Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

31 de agosto de 2015

Temor a las sombras

Ignacio llamó a la puerta de la casa con la cotidianidad de siempre. Unos momentos después oyó suaves pisadas y la puerta se abrió en seguida tras un ligero clic.
—Buenas tardes, señora —saludó.
—Usted debe ser el electricista —dijo a su vez la señora—. Pero pase.
Abrió un poco más la puerta para que entrara Ignacio.
Una vez dentro de la casa lo primero en lo que Ignacio pensó fue en: ¿Para qué rayos me quiere esta vieja? Camino hacia allí había pensado que quizá tuviera que cambiar unos cables quemados, reponer algunas bombillas, hacer una nueva instalación… En todo caso había esperado encontrar menos luz, pero todo lo contrario, la casa resplandecía con brillante blancura. En el techo había bombillas y en los rincones lámparas, y en las escaleras pequeñas bombillas que la iluminaban como un paseo. A juzgar por la claridad que se desprendía de arriba y de las otras habitaciones, toda la casa estaba excesivamente iluminada.
«¿Cuánto pagará de luz esta vieja?», se encontró preguntándose Ignacio. Aunque por el lujo de la casa, era fácil imaginar que no le suponía ningún esfuerzo.
—Espero no le moleste la luz —dijo la vieja, frotándose las manos con nerviosismo.
La vieja era alta, algo encorvada y de cabello color ceniza, tenía la piel un tanto arrugada, aunque no demasiado. Viéndola bien, quizá no fuera tan vieja como parecía. Puede que incluso fuera más joven que Ignacio. Aunque ser más joven que Ignacio era un logro al alcance de muchos.
—No —dijo Ignacio—, no me molesta. Pero sí me sorprendió.
—Es una manía mía —señaló la vieja, mirando con nerviosismo a los lados—, entre más iluminada la casa, más vida.
—Con razón siento que muero, en casa apenas se alumbra la mesa para comer.
La vieja soltó una risilla.
—Cuando quiere es ocurrente, señor Ignacio.
Ignacio no supo qué responder a eso.
—Pues bien, dígame para qué soy bueno.
—Quiero cambiar unas luces. Algunas brillan menos que cuando nuevas y quiero reponerlas —Ignacio la miró—. Ya le dije, manías mías. Además, le mostraré algunos lugares donde quiero poner unas luces más. Usted me dará un presupuesto y hará el trabajo.
«Bueno —pensó Ignacio, encogiéndose mentalmente de hombros—. Ningún trabajo está exento de rarezas».
—Estoy a sus órdenes señora… —Ignacio dejó la frase en el aire.
—Angelique. Mi nombre es Angelique —dijo la vieja y extendió una débil mano para saludar.
«Tiene un nombre precioso…», pensaba Ignacio cuando recordó algo.
—¿Angelique? ¿Angelique Suarez?
—Viuda de Suarez —replicó la señora, visiblemente incómoda.
—Perdone, olvidaba que su marido había muerto —Y para romper el ambiente incómodo—: Y bien, dónde empiezo a trabajar.
El resto del día Ignacio lo pasó sumido en sus labores. Se sorprendió mucho al ver las luces que Angelique le hizo cambiar: eran lámparas y bombillas sin mácula, a las que Ignacio no vio defecto alguno, pero que cambió y tiró por orden de su nerviosa patrona. Hacia medio día fue a comprar cableado y más lámparas para poner allí donde la señora le indicaba: en las paredes, en las esquinas del techo, bajo las escaleras, y cualquier recoveco que creyera que no estaba lo suficiente alumbrado.
Tardó dos días en poner todo, y recibió la paga de un mes de trabajo. Ignacio estaba que no se creía su buena estrella.
—Su trabajo ayudará a mi descanso —dijo la señora cuando le entregaba el fajo de varios billetes—. Le llamaré en cuanto las primeras luces empiecen a fallar.
—Estoy a sus órdenes, doña Angelique.
Pero por supuesto, no todo eran maravillas. Aunque feliz por la paga, Ignacio no deseaba volver a ser llamado nunca más por la vieja Angelique. Había muchas cosas extrañas alrededor de la señora, cosas con las que Ignacio no quería estar ni mínimamente relacionado. Porque Ignacio sabía que la anciana de pelo blanco y manos nerviosas era la misma mujer que solo tres años atrás se paseaba muy feliz del brazo del gallardo Efraín Suarez. Solo que la Angelique de hacía tres años era una mujer orgullosa, altiva, segura de sí misma y de una belleza cautivadora. Sí, la Angelique de hacía tres años no tendría más que unos treinta y pocos años y era la envidia de muchas y el sueño de otros. ¿Qué podría haberle ocurrido para que de golpe envejeciera tanto?
¿El dolor por la muerte de su marido? Quizá. ¿Pero a tal extremo que envejeciera veinte años? ¿Alguna extraña enfermedad? Era probable. ¿Algo…? No. Ignacio no era de los que pensaran en cosas sobrenaturales.
También sabía que Angelique se había casado dos veces antes de unirse en matrimonio con Efraín Suarez. En total tres maridos. Dos habían desaparecido sin dejar rastro; de Efraín sólo se encontraron las piernas en el sótano de la casa. Angelique había sido acusada formalmente por la familia del fallecido, pero no se encontraron pruebas de su culpabilidad y había sido exonerada. Aunque nadie pudo explicar la presencia de los restos de Efraín en el sótano sin implicación de la esposa. Se supone que hubo mucho dinero de por medio. Desde entonces circulaban muchos rumores, a cual más extravagante que el anterior, alrededor de la susodicha.
Y si toda esa aura de misterio alrededor de Angelique no era suficiente, era evidente que la vieja estaba loca. Ignacio no había tardado en reafirmarse en su teoría. Estaba el más que exceso de luz en su casa, las murmuraciones contra algo invisible cuando creía que Ignacio no la miraba, y su desquiciante frotar de manos y continuo girar de cabeza hacia los lados, como si temiera que de pronto algo saltaría sobre ella. Se sobresaltaba con cualquier movimiento brusco, y cuando una luz parpadeaba, pegaba brinquitos nerviosos. Ignacio lo único que quería era no volver a ver a la vieja. Ni a ella ni a su casa cuajada de luz.
La noche del segundo día, cuando Ignacio regresaba a casa con la cartera más gorda de lo acostumbrado, juró que ignoraría adrede las llamadas de la señora. Que se consiguiera otro electricista si quería.
Pero Ignacio no contaba con la mala racha que le sobrevendría a partir de ese día. Le compró unos juguetes a su único hijo, y a su esposa una muda de ropa nueva. El resto lo malgastó a las cartas y en cerveza. Lo peor de todo no fue quedarse sin un centavo, ni las miradas de reproche de su señora esposa, no, lo peor era que en una semana nadie le había llamado solicitando sus servicios; lo que era raro, porque él era uno de los electricistas más reputados de aquél lado de la ciudad.
«Esto es muy raro —pensó—. Pero más temprano que tarde alguien llamará.»
A los diez días empezó a frotarse las manos con nerviosismo. «Diez días, demasiado tiempo ocioso.» Dejó de frotarse las manos cuando se dio cuenta que era el mismo gesto de Angelique.
A los catorce días empezó a preocuparse en serio. Ya no había comida en la despensa, ni dinero para reponerla. Su esposa lo miraba ceñudo, como si pensara que Ignacio había hecho algo malo y que por eso nadie lo solicitaba. «¿Por qué nadie me ha llamado?» Desesperado llamó a algunos colegas, sólo por curiosear si ellos eran requeridos. Cuando constató que sí eran empleados, preguntó si no habría un trabajo para él: no, estaban justos.
Por la tarde salió a caminar sin rumbo fijo. Estaba en serio preocupado. Incluso se planteó llamar a la vieja Angelique, para preguntarle cómo iba lo de sus luces. «Y de paso le pregunto por qué está vieja y loca y si de verdad asesinó a sus tres esposos.» Sacudió la cabeza con rencor. Lamentando su mala suerte, y su estupidez, siguió andando sin rumbo fijo.
De pronto cayó en la cuenta por donde iba: era la calle en la que vivía Angelique. Pensó en dar media vuelta y regresar, pero al final se encogió de hombros y continuó caminando. «De todas formas, no es que vaya entrar a su casa ni nada de eso.» Un par de manzanas adelante se detuvo, frente a la casa de dos plantas de Angelique. Era una casa muy bonita, o al menos lo habría sido de no estar descuidada en el exterior. El jardín era invadido por hiedras y la mayoría de los rosales se habían secado. El yeso de las paredes empezaba a descascararse y la cerca necesitaba repararse en algunos sitios. Todo ello no hacía más que confirmar que la vieja estaba loca. Iluminando el interior sobremanera y descuidando el exterior, ¿quién hacía eso? Una loca por supuesto. Desde allí no veía luces en el interior, la casa estaba completamente sellada, pero Ignacio sospechaba que dentro todo estaba iluminado. Y eso a él qué le importaba. Nada. Siguió caminando.
No había dado ni tres pasos cuando una voz lo detuvo; una voz seca, una voz de anciana.
—Señor Ignacio —dijo la voz.
Angelique había salido de casa, aunque ya era avanzada la tarde aún llevaba una bata de dormir. Se frotaba las manos y miraba nerviosa a todos lados. Un roedor corrió de un escondrijo a otro y la vieja dejó escapar un chillido.
«Vieja loca», pensó Ignacio y se propuso seguir caminando.
—Espere, por favor —casi suplicó Angelique, caminando hasta la calle.
—¿Necesita algo, señora?
—Apareció usted en el momento más oportuno —dijo Angelique—, casi como un enviado divino.
—¿Ah, sí?
—Más o menos. Precisamente estaba pensando llamarle. Necesito de sus servicios.
Si hace quince días la vieja le hubiera dicho lo mismo, o tan solo una semana atrás, Ignacio habría rehusado la oferta de manera tajante, pero tras los pésimos últimos quince días, el ofrecimiento era más que tentador. No quería estar cerca de aquella vieja que… un momento, Ignacio se percató que Angelique había envejecido a ojos vista durante las últimas dos semanas. Su deducción era innegable; tenía la piel más arrugada, los labios marchitos y el cabello de gris ceniza había cambiado al blanco de la cal.
—¿Qué le ha ocurrido? —Preguntó de pronto. No recordaba haber pensado hacer esa pregunta. De suerte Angelique le halló otro significado.
—Son las luces, señor —le informó la anciana—, algunas se han quemado y otras parpadean, creo que van por el mismo camino.
—De modo que necesita que las cambie —dijo Ignacio, con un suspiro de resignación. No podía desechar aquella oferta de trabajo. Necesitaba el dinero casi tanto como el aire para vivir. Además ¿aparte de soportar a una vieja y sus locuras qué más podía pasar?
—Así es, señor —convino la anciana.
—De acuerdo, vendré mañana a primera hora.
—¡No! —El grito de la vieja sobresaltó a Ignacio—. Me refiero a que tiene que ser hoy. Qué tal si esos focos que parpadean se arruinan durante la noche. No podría soportarlo. Ellas me atraparían.
—¿Ellas? —De nuevo él y sus preguntas. Se reprendió por estúpido.
—Sí, ellas, las sombras. Me acechan todo el tiempo. Durante la noche rodean la casa y solo esperan el mínimo resquicio de oscuridad para entrar y abalanzarse sobre mí. —Mientras Angelique hablaba no dejaba su frotar de manos ni sus miradas nerviosas a los lados. Ignacio comprendió que no eran nervios, era miedo, terror puro y absoluto. La vieja Angelique estaba totalmente aterrada.
—Pero se hace tarde —remoloneó—. Mañana sería tan buen día como hoy.
—Le pagaré el doble que la última vez, pero por favor, ayúdeme.
Era lo que Ignacio esperaba oír, sin embargo, sintió que se estaba aprovechando de la anciana cuando aceptó.
—Regresaré enseguida —prometió—. Voy por mi caja de herramientas.
—No se preocupe por eso. Yo cuento con todo lo necesario en un armario. Nunca se sabe.
—Bien, entonces vamos a revisar el problema.
El sol era un disco naranja en el horizonte occidental cuando entraron a la casa. La noche pronto caería. Quizá por ello los arbustos del mal cuidado jardín de Angelique proyectaban sombras negras. Demasiado oscuras a opinión de Ignacio. Mejor las ignoró.
La vieja Angelique tenía razón, había varias bombillas rotas, y, a intervalos irregulares, algunas otras parpadeaban, como apagándose y encendiendo de nuevo, casi como si lo hicieran con intención. Ignacio sintió que algunos pelillos se le erizaban.
—¿Ya vio el problema?
Ignacio asintió.
—¿También tiene focos de reemplazo?
—Los compré hace algunos días. Están con el resto de herramientas.
Era cierto. Angelique tenía todas las herramientas que un electricista puede necesitar en un armario y una colección impresionante de bombillas de la mejor factura. Ignacio, ni lerdo ni perezoso se puso a trabajar. Con suerte conseguiría terminar en un par de horas; sin ella: a media noche.
Angelique no se apartó en ningún momento de su lado. Si él daba un pasito, ella también; si él iba a otra habitación, ella lo seguía; si él iba a por más bombillas, Angelique le ayudaba con una. Semejante situación empezó por poner nervioso a Ignacio. ¿Por qué no se iba echar a dormir y lo dejaba hacer su trabajo? ¿O es que creía que las bombillas se habían dañado por negligencia de él? Más le valía que no dudara de sus habilidades. Añadido a la actitud de la señora de la casa, las parpadeantes bombillas lo inquietaban, y por momentos Ignacio deseó no haber aceptado el trabajo. Pero luego recordaba que necesitaba el dinero y seguía trabajando.
—Es usted una persona muy educada o poco curiosa —dijo después de un buen rato Angelique.
—¿Por qué lo dice? —Preguntó Ignacio sin dejar de trabajar.
—Usted me conoce, o me conoció, no obstante, no ha preguntado nada al respecto. Tampoco pregunta por mi manía con las luces ni por qué no lo he dejado solo ni un segundo.
—Respecto a lo primero, supongo que ha de ser víctima de alguna atroz enfermedad, no necesito saber nada más. Y respecto a lo demás, esta es su casa, puede hacer lo que quiera. —«Además de que no quiero siquiera charlar con usted.»
—Ojalá fuera solo una enfermedad —al parecer las palabras sin cortesía de Ignacio no sirvieron para hacerla callar—. Si así fuera, con gusto me tumbaría en una cama y esperaría mi final con alegría. Pero no es ninguna enfermedad, señor. Cuanto daría por que lo fuera.
»Sé que no creerá lo que le voy a decir, es más, me considerará usted loca, más de lo que me considera ya. Quizá oyendo comprenda mi manía por mantener iluminada toda la casa.
«No lo creo», pensó Ignacio.
—Mi vida ha estado marcada por la fatalidad —continuó la anciana—. El precio de mi vida lo pagó mi madre con la suya. Más tarde murieron todos aquellos seres a los que yo más quería. Como era tierna de edad, los primeros fueron mis mascotas adoradas. Entonces le dije a mi padre que ya no me comprara ningún animal. El que murió poco después fue él —hasta esta parte Angelique había hablado con voz átona, pero al hablar de su padre la voz se le quebró, y aunque Ignacio no la veía por estar concentrado en su trabajo, habría jurado que la mujer temblaba todavía más—. Fue la primera vez que ellas vinieron.
Algo en la voz de Angelique hizo que Ignacio volviera la vista y preguntara:
—¿Ellas?
—Las sombras. Son como pequeños demonios sin forma. Esa vez se ocultaron en los sitios oscuros y saltaron sobre mi padre. Fue horrible. Lo devoraron. No dejaron de él ni la ropa. Aún tengo pesadillas por eso. Me recogió una tía, gruñona a más no poder, y creo que por eso sigue viva; los entes que me torturan han de pensar que me hacen sufrir más dejándola vivir que desapareciéndola.
»Entonces ya contaba yo con trece años, y aunque no era muy guapa tuve un novio que me adoraba y yo a él. Fue la siguiente víctima de ellas. Con mi segundo novio ocurrió lo mismo y decidí no volver a enredarme con el amor. Pero pasaron tres años y no ocurría nada. Entonces apareció un muchacho algunos años mayor que yo. Nos enamoramos y nos casamos poco después. Viví tres años muy felices a su lado. Hasta que desapareció sin más.
»Me casé varios años más tarde. Tres años después mi esposo desaparecía también sin dejar rastro. Me casé por tercera vez a los treinta y tres años, usted conoció a mi esposo, un hombre recto y justo, merecedor de todo el amor. Yo lo amaba, y entonces ellas vinieron a arrebatarme aquello que amaba. Imagino que también conoce la historia de sus restos encontrados en el sótano. Yo intenté impedir que se lo llevaran. Luché con ellas, con las sombras, pero no se puede pelear con algo que no comprendes y que además es intangible. Me dejaron sus piernas, nada más, como trofeo por mi esfuerzo.
»Desde ese incidente han pasado tres años. Los tres años más terribles de mi vida. Como ya no tienen a quien quitarme me espían. Al principio era sólo una, luego vinieron dos, luego tres, hasta que se convirtieron en legión. Al principio sólo me espiaban y seguían mis pasos, pero después empezaron a atacarme. Mi envejecimiento prematuro se lo achaco sólo a ellas, a sus ataques, a su incesante vigilar… me están volviendo loca. Pero descubrí que a la luz no se acercan, y por eso ilumino la casa lo mejor que se puede.
Ignacio no sabía si echarse a reír o echarse a temblar.
—Lo lamento mucho —dijo. De alguna forma de verdad lo sentía.
—Laméntelo haciendo bien su trabajo —dijo Angelique—. Aunque al parecer las sombras han hallado la forma de averiar las bombillas. En cuanto consigan romperlas todas, estaré a su merced. Después de hacerme sufrir durante toda mi vida, estoy seguro que el destino que me reservan no será nada agradable.
Entonces las luces empezaron a parpadear, no una o dos bombillas como al principio, sino todas a la vez. Angelique se puso como loca, volviendo la vista a todos lados, gritando y chillando. Ignacio se puso de pie de un salto, no menos aterrado. Quería salir pitando de la casa, y era lo que debía haber hecho, pero alguna especie de heroísmo salido quién sabe de dónde se apoderó de él, y fue al lado de Angelique, tratando de calmarla, a la vez que la instaba a salir de la casa.
De pronto los ojos de Angelique relampaguearon ferozmente, sus manos dejaron de temblar y se volvieron firmes, y a sus labios asomó una sonrisa, una sonrisa burlona y cómplice de algún terror. Ignacio sintió que el alma se le caía al suelo. Angelique colocó dos fuertes manos en su pecho y lo empujó con fuerza. Ignacio salió disparado hacia atrás. Mientras Ignacio caía, las luces empezaron a parpadear a mayor velocidad y los primeros focos empezaron a explotar.
—¡Alimentaos malditas! —Gritó la vieja—. ¡He allí un alma!
Jamás dos frases habían aterrado tanto a Ignacio, quien con el corazón martilleando en su pecho intentó ponerse de pie. Los focos y lámparas seguían explotando; mil fragmentos de vidrio volaban por toda la estancia, como cuchillas buscando cortar. Ignacio sintió cómo se clavaban en su carne, y lo hicieron caer nuevamente. Por alguna maldita fuerza extraña, ni una rozó a Angelique, que estaba de pie en el centro de la estancia, firme y segura, extasiada.
A medida que los focos explotaban y la habitación quedaba a oscuras, sombras negras empezaron a asomarse, eran pequeñas y no tenían forma definida, pero Ignacio descubrió que lo miraban con ojillos naranjas, y a medida que su cuerpo quedaba rodeado de oscuridad, ellas empezaron a acercarse. Cuando todo el lugar quedó oscuro, Ignacio empezó a gritar.
Y a medida que las sombras sorbían cuerpo y alma de Ignacio, Angelique empezó a recuperar la lozanía de antes. Se sentía bien. Estaba asqueada y aterrada, pero se sentía bien. Antes había decidido no volver a alimentarlas, perecer en lugar de seguir ofreciéndoles vidas. Había intentado mil trucos para alejarlas, pero nada servía. El último de ellos, iluminar toda la casa, había sido tan infructífero como los primeros. Hasta que llegó al punto en el que creyó que se volvería loca. La agonía era lenta e insoportable. Mejor que muriera otro y no ella.
Ignacio fue la víctima de ese día.   

13 comentarios:

  1. Que imaginación otro gran relato, se te da muy bien escribir y sembrar terror como wn los últimos cuentos, el de las criaturas del mar estuvo excelente pero este me cautivo mucho porque yo soy de apellido Suárez y mañana viene a mi casa una prima que se llama Angélica ojalá sin sombras.

    Un abrazo

    DAVID

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    1. En serio? Pues que coincidencia. Si vez que mira nerviosa a los lados y se frota las manos con nerviosismo, mantén la distancia. Jaja. Es broma. Que bien que te haya gustado. Igual, un abrazo David.

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  2. ¡Que relato tan original! Me ha encantado, es buenísimo. Escribes muy bien, y mantienes el suspense hasta el final.
    Enhorabuena, Manuel

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    1. Gracias Esther, tu siempre halagándome, se te agradece. Abrazos.

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  3. Un excelente relato Manuel, por fin logró entrar de Nuevo y poder leer tus excelentes relatos. Que me encantó todo el suspenso k le imprimiste a este. Saludos desde sinaloa

    Osiel

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    1. Sí, a veces tengo unos bajones de ánimo muy fuertes. Había puesto el blog privado, no quería seguir escribiendo. Pero si no escribo no me siento bien, así que aquí me tienen de nuevo, tratando de plasmar en cuentos parte de mi imaginación. Y si os gusta lo que hago, mejor que mejor. Saludos amigo!

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    2. Estas equivocado No me gusta lo que haces, me encanta!! Escribes muy bien como para que dejaras de hacerlo, ánimo compa que lo necesario para escribir ya lo tienes que es una imaginación envidiable. Un abrazo desde Sinaloa

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    3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    4. Mil gracias Osiel. Y el miércoles que sigue os traigo un cuento más. Esperadlo.

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  4. ¡Que buen cuento!. Pobre Ignacio, a veces el trabajo es más peligroso de lo que parece. Aunque, hay más posibilidades de que un electricista sufra una pequeña descarga, que sea asesinado por sombras. Para su mala suerte, el tipo fue de los pocos que son asesinados por sombras. Espero la próxima historia. Saludos desde Venezuela.

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    1. Es cierto Ongie, es más factible que un electricista muera chamuscado por corriente eléctrica que devorado por criaturas surgidas de algún averno. Pero le tocó a Ignacio, más por mala suerte que por predestinación. Pero de alguien tenía que alimentar Angelique a las sombras, antes que ellas se cobraran su precio con ella. Saludos y gracias por visitar mi blog.

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  5. Me alegro de que vuelvas a escribir. Muy buena la historia, y suspense hasta el final. Aunque pusiste que cerrabas el blog he entrado a ver por si acaso ,y me he llevado una sorpresa al ver que volvías a publicar. Enhorabuena. Saludos desde España. Silvia.

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    1. Gracias Silvia. Y pues sí, mira, lo cerré por unos días, pero no puedo estar mucho tiempo sin hacer lo que más me gusta. Agradezco vuestras palabras, y espero sigáis visitando el blog.

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