Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

24 de septiembre de 2015

Hotel de Carretera

Yo no creo en la suerte; a lo sumo en las casualidades. Yo creo que todos tenemos lo que merecemos, o lo que de una u otra manera nos hemos buscado. La buena o mala suerte son para mí conceptos carentes de significado, excusas que la gente fracasada inventa para justificar el éxito ajeno y el fracaso propio. Y cuando se es víctima de alguna calamidad que es imposible hayamos buscado o merezcamos, entonces pienso que son casualidades. De manera que lo que me ocurrió esa noche bien podría calificarlo de casualidad: casualmente el motor de mi coche se averió a mitad de la nada; casualmente había un hotel un poco más adelante; casualmente era un hotel f… No, creo que me estoy adelantando. Ya dije, podría calificar esa noche como una nefasta casualidad, pero por una vez estoy convencido que esa noche tuve mala suerte, o quizá algo más.
El motor del coche empezó a emitir un ruido nada propio de él. Más adelante dejó escapar las primeras volutas de humo. Frené de golpe y me bajé a revisarlo; como solemos hacerlo aquellos que no sabemos de un coche más que su precio, marca y cómo manejarlo. Como era de esperar, no supe qué hacer. Pensé en seguir conduciendo hasta llegar al siguiente poblado, pero tenía miedo de estropearlo definitivamente. No hallaba qué hacer. Y estaba demasiado lejos de casa para pedir ayuda a alguien. En ningún momento se me ocurrió maldecir mi suerte. A todos se nos estropean los coches. A mí me había tocado en mal lugar, nada más.
Pero aún faltaban algunos minutos para las nueve de la noche, y aunque aquélla no era una calle muy transitada incluso de día, supuse que más de alguien tendría que pasar, alguien que quizá pudiera ayudarme. Media hora después seguía parado a media calle, esperando que alguien se dignara pasar. Nadie se dignó ni en la media hora siguiente. Me rasqué la cabeza con desesperación. Miré mi coche, lo sopesé un minuto y decidí continuar, tal vez no era nada grave. De modo que puse en marcha el motor y me puse a conducir. Pero todos deberíamos saber que cuando el motor empieza a soltar volutas de humo es porque algo muy malo le ocurre.
Resistió un kilómetro, entonces murió, con un ruido que fue subiendo de volumen y que luego sucumbió de golpe. Golpeé el timón con la palma abierta, frustrado. Me había dejado en mitad de la nada, en una calle de dos carriles, circundada de prados y pastizales; menos mal que la noche no era negra. Arriba una miríada de estrellas me vigilaba con sus ojos titilantes y le daban a mi entorno un aspecto fantasmal.
«¿Qué voy hacer?», me pregunté. Bajé del coche, pateé un pedrusco y miré a uno y otro extremo de la calle, esperanzado en ver la luz de los faros de algún auto. ¡Sorpresa! Delante había una luz. Corrí al centro de la calle, para que me vieran y esperé, esperé… Me había precipitado. La luz que veía delante no se movía y no parecía estar en la calle, sino a un lado, y no era una luz, ni dos, eran varias. Era una casa, y no quedaba lejos, quizá allí pudieran ayudarme. Me guardé las llaves del coche en el bolsillo y empecé a caminar.

16 de septiembre de 2015

Camino Solitario

El lugar en el que nos hallábamos era un nacimiento de agua muy popular en aquella localidad. Nacía de entre las rocas de un precipicio formando una amplia laguna cristalina que a continuación se convertía en un arroyo de aguas zigzagueantes. Sin duda era un lugar precioso. Yo me divertía bañándome a ratos y bebiendo cerveza con los hermanos de mi novia y algunos amigos de ellos. Mientras, ella compartía tiempo con sus primas y amigas que hacía varios meses no veía. Era un día fresco y agradable, y ambos nos la estábamos pasando bien.
A eso de las tres de la tarde, Julie, mi novia, fue a decirme que debíamos marcharnos. Esa noche cenaríamos con sus padres, y quería ayudarles a preparar una rica cena. Pero yo me lo estaba pasando de lo lindo, y le pregunté si no había forma de quedarnos un rato más. Ella iba a decir que no, pero el hermano mayor de Julie intervino y le prometió que él me llevaría a casa más tarde. De modo que nos pusimos de acuerdo, no sin reticencias por parte de mi novia. Ella se llevó el auto y a unas primas y yo me iría más tarde con su hermano mayor en motocicleta.
—La cena es a las siete —sentenció antes de marcharse.
Mientras, me quedé dándome unos chapuzones más y tomándome otra cerveza. Mi intención no era emborracharme. No quería que los padres de Julie pensaran que era un borracho. Para la cena tendría que estar sobrio. Los que no pensaron en permanecer sobrios fueron mis futuros cuñados, que continuaron tomando hasta terminarse las cervezas que habían llevado, y cuando no hubo más, mandaron a un amigo a traer más al pueblo. Poco después estaban totalmente borrachos, y sin embargo querían seguir tomando. A mí me insistieron varias veces más, pero me negué en rotundo, siempre tocando la media luna que llevaba al cuello colgada de un cordón de lana que Julie me había regalado hacía dos meses.
El punto de todo este preámbulo es que cuando les dije a los hermanos de Julie que debíamos marcharnos, ellos se echaron a reír y me dijeron que de allí no se movían hasta el fin del mundo. Y todos sabemos lo difícil que es disuadir a un borracho. Sopesé otras posibilidades, pedirle a alguien más que me llevara, pero yo era un desconocido allí, y ellos para mí, así que tuve ciertos recelos. De modo que decidí regresar caminando. Eran las cinco de la tarde, la distancia hasta el poblado era de unos ocho kilómetros, podía recorrerla en una hora caminado a buen paso, así que eso me dispuse hacer.
El mayor de mis futuros cuñados, sospechando lo que iba hacer me detuvo. La esperanza destelló en mi interior, pues creí que diría que me iba a llevar, o que me dejaría llevarlo en su motocicleta, mejor dicho. Por nada del mundo me sentaría atrás de un borracho en una moto.
—Si piensas caminar, cuñadito, lo mejor será que tomes el atajo —dijo—. Está un poco más adelante, está descuidado y cubierto de monte, pero reducirás la distancia a casi la mitad.
Soltó una sonora carcajada y volvió a empinarse el envase de cerveza. Sentí la rabia aflorar, y tentado estuve de tirarme sobre su roja cara y rajársela a puñetazos. Pero yo era un desconocido allí, y no sabía que consecuencias podía acarrearme un arrebato de ese tipo. Tened en cuenta que yo me había quedado gracias a mi terquedad y a una oportuna intervención de él; tenía todo el derecho del mundo a sentirme ultrajado, y si encima de todo eso se burlaba… Bueno, por lo menos me comporté de forma civilizada y me marché sin decir palabra.
Ojalá también pudiera decir que no tomé el atajo.