Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

1 de julio de 2015

Un cuento más

—¡Salud! —Dijo Juan, el anfitrión de la noche.
Los tres amigos entrechocaron las botellas de cerveza y dieron un largo trago. Se encontraban en el porche de la casa de Juan, alrededor de una pequeña mesa, repantigados en sillas de respaldo y reposabrazos acolchados. Las cartas del naipe estaban tiradas en la mesa y en el suelo pulido, cuando Carlos las tiró enfadado al no tocar una sola mano.
Se terminaron la cerveza sin decir palabra, en silencio, un silencio incómodo. Juan se ofreció ir al refrigerador a traer más y dejó a sus dos amigos en el porche. Cuando regresó, cervezas en mano, la luz argéntea de las bombillas daba un aspecto fantasmagórico al lugar y sus dos amigos le parecieron espectros venidos del más allá. Reprimió un escalofrío, no así la idea que vino a su mente.
—¡Ya sé qué podemos hacer! —Dijo, repartiendo las cervezas— Podemos contarnos un par de cuentos. Imagino que ambos sabrán más de alguno.
—¿Cuentos? —Se sorprendió Julián— ¿Cuentos de miedo?
—No había pensado en qué tipo de cuentos, pero ¿por qué no?
—No crees que ya estamos bastante creciditos para esas cosas —dijo Carlos.
—Pues a mí me parece una idea excelente —dijo una cuarta voz y Juan alzó la cabeza, sorprendido y alerta. Una sombra se recortaba contra la luz del porche y avanzó hasta entrar en el radio de luz. Era un hombre alto, flaco y desgarbado, de presencia imponerte.
—Por cierto, se nos olvidó decirte que trajeras una cuarta cerveza —comentó con desenfado Carlos—. Él es nuestro nuevo amigo Marsh. Lo conocimos hace dos minutos mientras te masturbabas en el baño imaginando que te follabas a la esposa de Julián.
—¡Ey, ey! —Exclamó Julián—. No te metas con mi esposa. Además ¿quién se masturbaría imaginando que se folla una vaca?
La carcajada fue general. Incluso se les unió Marsh, aunque probablemente éste no sabía lo gorda y aburrida que era la mujer de Julián.
—Vale, solo fui a orinar —dijo Juan. Y no habiendo más que hacer, le tendió la mano a Marsh y le dio la bienvenida a su casa.
—Es usted muy amable —le dijo Marsh—. ¿Y qué decía usted sobre contar unos cuentos?
—Pensaba que por una noche podríamos volver a ser niños, y replicar con un par de buenas historias una de esas noches que antaño tanto nos deleitaban.
—Y yo estaré encantado de escuchar, y de contar cuando sea mi turno.
No se dijo más. Juan fue a por otra cerveza y tomaron asiento alrededor de la mesa.
—Como yo fui el de la idea me parece justo que empiece —dijo Juan.
—Adelante —consintió el resto.
—Bien —dio un largo trago de la botella y se preparó para la historia—. Sucedió hace muchos años —comenzó—. Era el primo de una tía. Nicolás creo que se llamaba. Era alguien muy ambicioso, y también alguien muy pobre. Pero por allí escuchó que existía un método, un hechizo para convertir las hojas de los árboles en dinero. El hechizo era muy sencillo, comerse las entrañas de alguien que lleve enterrado tres días. Repugnante, pero sencillo, y Nicolás creyó que lo podía hacer con facilidad.
»Así que esperó que muriera alguien en la aldea. Pero era una aldea muy pequeña, y en las aldeas pequeñas no muere gente tan a menudo como en sitios más poblados. De modo que en quince días únicamente había muerto tía Berta. Pero era su familia, no podía comerse a su familia. Además, tía Berta tenía ochenta años, estaba gorda y arrugada y Nicolás sintió arcadas con sólo imaginar que le daba un mordisco. Si ni siquiera se dignó darle un beso mientras estaba con vida, menos iba a darle un mordisco estando muerta.
»De modo que siguió esperando. Pasaron quince días, luego un mes, y nadie parecía querer dejar aquélla aldeíta, por muy miserable que pudiera ser la vida allí. Y Nicolás terminó resolviendo que, si no se ayudaba él mismo, el mundo no lo iba hacer.
»Había un hombre, se llama Efraín, y entre muchas cosas, tenía más dinero que Nicolás y también a la muchacha que Nicolás quería. Y para un hombre rencoroso y ambicioso, esos son motivos suficientes para matar.
»Así que afiló muy bien un viejo cuchillo que poseía y esperó a Efraín en el camino a su casa. Después de una larga espera, agazapado al amparo de la oscuridad, vio perfilarse una silueta: era Efraín, que tras una noche de borrachera regresaba a casa. No fue ningún problema clavarle el cuchillo varias veces hasta que muriera, y aun otras más por si acaso.
»Los siguientes días Nicolás los pasó inquieto y nervioso. Incluso fue al velorio del difunto y en plena vela, se atrevió a fantasear con conquistar a la llorosa novia con los fajos de dinero que iba llegar a tener. Y llegó el tercer día después del entierro. Y Nicolás, aunque lleno de pavor, cogió pica y pala y se encaminó al cementerio.
»La luna alumbraba tenuemente, lo que jugaba a favor de Nicolás. Tenía mucho miedo, pero el sueño de convertir hojas en dinero pudo más y se puso a cavar. Cuando abrió el ataúd, el cadáver de Efraín era un amasijo putrefacto infestado de gusanos. Tuvo arcadas en ese instante, pero continuó, porque la ambición siempre puede más.
»Y comió, casi vomitando, pero comió. Sumergió sus sucias manos en la carne maloliente y extrajo puñados deshechos de vísceras, una y otra vez, hasta hartarse. No sintió ningún cambio en él, excepto que su estómago pugnaba por mantener todo dentro. Pero había un árbol de marañón allí en el cementerio y Nicolás fue hasta él, para probar sus nuevos poderes.
»¿Y qué creen que ocurrió cuando tocó una hoja?
—Pues nada —dijo Carlos. Era la primera vez que alguien hablaba desde que Juan había empezado con la narración.
—No —dijo Juan—. Ocurrió que la hoja se convirtió en un amasijo de carne putrefacta infestada de gusanos. Aquello fue más de lo que su estómago estaba dispuesto a soportar y Nicolás empezó a vomitar. Pero no vomitó sólo las vísceras de Efraín que se había tragado, sino también las suyas propias.
»Vecinos lo hallaron muerto al siguiente día. Una tripa aún salía de su boca. Y un poco más allá, el ataúd de Efraín estaba abierto, con un gran agujero en donde debió haber estado el estómago.
Tras una pausa corta se entendió que la historia terminaba allí.
—Me parece que puede ser una historia real —dijo Marsh.
—Lo fue —aseveró Juan. A continuación—: ¿Quién sigue?
—Imagino que puedo ser yo —dijo Julián. Después de ir a por más cervezas, se repantigaron de nuevo en las sillas y Julián empezó a narrar—. Mis abuelos también vivían en una aldea muy pequeña. Llevaban una vida apacible, una vida de campesinos, excepto por uno que otro roce con los vecinos, unos tipos amargados que eran odiados casi por todo el mundo. El punto es que toda esta tranquilidad se vio perturbada cuando algo empezó a visitarles por las noches.
»Cuenta mi abuela que por las noches se oían ruidos de diversos animales, y no afuera, sino que dentro de la misma casa. La primera vez fue algo que puso tan nerviosos a los gatos que no dejaron de maullar durante casi toda la noche, algo que se oía resoplar como un fuelle y mantuvo a mis abuelos cubiertos con sus cobijas hasta que amaneció.
»Otra vez fue un cerdo, más bien un jabalí, que roncaba bajo la cama, pero que cuando quisieron mirar, abajo no había nada. También en varias ocasiones, unas manos frías, más frías que la muerte, les acariciaron los pies hasta hacerlos despertar gritando de horror. Les golpeaban el techo, las paredes e incluso llegaron a moverles la cama.
»Tras varias semanas sufriendo aquél acoso, mis abuelos estaban dispuestos a marcharse, a dejar aquella casa maldita. Pero un amigo, al que le contaron lo que sucedía, les dijo que no lo hicieran, que quién fuera que los estuviera molestando era eso lo que precisamente buscaba. En su lugar les recomendó ir con un brujo de un pueblo cercano.
»El brujo les confirmó que alguien los estaba espantando. Les dio un líquido con el que debían regar los límites de la casa y un rifle con tiros curados, lo único que podía dañar a aquello que los andaba rondando.  
»De regreso en casa hicieron lo que el brujo mandó, y mientras mi abuela se iba a dormir como de costumbre, mi abuelo se mantuvo despierto, vigilante. A la media noche mi abuelo, que empezaba a quedarse dormido, se desemperezó sobresaltado al escuchar un ruido, y vio la sombra negra, del tamaño de un perro, acercarse a la cama en donde reposaba la abuela. Verán, hasta esa noche mis abuelos habían intentado ver a aquello que los iba a molestar, pero éste parecía esfumarse cuando ellos miraban. Pero no se esfumaba, sino que una guarda mágica lo mantenía fuera de la vista, pero aquél líquido regado en la casa servía para eso, para hacerlo visible. Y sin imaginar que ahora ya lo podían ver, continuó avanzando con parsimonia hacia la cama. Entonces mi abuelo apuntó y disparó. La sombra se sobresaltó, gimió y se convirtió en una sombra más pequeña que echó a correr. Mi abuelo disparó un par de veces más, pero sin acertar.
»La mañana siguiente descubrieron sangre allí donde mi abuelo había acertado a la sombra y se reprendió por no haberle dado en algún punto vital. Y cuál no sería su sorpresa cuando, montado en su caballo, al salir de casa para ir a su trabajo, vio a la mujer del vecino con una pierna vendada y usando muletas para caminar.
»Nunca se confirmó que hubiesen sido los vecinos los autores de aquélla villanía, pero qué más se puede deducir, partiendo de la pierna vendada, del cese de los sustos en la noche, y de su posterior mudanza a otro poblado. Bueno, lo cierto es que mis abuelos continuaron con su vida y tuvieron muchos hijos, entre ellos mi padre, cosa por las que les estaré eternamente agradecido.
»Eso es todo.
—Parece que sigo yo —dijo Carlos con un encogimiento de hombros—. Nunca he sido bueno contando historias, pero oyendo las de ustedes me ha venido una a la mente. No la recuerdo muy bien, pero contaré lo que recuerde.
—Adelante —invitó Juan.
—Esta historia me la contó un amigo —empezó Carlos—, y es más reciente que la de ustedes. Edgar, se llama, creo que ya les he hablado de él —Juan y Julián asintieron—. Hace no muchos años él se mudó a una casa; la primera casa que se podía permitir pagar gracias a sus ingresos. Era una bonita casa, bastante chapada a la antigua, a mi parecer.
»Conforme pasaban los días, Edgar empezó a escuchar ruidos durante la noche. No eran ruidos bruscos, de esos que te sacan brincos y te sobresaltan; sino de esos otros, furtivos y tenues, casi imperceptibles, que logran que uno se encoja de miedo y se cubra más con las sábanas. Algo así como el deslizar de un mueble pesado, pero con mucho cuidado, o como el andar sutil de un ladrón. De vez en cuando un leve tintineo, como una campanilla o el entrechocar de copas de cristal.
»Edgar sentía miedo en esas ocasiones. Pero él no creía en cosas sobrenaturales, por lo que atribuía aquéllos ruidos a alguna causa natural, aunque no hallaba una explicación que lo convenciera por completo. En todo caso empezó a prestar poca atención al asunto, y se contentaba con dejar música en el estéreo hasta que se quedaba dormido, y puesto que duerme como roca, sólo la tercera guerra mundial conseguiría despertarlo antes de tiempo.
»Eso y una sed tremenda que lo acosó una noche. Se despertó y en ningún momento se acordó de aquéllos ruidos, encendió las luces de la casa y fue a la cocina. Una vez en la cocina abrió el refrigerador y se sirvió un vaso de agua. Daba los primeros tragos de agua cuando volvieron los ruidos, y esta vez ya no eran tenues, ni los de siempre. Eran algo así como leves chapoteos, como las pisadas de algo grande saliendo del agua. Luego ruido en las paredes, como si algo caminara sobre ellas.
»No les costará imaginar que a Edgar hasta se le fue la sed en esos momentos y que sus ideas acerca de lo sobrenatural cambiaran precisamente allí. Antes que dejara caer el vaso de cristal y saliera corriendo a sus habitaciones, Edgar alcanzó a ver una enorme sombra en el techo, una sombra como de cocodrilo, gordo y muy grande y monstruoso, una sombra que poco a poco dejaba de ser sombra para convertirse en algo real.
»Y Edgar echó a correr, y a sus espaldas oía cómo aquélla bestia lo perseguía por las paredes, produciendo chapoteos que consiguieron que Edgar corriera aún más aprisa. En sus habitaciones cayó en la cuenta de que mejor hubiera sido correr hacia la salida, que allí dentro seguía estando en peligro. Pero de pronto se percató de que los ruidos habían cesado, de pronto era como si la persecución no hubiera existido.
»Aunque los ruidos no volvieron esa noche, Edgar no pegó ojo por más que el sueño quería envolverlo. A la mañana siguiente hizo equipaje y se mudó. A día de hoy dice que no sabe si lo del monstruo fue real o un sueño. Pero lo que sí fue real fue el miedo que sintió.
»Bueno —dijo Juan al cabo de unos momentos—, creo que es el turno de nuestro nuevo amigo.
—Efectivamente —asintió Marsh, irguiéndose en la silla y luego inclinándose sobre la mesa—. Mi cuento será el más corto, es sólo un cuento más—dijo Marsh y su voz había cambiado ostensiblemente.
»Imagino que creen ustedes en el diablo. Pues bien, el diablo se aburre de vez en cuando y para distraerse gusta de salir a dar largos paseos sobre el manto terrestre. Para ello se disfraza de humano, y dicha artimaña siempre le supone terminar uniéndose a algún grupo. Se divierte un rato con quienes se junta; ha ido a bailar, ha robado, ha cortejado mujeres hermosas y no tan hermosas, ha asesinado, ha hecho el amor, ha ido de cacería… en fin, ha hecho todo aquello que los humanos pueden hacer. Pero lo que más le gusta es escuchar relatos de terror —al decir aquello la voz volvió a cambiarle y Juan sintió que una ráfaga de aire helado pasó por el porche. Miró a Marsh a los ojos y tuvo la impresión de que éstos le centellearon, centellearon fuego. Pero la ilusión desapareció al instante y Juan ya no estaba seguro de lo que había visto.
»Sí, le gusta escuchar historias ocurridas hace mucho y que él mismo ha instigado. Pero lo que más le gusta es ver cómo los oyentes se remueven inquietos en sus asientos, o escuchan absortos, con las pupilas dilatadas a causa del miedo. Y después se alza y se revela como lo que es, el mismísimo dios del mal —Marsh hizo una corta pausa—. Y cuando él se revela, aquéllos que están cerca mueren de formas horrendas.
»Sé de un grupo que una vez se reunió en el corredor de la casa de un amigo a jugar cartas y a tomarse un par de cervezas. Tras aburrirse del naipe al anfitrión se le ocurrió terminar la velada con unas cuantas historias de miedo —Juan sufrió un escalofrío, no pudo evitar la sensación de que hablaba de ellos. Pero Marsh aún no terminaba y con voz susurrante y atrapante continuó—: pero no contaban con que esa noche el diablo pasaba por allí y decidió unírseles —Marsh se puso de pie con lentitud y Juan empezó a temblar al ver que los ojos de Marsh refulgían al rojo vivo y su cuerpo empezó a ondular, como volutas de humo—. El diablo escuchó las historias como uno más —continuó Marsh, o el diablo— pero al final reveló su auténtica naturaleza y empezó a envolverlos con un manto de humo —su cuerpo se había hecho humo y como si reptara envolvió los pies de los tres amigos, pero no se quedó allí, sino que siguió ascendiendo. Juan volcó la silla y trató de huir, sólo consiguiendo caer de bruces. Y el humo continuó avanzando—. Y entonces se los llevó al infierno —terminó Marsh. Y se echó a reír estruendosamente.
Sólo que ya no era Marsh, sino algo monstruoso y aterrador, con ojos como cavernas en los cuales ardían dos llamas. Y reía, con una risa sarcástica y aterradora que no han logrado reproducir ni en los mejores filmes de terror. Juan estaba aterrado hasta el tuétano, sudaba y temblaba copiosamente y aquél humo seguía envolviéndolo, lenta e inexorablemente. De los talones subió a los tobillos, y de allí a las rodillas y muslos, dejando a su paso una sensación gélida y como de entumecimiento. Juan pensó que allí donde el humo tocaba, esa parte moría. Cuando estuvo envuelto hasta el pecho Juan supo que todo terminaría muy pronto, un segundo más y dejaría de existir. Cuando el humo le llegó al cuello y esperaba la muerte, todo cesó.
Cesó como si nada de aquello hubiera ocurrido nunca. Un segundo antes estaba y ahora no. Marsh estaba de pie en medio de los tres, desaparecido todo rastro sobrenatural y demoníaco.
—Lo ven —dijo con toda la calma del mundo—, era sólo un cuento más —hizo un gesto de adiós con la mano y se marchó.
En casa de Juan, y en la de Carlos y Julián, jamás se habló desde esa noche sobre cuentos de terror. Y cuando alguien menciona al diablo, como acto reflejo se llevan a los labios una cruz que llevan colgada del cuello.

14 comentarios:

  1. Nunca imagine que terminaría así. Deberías relatar mas asi te quedo fabuloso.

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    1. Relatar más así cómo? Bueno no importa, lo que sí importa es que lo disfrustaste. Abrazos!

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  2. Nunca imagine que terminaría así. Deberías relatar mas asi te quedo fabuloso.

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  3. Yo kiero leer otroo y otro y otrooo y otrooooo q mal q solo sea uno por semana me encanto fue diferente y un final q no esperaba espero leerte pronto aa por cierto cada q publicas leeo no me pierdo ninguno solo q no puedo comentar mucho porque cambie de cel y no puedo desde ahí pero siempre estoy presente en el blog un saludo y un b.so

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    1. Gracias Kary, siempre cuento con que estés allí. Y sí, sólo una vez por semana. Cuando inicié el blogs publicaba dos y hasta tres veces por semana, pero es un ritmo abrumador, imposible mantenerlo, a menos que te dediques de lleno a ello. Y de nuevo gracias Kary, eres de las primeras personas en leerme y de las más fieles. Igual un beso!

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  4. Las cosas de la vida, es cierto que el demonio puede estar en cualquier lado, y eso es precisamente lo que preocupa a mucha gente, y tú lo reflejaste allí. Jaja, que final, yo pensé que por ser el peor ser no tendría compasión de ellos, pero simplemente los asustó. Juraría que tendría un final turbio, pero se salvaron. Un buen relato. Espero la próxima historia. Saludos desde Venezuela.

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    1. Así es Ongie lo sobrenatural puede estar en cualquier lado. Precisamente uno de los relatos de los protagonistas está inspirado en algo que me sucedió a mí. Y sobre el final, bueno conmigo no des nada por hecho... Saludos.

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  5. Que relato este es un tres por uno genial de principio a fin, todas estas historias se te ocurren a tí o tomas partes de leyendas o cuentos que has escuchado? igualmente muy interesante y divertido tu blog. SALUDOS

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    1. Hola María. En efecto tres en uno, o cuatro en uno. Por lo general invento las historias yo mismo, pero los de esta historia son inspirados en relatos que me contaban de niño y un susto que llevé yo mismo. Saludos.

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  6. Que relato este es un tres por uno genial de principio a fin, todas estas historias se te ocurren a tí o tomas partes de leyendas o cuentos que has escuchado? igualmente muy interesante y divertido tu blog. SALUDOS

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  7. Plebe eres un maestro escribiendo, sencillo y de diez. Hoy si no me percaté del nuevo cuento k subiste hasta el día de hoy. Me encantó es lo k te puedo decir.

    Saludos desde Mazatlán

    Osiel

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    1. Gracias Osiel, se hace lo que se puede. Me alegra que te haya gustado. Siempre subo los miércoles... Aunque a veces me retraso un día, o dos, o una semana. Jaja. Abrazos.

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  8. Hola Manuel, tienes mucho talento, he leido muchos de tus cuentos y la verdad es que son muy Buenos.....te envio saludos desde México.

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    1. Gracias por comentar Raúl. Y qué te puedo decir, que escribo para agradaros a vosotros, y para mejorar día a día. Que os guste y leáis lo que escribo es gratificante. Espero sigas paseándote por el blog. Saludos!

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