Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

5 de agosto de 2015

Habitantes del Mar

Harry lo empujó con cuidado hasta el balcón de la habitación. El chico estaba callado ese día. Hans no interrumpió sus cavilaciones. Su nieto tenía ya quince años, los había cumplido hace dos lunas, y los motivos de su mutismo a esa edad podían ser cientos. Bien que lo sabía Hans, que hacía mucho tiempo también había tenido quince años.
—Aquí está bien, hijo —dijo Hans, cuya voz era débil—. Anda, ve a ser lo que sea que ocupe tus pensamientos.
—¿Estarás bien, abuelo? —Replicó el muchacho.
—Lo estaré. Puedes tardarte lo que quieras.
—Estaré de vuelta para el almuerzo.
Hans asintió y Harry entró a la biblioteca y de allí salió al pasillo. Sus pasos resonaron fuertes y enérgicos en la piedra del piso. En esa casa cualquier cosa resonaba demasiado fuerte. Era una casa demasiado grande para dos personas. Además de que estaba encajada en la ladera de una montaña, y a veces daba la impresión de que la montaña repetía los ruidos que se producían dentro de esas paredes.
Harry no tardó en aparecer en el camino de roca unida con mortero que descendía hacia el pueblito, una milla abajo, junto al mar. Caminaba rápido, si Hans no lo conociera hubiera dicho que llevaba prisa.
Harry era la única compañía de Hans, quien contaba con nada menos que ochenta y un años de edad, tenía gota y no podía hacer prácticamente nada por iniciativa propia. No sabía siquiera por qué seguía aferrándose a la vida. Bueno, sí lo sabía, era un lector empedernido y un curioso innato. Su biblioteca contaba con más de diez mil volúmenes, una colección personal al alcance de muy pocos. Pasaba los días enteros leyendo, y cada cierto tiempo llegaban más libros. Cuando no estaba leyendo ni quejándose de su viejo y cansado cuerpo, se encontraba en el balcón de la biblioteca, a veces disfrutando de la brisa marina, y otras espiando el cielo y el horizonte con su telescopio, un artilugio que servía para ver a grandes distancias. Su antiguo catalejo había quedado abandonado en el desván.
Esa mañana estaba disfrutando de la brisa marina, sus manos huesudas y apergaminadas se apoyaban sobre la balaustrada. Sus agotados ojos pronto perdieron de vista a su nieto y, movido por la curiosidad, recurrió a su telescopio para seguirle la pista. Tardó en minuto en encontrarlo, y cuando lo halló vio que el muchacho no corría, sino que volaba.
«¡Vaya! Mi nieto con prisa. Quién lo diría», se sorprendió Hans. Pocas veces había visto a Harry con prisa. No tardó en descubrir el motivo de su prisa, y una sonrisa desdentada le recorrió la boca. «Quizá pronto no estemos tan solos en esta vasta casa». Su nieto se encontró con una chica, a la que abrazó y dio un casto beso en la boca. Reconoció a la muchacha como la hija de los Tod. Hacía dos años que Hans no bajaba al pueblo, pero no desconocía a la mayoría de la gente, y a menudo recibía visitas de los hijos de sus viejos amigos y sus familias; Hans era el último de los fundadores del pueblo. «Si no recuerdo mal es una buena chica —pensó—, y los Tod me son muy queridos. Ojalá aún esté aquí cuando sus risas alegren este sitio. Oír el llanto de un bebé creo que es pedir demasiado. Aunque quién sabe…»
En algún momento debió quedarse dormido. Lo despertó el chillido de una gaviota, que aventurera como ninguna, revoloteaba por encima de la casa. Hans trató de despabilarse frotándose los ojos. Últimamente eso de quedarse dormido le pasaba a menudo. «Lo próximo será que me cague encima», pensó con rencor. El restregar de ojos no lo despabiló, lo que lo hizo fue la silueta de un barco acercándose al pueblo.
«¡Es monstruoso!»
Era monstruoso no solo por su tamaño, sino también por su forma y color. Hans se puso a espiarlo por el telescopio más rápido de lo que se habría creído capaz. El barco era enorme, de madera negra y lustrosa, a popa tenía una cola que terminaba en púa y en la proa la figura de una sirena; una sirena monstruosa en todo caso, con dientes como sierra, garras y cola con aguijón. En los costados del barco, dos alas escamosas, pegadas al mascarón como un pollo con frío. Sólo que esa cosa parecía todo menos un pollo con frío. Aunque más bien parecía un ave rapaz sobre su presa. Al menos un centenar de remos, repartidos en tres hileras por costado, bogaban como ciempiés. Los tripulantes de la embarcación vestían de cuero y pieles, en tonos grises y negros, y ni uno solo tenía el cabello corto ni el rostro lampiño.
Hans, muy a su pesar, sufrió un escalofrío.
Allí sólo llegaba un barco por mes, a veces cada dos meses. El último barco había estado frente al pueblo hacía sólo tres días. De modo que Hans tuvo la certeza de que en las bodegas de aquella nave no iba el paquete de libros que tan encarecidamente había pedido tres días atrás. ¿Entonces qué hacía esa nave de aspecto ominoso allí, en el confín del mundo?
El barco echó ancla a unos trescientos metros de la orilla, los remos se escondieron al unísono y dos grupos de hombres empezaron a bajar dos botes, grandes y también de madera negra lustrosa. Seis hombres descendieron en cada bote y en uno de ellos, en el centro, iba una estatua. Hans supo que era una estatua sólo por su inmovilidad, por lo demás parecía una criatura de carne y hueso. Una criatura muy extraña, por cierto. La estatua representaba a una mujer mitad humana y mitad pez. Su color era verde musgo y Hans no tardó en asociarla a la imagen de la proa del barco. Quizá representaba al mismo ser, sino, un pariente no muy lejano. Tenía el cabello azul cielo, cintura fina y pechos escamosos. De cintura para abajo tenía una sola extremidad, cilíndrica y escamosa, aunque no se le veía en qué terminaba, por estar embutida en una especie de cubo, también parte de la estatua. Los brazos eran esbeltos y bien formados, rematados en dedos finos y gráciles. Su rostro era bellísimo, con motas esmeraldas salpicándole el rostro; quizá ella era la hermana linda y la de la proa la hermana fea. Con todo era una estatua que Hans no desearía tener en casa.
En el pueblo se armó un revuelo cuando los tipos barbudos desembarcaron con la estatua. La mitad del pueblo había dejado sus quehaceres para ir a ver qué ocurría. Hans también deseó estar allá abajo, por más rara que le pareciera la situación, pero para bien o para mal, estaba donde estaba.
La estatua fue llevada hasta el centro del pueblo, a una pequeña plaza. Los vecinos iban detrás, formando una extraña procesión y Hans pudo ver entre estos a su nieto, muy cerca de la hija de los Tod. La estatua fue depositada en el centro de la plaza, allí donde antes se había pensado hacer una fuente que nunca se hizo. Un tipo barbudo, grande, de pecho fuerte, indistinguible entre sus compatriotas, habló durante unos pocos minutos (era una lástima que el bendito telescopio sólo sirviera para ver y no para oír), la gente lo escuchó expectante, y después regresó por donde había llegado, dejando la estatua allí donde la habían colocado. Hans no entendía nada de lo que estaba ocurriendo allí. Los visitantes subieron a los botes y después al barco. Cuando estuvieron a bordo los remos salieron al agua de nuevo y el barco empezó a alejarse. Durante un instante Hans creyó oír el tronar de los tambores que marcaban el ritmo. Pero desde luego, todo era imaginación suya, ¿cierto?
La gente no sabía qué hacer. Un grupo fue a la playa y se quedó de pie observando el barco negro hasta que desapareció en lontananza, mientras que el resto permaneció en la plaza, murmurando, cuchicheando, rondando alrededor de la estatua, e incluso tocándola con tiento. Tuvo que pasar más de una hora para que la gente perdiera el interés y volviera a sus actividades de rutina.
El sol pronto brilló con demasiada fuerza, obligando a Hans a mover su silla de ruedas hacia el interior de la biblioteca. Sus raquíticas manos sufrieron un mundo para hacer girar las ruedas. Años atrás, Hans había hecho girar esas mismas ruedas con mucha facilidad, y se desplazaba a gran velocidad como un niño feliz. Pero eso había sido algunos años antes. Ahora era un viejo, y más viejo se pondría.
Cogió un libro que había sobre el escritorio y continuó por donde lo había dejado. Hans era muy bueno desechando pensamientos que no venían al caso y concentrándose en lo que estaba haciendo. Esa vez sin embargo su mente insistía en regresar al barco de mascarón negro y a la extraña estatua que habían dejado en la plaza.

Harry regresó al medio día. Llegó a ver cómo estaba Hans y si se lo ofrecía algo, después se metió a la cocina y regresó al cabo de un rato con una humeante sopa de moluscos. A Hans se le hizo agua la saliva.
—Podrías poner una posada —dijo entre cucharada y cucharada. Harry comía frente a él, pero apenas hizo caso a su comentario—. Eres un excelente cocinero. Seguro la posada se llenaría todas las horas de comida.
—Eres muy amable, abuelo.
—Y tú estás muy pensativo —Harry lo miró de reojo y siguió comiendo—. Te vi con la hija de los Tod —dijo Hans al cabo de un rato—. Marisolita, si no recuerdo mal. Es una niña preciosa.
Harry se sonrojó.
—No creí que me espiaras.
—Soy un anciano que no tiene nada que hacer.
—Entonces supongo que viste el barco.
—Lo vi.
—¿Y no preguntarás al respecto?
—Tengo curiosidad, lo admito. Pero vi a los vecinos, mmm, desconcertados, no me pareció que supieran más de lo que yo pude apreciar. Aunque, pensándolo bien… Sí, las palabras que dijo uno de esos tipos, si eso no aclara el misterio nada lo hará.
—No hay misterio que aclarar, abuelo, y el tipo ese no dijo nada claro. Su hablar era tosco, con muchas “eres” y “eses”, se le entendió menos de la mitad, y esa mitad no aclaró nada.
—Pero algo debió decir.
—Desde luego. Pero como ya te dije, se le entendió muy poco.
—¿Se le entendió muy poco o tú tenías la mente en otra parte?
Harry rebulló inquieto.
—Dijo algo acerca de que era un regalo de su rey —dijo por fin Harry—. Que debía permanecer allí donde la colocaron, como muestra de nuestra simpatía hacia su rey.
—¿Su rey? ¿No el nuestro? —Pregunto Hans.
Harry se encogió de hombros.
—No tenían aspecto de ser de ningún lugar cercano, así que imagino que se trata de otro rey.
—¿Qué más dijeron?
Harry volvió a encogerse de hombros.
—Nada más, o al menos nada que se les entendiera. Por eso la confusión de la gente. No saben qué hacer: si dejar la estatua allí o esconderla o destruirla. Imaginad que esa estatua sea símbolo de vasallaje a otro reino, ¿qué medidas podría tomar su majestad? 
—Entiendo.
Pero la verdad es que Hans no entendía nada. De todas maneras, se dio cuenta que su nieto no sabía nada más. Sin duda Harry no había puesto la atención debida por estar embelesado viendo a su joven novia. Ya lo visitaría alguien del pueblo y le explicaría todo con claridad. Por lo demás, estaba de sobra preocuparse.

Mediaba la tarde. Hans seguía leyendo en su biblioteca cuando Harry entró a la habitación a la carrera.
—Abuelo —dijo, jadeante—. Algo está ocurriendo en el pueblo.
—Así que tenemos un día fuera de lo común —contestó Hans. Pero vio temor en los ojos de su nieto y lamentó haber dicho algo—. Llévame al balcón.
—Estaba en la azotea —explicó el chico mientras lo empujaba—. De pronto vi que el agua de la playa tremolaba, como si algo se moviera bajo ella. De suerte había llevado tu viejo catalejo conmigo. Lo que vi… lo que vi… no lo vas creer, tendrás que verlo por ti mismo.
La voz de su nieto era de terror y alarma. Hans se encontró de pronto con la boca seca, contagiado del miedo de su nieto. Su lengua vieja y agrietada salió a humedecerle los labios. La sequedad cedió un poco, no así el miedo.
Harry lo llevó frente al telescopio, y Hans, reprimiendo los temblores que azotaban sus manos, lo tomó y empezó a espiar el poblado allá abajo. Su primera impresión no le aclaró nada. El agua ondulaba, y por doquier se veían grupitos de burbujas, como cuando te sumerges y dejas salir aire por la boca. ¿Qué podría ser?
—¿Los ves? —Preguntó Harry, ansioso.
—¿Qué se supone que tengo que ver? —Replicó el anciano—. Sólo veo ondas y burbujas.
—La orilla, abuelo, la orilla.
Hans movió una poca el telescopio. Se quedó inmóvil de asombro. En la playa cubierta de chinas, un centenar de criaturas horribles avanzaba al pueblo. Eran seres color verde musgo, con algas colgando de algunas partes de sus cuerpos. Sus cuerpos eran casi humanos, excepto por la piel escamosa en algunas partes y rugosa en otras. Tenían la boca ancha y carente de labios, de modo que sus dientes como sierra eran visibles; carecían de nariz y orejas propiamente dichas, aunque Hans distinguió agujeritos allí donde debían estar; los ojos eran como pelotas de golf, grandes y saltones. Los dedos de manos y pies rematados en garras estaban unidos por membranas traslucidas. Y en las manos llevaban espadas serradas, lanzas, redes y tridentes.
—¡Dios Santo! —Murmuró Hans— ¿Qué son esas cosas? ¿Y qué pretenden?
Su nieto estaba al lado de él, de pie, tembloroso y los puños apretados. No dijo nada.
Hans siguió espiando a las horribles criaturas. Pronto descubrió que pretendían. Un niño, que no tendría más allá de cinco años, incauto, no se apartó del camino de las criaturas, una de estas le lanzó la red y dos más lo atravesaron con sus lanzas. Hans se apartó del telescopio, espantado. Menos mal que el telescopio sólo permitía ver, sino el chillido del niño y, de la madre que corría hacia él, le habrían taladrado los oídos. Aquel acto desató un pandemónium allá abajo. Y el pueblo se convirtió en un escenario de muerte, caos y dolor.
—¿Los están matando, cierto? —Preguntó Harry. El chico sin duda no veía con claridad lo que ocurría allá abajo, pero debía ver las sombras de los vecinos correr y las sombras de aquellas cosas perseguirlos.
Hans asintió, contrito.
—Ni se te ocurra moverte de aquí. No podrías salvarla. Sólo te condenarías.
Harry tardó un rato en contestar.
—No pensaba hacerlo de todas formas —replicó.
Hans continuó observando lo que ocurría en el pueblo. Descubrió con pesar que las criaturas ahora eran varios cientos y habían invadido todo el lugar. La gente huía, sin saber a dónde ir, por lo que lo más común era que dieran de bruces con los monstruos, pereciendo en el acto, atravesados por lanzas, cortados por espadas, o picados con tridentes. La escena era de un horror inenarrable. Las criaturas seguían adentrándose en el poblado, cada vez más cerca de la casa de Hans. Extrañamente no sintió miedo.
—Ve a ensillar un caballo —dijo a su nieto, sin quitar ojo de lo que ocurría allá abajo. Debería estar asustado, el trabajo de una vida se venía al traste por criaturas que se suponía no debían existir, pero se sentía extrañamente calmo. Encontraba una fascinación morbosa en todo aquello.
—¿Un caballo? —Preguntó Harry, sorprendido.
—Esas cosas se están acercando. Tienes que escapar. Tu madre me sacaría del infierno sólo para que le entregue cuentas de ti. Anda, date prisa.
El chico dudó, pero al final asintió y dejó a Hans solo.
Por un momento Hans quiso elucubrar acerca de lo que estaba ocurriendo allá abajo, pero decidió que no había tiempo para ello. Si por alguna razón lograba sobrevivir aquél día, ya tendría tiempo de pensar en lo ocurrido. Sin embargo, tampoco le apetecía seguir viendo la masacre, de modo que se quedó junto al telescopio, mirando al horizonte, esperando que su nieto fuera a despedirse.
Con el rabillo del ojo captó un leve resplandor verde en el centro del pueblo. Aquello picó su curiosidad, y dirigió el telescopio hacia allí. La luminiscencia provenía de la estatua mitad pez, mitad mujer… Solo que ya no era una estatua, ¿o sí? Tenía las manos alzadas y parecía mover la boca como hablando (dando órdenes, imaginó Hans), y su cuerpo refulgía como piedra preciosa. Y su rostro, por la mañana hermoso, era una réplica del horrendo que adornaba la proa del barco que la había llevado. La cosa esa, que Hans no sabía qué era, siguió hablando, a grandes gritos a juzgar por sus aspavientos, y los monstruos marinos empezaron a acercarse a ella. A su alrededor todo era muerte y dolor.
Harry llegó en esos momentos.
—Tengo los caballos listos, abuelo, y el carruaje para que puedas venir conmigo.
—Temo que no será necesario un carruaje. Los monstruos se retiran.
Y así era. Muertos los habitantes del pueblo, los seres aquellos se habían reunido en torno a la estatua parlante, habían escuchado escasamente un minuto y luego empezaron a regresar al mar. La estatua volvió a quedarse inmóvil y permaneció donde estaba. De alguna manera Hans sospechaba que los monstros habían llegado al pueblo debido a la estatua.
—Ensilla un caballo y lleva otro de refresco y cabalga a la ciudad, no te detengas por nada e informa de lo ocurrido.
—No me creerán.
—No lo sabes. Y si no lo hacen, convéncelos de alguna manera que vengan a ver.
—¿Y qué ocurrirá contigo?
—No puedo moverme por toda la casa, pero si me traes pan y queso sobreviviré.
Harry asintió. Era un chico decidido. Hans estaba orgulloso de él.

Vio a su joven nieto, montado en un castaño, bajar por la senda y antes de llegar al pueblo doblar a occidente. Hans le deseó buen viaje mentalmente.
Con el crepúsculo volvió el barco de mascarón negro. Descendieron en los mismos dos botes, llegaron a la plaza y se llevaron la estatua con ellos. Hans sintió miedo, y también curiosidad. Algo le decía que el horror apenas estaba empezando.
Con esfuerzo volvió al interior de la biblioteca. Cogió papel, tinta y una pluma, y con sus huesudas manos empezó a escribir lo que había visto: El ataque de los habitantes del mar empezó con la llegada de un barco negro…

8 comentarios:

  1. Muy bueno compa, aunque tú bblog no se caracteriza x tener muchas historias con más de 1 capítulo creo está da para un poco mas. Me gustó y mucho aunque me dejó con muchas dudas, quienes eran los tripulantes del barco? Xk mataron a casi todos? Un saludo

    Osiel

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    1. Buena preguntas, Osiel, lamentablemente para contestarlas necesitaría muchas semanas y muchas entradas. Revisando la historia he concluido, como tú dices, que da más, mucho más en realidad, pero escribir continuaciones es más complicado que escribir relatos nuevos, y estos días no estoy para complicarme, así que, quizá tus preguntas sean cuestiones sin respuesta. De todas formas gracias por comentar. Saludos!

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  2. Se salvaron el viejo Hans y Harry de una muerte segura. Aunque la actitud del chico con respecto a la muerte de su novia es muy rara. Es bueno saber que cosas tan simples como un telescopio, puedan salvarnos la vida a veces, porque si Harry no hubiese llevado eso no habría visto a las criaturas, hubiese perecido y Hans no se enteraría de la masacre. ¿Tendrá continuación?. Bueno esa será tu decisión. Interesante historia. Espero la próxima historia. Saludos desde Venezuela.

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    1. Si esas criaturas deseaban permanecer en el anonimato, para su mala suerte dejaron testigos. En cuanto a la actitud del chico, me parece que ambos personajes eran un poco solitarios e introvertidos, y sobre todo inteligentes, tanto abuelo como nieto sabían que era en vano bajar e intentar ayudar, a menos que el Harry hubiera querido una muerte heroica, intentado salvar a su amada, pero eso sólo pasa en las películas, no en la vida real... Jajaja. Y como ya mencioné antes, no hay continuación. Un abrazo!

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  3. Creo tiene continuación. .no me dejes en aquas. ..me gusto mucho. .saludos

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    1. Lo siento Sharoll, pero no hay continuación. Pero no te preocupes, el miércoles vuelvo con otro cuento. Un abrazo.

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  4. ¡excelente relato! Me ha gustado mucho. Y, como siempre, muy bien escrito. Y con ciertas reminiscencias lovecraftianas, lo que me encanta, porque H.P. Lovecraft es uno de mis ídolos.
    Un abrazo

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    1. Jaja. No andas desencaminada Esther. Mientras escribía esta historia no dejaba de pensar en uno de los cuentos de Lovecraft, aunque no recuerdo el título. Quiera uno o no, de una u otra manera se ve influenciado por el trabajo de aquellos a quienes se admira. Que bien que hemos leído a un grande como el Señor Lovecraft. Abrazos.

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