y a los demás.
 Noté que pronto se haría de noche y eso me causó cierta aprensión. Los mosquitos y zancudos eran una molestia, pero a veces ni siquiera sentía sus piquetazos. Lo que de verdad me preocupaba era la atmósfera densa y ominosa que de pronto flotaba sobre el camino. Pensé que se debía a que me encontraba en un camino desconocido, solo, y con la noche merodeando en el horizonte. Pensar eso no me reconfortó para nada, sino todo lo contrario.
Alguna vez os habéis perdido, ¿no? Pero imagino que alguna vez han transitado por algún callejón oscuro, temiendo que en algún momento un maleante puede abalanzarse sobre ustedes, o quizá algo peor, y temiendo cosas así, el temor empieza a acrecentarse, y si no se han echado a correr ha sido por pura fuerza de voluntad. Aunque algunos, estoy seguro, sí lo han hecho. Pues más o menos así fue como empecé a sentirme yo. Poco a poco un miedo desconocido empezó a asentarse en mi alma. No miraba a los lados, sino sólo al frente, pues temía ver algo que no me gustaría.
Poco tiempo después, tras más de un kilómetro recorrido, empecé a reconocer que quizá me hubiera equivocado internándome en aquél camino solitario y abandonado. Fue entonces cuando empecé a preguntarme el porqué de su abandono. «Tal vez atraviesa tierras privadas —me dije—, y el dueño ya no les permitió el paso. Quizá un derrumbe —porque delante de mí veía algunos riscos y colinas de escarpadas pendientes y no sería nada inverosímil que una se hubiera derrumbado impidiendo el paso—. ¿Entonces por qué no solo despejarlo?»
Durante un instante me planteé la posibilidad de regresar. Pero mis cálculos indicaban que ya debería haber recorrido una tercera parte del camino; sería un desperdicio de tiempo y energía desandar mis pasos para tomar un camino más largo. Además, estaba la cena con los padres de mi novia, era una cita a la que no podía faltar, esa noche la pediría en matrimonio. Y después de todo, ¿qué mal podía pasarme en un camino donde los únicos seres vivos éramos yo y una miríada de mosquitos y zancudos?
O eso creía yo.
El sol empezó a tocar el horizonte con uno de sus cantos, demasiado pronto, me pareció a mí. Las nubes adquirieron tonos rojos, naranjas y amarillos. Era una estampa maravillosa. Deseé de todo corazón que Julie estuviera viendo lo mismo que yo. Pero la belleza de las nubes se esfumó rápido; el sol continuó su descenso y lo rojo y naranja cedió paso al gris, púrpura y negro. No dejaba de ser hermoso todo, sin embargo, era una imagen que sobrecogía mí, de por sí nervioso, corazón. Instintivamente apreté con fuerza la media luna que llevaba colgada al pecho.
Poco después oí un ruido ahogado. Me paré en seco, más asustado de lo que estaba ya. El ruido había sido como un débil grito, y un débil grito en un lugar solitario como aquél hiela la sangre más que un carámbano. Me quedé de pie, tratando de oír algo más, pero el lugar se mantuvo en silencio. «Debió ser mi imaginación», traté de convencerme. También tuve que convencerme para seguir andando, y cuando lo conseguí, me olvidé de los mosquitos, mantuve la vista al frente y agucé los oídos. Seguía negándome a ver a los lados, eso sólo conseguiría asustarme más.
Las colinas que veía hace rato ahora estaban más cerca. Eran sombras grises, guardianes perennes de un camino abandonado. Un cuervo solitario volaba en círculos, sin rumbo fijo. De pronto me sentí pequeño, insignificante y fuera de lugar. El cuervo soltó un graznido agudo, que heló mi corazón, y lo que parecía un grito volvió a reverberar en mis oídos. Tuve miedo, y la mente no me ayudó precisamente, que de inmediato empezó a pensar en posibles dueños de aquél grito. Sólo conseguí asustarme más.
Continué andando, con el corazón en un puño. El cuervo, ave de mal agüero por lo demás, continuó volando en círculos. Cuando empecé a adentrarme en las colinas rocosas y escasas de vegetación, el grito volvió a hendir el silencio de la falleciente tarde. Mentiría si no admito que sentí más miedo, pero también sentí curiosidad, porque el grito llevaba matices reconocibles; no era el grito que oyes a medianoche y te hace correr como loco con el corazón desbocado, no, era el grito de una persona que sufre una amenaza o que algo o alguien ha asustado. Era un grito asustado, no uno que intentara asustar.
Me detuve unos instantes. Pero el sol era un medio disco de cobre rojizo en el cielo; la noche caería pronto y aquél camino solitario no era el mejor sitio para que te atrapara la oscuridad. De modo que apreté el paso, ignorando lo mejor que podía mi entorno.
Pronto me adentré entre las colinas. Allí el camino era un sendero tortuoso, desprovisto casi de toda vegetación. Varios de los cerros habían sido cortados para poder meter la calle, de modo que había partes en que el camino era cercado por paredes verticales. Lo que me hizo darme cuenta que era un camino planeado, quizá el camino original por el qué se iba al nacimiento de agua del que venía, entonces ¿por qué estaba abandonado?
Preguntándome sobre el abandono del camino estaba cuando de nuevo aquel grito. Esta vez más que susto fue un sobresalto, y me puse alerta. Esta vez pude discernir otros matices, el más importante de todos: que se trataba de un grito femenino. No un grito aterrador, como ya mencioné antes, sino un grito aterrado, cargado de miedo. Además, en esa ocasión no fue un grito solitario, como en las ocasiones anteriores, sino que al primer grito le siguió un segundo y a éste un tercero… El mismo grito, el mismo tono, excepto que…
«!Demonios!», el grito se acercaba a mí. Es cierto que no era un grito aterrador, pero oírlo acercarse a mí hizo que me entrara pánico. Si a eso le sumamos que no veía la fuente de la que provenía aquél grito, bueno, basta decir que mi miedo fue absoluto. No entiendo por qué no salí corriendo. No entiendo por qué me quedé allí de pie, pasmado. Y no fue hasta que escuché el grito demasiado cerca que reaccioné y lo único que pude hacer fue esconderme tras un saliente de roca cercano.
Con los gritos también venía un ruido más, más tenue, me pareció que se trataba de pisadas. Mis sospechas se vieron confirmadas cuando una mujer apareció entre dos cerros. Era ella quien gritaba, y por su aspecto, era obvio que huía de algo. Lleva el vestido roto, al igual que un labio, y marcas de una fuerte lucha. Pero más que su roto aspecto lo que más me llamó la atención fue su rostro, demasiado parecido al de mi Julie.
La chica salió al camino, y se detuvo mirando en las dos direcciones. ¿Por qué simplemente no eligió una dirección y se echó a correr? Bien que pronto lo descubriría. En lo que ella decidía por dónde escapar, su perseguidor hizo su aparición. Era un hombre de mediana edad, de aspecto taciturno. Llevaba rostro y brazos arañados, y tras un segundo vistazo a la víctima, vi sangre en sus uñas. El perseguidor llevaba el cinturón desabrochado, igual que la camisa. No me cupo duda: se trataba de una violación.
La chica, cuyo rostro se parecía demasiado al de Julie, se dio cuenta que el violador la había alcanzado. Demasiado tarde.
—¡Hija de perra! —la alcanzó por un brazo y le dio un bofetón. La chica se debatió, lo arañó con la mano libre, pataleó, pero el hombre la redujo en cuestión de segundos. Se la echó al hombro como un bulto y regresó por donde había llegado.
Los gritos de la chica eran más que sonoros. Al parecer eso traía sin cuidado al agresor. De verdad que aquél era un camino solitario. Los gritos se fueron atenuando, al tiempo que el sol se ocultaba en el horizonte. Solo era cuestión de minutos para que la noche cayera. Arriba, el cuervo seguía volando en círculos, aunque no sin rumbo definido como había creído; volaba sobre la cabeza de los que habían desaparecido tras las colinas.
No sé qué fue lo que se me metió. Nunca he sido valiente, mucho menos un héroe, pero esa vez lo fui. Imagino que también tuvo mucho que ver que la joven se pareciera a mi Julie, a mi amada. Pensé que, si alguien le hacía algo así a ella, y había alguien que pudiera ayudarla, querría que ese alguien acudiera en su auxilio. También pensé que lo más probable era que esa joven fuera del mismo pueblo que mi amada, quizá incluso un pariente, una prima… De modo que resolví salvarla. Y vaya si no lo iba hacer.
Salí de mi escondite, tan decidido como que esa noche pediría en matrimonio a Julie. Toqué la media luna que pendía de mi cuello, mi amuleto, pensé en Julie y su recuerdo me insufló valor.
No había madera cerca, porque las colinas eran ásperas. Pero sobraban piedras. Me aprovisioné bien de estas municiones, y, siendo sigiloso, me puse en pos de la estela de la joven y su captor.
¿Qué si estaba nervioso? ¡Vaya que si lo estaba! Mi corazón latía con fuerza y mis manos temblaban ligeramente. Pero tenía que hacer lo correcto.
Me deslicé entre las colinas, con cautela, aunque por los gritos, tenues, era obvio que el hombre se había llevado colinas adentro a la joven. Mientras me adentraba en las colinas y no me topaba con ningún riesgo, el miedo y el nerviosismo fue remitiendo. Durante un momento me sentí como uno de esos héroes de las historias que se meten a la guarida del monstruo para salvar a la princesa. Pero la verdad es que no iba a salvar a ninguna princesa, ni yo era un héroe. Esa especie de valor y disfrute fue efímero. La noche me encontró escurriéndome entre colinas, y fue hasta ese instante que me di cuenta de la temeridad de mis acciones. Aun así, no desistí. Apreté con fuerza la media luna y continué.
Los gritos de la chica, que de a poco se hacían más fuertes, cesaron de pronto y me vi rodeado de un silencio desolador, interrumpido ni siquiera por el canto de los grillos y el zumbar de los zancudos. Sentí miedo. Pero continué. Rodeé una colina y… en un claro despejado de cerros había una choza, de maderos verticales y paja, dentro titilaba una luz, de alguna vela o un candil. La joven estaba de pie en el umbral, el cabello negro desaliñado cubriéndole el rostro. El hombre, su captor, estaba a su lado… estuvo: desapareció en jirones de niebla.
Grité aterrado. Las piedras se me cayeron. El cuervo que volaba arriba graznó. No tenía una puñetera idea de lo que ocurría, pero de alguna forma sabía que me había metido en mala cosa.
La joven se irguió y se llevó atrás el cabello, desaparecido todo rastro de miedo y desaliño. Su rostro ya no se parecía al de Julie, era idéntico al de ella. Mi mente era un caos de miedo y pensamientos. En algún momento incluso llegué a pensar que aquella mujer que tenía en frente era mi Julie, que todo había sido una broma de ella para guiarme hasta allí. Pero no era así. Había visto al hombre convertirse en nada. Fuera lo que fuera, no era mi Julie. Además, yo tenía la piel completamente erizada.
—Ven querido —dijo la mujer, flexionando su dedo índice. Su voz era musical, mágica, cautivadora.
Quizá cerré los ojos, quizá volví la vista a los lados, o quizá simplemente ocurrió sin más, pero lo cierto es que en un momento vestía un vestido rasgado, y al siguiente, uno de un blanco impoluto, y su cabellera brillaba negra, lustrosa.
—Ven conmigo, dame un beso —Volvió a llamarme.
Sus labios brillaban rojos; sólo quería besarlos. Sus mejillas tenían el rubor de las manzanas; sólo quería acariciarlas.
—Ven aquí, soy tuya.
Una brisa fresca agitaba su vestido. La línea de su cintura se marcaba a ratos; exquisita. El escote en triangulo de su vestido dejaba ver buena parte de sus senos, magníficos; sólo quería tocarlos.
De pronto me di cuenta que estaba más cerca de ella. Creí que ella había ido hacia mí, pero era al revés, mis piernas se movían, yo caminaba, me acercaba. Ella sonreía, con una sonrisa blanca, brillante. En mi mente sentía deseos de correr hasta ella, estrecharla entre mis brazos, besarla, recorrer su cuerpo con mis manos y mi boca, hacerle el amor… Pero en el fondo había algo que me llamaba a no hacerlo, en el fondo algo me decía que no estaba bien, era como mi subconsciente o mi instinto que me decía que corriera, pero en sentido contrario. Pero es que era mi Julie, enfrente tenía a mi Julie, ¿cómo no continuar avanzando hasta ella? Estaba tan preciosa, jamás la había visto tan linda. Su cintura era más fina, sus labios más carnosos… Instintivamente toqué la media luna que Julie me había regalado…
Y de pronto lo vi todo con claridad. No es que se haya hecho de día o algo así, sino que de pronto comprendí: estaba bajo un hechizo. Aquello que tenía en frente, bruja, ente o demonio no era mi Julie, era algún ser malvado que estaba utilizando la imagen de aquella a quien yo más quería para atraparme. Fue como si hubiera caminado dormido y de pronto despertara en un lugar insospechado y sombrío. La réplica de Julie debió notar que algo cambió en mi interior porque empezó a llamarme con mayor insistencia. Me aferré a la medallita en forma de media luna, era mi salvaguarda, mi ángel protector, la prueba de que mi amada me esperaba, pero no en esa cabaña vieja.
Di media vuelta y me eché a correr. Tras de mí la mujer emitió un grito desgarrador. Como si hubiese perdido algo muy querido. El cuervo chilló con ella. Corrí como loco, tropezando y levantándome de nuevo. Tras de mí empecé a oír pisadas. Quizá la mujer, quizá el hombre que había desaparecido en jirones, quizá algún monstruo de aspecto aterrador y demoníaco, o quizá nadie, no lo sé. El cuervo graznaba y chillaba, pero lo ignoré adrede. No me atreví a volver la vista. Sólo corrí, aterrado, sujetando la media luna en un puño, pensando en mi Julie.
Precisamente eso fue lo que empezó a asomar en el cielo, una media luna. Su poca luz me permitía ver mejor mi camino y tropecé menos. Salí el camino y tomé la dirección del pueblo. Los ruidos de persecución cesaron en cuando dejé las colinas atrás. Pero no me detuve a tomar aliento hasta que me sentí desfallecer.
Solo me resta decir que escapé. Aún no sé de qué escapé, pero escapé. Solo sé que de haber llegado siquiera a tocar a aquella mujer no habría vivido para escribir esto. Ahora sé por qué aquél camino había sido abandonado. No habría sido el primer hombre en desaparecer allí, y lamentablemente, tampoco habría sido el último. Hoy día jamás me desprendo de la medallita en forma de media luna, sé que gran parte de mi vida se la debo a ella, a ella y a la persona que me la regaló. Tampoco tomo atajos, ni ningún camino que me parezca solitario. Lugares como esas colinas quedan muy pocos en el mundo, pero ni por mil millones quiero arriesgarme a encontrarme con otro, ni con los seres que los gobiernan.   

7 comentarios:

  1. Tremenda, esta muy bien la historia. Menos mal que al final termina bien. Ya no puedes fiarte de nadie...saludos. Silvia.

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    1. Jaja sí, al final termina bien. La verdad estuve barajando muchos finales, es increíble la cantidad de giros que puede tener una historia con sólo un poco de imaginación, pero al final me decidí por éste. Que bien que os haya gustado. Saludos y abrazos!

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  2. De la que salvó, ya creía que le ibas a dar uno de esos finales trágicos, pero el muchacho pudo escapar, el amor es fuerte. También es bueno traer un amuleto encima, nunca se sabe en que momento puede ser necesario. Un buen relato, como siempre. Espero la próxima historia. Saludos desde Venezuela.

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    1. Gracias Ongie. Siempre que veo tú nombre recuerdo a onni, o era ony, el perro de las "Primeras palabras del bebé" de Mauro. Pues ya vez, conmigo nunca está todo dicho, ningún final es predecible con exactitud. Que bien que te haya gustado. Espero tenerte por aquí con la siguiente historia.

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  3. Compa este es otro excelente cuento, imaginación al 100 plebe. Vale la pena cada día de espera para un nuevo cuento.

    Un saludo desde Sinaloa

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  4. Que bien que hayas vuelto a publicar, Manuel,estos 16 días se hicieron largos.
    Y el cuento es excelente, da mucho miedo, pero el final reconforta.
    Un abrazo

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  5. Gracias Osiel, y espero no hacerte esperar tanto esta vez Esther. Ya trabajo en la siguiente historia. Saludo y abrazos para ambos.

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