Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

29 de julio de 2015

El demonio de media noche

A un cuarto para las doce Natalie se deslizó con sutileza del abrazo de su marido. Adam dormía profundamente, ni siquiera se agitó. A continuación, se bajó de la cama, se metió las pantuflas con suavidad y cubrió su desnudez con una bata de seda roja. Salió de la habitación toda sigilo. Una vez fuera de la habitación empezó a temblar, aterrada. Pero lo amaba, y era su deber protegerlo. Jamás una mujer enamorada había hecho tantos sacrificios como los que hacía ella. De modo que empezó andar hacia arriba.
En la terraza hacía noche fresca. La brisa helada le agitó la bata y la hizo temblar. Pero los temblores del frío no eran nada comparados a los temblores del miedo. Llevaba siete años haciendo aquello, y aún tenía tanto miedo como la primera vez que supo de cómo iba todo.
Mientras él llegaba intentó relajarse un poco tomando asiento en una silla. Pero se puso de pie antes que transcurriera un minuto. Estaba demasiado nerviosa y aterrada como para estar quieta. Sin más empezó a pasear de un lado a otro. La brisa fresca le agitaba los vuelos de la bata y Natalie se abrazaba a sí misma para reprimir el frío.
Sabía que él no tardaría en llegar. Hasta la fecha no se había retrasado una sola vez. Al principio Natalie fantaseaba que él no se presentaba una noche y que a partir de entonces no volvía a verlo. Pero era eso, fantasías de una chica tonta, porque siempre llegaba, siempre era puntual, y ella siempre pagaba el precio; un precio sólo doloroso en el mejor de los casos.
Mientras andaba de un lado a otro, inquieta, recordó la noche fatídica que había conducido a todo aquello. Era joven, tenía dieciocho años, y era hermosa. En la fiesta de graduación había un joven que no debía estar allí; un joven que robaba todos los suspiros de las chicas, y de uno que otro chico también. Pero todos pensaban que era invitado de uno u otro alumno y nadie dijo nada. La representación de adonis la invitó a bailar y luego a unos tragos y Natalie se sintió extasiada. Al término de la velada Natalie le había entregado su primera vez al desconocido. Jamás pensó que llegaría a arrepentirse tanto.
No lo volvió a ver, el apuesto joven parecía haber desaparecido y nadie supo darle razones de él. De modo que irremediablemente terminó relegándolo a su pasado. Más tarde se enamoró de Adam y se casaron. Fue entonces que apareció de nuevo el joven que había tomado su primera vez y sin más anunció que regresaba para tomarla, y que a partir de entonces la visitaría todas las noches de luna llena. Natalie se había reído de él. Pero su risa se transformó en horror cuando frente a ella el joven dejó su disfraz humano y adoptó su forma original: la de un demonio de piel escamosa, alas membranosas y cara similar a la de un reptil. Y su miembro, su miembro era algo monstruoso, feo y grueso, que la desgarró por dentro cuando el demonio la violó. Y desde entonces volvía cada noche de luna llena, y ella tenía que escabullirse de Adam para entregarse al demonio, de lo contrario, él lo mataría y a ella se la llevaría con él.
Jamás supo por qué aquél demonio volvía siempre. Ya no era joven, ni hermosa. Pero volvía. Muchas veces se preguntó qué pecado estaba pagando. Pero sabía que ningún pecado era tan grande para merecer un castigo semejante. Sólo podía soportarlo. Por Adam, por su amor.
El batir de unas alas la hizo ponerse alerta. La piel se le puso de gallina y el corazón empezó a martillearle enloquecedoramente. Aquél sonido lo conocía muy bien; lo oía todas las noches de luna llena a media noche y todas las demás noches en sus pesadillas. Una sombra se perfiló en el cielo y el ser del infierno bajó a la azotea. Desde aquella vez que la violó no había vuelto a disfrazarse de humano, cosa que Natalie había deseado un millón de veces, con la esperanza de que su miembro fuera más pequeño, como la primera vez. Pero el demonio no veía necesidad de disfrazarse o se divertía de lo lindo torturándola.
Natalie no pensó que esa noche fuera a ser diferente, así que para terminar cuanto antes hizo por quitarse la bata.

15 de julio de 2015

El manuscrito de Ronald Rigan

Sé que mi muerte está muy cerca, estoy convencido de ello. Estoy totalmente aterrado, no porque vaya a morir, después de los tormentos que he sufrido durante los últimos meses nada me resultaría más grato que una muerte rápida e indolora. Pero el caso es que no creo que vaya morir y ya. Temo que sufriré mucho. Pero lo que más temo es que mi alma termine en el infierno. No he sido un santo, tampoco un demonio, pero tengo entendido que si no eres persona recta vas directo al averno. E irónicamente no tengo ganas de ponerme a cuentas con Dios, lo que tengo ganas de hacer es poner por escrito lo que me ha traído a este punto; un punto en el que temo de hasta la más leve sombra y escucho el traqueteo de un calesín tras cualquier ruido. Cuando lean esto imagino que ya habré muerto, quizá ustedes puedan comprender la realidad de lo que escribo.
Bueno empezaré.
Son las seis de la tarde, los cortinajes abiertos de la sala me permiten ver el sol poniente. El cielo tiene tintes naranjas, amarillos y rojos; colores que recuerdan al fuego. La calle de adoquines está unos metros delante de las ventanas, parecen tan normales, tan tranquilas, con uno que otro transeúnte taconeando sobre ella. Y pensar que es en esa calle donde empieza todo mi tormento.
Mi nombre es Ronald, Ronald Rigan, y hasta hace poco era una persona muy rica. Mi esposa se llama Ayanne, digo se llama porque, aunque el divorcio está en proceso, aún no ha concluido. Tengo dos pequeños, Erick y James, que viven con su madre, al otro lado de la ciudad. Hasta hacía unos meses vivía con Ayanne, hasta la noche que escuché por primera vez el traqueteo del calesín y el golpeteo de unos cascos sobre los adoquines de la calle.
Recuerdo que era una noche bastante oscura, había luna de apenas tres días, además de que gruesos nubarrones jugaban a velarle el tenue rostro. Me encontraba en mi estudio, respondiendo unos correos importantes, cuando los oí. Me llamó la atención aquél ruido en pleno siglo XXI, de modo que me asomé a la ventana. Pero la ventana de mi estudio da al jardín de al lado y aunque estiré mucho el cuello no miraba nada de la calle, menos en la oscuridad. Entonces bajé a la sala y me asomé a la vía. En el momento que abría la puerta, un viento gélido me golpeó el rostro, pero ya no se oía el ruido que me había hecho bajar. Salí a la calle y traté de mirar u oír algo de nuevo, pero las calles estaban oscuras y silenciosas. Excepto por…
Excepto por una sombra que descendía por el balcón de mi habitación. La rabia reverberó en mi interior y me lancé sobre la sombra con ira. La tomé por sorpresa y la dejé inconsciente antes de que se diera cuenta. La muy libidinosa de mi esposa se asomó a la ventana y, haciéndose la inocente, preguntó qué ocurría.
—¡Que acabo de atrapar a tu amante! —Le grité.

1 de julio de 2015

Un cuento más

—¡Salud! —Dijo Juan, el anfitrión de la noche.
Los tres amigos entrechocaron las botellas de cerveza y dieron un largo trago. Se encontraban en el porche de la casa de Juan, alrededor de una pequeña mesa, repantigados en sillas de respaldo y reposabrazos acolchados. Las cartas del naipe estaban tiradas en la mesa y en el suelo pulido, cuando Carlos las tiró enfadado al no tocar una sola mano.
Se terminaron la cerveza sin decir palabra, en silencio, un silencio incómodo. Juan se ofreció ir al refrigerador a traer más y dejó a sus dos amigos en el porche. Cuando regresó, cervezas en mano, la luz argéntea de las bombillas daba un aspecto fantasmagórico al lugar y sus dos amigos le parecieron espectros venidos del más allá. Reprimió un escalofrío, no así la idea que vino a su mente.
—¡Ya sé qué podemos hacer! —Dijo, repartiendo las cervezas— Podemos contarnos un par de cuentos. Imagino que ambos sabrán más de alguno.
—¿Cuentos? —Se sorprendió Julián— ¿Cuentos de miedo?
—No había pensado en qué tipo de cuentos, pero ¿por qué no?
—No crees que ya estamos bastante creciditos para esas cosas —dijo Carlos.
—Pues a mí me parece una idea excelente —dijo una cuarta voz y Juan alzó la cabeza, sorprendido y alerta. Una sombra se recortaba contra la luz del porche y avanzó hasta entrar en el radio de luz. Era un hombre alto, flaco y desgarbado, de presencia imponerte.
—Por cierto, se nos olvidó decirte que trajeras una cuarta cerveza —comentó con desenfado Carlos—. Él es nuestro nuevo amigo Marsh. Lo conocimos hace dos minutos mientras te masturbabas en el baño imaginando que te follabas a la esposa de Julián.
—¡Ey, ey! —Exclamó Julián—. No te metas con mi esposa. Además ¿quién se masturbaría imaginando que se folla una vaca?
La carcajada fue general. Incluso se les unió Marsh, aunque probablemente éste no sabía lo gorda y aburrida que era la mujer de Julián.
—Vale, solo fui a orinar —dijo Juan. Y no habiendo más que hacer, le tendió la mano a Marsh y le dio la bienvenida a su casa.
—Es usted muy amable —le dijo Marsh—. ¿Y qué decía usted sobre contar unos cuentos?
—Pensaba que por una noche podríamos volver a ser niños, y replicar con un par de buenas historias una de esas noches que antaño tanto nos deleitaban.
—Y yo estaré encantado de escuchar, y de contar cuando sea mi turno.
No se dijo más. Juan fue a por otra cerveza y tomaron asiento alrededor de la mesa.
—Como yo fui el de la idea me parece justo que empiece —dijo Juan.
—Adelante —consintió el resto.
—Bien —dio un largo trago de la botella y se preparó para la historia—. Sucedió hace muchos años —comenzó—. Era el primo de una tía. Nicolás creo que se llamaba. Era alguien muy ambicioso, y también alguien muy pobre. Pero por allí escuchó que existía un método, un hechizo para convertir las hojas de los árboles en dinero. El hechizo era muy sencillo, comerse las entrañas de alguien que lleve enterrado tres días. Repugnante, pero sencillo, y Nicolás creyó que lo podía hacer con facilidad.