Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

17 de junio de 2015

El regalo del diablo

Jonathan observaba al pequeño perrito color canela con aprensión. Éste movía la colita a uno y otro lado y daba saltitos alegres. Jeremías, su pequeño hijo de cinco años, corría tras él, feliz de la vida.
—Viste lo que hizo, ¿cierto? —Dijo a su mujer, parada en el vano de la casita semiderruida en la que vivían.  
—¿Qué cosa? —Preguntó a su vez ella.
—Estaba al otro lado de la tela de metal —explicó Jonathan— y de repente estaba de este lado, en el patio.
Dora le sonrió con ternura. Jonathan percibió sorna en esa sonrisa y durante un instante sintió la rabia rebullir en su interior.
—Es un perro muy pequeño, Jonathan —observó su mujer—. No me sorprendería que cupiera por los agujeros de la malla. Además, no es la mejor malla del mundo.
En algo tenía razón su mujer; no en que el perro cupiera por los agujeros de fábrica de la malla, no, Canelito (como lo había bautizado Jeremías) medía unos treinta centímetros de alto, imposible que se deslizara por uno de los agujeritos de cinco centímetros de diámetro; Dora tenía razón en que no era la mejor malla del mundo. Le faltaba algunos filamentos en varias secciones y en otras, había agujeros por los que se colaban hasta los cerdos de los vecinos, entiéndase los que viven en el aprisco no los de dos piernas. Pero Jonathan estaba seguro de haber visto al cachorro traspasar la malla en un sitio donde permanecía intacta. «¿Es que veo visiones?» La falta de alcohol también podía ser culpable. Hacía un mes que no probaba una sola gota.
—¿Dónde dices que lo encontró? —Preguntó al cabo de un instante.
—No lo sé —respondió Dora—. Sólo ha dicho que se lo regalaron.
—Hey, Jere, dónde hallaste a Canelito.
El pequeño se detuvo y se encogió de hombros. También se detuvo el cachorro, junto a los pies del niño y dirigió una mirada nada tranquilizadora a Jonathan. Éste retrocedió un paso, de pronto asustado.
—¿Ocurre algo, Jonathan? —Se interesó Dora.
Jonathan miró de nuevo al perro, sólo vio a un cachorro curioso y feliz junto a su amo.
—Nada —dijo. Y dirigiéndose a su hijo—: ¿Quién te lo regaló?
—Un amigo.
—¿Qué amigo?
—Un compañero del kínder, un vecino, ¿quién, cariño? —Preguntó a su vez la madre.
—Un amigo —respondió de nuevo el chiquillo.
Jonathan sintió cómo la rabia se arremolinaba en su interior y tuvo que luchar para reprimirla. Hacía un mes que había dejado de tomar, hacía un mes que no golpeaba a su hijo ni a su mujer. Pero es que ese chiquillo sacaba de sus casillas a cualquiera. ¿Le estaban haciendo una pregunta directa y se limitaba a encogerse de hombros y dar una respuesta vaga? ¿No merecía esa actitud una buena tunda? Dora debió percibir su lucha interior porque se acercó a él y le puso una mano en el hombre.
—Déjalo —susurró—, es un asunto sin importancia.
Jonathan asintió a regañadientes y mejor fue a tumbarse al sucio colchón de la sucia cama de su sucia recámara. Sentía el llamado del alcohol desde muy adentro. Una cerveza, un trago de aguardiente, lo que fuera para calmar esa imperante necesidad; pero sobretodo, para apagar esa rabia que le quemaba por dentro. Afuera, Jeremías empezó a corretear de nuevo con el maldito cachorro y Jonathan se quedó dormido, imaginando con placidez que estrangulaba a Canelito.
Cuando despertó y abrió los ojos no pudo reprimir un grito de miedo y sorpresa. Canelito estaba echado sobre su pecho y lo miraba con ojos grandes, oscuros y profundos. Si la ternura tuviera ojos, sin duda serían unos ojos como los que tenía Canelito en esos momentos. «Es sólo un perrito —se dijo Jonathan—. Un tierno y cariñoso perrito». Con titubeo empezó a acercar una mano, con intención de acariciarle la cabeza. Los ojos del cachorro se transformaron de pronto, adquirieron un tono febril, brillante y malévolo y su cabeza se movió como el rayo en busca de la mano de Jonathan. Éste logró apartarla justo a tiempo. Las pequeñas mandíbulas de Canelito se cerraron en el aire, produciendo tanto ruido como la dentellada de un cocodrilo. Jonathan respondió tirándolo al piso de un manotazo.
Canelito se puso de pie, gruñendo como una fiera. Jonathan se bajó de la cama y tomó una pantufla dispuesto a darle una azotaina al abusivo can, hasta que vio que el cachorro no era el mismo. ¡Crecía! El maldito animal estaba creciendo. Y no sólo eso, su pelaje pardo empezaba a tornarse oscuro y sus garras y colmillos se tornaban enormes y agudos. Y su gruñido se transformaba en algo áspero y grave, como el de una bestia de inusual tamaño.
Jonathan dejó caer la pantufla, aterrado hasta los huesos. ¡El maldito animal seguía transformándose! Ahora tenía medio metro de altura y seguía creciendo a ojos vista. ¡Lo iba a matar!
En esos momentos se abrió la puerta de la habitación e hicieron su ingreso Dora y Jeremías.
—¡No! —Les gritó Jonathan—. No entren, váyanse.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué gritas? —Quiso saber Dora.
—¿Es que no lo v…? —No terminó la frase. En el lugar que un segundo antes había un perro monstruoso, había sólo un cachorrito color canela, con una manita encogida, y gimoteando lastimeramente como si le doliera.
—¡Lo golpeaste! —Chilló Jeremías.
—Intentó morderme —dijo Jonathan a modo de disculpa. Aunque no entendía por qué se disculpaba. Él era el amo de la casa, y los amos no se disculpan.
Dora lo miró con conmiseración, luego se agachó junto a Jeremías y se puso a revisar al perro.
—No le pasa nada, cariño —dijo a su hijo al cabo de un momento—. En un ratito estará cómo nuevo, sólo espera que se le pase el dolor.
Su mujer era una mujer piadosa, demasiado piadosa en opinión del propio Jonathan. Llevaban ocho años juntos y Jonathan sólo la había visto molesta o enojada cuando golpeaba a Jeremías sin razón aparente. Entonces se entrometía en defensa del pequeño, y Jonathan la agarraba contra ella. En esos momentos ella no metía ni las manos, hasta parecía feliz de recibir una buena tunda. Y con ello sólo conseguía que Jonathan se enrabietara más. Como empezaba a ocurrirle en esos momentos.
—Deja al estúpido cachorro —soltó con brusquedad—. A fin de cuentas ni es nuestro.
—¡Es mío! —Chilló el pequeño—. Me lo regalaron.
—¿Quién?
El chico volvió a titubear, como si temiera una regañina si decía quién se lo había obsequiado.
—Un amigo —fue todo lo que dijo, compungido.
La ira de Jonathan amenazaba con desbordarlo y supo que tenía que alejarse de ellos o terminaría golpeándolos como antes, que era todo por lo que había dejado de tomar.
—Voy a dar una vuelta —dijo y salió.
—Jonha, no vayas a tomar —dijo su mujer, cuando ya estaba en la puerta de la habitación.
Jonathan se alejó a grandes zancadas, antes de que el impulso de regresar y darle un puntapié se hiciera demasiado fuerte. ¿Cómo se atrevía…? ¿Quién era ella para decirle qué hacer o dejar de hacer?
Y quizá fue esa rabia, ese sentimiento de impotencia y frustración lo que guío sus pasos al bar de mala muerte que hasta hacía un mes era su segunda casa. O quizá fue algo más.

Cuando regresó a casa iba medio borracho. Y por eso iba feliz. Había tomado solamente la mitad de lo que acostumbraba y pensaba que, si podía hacer eso siempre que quisiera, el problema del alcohol estaría resuelto. Podía ser igual que muchos de sus compadres, que tomaban cada ocho o quince días y llevaban una vida normal. Había resistido el impulso de emborracharse hasta las chanclas, eso era un gran avance. Cuando Dora lo supiera estaría muy contenta.
Quizá Jonathan había encontrado el término medio a su problema de alcoholismo, quizá a partir de ese día hubiera llevado una vida más o menos normal, pero hasta ese momento no había incluido en sus cálculos a Canelito, el maldito cachorro que quién-sabe habían regalado a su hijo.
Y era ese nuevo integrante de la familia quien lo esperaba en el patio de la casa.
Jonathan se le quedó viendo, desde detrás de la puertecita que daba acceso al patio. El cachorro parecía dormido, y a la luz argéntea de la luna parecía un animal de lo más apacible. Sintió ternura por aquella pequeña bola de pelos y se preguntó si no tendría frío, aunque la noche no era fría. Quitó el seguro de la puerta y la abrió con un pequeño chirrido. Canelito alzó la cabeza y sus ojos brillantes, más que la misma luna, pararon en seco a Jonathan, que recordó el episodio de esa tarde y decidió que, de ninguna manera habían sido figuraciones suyas.
El maldito cachorro se puso de pie y empezó a gruñir. Y de nuevo empezó a transformarse. Pero Jonathan no era Jonathan en esos momentos, era medio-Jonathan y la otra mitad era un borracho que golpea todo aquello que lo irrita y lo saca de sus casillas, y Canelito era precisamente lo que estaba haciendo. De modo que tras el susto inicial cogió un madero que había en la cerca, lo arrancó de un tirón y se fue encima del cachorro que seguía transformándose.
—Papá ¿qué haces?
Jonathan oyó la vocecilla de su hijo, pero hizo caso omiso de ella. En esos momentos ya nada lo desviaría de su objetivo. Le asestó en la testa al animal con el madero, quien salió volando por los aires y se arrastró varios metros antes de detenerse. Jonathan avanzó hacia el perro con intenciones de rematarlo, pero una sombra le pasó por las piernas y cubrió con su cuerpecito al animal.
—Quítate, ese animal es peligroso —gritó Jonathan y de un puntapié apartó a Jeremías, que soltó un gemido y empezó a llorar.
Cuando el perro quedó al descubierto, Jonathan constató que el monstruoso animal se había convertido nuevamente en Canelito, un cachorrillo inofensivo. Una línea de sangre le manaba de la frente. Y de pronto la culpa lo invadió. Se sintió estúpido, pero sobre todo miserable. Vio al cachorrillo gimiendo y sangrando, a su hijo, hecho un ovillo y sollozando. Era de esperar que no tardaría en aparecer su esposa, quien lo vería con ternura, y con palabras amables lo llevaría dentro y lo acostaría en la cama. Pero no sería la ternura que se da a alguien que se quiere, sino la que se prodiga a alguien que da lástima y que se sabe ya no tiene arreglo.
En esos momentos Jonathan dejó caer el madero y se echó a llorar. Cayó de rodillas y siguió llorando. Un mes sobrio, un mes sin beber, y lo había echado a perder de nuevo, en un instante. Se sentía desgraciado, infeliz, desahuciado; quería morir.
Y mientras lloraba no vio que Canelito se puso de pie. No vio cómo multiplicó varias veces su tamaño, ni cómo el pelaje se volvió negro como la noche sin luna, ni cómo su hocico monstruoso y de dientes enormes y afilados empezó a acercarse a su cuello. Sí percibió su aliento gélido y fétido, y cuando alzó la vista se encontró con dos ojos luminiscentes y llenos de rabia; después una dentellada y un líquido cálido como el beso de una madre empezó a descender por su garganta. Jonathan supo que moría.
El pequeño Jeremías se puso de pie y se desempolvó la ropita.
—¿Quieres saber quién me regaló a Canelito, Padre? —El chico se acercó con calma hasta él y observó con cierto deleite cómo intentaba taponar la hemorragia de su cuello—. ¡Me lo regaló el diablo!  

10 comentarios:

  1. Un gran relato. y, como siempre, muy bien escrito. Al igual que el de la semana pasada, aunque no comenté, me encanto. Felicidades, Manuel

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No te preocupes Esther, no tienes que comentar para saber que estás allí. Y como siempre, gracias por leerme y qué bien que te haya gustado. Un abrazo!

      Eliminar
  2. K me encantó eso de los cerdos de los vecinos jejejeje. muy bien escrito, muy bueno Manuel muy bueno. Un saludo desde Mazatlán

    Osiel

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jaja, un toque de comedia para variar. Saludos Osiel.

      Eliminar
  3. Estupendo, al principio creí que se trataba de que el niño era el malo, pero resulta que el antagonista era el perro. Es una de las pocas historias de perros asesinos que tienes. Excelente los padres, no deberían dejar que los niños acepten cosas de extraños. buena narración y un final interesante, como todos tus cuentos. Hasta la próxima historia. Saludos desde Venezuela.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias Ongie, gracias por comentar. Pues sí, el perro era el malo, pero si te fijas en la calma con que afronta la última parte Jeremías, te darás cuenta que tampoco está exento de culpa, me parece que también tiene su parte de maldad. Bueno, Saludos desde Guatemala. la Tierra de la Eterna Primavera!

      Eliminar
  4. Muy buenoo , como todo lo q escribes. =) !!!!. Publica mas seguido PLISSS... JEJEJE.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Lo siento Marilu, una vez por semana es lo más que me puedo permitir. Abrazos!

      Eliminar
    2. A veces no públicas una vez x semana! El cuento anterior fue publicado a los casi 15 días de diferencia. Aunque x una parte comprendo k puede ser complicado combinar la vida diaria con la escritura y más x el hecho que el blog y su contenido es gratis, por mi parte se te agradece que nos regales buenos y entretenidos momentos de lectura. Un saludo como siempre desde Mazatlán

      Osiel

      Eliminar
    3. Tienes razón Osiel, no siempre publico cada semana, pero casi, eh! Pero es que a veces no tengo ánimos de nada, y escribir puede ser a veces tedioso. Pero seguiré escribiendo y procurando publicar siempre una vez a la semana. Aunque no prometo nada. Saludos.

      Eliminar