Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

24 de junio de 2015

Noche negra

La noche era negra. Era una noche de luna nueva, y añadido a esto, ninguna estrella había asomado su rostro brillante en el cielo, con lo que la oscuridad era densa. Pero para Daga y Cuchilla la oscuridad no representaba ningún impedimento, sino todo lo contrario.
Se deslizaban por la orilla de la senda, tortuosa, de tierra apisonada y flanqueada por arbustos y malezas. Ellos podían ver la línea negra que era el camino, y más adelante, alzándose como una sombra aún más negra, se elevaba la casa de una planta de Pez. Aún estaban a unos doscientos metros de ésta, pero ellos la podían ver, porque ellos fueron entrenados para ver en la oscuridad.
Daga miraba la sombra que era su hermano a un lado de él. No eran hermanos de sangre, solo de profesión, pero el lazo que los unía era más fuerte que la sangre. Cuchilla era un hombre enjuto, de no más de metro y medio de alto, no mucho más pequeño que él, lo que los hacía ideales para aquellos trabajos. Y ellos se sabían los mejores. Daga y Cuchilla tampoco eran sus nombres, sólo los usarían hasta terminar aquella tarea, luego tomarían de nuevo sus nombres reales, y cogerían otros nombres cuando tuvieran que hacer otro trabajo; así era el ritual.
Mientras seguían deslizándose con el sigilo que sólo el arduo entrenamiento puede dar, una rata de inusual tamaño se cruzó por su camino. Daga, acostumbrado al miedo, a la muerte y al dolor, se sorprendió sólo un poco con la aparición del animal. Aunque sí se inquietó cuando el roedor clavó sus ojillos en ellos, y con el hecho de que tardara un segundo más en echarse a correr cuando Cuchilla hizo un movimiento brusco para asustarla.
Daga buscó a Cuchilla con la vista, éste negó con la cabeza. Daga asintió, aunque no tan conforme. Daga tenía sus inquietudes respecto al hombre al que llevaban el regalo del descanso eterno esa noche.
Habían aceptado el trabajo dos días atrás, y como los maestros que eran, habían vigilado e investigado a Pez, que era el nombre con que habían bautizado al sujeto. Era un hombre viejo y solitario, que vivía en una casa vieja y destartalada a las afueras de la ciudad. Tenía un consultorio natural, donde curaba (o fingía curar) con hierbas y cualquier cosa que proporcionara la madre naturaleza. También proporcionaba oraciones y horarios que sincronizaban con ciertos astros para que las curas fueran más efectivas. Una profesión escasa por aquellos lares, pero no rara. Desde luego, también averiguaron más: que tenía cuarenta y siete años; que se había casado y enviudado; que su hijo había desaparecido; que se había casado de nuevo y vuelto a enviudar; que su familia no tenía tratos con él; que había curado personas que los médicos habían desahuciado; y que se había casado y enviudado de nuevo, y un largo etcétera.
Nada de eso inquietaba a Daga. En su vida había tenido que vérselas con personas de todo tipo, desde las más honestas hasta las más despreciables. No. Lo que inquietaba a Daga era el aura misteriosa y sobrenatural que flotaba sobre la historia de Pez. Se rumoreaba que sus curas eran milagrosas porque tenía pactos con los demonios; se decía que sus tres esposas habían muerto al entregar él sus almas a su patrono del inframundo; las personas que osaban acusarlo de brujo y hereje sufrían trágicos accidentes y, era un semental que conseguía a prácticamente cualquier mujer. Por supuesto todo eran rumores. Pero todos los rumores traen algo de verdad. Además, Daga era alguien muy supersticioso.  
De todas formas, no parecía probable que aquel ratón fuera un espía de Pez.
El camino daba acceso a un amplio patio, descuidado, cuyas marcas denotaban el paso tanto de personas como de gallinas y cerdos. En ese momento los cerdos dormían en el corral y las gallinas en el gallinero. Daga creyó entrever que un cerdo lo miraba cuando desvió la vista al chiquero, pero tras parpadear la ilusión desapareció.
Todo el lugar estaba a oscuras. Pero Daga y Cuchilla podían ver lo suficientemente bien. Se deslizaron hacia la derecha y avanzaron sigilosos hasta la ventana que sabían daba acceso a la habitación de Pez. Eran las cuatro de la mañana, la hora más negra de la noche. Un gallo despertó de pronto y se puso a cantar. Daga se detuvo, de pronto atemorizado, porque aquel canto de gallo le pareció un presagio ominoso. Cuchilla le tiró de la manga de la camisa y le hizo señas de que continuaran.
—Fue sólo un gallo —Susurró.
Daga trató de convencerse de que era así. Pero también recordó los susurros acerca de que Pez podía controlar a los animales, y durante un instante sintió que algo grande, pesado y malévolo avanzaba hacia él. Miró hacia atrás y hacia los lados, de verdad asustado, pero no vio más que el chiquero y el gallinero, y el círculo de arbustos y malezas que rodeaban la propiedad de Pez.
—Continuemos —dijo.
Siguieron avanzando. El suelo que pisaban era lodoso y se pegaba a las zapatillas y por una vez en su vida Daga sintió que hacían demasiado ruido. «Probablemente ya lo alertamos —pensó—. Nos estará esperando junto a la ventana, con algún hechizo que nos convertirá en sapos. O a lo mejor nos convierte en uno de sus cerdos y nos devora para navidad. O nos puede ofrendar a su patrono del infierno…» Agitó la cabeza, tratando de no pensar en cosas funestas, tratando de concentrarse en lo que debía. Había llevado el regalo del descanso eterno tantas veces que ya ni se acordaba de la cuenta, un par de veces las cosas se habían complicado y había tenido miedo, pero nada como esa vez.
Cuchilla caminaba medio pasito delante de él. Sus pies contra el suelo lodoso producían ligeros “pluff”, tenues chapoteos que ninguna persona habría oído a dos metros de distancia, pero que a Daga le resonaban como el retumbar de un tambor. Sin embargo, Cuchilla parecía no darse cuenta, y continuaba, muy seguro de sí mismo, pasando por alto todos los temores de Daga, sin detenerse a pensar que quizá Pez no fuera como los demás.
Mientras tanto, la opresión en el pecho de Daga crecía a pasos agigantados. Tanto más se acercaban a la ventana, más se convencía que aquello era una locura, que no debían estar allí. Cuchilla no se percataba de la lucha interna de Daga y seguía produciendo chapoteos en el lodo con tanto ruido como si fuera el amo del mundo. Daga lo odió por aquello y tentado estuvo de darse media vuelta y dejarlo solo en eso. Pero más se odió él por no hacerlo y seguir dando paso tras otro.
Hasta que llegaron a la ventana. Y Daga ya no tenía miedo. Ya estaban demasiado cerca como para echarse atrás. El miedo en esos momentos sólo serviría para distraerlo, y para lograr que hiciera algo mal. No. Una vez allí sólo podía continuar, para bien o para mal.
Cuchilla abrió la ventana. Quitar pasadores y cerrojos era una de sus especialidades. El interior de la habitación estaba aún más negro que afuera, aun así, no les llevó más de un instante discernir el contorno de un ropero, el perfil de una mesa repleta de frascos y hierbas y la figura de una cama con dos siluetas acostadas en ella. Al parecer Pez no dormía solo. Pero igual, a la chica no la molestarían. Ellos iban a por Pez.
Cuchilla saltó con habilidad el alfeizar y Daga lo siguió inmediatamente. Puñales en mano empezaron a acercarse a la cama de Pez. El piso era de madera vieja, pero ellos eran profesionales curtidos y no provocaron el menor ruido. Las sábanas cubrían a Pez y a la muchacha a la altura de los sobacos. Pez era un viejo de casi cincuenta años, de rostro enjuto y arrugado y cabellos y bigotes negros. La muchacha nada que ver, era una preciosura de veinte años, a la que Daga no tardó en identificar.
Sin duda la muchacha era la razón por la que el viejo Calvo, quien los había contratado, quería muerto al tipo. ¿Cómo la hija de uno de los hombres más poderosos de la ciudad terminaba en la cama de un viejo hierbero como aquél? Y Daga se encontró recordando los rumores sobre pactos satánicos y magia negra que se relacionaban con Pez. En todo caso ellos tenían un trabajo que hacer. De modo que relegó sus miedos, que empezaban a volver, a un rincón de su conciencia y dio dos pasitos más, hasta quedar muy cerca del cuello de Pez.
Daga apretó el puñal en sus manos y se preparaba para rajarle el cuello a Pez cuando éste abrió los ojos, unos ojos completamente blancos y anormales, y el mundo empezó a girar. Años de entrenamiento, años de práctica, y sin embargo Daga soltó un grito de sorpresa y horror.
La habitación giraba y se bamboleaba sin ton ni son. Cuchilla también estaba lívido de horror, con los ojos como platos. ¿Qué sucedía? El suelo temblaba y crujía y de entre las fisuras empezó a emerger una neblina negra, más negra que todo lo demás. La neblina comenzó a ondular y a adoptar formas, formas aterradoras, surgidas de lo más profundo del infierno.  Y empezaron a caminar, a moverse, y Daga supo que, si no hacía algo de inmediato, morirían.
La habitación completa era un pandemónium. Pero de entre todo el caos Daga vio al hombre en la cama, al brujo, al que estaba invocando ayuda demoníaca para deshacerse del peligro que se cernía sobre él. Lo que sucedía es que el peligro aún se cernía sobre él. Daga aún estaba a medio metro de Pez, aún sujetaba el puñal en la mano, y tenía la certeza de que matándolo terminaría el peligro para ellos.
Fue lo que resolvió hacer. Cubrió el espacio que lo separaba de Pez con una corta zancada y dejó caer el puñal con la fuerza de una tormenta y con la velocidad del rayo. Casi separa la cabeza de Pez del resto del tronco.
E inmediatamente todo cesó. Las sombras desaparecieron y la habitación dejó de dar vueltas.
Daga iba a dar media vuelta para poner pies en polvorosa cuando un grito agudo lo sobresaltó y lo hizo percatarse de su alrededor. Consternado vio que la mujer no era la hija del viejo Calvo, sino su esposa, y el tipo con el cuello rajado no era Pez sino que se trataba del mismísimo Calvo.  
Daga cayó de rodillas, temblando y llorando. Cuchilla intentó azuzarlo para escapar, pero no tuvo tiempo. Las puertas se abrieron y entraron los guardias privados del señor de la casa.
—¡Lo mataron! —Chilló la mujer, histérica— ¡Mataron a mi esposo!
Daga no oyó los disparos, ni los sintió. Pero notó que algo cálido le empapaba el cuerpo y sintió el frío de la muerte.
¡Era cierto! ¡Los rumores acerca de Pez eran ciertos!

7 comentarios:

  1. Un cuento buenísimo. Y la vuelta de tuerca del final, formidable. Un diez

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    1. Gracias. Quería sorprender un poco al final. Qué bien que te haya gustado Esther. ¡Diez! Qué gran nota.

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  2. Parcero genial este cuento, me estoy dando cuenta que tu estilo es la ficción y terror con elementos folclóricos, claro que igual todos tus cuentos quedan muy bien y tienen mucho suspense. Muy interesante sigue así Manuel.

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    1. Gracias amig@. Por supuesto, todo lo que escribo es ficción. Acá sólo estoy publicando terror, pero otro género que me fascina es la fantasía épica. Estoy considerando abrir un nuevo blog, para publicar de manera capitulada una historia que estoy escribiendo de ese genero, ya que, muchos de los lectores de este blog no simpatizan con la fantasía épica. En cuanto a los elementos folclóricos, no tengo idea a lo qué te refieres. Sólo escribo con mi corto vocabulario y lo poco que sé del mundo y la vida... Un abrazo.

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  3. mmmmmmmm veo k mi comentario o se borró o lo habrás borrado? Comente desde ayer. Bueno de todos modos. Te diré k se me hace me hace un cuento interesante pues 2 sicarios engañados x fuerzas sobrenaturales, es un tema k te sale muy bien. Escribes excelente Manuel

    Saludos desde Mazatlán, Sinaloa

    Osiel

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  4. mmmmmmmm veo k mi comentario o se borró o lo habrás borrado? Comente desde ayer. Bueno de todos modos. Te diré k se me hace me hace un cuento interesante pues 2 sicarios engañados x fuerzas sobrenaturales, es un tema k te sale muy bien. Escribes excelente Manuel

    Saludos desde Mazatlán, Sinaloa

    Osiel

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    1. Ja, y hoy está doble. Pues qué raro, cierto? Leí el comentario desde la casilla de correo y me sorprendió no verlo hoy en el blog. Y qué bien que te guste osiel, se me ocurrió mientras leía sobre un bárbaro mercenario en una novela, quizá no tengan nada que ver pero allí se me ocurrió. Y las fuerzas sobrenaturales, bueno, alguna forma tenía que hallar para darle vuelta a la tortilla y qué mejor fórmula que brujería. Abrazos Osiel.

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