Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

12 de agosto de 2015

El amigo perdido

Algo húmedo le tocaba la mejilla. Enrique sintió la misma humedad bajo las manos y los pies. Poco a poco fue abriendo los ojos, recuperando la conciencia, regresando de un estado de ensueño caótico. No recordaba nada del sueño. Durante un instante intentó recordar algo, pero eso fue antes de que se concentrara en la realidad. Se despabiló de pronto, confuso y aterrado «¿Dónde estoy?» Estaba tendido en una capa húmeda de musgo y hojas muertas, le palpitaba la sien y sentía los músculos gruesos y cansados. A su alrededor, los árboles eran gigantes huesudos que se alzaban amenazadores en la oscuridad de la noche.
«Ahora lo recuerdo».
Andaba de cacería con tres amigos. Habían visto un alce y siguieron sus huellas hasta el interior de aquel bosque húmedo y ominoso. Más tarde, cuando las huellas los hubieron guiado más de dos kilómetros bosque adentro, y se preparaban para regresar, lo vieron. Se habían sonreído en la oscuridad y se separaron para rodear la presa, procurando cortarle cualquier escape. Después soltaron los perros, que se lanzaron como bestias ávidas de sangre en persecución del alce. El animal se echó a correr, e iba hacia donde se encontraba él. Enrique apuntó con la escopeta y disparó. Estaba seguro de haber acertado, pero el alce siguió corriendo, sin muestras de haber sido herido. Él se había echado a correr tras la presa. Sus amigos se burlarían de Enrique durante un mes por dejarlo escapar, y eso él no lo podía permitir.
Había corrido largo trecho, guiándose por los ladridos de los perros que iban delante, tras las ancas de la presa. Recordaba haber tropezado más de una vez, pero estaba imbuido en un estado de excitación extrema que, apenas caía volvía a ponerse de pie. En un momento dado los ladridos frenéticos de los perros se convirtieron en aullidos y chillidos de dolor, y la excitación de Enrique se convirtió en desazón y temor.
El llanto lastimero de los perros lo guio a un pequeño claro dominado por un amate cuya copa semejante a una sombría habría servido para cobijar a cientos de personas, pero no fue el amate lo que lo que había aterrado, por más que la superstición lo tachara de árbol de mal agüero (aunque tras ver aquella escena pensó que la superstición no andaba del todo desencaminada), no, lo que lo aterró fue ver al alce, a la luz de la luna llena, tirado con las vísceras de fuera. Dos perros más yacían no muy lejos de él, y una fiera enorme correteaba a los otros, que, aunque heridos y llorando, aún trataban de plantar cara.
Enrique casi se atraganta de horror: ¡era un lobo!, o al menos lo parecía, porque su tamaño era el de un buey. 
El miedo sacudía el pecho de Enrique, y su corazón revoloteaba como un colibrí alrededor de una flor, pero recordó con orgullo que aún tuvo el coraje suficiente para apuntar con la escopeta y disparar. Ese había sido su error. El temblor de las manos lo había hecho errar el tiro, y la bestia se había fijado en él, con ojos amarillos y naranja. Y Enrique se había echado a correr.
Había corrido. Y ahora estaba allí. No recordaba nada más. Además del dolor en las sienes y cansancio no sentía nada más. Debía haber corrido muy rápido, porque todo indicaba que había escapado del monstruoso lobo. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al recordar la imponente mole de la criatura. Sin embargo ¿Cómo había acabado allí? ¿El esfuerzo de la huida lo había hecho desmayarse? No estaba seguro. Lo importante es que estaba con vida, e ileso según parecía.
Empezó a ponerse de pie, tambaleante. Estaba muy débil, de eso no cabía duda. Cerró los ojos y apretó los dientes mientras se ayudaba del tronco de un árbol para levantarse. Lo consiguió tras un minuto de esfuerzo. «Al parecer no escapé del todo ileso», pensó con amargura. Tardó un minuto más en recuperar el resuello y a continuación empezó a pensar por dónde ir. Porque tenía que salir de allí. La estampa del monstruoso lobo no se alejaba de su mente, y sabía que hasta que no saliera de aquél bosque no estaría del todo a salvo.
«Mi escopeta —recordó de pronto—. Debo hallar mi escopeta. Y mi lámpara… sí, mi lámpara también».
Notaba la mente embotada, y le costaba pensar con claridad. «A lo mejor me golpeé mientras huía —pensó—. Sí, eso debió ser. Caí, me golpeé la cabeza y perdí el conocimiento».
Empezó a escudriñar alrededor en búsqueda de la escopeta y la lámpara. Una suave brisa mecía los árboles, haciendo que parecieran monstruos preparándose para abalanzarse sobre él. Nunca se puede tener más miedo que cuando tu mente también juega en tu contra. Y eso Enrique lo sabía muy bien. Pero Enrique se encontraba solo en aquél sitio, rodeado de árboles ominosos, el suelo estaba tapizado de hojas húmedas y mohosas con hedor a podredumbre y una gruesa nube cubría la luna; haciendo imposible que la mente dejara de asociar casi todo a ideas aciagas. Enrique comprendió que tenía que salir de allí o terminaría sucumbiendo al miedo.
«¡Mis amigos!» ¿Qué habría sido de ellos? ¿Estarían buscándolo o se habrían marchado, o peor aún, habrían sucumbido ante aquella bestia que lo había hecho correr aterrado? No tenía idea de qué había sido de ellos. Pero quizá debería buscarlos. Sí, eso debía hacer. Echó un último vistazo a su alrededor, procurando no fijarse en las sombras amenazadoras que lo rodeaban, y al no hallar rastro ni de su lámpara ni de la escopeta, echó a caminar.
Pero su andar era torpe, y tropezó tres pasos después, trastrabilló y mantuvo el equilibrio a duras penas. Sentía su cuerpo aletargado, como pesado, como demasiado grande para él. Sacudió la cabeza, molesto, pero sólo consiguió que las sienes le palpitaran más. Hizo acopios de sí mismo y continuó caminado, dando pasos lentos pero seguros. Estaba oscuro, pero aún se colaba algo de luz a través de la gruesa nube que cubría la luna, y eso permitía que Enrique mirara su camino sin ningún problema. Momentos después su cuerpo respondía mejor y él podía avanzar con mayor soltura.
Más tarde incluso habría podido correr de haberlo querido. Su cuerpo respondía a su mente a la velocidad de la luz. Empezó a sentirse ágil, fuerte y autosuficiente. Sus sentidos parecieron aguzarse. De pronto la noche parecía tan clara como el día, y donde antes sólo había silencio, empezó a captar ruidos propios de aquélla quietud: el susurrar del viento, el ligero clic de una hoja al desprenderse de un árbol, las débiles pisadas de algún roedor escondido en un arbusto… También olía, olía las hojas húmedas, el cieno en algún punto hacia su derecha, la muda de una serpiente… Después de aquella especie de aletargamiento volvía a la vida con renovado vigor.
Enrique sabía lo que todo eso significaba: que había escapado al monstruoso lobo y que estaba sano y salvo. Reprimió una carcajada y se limitó a sonreír; cualquier ruido podría alertar de nuevo a la fiera. Quisiera Dios que sus amigos no la hubiesen alertado ya.
Caminó otro rato, y de pronto escuchó ruidos, se quedó inmóvil, cauto y temeroso: ¡Eran voces! Casi salta de alegría.
—¡Muchachos! —Gritó.
Justo cuando gritaba, algo grande y feroz rugió muy cerca de él. «El lobo —pensó, aterrado—. Me encontró». Ni lerdo ni perezoso se echó a correr.
Es difícil creer que te puedes divertir mientras huyes de una fiera monstruosa, de la que si te dejas atrapar puedes darte por muerto, pero Enrique, aunque con miedo, también sintió una chispa de alegría en su interior. Una chispa que pronto se convirtió en una llamita. A Enrique no le divertía que corría por su vida, lo que le divertía era el acto mismo de correr. Jamás imaginó que pudiera correr tan rápido. Por primera vez comprendió el significado de “rápido como el viento”, así era como se sentía él. ¿Por qué de pronto aquel cambio? Bueno, no importaba. Un minuto más tarde se estaba riendo. Los árboles pasaban a su lado como un manchón borroso. Mientras reía oía el gruñir del monstruo tras él, pero Enrique tenía la certeza de que jamás lo alcanzaría.
—¡Muchachos! —Gritó otra vez.
El rugido de la fiera tras sus pasos le respondió.
Enrique volvió a carcajearse.
A continuación, escuchó a los perros, que ladraban lastimeramente.
—El monstruo —escuchó que decía uno de sus amigos—. Viene hacia acá. Estad listos para disparar.
—¡Viene tras de mí! —Gritó Enrique. De pronto estaba preocupado por la seguridad de sus amigos. No debería haber guiado a la fiera hacia ellos. Ahora estaba ya muy cerca. Lo mejor era continuar y confiar en que acertaran al lobo—. Apuntadle y disparad.
Y de pronto los vio. Los tres estaban de pie bajo la copa del enorme amate, estaban nerviosos y apuntaban con sus escopetas en la dirección por la que él llegaba. Alrededor yacían el alce con las tripas de fuera y varios de los perros en igual o peor estado. Sólo dos daban vueltas junto a ellos, con la cola entre en las piernas y ladrando y gimiendo lastimeramente. Arriba, la gruesa nube que cubría la luna se había desplazado bastante y la luna llena mostraba la mitad de su faz; pronto quedaría totalmente descubierta.
«Mejor —pensó—. Así podrán distinguirme a mí de la fiera que me persigue. Igual no puedo arriesgarme a que me disparen por error. En cuanto salga al claro me tiraré al suelo y rodaré a un lado».
—¡Aquí! —Gritó cuando estuvo cerca.
La fiera rugió tras él.
Enrique salió al claro, se tiró al suelo y rodó. Tres estallidos poblaron la noche y Enrique sintió las postas silbar sobre su cabeza. Dio una, dos, tres… hasta cinco vueltas antes de detenerse. Pensó que el monstruo irrumpiría en el claro a toda velocidad, pero se equivocó. Además del ruido de los disparos que aún flotaban en el aire, tras él todo estaba silencioso. ¿Qué había sido del monstruo?
Se puso de pie de un salto. Los perros gimieron aún más y se escondieron tras sus amos. Sus amigos retrocedieron un paso, de pronto aterrados, pero volvieron apuntar. ¡Le apuntaban a él!
—Chicos, ¿qué hacéis? —Preguntó, incrédulo.
Cerca, muy muy cerca, el monstruo volvió a gruñir. No tuvo tiempo de buscar su ubicación, porque las escopetas volvieron a tronar y Enrique saltó como el mejor de los atletas a un lado. Los balines silbaron a un costado. Alguno debió alcanzarlo porque sintió un leve escozor en el brazo. Sus amigos empezaron a cargar de nuevo.
Enrique se vio el brazo, allí donde lo había alcanzado una posta: la sangre le manaba en un fino hilillo. Y de pronto todo cobró sentido, un sentido aterrador e irreal. Enrique se echó a correr. Escuchó disparos tras él, aunque ninguno lo alcanzó.
Su fino olfato pronto olió el cieno, y donde había cieno había agua. Enrique corrió como el rayo, veloz, esquivando los árboles más grandes y llevándose los más pequeños. Las zarzas y las enredaderas no las esquivaba. Sentía arañazos y golpes, pero eso no importaba. Si en esos momentos hubiera aparecido el enorme lobo frente a él, también lo habría embestido y pasado por encima.
Tras un rato de loca carrera sus pies empezaron a pisar humedad, después fango y agua encharcada. Adelante había una laguna, de la que se desprendía aquel territorio pantanoso. Enrique corrió hacia allá, sin importarle lo que pudiera acechar bajo el agua y entre el lodo. Se detuvo en la orilla. Arriba, la luna brillaba redonda y majestuosa. En el agua, una criatura mitad hombre mitad lobo le devolvía la mirada.
Así que eso era. Por eso la agudeza de sus sentidos. Por eso la torpeza inicial. Por eso la fuerza de sus piernas. Por eso no estaba muerto. Por eso cuando decía algo, el gruñido de una fiera le respondía; pero nadie le respondía, era su voz, la voz de lobo…  
Desahuciado se puso a gritar. Una. Otra. Y otra vez.

Sus rugidos fueron tan fuertes que llegaron, aunque fuera tenues al amate, donde tres hombres gritaban el nombre de su amigo perdido.
—Escuchen —dijo uno de ellos—. Es el monstruo.
—El asesino de Enrique, diría yo —dijo otro.
Aunque les dolía, no pudieron negarlo. Habían buscado a Enrique durante toda la noche. No había rastros de él. Sólo sabían que algo lo había atacado. El monstruo que irrumpió en el claro sin lugar a dudas. El hombre lobo.
—Vamos a cazarlo —dijo el tercero. Los demás asintieron—. Mató a nuestro amigo. Debemos vengarnos. Hombre lobo o no, puede morir. Y nosotros lo vamos a matar.
Todos estuvieron de acuerdo. Asustados y todo, se internaron en el bosque, en pos de aquel tenue aullido que llegaba hasta ellos como una lejana melodía de terror. 

2 comentarios:

  1. Es raro, pobre Enrique, ahora será perseguido por sus amigos, que ironía. Eso les enseñará a no cazar animales indefensos. Pero aún quedan muchas dudas. ¿Que ocurrió con el verdadero lobo?. ¿Por que Enrique quedó inconsciente?. Espero próxima historia. Saludos desde Venezuela.

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  2. Ese es uno de los grandes problemas del cuento Ongie, que al ser mucho más corto que una novela, siempre quedarán preguntas sin resolver. Se me ocurre que el lobo convirtió a Enrique, no sé cómo ni por qué, y debido a esta transformación, Enrique perdió el conocimiento y no recuerda nada de los últimos minutos. Pero qué sabré yo, que solo soy el narrador, no es que hubiese estado en ese bosque en persona... jaja. Saludos. Espero os haya gustado.

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