Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

10 de junio de 2015

Muertos en el desierto

Rory estaba impresionado por la escena. Como detective había visto uno y mil cadáveres, cada uno muerto de una forma diferente a los demás; pero aquélla era la primera vez que veía veintisiete de un solo golpe. Estaba sencillamente perplejo. Habría veintiocho, pero uno aún estaba vivo. Era el único testigo con el que contaban.
—¿Dinos qué paso? —Preguntó Rory por tercera vez.
El tipo, un hombre bajito, de rasgos afilados y nariz respingona temblaba copiosamente. Estaba apoyado en la cabina del auto de Rory y en sus manos temblorosas sostenía un trago de whisky. Ariel, su secretario, esperaba paciente, libreta en mano, listo para anotar. Tras ellos, la policía acordonaba la zona a la vez que los forenses empezaban a ganarse su sueldo.
—¿Qué ocurrió? —Volvió a preguntar Rory.
El testigo siguió sin responder. Tenía la vista fija en el vaso de whisky, pero era notorio que su mente estaba en otro lado.
—Éste no nos dirá nada —dijo a Ariel—. Al menos no ahora. Aún está en shock. Vigílalo y trata de calmarlo mientras voy a echar un vistazo.
—Como ordene, detective.
Veintisiete cuerpos yacían esparcidos en la superficie arenosa del desierto, en medio de la nada. El viejo bus en el que viajaban estaba tirado a un costado. Sólo se había caído. Un accidente se descartaba como causa de la muerte. Rory estaba allí para averiguar cómo habían muerto, sin embargo, no tenía más que conjeturas, y ni una que resultara convincente.
Todos presentaban la piel reseca y agrietada. Los labios eran como pasas marchitas y tenían los ojos hundidos como si algo se los hubiese succionado desde dentro. Pero ninguno presentaba lesiones graves ni contusiones de consideración. Había gente que moría de deshidratación, por falta de líquidos y el sofocante calor del lugar. Pero aquellas personas habían dejado la ciudad hacía sólo dos días, no era posible una deshidratación tan acelerada.
Algunos de los policías más supersticiosos se susurraban que el espíritu del desierto los había atrapado, que sus cuerpos estaban allí pero que las almas de esas pobres personas vagabundeaban por todo el lugar en una eterna agonía, o buscando más almas que añadir a su grupo, dependiendo de a quién se escuchara. Pero por supuesto esas eran sandeces.
¡Un arma avanzada! Alguien había mencionado esa posibilidad. Y Rory no la descartaba del todo. Era preferible aferrarse a esa teoría que a la de los espíritus malignos. El gobierno bien podría estar trabajando en arma de semejante calibre y quizá la hayan probado con esos pobres, o se les disparó por error.
También estaba la posibilidad del envenenamiento. A éste respecto había muchas variantes y Rory creía que era la más probable. Pero se estaba adelantando. La autopsia revelaría las causas de muerte de todos y podría armar un cuadro más preciso. De momento sólo podía observar, tratar de hallar rasgos sospechosos y tomar nota.
 Continuó recorriendo el perímetro largo rato, escudriñando minuciosamente cada detalle y sin dejar de lanzar ligeras ojeadas al sobreviviente. Ese hombre sabía lo que había ocurrido allí. Todo lo que tuviera que decir sería interesante de oír. El tipo aún temblaba y en ningún momento hizo ademán de beberse el whisky que tan de buena fe le había regalado Rory. Fuera lo que fuera había sido algo horrible para él. Quisiera el cielo que no se quedara en shock para siempre. Quizá debía enviarlo al hospital. Pero el cuerpo médico que los acompañaba aseguró que se encontraba bien, de modo que sólo había que esperar.
Llegaron las tres de la tarde. Algunos periódicos ya se habían enterado del extraño suceso y empezaron a llegar, a tomar fotografías y a entrevistar a medio mundo. Rory los cortó por la tangente y siguió en lo suyo. Cada vez más inquieto.
A eso de las cuatro se hizo por empezar a recoger los cuerpos y un grito sobresaltó a todo el mundo. Rory no se hubiera sorprendido más si un muerto se hubiese levantado. El sobreviviente y único testigo seguía temblando, su grito fue desesperado y tembloroso y su voz era temblorosa cuando habló.
—¡No los levanten! —dijo—. No se deben mover. Incinérenlos allí mismo. Cosas horribles sucederán si no hacen lo que digo.
Alguien, algún despistado, dejó escapar alguna risita tonta. Los demás estaban como pasmados. Desde luego era una sandez lo que el tipo había dicho, no obstante había un timbre en su voz, una cualidad intangible, que logró que los corazones de todos zozobraran. Durante un minuto nadie se movió, nadie dijo nada y un aura sobrenatural pareció flotar sobre el lugar.
—Créanlo —dijo de nuevo el sobreviviente—. ¡Se levantarán!
Era la misma voz, tenía el mismo timbre extraño y la misma cualidad intangible y aciaga, no obstante, sólo vino a romper el hechizo.
—¡Está loco! —Gritó alguien.
Se oyeron varias voces de asentimiento.
—¡No! —Gritó el sobreviviente—. Sé lo que digo. Tienen que creerme.
Pero todo el mundo lo ignoró y siguió en lo suyo. Excepto Rory, que caminó hasta él, lo tomó del brazo y lo llevó aparte, lejos de los demás. El hombre seguía temblando y su rostro se horrorizó cuando los cuerpos empezaron a ser levantados, pero Rory lo obligó a calmarse y a callarse. Lejos de miradas indiscretas, tras un pequeño promontorio coronado por espinos y hierbas perennes, consiguió que el hombre se tranquilizara, aunque no del todo.
—¿Qué es eso de qué se levantarán? —Preguntó.
—Porque lo harán. Bien lo sé.
—Están muertos. Todos están muertos. Aparte de Jesús no sé de nadie más que haya resucitado. Y dudo que eso ocurra hoy.
El hombre se mantuvo callado un rato, como dudando si continuar o no.
—Mi esposa se levantó anoche —dijo al fin, la voz quebrada, temblando y sollozando copiosamente.
—¿Cómo dice? —Rory no estaba seguro de haber escuchado bien.
—Usted quiere saber lo que ocurrió aquí ¿cierto? —Rory asintió—. Se lo diré, sólo por favor no me interrumpa. Aún no sé si todo fue realidad. Todo fue tan increíble y espantoso que...
—Cuénteme por favor.
—Sí. Veníamos a pasar unos días al desierto. Se hacía tarde y de pronto nuestro bus se detuvo. El chófer dijo que había sufrido una avería pero que sabría resolverla. De todos modos, nos pareció un sitio como cualquier otro y pensamos que podíamos pasar la noche aquí. Antes de todo alguien destapó uno de nuestros barriles de agua y empezó a repartirla a todos. No recuerdo bien por qué, pero yo no quise tomar. Media hora más tarde todos estaban muertos, menos yo.
—Así que mis sospechas eran ciertas —meditó Rory—. Fueron envenenados.
—Así parece —dijo el sobreviviente, quien le dirigió a Rory una dura mirada. Entonces recordó éste que no quería que lo interrumpieran—. Fue una escena horrible. Treinta minutos duró el que más resistió. Y todos me miraban, unos pidiendo ayuda, otros acusándome. Mi esposa quería que la salvara, pero no pude hacerlo. Murió escuchando mis sollozos en sus oídos.
»Ante la imposibilidad de comunicarme con la ciudad, decidí regresar a pie. Pero no permitiría que mi esposa fuera pasto de los cuervos. De modo que resolví cavar un agujero y enterrarla. Ya cuando regresara con las autoridades podría sacarla para llevarla a casa. Me llevó varias horas, y hacía ratos que había oscurecido cuando terminé de cavar.
»Icé su cuerpo en mis brazos y tras cubrirlo con mantas y sábanas lo llevé al agujero cavado. Imagine mi pasmo total cuando ella mueve un brazo cuando ya tiene medio cuerpo cubierto de tierra. Al principio sentí miedo, mucho miedo, pero después pensé que tal vez después de todo no estaba muerta. Entonces abrió los ojos y me alcanzó la desesperanza. Eran unos ojos azules como un lago helado, carentes de vida, pero impregnados de odio y malicia. Y se alzó, se alzó de un salto y se abalanzó sobre mí. Más por reflejo que por intención logré atizarle un golpe en la cabeza con el mango de la pica con la que había estado cavando. Entonces me eché a correr.
»A un centenar de metros de donde está el bus que nos transportaba encontré un pequeño bache y caí en él. Me golpeé con fuerza al caer, pero no grité. Hubiera sido fatal. Porque ella se había levantado, y me buscaba. Reuní el suficiente valor para sacar la cabeza como haría un conejo en su madriguera y la busqué. Ella se deslizaba felinamente, con una elegancia que no habría adquirido en vida ni aun tomando clases. Me buscaba. Lo sé. Porque escudriñaba todo con ojos de halcón. Pero no me halló y yo no me atreví a moverme un solo centímetro. No sé por qué lo hizo, pero más tarde tiró la camioneta de un solo empujón. Tenía una fuerza sobrehumana. Después se alejó, creo que aun buscándome.   
»No me atreví a salir en esos momentos. Me acuclillé en el agujero, y temblando como un pollo con frío me quedé allí, agazapado, incapaz de pensar con claridad ni de discernir nada de lo que había ocurrido. Cansado y aterrado como estaba, se apoderó de mí la somnolencia y me quedé dormido.
»¿Cómo explicar lo que ocurrió después? ¿Fue un sueño o fue realidad? Nada me gustaría más que haya sido lo primero, pero tengo la fuerte sospecha de que no es así. Verá señor detective, una extraña vibración en la tierra me extrajo de mis inquietos sueños. Luego una luz blanquecina cegó mis ojos y apareció ante mí un ser vestido en plata. Usaba túnica y una capucha le tapaba hasta la mitad de la nariz, de modo que no podía apreciar su rostro por completo. Pero cómo resplandecía. Y me dijo que quemara los cuerpos, que los quemara sin moverlos de allí, o se levantarían como había hecho mi esposa y traerían muerte y caos al mundo. Después me quedé dormido de nuevo, pero fue lo primero que recordé cuando desperté por la mañana.
»Llevaba la mañana pensando cómo emprender la delicada tarea cuando aparecieron ustedes.
El sobreviviente calló durante largo rato y Rory supo que no continuaría hablando. No le creyó al tipo, al menos no todo. Pero no le podía decir que estaba loco y que necesitaba ir a un psiquiátrico.
—De todas formas, ya no podemos hacer nada —le dijo—. Los cuerpos ya fueron recogidos y pronto irán camino a la ciudad.
—¡Deténgalos! Usted es detective, puede pedirles que lo hagan. Quémenlos ahora y puede que todavía no sea demasiado tarde.
—Me parece que exagera mis poderes —declaró Rory—. Mejor venga conmigo, lo llevaré a casa.
El hombre se quedó quieto, inmóvil, apretó los puños e hizo un mohín con los labios. Parecía un niño enfurruñado y durante un momento Rory pensó que haría un berrinche.
—¡Bah! —Bufó después, encogiendo los hombros—. A mí qué me importa. Pero le aseguro que antes de que termine la noche esos muertos se levantarán y nos asesinarán a todos.
—¿Y nos convertiremos como ellos? —Rory no pudo evitar hablar con sorna.
—No lo sé.
El sol se escondió en el horizonte en esos momentos, cuando ellos empezaban a regresar con los demás. Fue cuando empezaron los gritos.
—¿Qué ocurre? —Dijo Rory, que corrió a la cima del promontorio que los ocultaba para ver mejor.
—Se lo dije —sentenció el sobreviviente.
Ante Rory apareció una escena de película. De película de horror. ¡Era cierto! Los muertos se habían levantado, y moviéndose a la velocidad del rayo atacaban todo aquello que tenía vida. Los tiraban a grandes alturas, les desgarraban la garganta y las extremidades; los despedazaban. La policía empezó a disparar, pero los muertos andantes eran muy rápidos y dieron buena cuenta de ellos. Aun así, muchos recibieron balazos en el cuerpo y en la cabeza, pero no caían. ¡Cómo iban a caer si ya estaban muertos!
—Corramos —oyó que le susurró el hombre por atrás.
Rory contempló la escena un minuto más. Sentía un nudo en la garganta y los músculos agarrotados. Vio su auto más allá, pero supo que no podría llegar a él. Cerca de allí vio a Ariel morir de una dentellada en la garganta. Después lo tomaron entre dos de las extremidades hasta que su cuerpo se rompió. La sangre y las vísceras salpicaron como una charca en la que cae un objeto grande. Una periodista intentó tomar una fotografía y murió con la cámara estampada en el rostro. Vio personas que subieron a los autos e intentaban huir, pero los muertos-vivientes golpeaban los costados con los hombros y los hacían dar vuelta. ¡Era un pandemónium!
De modo que asintió.
—Sí —dijo.
Y acompañado del tipo que hace un minuto creía loco se echó a correr por el desierto, dejando atrás gritos y terror, mientras la noche negra caía y los envolvía en su negro abrazo.

9 comentarios:

  1. Guau, ¿tiene continuación?. Ya que el final quedó abierto, y aún no se sabe quien era el ser vestido de plata. Tampoco se sabe lo que causó tal situación. El cuento está excelente y misterioso. Hasta la próxima. Saludos desde Venezuela.

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  2. Hola a ambos. Lamento deciros que no lo escribí pensando en una continuación. A decir verdad ni siquiera lo había pensado antes de vuestros comentarios. De modo que para mí, el cuento está zanajado aquí mismo. Igual, me alegra que os haya gustado.

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  3. hola enserio lo escribiste tu pues esta super interesante me gusta mucho a mi me encanta ese genero yo opino que deberias considerar una segunda parte un saludo me llamo mercedes y ya te sigo

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    1. Hola Mercedes. Y sí, todas las historias del blog las he escrito yo. Sobre la segunda parte, mmm... no creo. Pero no os preocupéis por eso. La otra semana vuelvo con más relatos. Un abrazo y que bien que te guste lo que escribo.

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  4. WoOoo!!! de diez, a mi tambien m gustaria que haya continuacion =).Saludos desde Perú

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    1. Hola Marilú, y como dije antes, para mí el cuento está cerrado. Muchas historias concluyen así, con finales abiertos. Tiempo después podría retomarse, cuando ya no hay ideas. Pero ese no es mi caso, mi mente reboza de imaginación y trabajaré en algo nuevo. Bueno, saludos!

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  5. Un muy buen relato, deberías re considerar la parte de la continuación. excelente Manuel muy pero muy bueno el cuento ya hacíA falta leer algo tan bueno. Saludo desde Mazatlán

    Osiel

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    1. Gracias Osiel. Pareciera que se han puesto de acuerdo para pedir continuación, pero soy tozudo y no cedo tan fácil, Jaja. De todas formas ya trabajo en el siguiente relato. Un abrazo!

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