Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

15 de julio de 2015

El manuscrito de Ronald Rigan

Sé que mi muerte está muy cerca, estoy convencido de ello. Estoy totalmente aterrado, no porque vaya a morir, después de los tormentos que he sufrido durante los últimos meses nada me resultaría más grato que una muerte rápida e indolora. Pero el caso es que no creo que vaya morir y ya. Temo que sufriré mucho. Pero lo que más temo es que mi alma termine en el infierno. No he sido un santo, tampoco un demonio, pero tengo entendido que si no eres persona recta vas directo al averno. E irónicamente no tengo ganas de ponerme a cuentas con Dios, lo que tengo ganas de hacer es poner por escrito lo que me ha traído a este punto; un punto en el que temo de hasta la más leve sombra y escucho el traqueteo de un calesín tras cualquier ruido. Cuando lean esto imagino que ya habré muerto, quizá ustedes puedan comprender la realidad de lo que escribo.
Bueno empezaré.
Son las seis de la tarde, los cortinajes abiertos de la sala me permiten ver el sol poniente. El cielo tiene tintes naranjas, amarillos y rojos; colores que recuerdan al fuego. La calle de adoquines está unos metros delante de las ventanas, parecen tan normales, tan tranquilas, con uno que otro transeúnte taconeando sobre ella. Y pensar que es en esa calle donde empieza todo mi tormento.
Mi nombre es Ronald, Ronald Rigan, y hasta hace poco era una persona muy rica. Mi esposa se llama Ayanne, digo se llama porque, aunque el divorcio está en proceso, aún no ha concluido. Tengo dos pequeños, Erick y James, que viven con su madre, al otro lado de la ciudad. Hasta hacía unos meses vivía con Ayanne, hasta la noche que escuché por primera vez el traqueteo del calesín y el golpeteo de unos cascos sobre los adoquines de la calle.
Recuerdo que era una noche bastante oscura, había luna de apenas tres días, además de que gruesos nubarrones jugaban a velarle el tenue rostro. Me encontraba en mi estudio, respondiendo unos correos importantes, cuando los oí. Me llamó la atención aquél ruido en pleno siglo XXI, de modo que me asomé a la ventana. Pero la ventana de mi estudio da al jardín de al lado y aunque estiré mucho el cuello no miraba nada de la calle, menos en la oscuridad. Entonces bajé a la sala y me asomé a la vía. En el momento que abría la puerta, un viento gélido me golpeó el rostro, pero ya no se oía el ruido que me había hecho bajar. Salí a la calle y traté de mirar u oír algo de nuevo, pero las calles estaban oscuras y silenciosas. Excepto por…
Excepto por una sombra que descendía por el balcón de mi habitación. La rabia reverberó en mi interior y me lancé sobre la sombra con ira. La tomé por sorpresa y la dejé inconsciente antes de que se diera cuenta. La muy libidinosa de mi esposa se asomó a la ventana y, haciéndose la inocente, preguntó qué ocurría.
—¡Que acabo de atrapar a tu amante! —Le grité.
Yo no conocía al tipo, quien más bien parecía un ladrón, que fue justo lo que aseguró Ayanne que era. Pero qué ladrón, pudiéndose robar todo un cofrecillo de joyas, se roba sólo un collar que un día antes le había obsequiado a mi esposa. Al tipo lo mandé a prisión, y a Ayanne a casa de su madre. Juro que cuando regresaba al interior de la casa escuché de nuevo el traqueteo del calesín e incluso el relincho de un caballo, pero cuando volví la vista en la calle no había nadie.
La traición de mi mujer me destrozó. Pasé muchos días en casa, sin deseos de salir, sin deseos de ocuparme de mis negocios. Durante las noches pasaba largas horas con los ojos abiertos, y veía la sombra bajando por el balcón de la ventana. Después imaginaba a Ayanne en brazos de ese tipo andrajoso y sentía la rabia y el dolor converger a un tiempo. Sentía deseos de ir en busca de ambos y asesinarlos con mis propias manos. Qué bueno que la mandé con su madre, si no, a esta altura, dudo que Ayanne viviera.
Pero lo que más me reconcomía era el ruido del calesín escuchado esa noche. Porque estaba seguro que se trataba de eso. En mi mente el ruido tenía una cualidad intangible que me hacía pensar más en él, planteándome una y mil preguntas respecto al objeto en cuestión.
Un mes después, tomábame una copa de vino a la vez que miraba el noticiero cuando el traqueteo del calesín y los cascos de los caballos resonaron de nuevo en el exterior. La sorpresa fue tal que me puse de pie de un salto, derramando casi todo el vino en la alfombra y mis pantalones. Sin cuidado dejé la copa en la mesilla y corrí afuera, donde el traqueteo de aquella cosa, tormento del alma, parecía llamarme. La calle estaba en tinieblas, más el ruido seguía allí. Agucé la vista, pero no lograba penetrar el manto de oscuridad, sin embargo, el traqueteo de los cascos y del calesín eran cada vez más fuertes. Entonces apareció una sombra frente a mí, apenas la silueta de un carruaje y dos caballos. El miedo se apoderó de mí y se transformó en un horror inimaginable cuando la silueta sentada en el cabestrante se volvió y me atravesó con dos ojos de fuego.
Salí corriendo de regreso a la casa. Empezaba a ascender las escaleras camino a mi habitación cuando una palabra salida del televisor me detuvo en seco: Rigan. En efecto, en la tv informaban sobre un accidente automovilístico en el que fallecieron los señores Rigan y dos de sus hijos. Una llamada telefónica me lo confirmaría momentos después.
El horror a la silueta con los ojos de fuego fue sustituido por la desesperanza y el dolor. «Mis viejos muertos. Él, que a sus cincuenta y cinco años era tan fuerte como un oso y ella, que a sus cincuenta, era tan grácil como un cisne». No me importó que allá afuera estuviera un calesín y su conductor demonio, salí pitando en busca de mi coche. Afuera ya no había nadie, de modo que pude movilizarme con relativa tranquilidad.
Fue hasta la tercera vez que escuché el traqueteo del calesín que empecé a relacionar su aparición (o percusión) con hechos nefastos. La primera vez descubrí la infidelidad de Ayanne, después apareció poco antes de enterarme de la muerte de mis padres y dos hermanos y la tercera vez, la tercera vez lo escuché y lo vi la noche antes que me llevaran a prisión por lavado de dinero. Tuve pesadillas con sus ojos de fuego esa noche. A la mañana siguiente era conducido a prisión.
Al parecer la policía había seguido una de mis movidas, capturaron algunos cómplices, y no tardaron en dar conmigo. Estuve dos meses en prisión, y fueron necesarias cifras de varios ceros para convencer al juez y demás interesados de que yo era inocente, que sólo era una víctima más de esos que se decían mis cómplices.
Pero si creí que allí no escucharía el traqueteo del calesín, la realidad me demostró lo contrario. Lo escuché una semana antes de salir de prisión. Estaba en mi celda, contemplando el techo deslucido, cuando el ruido traspasó las paredes de mi celda y llegó a mis oídos, nítida y sin equivocación alguna. Se erizó mi piel y los vellos se me pusieron de punta. Esa noche no vi el calesín, pero sí escuché el traqueteo del carromato y la trápala de los cascos. Los ruidos no duraron ni medio minuto, despidiéndose con el relincho de las caballerías, pero en mis oídos y mente resonaron toda la noche.
Temblaba y sudaba copiosamente. Incluso llegó un médico del reclusorio a tomar mis signos vitales. Desechó que estuviera enfermando y atribuyó mi estado a una crisis nerviosa. Me aplicó algunos sedantes que me tranquilizaron y ayudaron a dormir. Pero mi mente siguió nerviosa, acosándome durante toda la madrugada sueños en los que aparecía un calesín con sus peculiares ruidos, a la vez que desfilaban frente a mí todas las calamidades que podría anunciar.
Cuando al día siguiente apareció mi esposa acompañada con un tipo de traje y corbata temí lo peor, no que tuviera otro, si no que llegaba a anunciarme la muerte de alguno de mis hijos. La realidad era otra, menos dolorosa tal vez, pero no menos terrible. Aprovechándose del mal trance que vivía y de mi menoscabada reputación, logró hacerse con la patria potestad de los niños y de la mitad de mis bienes. La mitad de mi fortuna perdida de un plumazo. No es algo fácil de asimilar.  
Salí de prisión más pobre que nunca, sin mujer, casi sin hijos, sin padres, y con la reputación por los suelos. Sentía que mi vida estaba acabada. Pero todo eso no era lo peor. Lo peor eran las noches de soledad. Empecé a temer más que a la muerte la aparición del maldito calesín y sus ruidos infernales. Los días transcurrían con relativa tranquilidad. Lo que realmente me aterraba era la noche, y no era para menos, aquella cosa aparecía siempre de noche.
Cuando la noche caía ya estaba en casa, en la sala, en el estudio, en mi habitación. Tampoco importaba dónde estuviera porque el miedo era el mismo. El corazón me martilleaba dentro del pecho, el sudor fluía como si hiciera ejercicio físico y mis oídos y ojos captaban cualquier ruido o movimiento y los transformaban en trápalas, traqueteos y calesines. Era obvio que empezaba a volverme loco.
Una semana después de salir de prisión volví a escuchar el traqueteo del calesín sobre los adoquines. Mi corazón dio un brinco aterrado. Estaba esa noche acostado en mi habitación, y por nada del mundo me atreví a moverme de ella. El ruido producido por el movimiento del calesín y los cascos de los caballos llegaba a mis oídos de forma nítida. No me costó ningún esfuerzo imaginar el carruaje oscuro, los caballos oscuros y la silueta oscura sentada en el pescante, el de los ojos de fuego. Durante un minuto imaginé el recorrido del carruaje por la calle de adoquines, desde que apareció por un extremo hasta que desapareció por el otro.
No es menester ahondar que esa noche no dormí nada. Me pasé la mañana y la tarde que continuaron hecho un manojo de nervios. Cada que sonaba el teléfono daba un brinco, imaginando que por allí venían las malas nuevas. Los ruidos de los autos que pasaban por la calle los atribuía a los vehículos de aquellos que venían a anunciarme calamidades. Pero pasó la mañana y la tarde y no recibí ninguna mala noticia. Eso en lugar de aliviarme me puso más nervioso. Empecé a hacer llamadas a las oficinas de mis negocios, temiendo que anunciaran una catástrofe financiera. Pero la cosa tampoco iba por allí. Y fue entonces que empecé a temer en serio por mis hijos.
Fue así que por la tarde subí a mi coche y conduje hasta el otro lado de la ciudad a ver a mis hijos. Una simple llamada hubiera resuelto el asunto, pero juro que no se me ocurrió hacerlo. En lugar de ello conduje casi una hora hasta aparcarme frente a la casa que mi dinero había procurado a Ayanne. Era ya de noche cuando llegué, y al llamar al timbre quien abrió fue una sirvienta. Ayanne no estaba, pero no me fue difícil intimidar a la muchacha para que me dejara ver a mis niños. Un profundo alivio me embargó cuando vi a mis pequeños jugando alegres un videojuego frente al televisor de la sala.
Me quedé en casa de Ayanne hasta tarde. No sé bien por qué lo hice. Aun me repito que lo hice para preguntarle acerca de los niños, que si estaban bien y si no habían corrido ningún peligro recientemente, pero sinceramente, no me creo eso. Creo que hubo algo más detrás que hizo que me quedara.
Ya era cerca de media noche, y los niños se habían ido a dormir hace rato, cuando oí el motor de un coche detenerse frente a la casa. Dejé el sofá en el que estaba sentado esperando y salí a la calle, y lo que desde hace ratos intuía, me fue confirmado sin demora: Ayanne andaba con otro tipo, no el de la ventana, si no otro, de gran porte y coche de lujo.
A qué negar que me sentí herido en mi orgullo, sentí un golpe en el pecho y un nudo en la garganta. No es que fuera sorpresa, pero no por ello menos doloroso. Más aún cuando la vi a ella resplandeciente con un vestido de seda. Los maldije a ambos, y sintiéndome avergonzado me deslicé por el jardín sin que me vieran. Qué me iban a ver si estaban muy contentos despidiéndose entre retozos y besos. Cuando por fin se despidieron y Ayanne hubo entrado en casa corrí hacia mi coche, que no habían visto u omitieron deliberadamente, y fui tras el amante.
No describiré lo que hice, quien lea esto no tiene por qué saber la atrocidad que cometí, basta decir que perseguí al tipo hasta su casa, me colé en su habitación y lo asesiné de la manera más vil que pueda existir. Lo que sí voy a contar, y no como excusa, es que en esos momentos no era yo mismo. Estaba impulsado quién sabe por qué sentimiento absurdo, o quizá influenciado por alguna fuerza malévola originada en aquél maldito calesín. Digo esto porque en cuanto hube cometido el crimen desperté cómo de un ensueño y me aterré hasta límites indecibles. Mientras llevaba a cabo mi atrocidad me había sentido bien, hasta extasiado, pero después, todo era miedo, nervios y arrepentimiento.
Eso fue en la madrugada de hoy. Ahora me encuentro en la sala, escribiendo este manuscrito porque sé que mi fin está cerca. Hace mucho que deben haber dado con el cadáver, no me cabe duda de alguien me habrá visto seguir el coche de la víctima, si no, tampoco es que no haya dejado huellas. De un momento a otro oiré las sirenas de los coches policiacos venir hacia aquí, pero ni crean que me dejaré atrapar; antes muerto. No me aterra la prisión, me aterra seguir oyendo el traqueteo del calesín. Y eso es algo que no quiero oír nunca.
¡Un momento! ¿Qué es eso que escucho? ¡Dios mío! Es el calesín. Es su inconfundible bamboleo. ¡Y eso otro! Ah, no es más que la trápala de los caballos. Estoy temblando cómo no tienen idea. No sé siquiera cómo soy capaz de seguir escribiendo. Sé lo que anuncia esta vez: mi encarcelamiento. ¡Oh, cielos! El calesín ha cambiado de rutina esta vez. ¡Se detuvo! Se ha detenido frente a la puerta de mi casa. Escucho a los caballos resoplar, pero nada más. ¡Un golpe! Como de algo que salta. El tintineo de algo, podrían ser espuelas. Ahora pasos. El tipo de los ojos de fuego viene hacia acá.
Estoy aterrado. No sé qué hacer. Tampoco sé por qué sigo escribiendo, pero lo hago. Los pasos se acercan, y yo tiemblo desconsoladamente. Las espuelas tintinean, los caballos resoplan afuera y el mundo se vuelve un lugar sombrío y opresivo a mí alrededor. Se detiene frente a la puerta, ésta se abre sin esfuerzo, sin ruido y la sombra de ojos llameantes se para bajo el dintel. ¡Dios misericordioso, líbrame de todo mal! Es un hombre vestido de negro, todo de negro. Lo único que no es negro son sus ojos de fuego en un rostro familiar, un rostro del tipo que maté anoche…

9 comentarios:

  1. Ya me di cuenta k si te atrasas un día o 2 o también una semana jejeje. Se te agradece k publiques cosas tan buenas. muy buen relato créeme que llegue a imaginar a los caballos y me supongo k carreta( la palabra calesin no me suena) pero la asoció con k sea una carreta. Vale la pena esperar x cuentos así. Saludos


    Osiel

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    1. Jaja si. A veces no estoy inspirado y me tomo mi tiempo. Y en lo de la carreta no andas desencaminado, aunque más bien me refería a un carruaje. Y que bien que te haya gustado. Cuidado con escuchar el ruido de un calesín por las noches, de seguro no significa nada bueno. Saludos Osiel.

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  2. Gran historia Manuel, eso es lo que yo llamo mala suerte. A todos nos sorprendería que en un área urbana se escuche un carruaje y un caballo. No había comentado porque no tenía internet. Sigue así, espero la próxima historia. Saludos desde Venezuela.

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    1. Descuida Ongie, lo importante es que leas y que te haya gustado la historia. Ya ves, yo no respondo de inmediato también. En esta historia fue un carruaje, pero podría ser cualquier cosa en otro sitio. Saludos!

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  3. Hola mis queridos lectores, si lees este comentario entonces sabrás q mañana tampoco habrá historia. Esta ocasión ya tenia en mente la historia q iba a trabajar, pero resulta q soy un simple mortal y esa maldita enfermedad q anda dando a todo mundo también vino apresarme con entre sus garras de fiebres, dolores y alergias. Espero poder escribir la historia para el próximo miércoles. Abrazos para todos.

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    1. Ni hablar plebe, que te mejores y esperaremos un cuento de terror igual de bueno que los de siempre has publicado. Un saludo desde Mazatlán y k sigas mejor

      Osiel

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    2. Gracias Osiel. Ya recuperado y escribiendo.

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  4. .valió la pena la espero q cuento me acabo de chutar jajaja oye por cierto te diré x q me gusto tanto resulta q desde que soy pequeña mi madre siempre me a contado q una noche alrededor de las 3 de la mañana se encontraba despierta junto con mi abuelita dice q de pronto a lo lejos de la calle se empezó a oír un ruido de caballos que jalaban una carreta y los perros ladraban exageradamente dice q el ruido siguió avanzando hasta pasar frente a lA casa y justo en la parte del frente de la casa ahí un ventanal grande cuando paso frente al ventanal ella estuvo a punto de abrir para ver a era pero dice q en ese momento mi abuela le grito q no lo hiziera y cuenta q le dijo a era la carreta de la muerte dice mi Mama q al otro dia tempranito les fueron a avizar q el esposo de una vecina había muerto a las 3 de la mÑana no se si sea real pero ella siempre a dicho q realmente paso bueno amuguito espero q publiques pronto cuidate un beso

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    1. Gracias Kary. Y no se si tu relato sea real pero entre nuestros padres y abuelos aun cuentan cosas así. Mi abuela es un torrente de experiencias similares, propias y ajenas, y entre otras también está la de la carreta de la muerte, según ella, lo cabalgaba un esqueleto, el caballo era negro y resollaba fuego y la carga del vagón eran brazas al rojo vivo. Al menos eso cuentan. Un abrazo y ya escribiendo para este miércoles.

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