Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

18 de mayo de 2015

¿Vino o realidad?

En la foto aparecía él. Abrazaba a Diana. La sonrisa de ambos era brillante, era una sonrisa de felicidad. “Diana y Arthur, para siempre”. Diana había escrito el epígrafe, con pulcra caligrafía. De eso hacía una eternidad. No pudo contener la solitaria lágrima que desde hacía ratos pugnaba por salir de uno de sus ojos. Tampoco reprimió un profundo suspiro. “Fuiste lo mejor mientras duró. Lo siento mucho”. Aquella frase la había escrito al reverso de la fotografía, cuando un año atrás se la mandó devolver.
No entendía por qué seguía tan prendado de ella. «Porque sólo te enamoras una vez». Era una frase que había oído en muchas ocasiones, siempre la había considerada falsa, ahora ya no estaba tan seguro. Volvió a suspirar y metió la foto en el cajón de costumbre. Abrió un segundo cajón y sacó la botella de vino que había recibido una semana atrás. No tenía etiqueta, de modo que no había forma de saber su nombre ni el de la compañía que lo había fabricado, y su tapón era un corcho viejo y amarillento. Venía con una simple nota, en un papel viejo y arrugado: “Resolverá tú problema”.
Arthur dudaba que una borrachera resolviera sus problemas. Como mucho disolvería sus penas durante un rato. Aunque no dejaba de ser curioso que la nota fuera específica en ese sentido: “… tú problema”. Arthur brincaría de alegría si sólo tuviera un problema. Estaban sus tres meses sin empleo, las dos cuotas atrasadas de la hipoteca, el semestre perdido en la universidad, la enfermedad de su madre en la que había invertido sus últimos ahorros y, el que más daño hacía a su alma, su amor por Diana. De alguna forma sabía que la nota, una broma de sus amigos, se refería a esto último.
En el año transcurrido desde que Diana había terminado con él se había emborrachado no pocas veces, sus amigos ya deberían saber que eso no resolvía el problema. El problema era que su corazón se negaba a aceptar la realidad, y la realidad era que esa tarde, puede que en esos mismos instantes, Diana caminaría al altar. Ese pensamiento le produjo un sordo dolor en el pecho y se apresuró a abrir la botella. El sacacorchos se incrustó mal y cuando retiró la tapa, después de un esfuerzo poco usual en esos menesteres, el vino salpicó y le manchó los pantalones grises y la chaqueta marrón. Maldijo un rato y después fue a buscar una copa.
Una vez tuvo listo todo se sentó en el mullido sofá, dejó la botella en la mesita de centro y sostuvo la copa con el vino escanciado en la mano. El caldo era rojizo, casi del color de la sangre, y el olor, agridulce y avinagrado, también despedía un aroma a oxido. «¿Será otra broma de los chicos?» Sus amigos eran bromistas, pero si le habían enviado sangre en lugar de vino, se encargaría de que se la pagasen caro. Con tiento se llevó la copa a los labios y dio un pequeño sorbo. Sabía a frutas, sabía a besos, a jugos de mujer, a sangre; sabía a más.
«¿Qué demonios es esto?» Con todo volvió a llevarse la copa a la boca y la vació de un trago. Los raros sabores seguían allí, más fuertes, más identificables, más apetecibles. Sintió calor en la garganta y su estómago protestó durante unos instantes, revuelto, pero se apaciguó momentos después. Se levantó, trastabilló, mantuvo el equilibrio a duras penas, y soltó una sonora carcajada. ¿Borracho tan pronto? La idea le pareció divertida y volvió a reír. Cerró la boca un momento después y le pareció que la risa se mantenía en el aire un rato más. Eso era raro.
Volvió a dirigirse al mueble de los cajones, esta vez con pasos más seguros, y regresó con una cajetilla de cigarrillos y un encendedor. Prendió uno y le dio una fuerte calada; expulsó el aire formando círculos y los miró fijamente hasta que perdían forma y desaparecían de su vista. Notaba los músculos más relajados y el pensamiento un tanto embotado. Vino o no, sin duda era algo que cumplía con su cometido: embriagar. Se sirvió otra copa y se la bebió a sorbos.
La tarde fue transcurriendo en aquella monotonía: cigarrillo, vino; vino, cigarrillo. Con cada minuto que pasaba sentía la mente más embotada, sin embargo, el dolor seguía allí, y puede que más fuerte. Imaginó la catedral, a las damas con sus vestidos y a los caballeros con sus esmóquines, las agujas de pino y los pétalos de rosa alfombrando el enlosado, imaginó al padre de rostro bondadoso e imaginó a la novia vestida de blanco, con el velillo cubriéndole el rostro. Pero él podía ver ese rostro, esos ojos oscuros, esa nariz pequeña, esos labios carnosos; ese rostro que en sueños veía y que tanto añoraba. Pero también lo imaginó a él, al novio, y sintió la rabia reverberar en su interior. Apuró los restos de vino de su copa y le dio una calada con rabia al cigarrillo. Fue expulsando el humo poco a poco y sintió cómo la calma regresaba lentamente.
En un momento dado se encontró imaginando que corría a la iglesia, que irrumpía en el interior y evitaba la boda. En sueños Diana le dijo que lo amaba, que siempre lo había amado. El otro novio no estaba contento y fue echado sin miramientos afuera. Ahora el que se casaba era Arthur. Y sonrió. Sonrió como un bobo, feliz. El cigarrillo se había consumido y le quemó los dedos, devolviéndolo a la realidad, a la triste realidad.
Entonces se echó a llorar. Lloró por su amor perdido, por sus sueños infructuosos, por sus proyectos sin construir. Lloró por su madre enferma, por sus fracasos laborales. Y después se echó a reír. Era una risa ronca. Se vio a sí mismo, sentado en un viejo sofá, solo, bebiendo vino desconocido y echando humo como una chimenea. Era una estampa triste y lamentable, y eso lo hizo reír. Y después se echó a llorar de nuevo.
Pero la risa persistió en el aire.
Arthur cesó en su llanto y giró la cabeza a todos lados, arriba y abajo, buscando la fuente de aquella risa. La risa continuó en el aire un rato más, después se fue diluyendo con lentitud, con demasiada lentitud. Arthur sudaba copiosamente y temblaba, y no precisamente debido al vino. Apuró una nueva copa y se puso de pie cuando los temblores remitieron lo suficiente.
—¿Quién está ahí? —Preguntó.
La ventana del costado, cerrada hasta ese momento, se abrió de golpe y los postigos golpearon contra la pared. Una ráfaga de aire frío se coló en la sala y una nueva risotada se dejó oír. Pero esta vez ya no era el eco de su propia risa, sino una nueva, más ronca, más malsana, más antinatural. Aún ebrio, Arthur sintió un miedo profundo y sin darse cuenta se encontró buscando refugio tras el sofá. Después asomó la cabeza, como una tortuga desde su caparazón, y espió. Allí no había nada, ni nadie.
Cayó en la cuenta de que ya se había hecho de noche y que la habitación estaba en penumbras. Quienquiera que le estuviese gestando aquella broma bien podría estar escondido en alguno de los oscuros rincones. De modo que se obligó a reunir valor y se escurrió hasta una pared para accionar el interruptor que prendía las luces de la sala. La bombilla destelló un instante, luego explotó y miles de esquirlas volaron en todas direcciones. A continuación, una densa humareda negra se agitó en el centro de la estancia y adoptó una forma casi humana. Arthur emitió un gemido aterrado y se hizo un ovillo junto a la pared. 
El humo río estruendosamente y Arthur creyó morir de pánico.
«No es real. No es real. No es real», se repitió una y mil veces en la mente. Cerró los ojos y contó hasta diez. La risa remitió otra vez y Arthur abrió los ojos, esperanzado en que lo único que vería era su vieja y sucia sala tan normal como antes. Pero el denso humo, tan negro que los ojos sólo podían fijarse en él, seguía allí, y miraba a Arthur con ojos chispeantes y una mueca divertida en el etéreo rostro.
—¿Qué eres? ¿Quién eres? —Preguntó Arthur, arrebujado contra la pared.
El ente no dijo nada durante un rato, se limitó a mirarlo, a escudriñarlo, y Arthur sintió que aquella cosa miraba hasta el fondo de su alma.
—Sé lo que quieres —dijo al fin, con palabras casi inaudibles y carrasposas—. Yo puedo dártelo, pero necesito de un medio.
—¿Eres real? —Preguntó de nuevo Arthur— ¿Eres una alucinación?
—Realidad o ficción, puedo ayudarte a hacer aquello que tanto anhelas.
—Tú no sabes nada —gritó de pronto Arthur. Había llegado a la conclusión de que aquel ser era obra de su imaginación y su borrachera, y eso lo envalentonó—. ¿Qué sabes tú de mis anhelos?
—Oh, yo lo sé. Pero te niegas a decirlo en voz alta, incluso a decirlo en tu mente. —El ser de humo flotó hasta quedar a escasos centímetros de él y cuando abrió la boca para hablar, Arthur sintió su aliento putrefacto, como el de un cadáver en descomposición—. Quieres verla muerta —susurró.
Arthur se quedó pasmado. No. Nunca. Él la amaba. También la odiaba por haberlo dejado, pero sobre todo la amaba. ¿O no?
—Te remuerde que ahora esté en los brazos de otro, y sufres por los besos que está recibiendo, por las caricias, por las palabras…
—¡Ya basta! —Gritó Arthur.
El ser de humo sonrió, luego alargó una informe mano y tocó el rostro de Arthur, éste hizo por apartarse pero la mano le rozó el rostro, no sintió contacto físico, sino solamente frío.
—Sólo tienes que autorizármelo —dijo el ser—, y lo haré por ti.
—¿Autorizarte qué?
—No puedo tocarte. No puedo tocar nada. Debes dejarme entrar en tú cuerpo.
—No —chilló Arthur. Y después se echó a reír. No lo podía creer, estaba discutiendo con una alucinación.
—¿En verdad crees eso?
La humareda se alejó de él y se quedó flotando junto al techo a mitad de la sala. De alguna forma, aquella estampa, aquel tremolar del ser en el aire, le hizo pensar que era real. Se puso de pie con torpeza, temblando ligeramente, sin apartar la vista de la humareda negra.
—Si usas mi cuerpo entonces seré yo el asesino —dijo—. No me resolverías ningún problema, me crearías más.
—Lo resolvería —sentenció el ser.
Arthur empezó a deslizarse con lentitud, sin apartar la mirada de la figura de humo, hacia el mueble de los cajones. El ser lo observó sin moverse. Bueno, el humo se agitaba y se ondulaba, pero no parecía un movimiento pensado, sino algo inherente a la naturaleza del ente. Llegó hasta el mueble y abrió el cajón, tanteó en la oscuridad hasta que dio con aquél papel de superficie lisa y sacó la fotografía, su único recuerdo. En la oscuridad de la habitación no vio a los fotografiados, de modo que se deslizó hasta la ventana, donde la luna creciente le proporcionó unos rayos de luz. Y allí estaba él, abrazando a Diana, algo que jamás volvería a hacer, y el sordo dolor en el pecho fue más fuerte que antes.
Y entonces supo que el ser tenía razón. La quería para él, pero si eso era imposible, tampoco la quería para nadie. Su vida sería un tormento si todas las noches las pasaría imaginando a Diana en brazos de otro. Con ella muerta, al menos tendría ese consuelo, entonces tendría paz, y quizá la suerte empezara a sonreírle de nuevo.
El ser de humo parecía leer en su mente porque sonrió.
—¿No puedes usarlo a él? —Preguntó, aunque ya sabía cuál sería la respuesta.
El ser de humo negó con la cabeza de humo. Con todo, habría sido la jugada perfecta que aquel ser se apoderara del cuerpo del esposo para deshacerse de la esposa. Pero ni modo, Arthur jamás se consideró un tipo con suerte, excepto cuando la tuvo a ella.
—Venga, hazlo —invitó, y abrió los brazos.
El ser no esperó más, se abalanzó sobre aquel cuerpo que se le abría y penetró en él, apoderándose del mismo y moldeándolo a su forma más monstruosa. Arthur sintió frío, mucho frío, y después calor, y después su mente se durmió.

Despertó en su habitación a la mañana siguiente. Le dolía la cabeza fuertemente y se juró a sí mismo, por enésima vez, que no volvería a beber. Bajó las escaleras arrastrando los pies y sacó del refrigerador una jarra de agua fría, se la empinó y se tomó la mitad de un golpe. Aunque se le congeló la cabeza durante un momento, después se sintió mejor. Después fue a sentarse en el mullido sofá y encendió la televisión.
Sobre la mesita de centro estaba la botella de vino sin etiqueta a medio vaciar. «¡Carajo! Ni siquiera me la tomé toda». Sin embargo, le había puesto una borrachera de ley, y de la jaqueca, ni hablar.
Mientras buscaba el noticiero con el control remoto empezó a recordar la noche anterior. Se puso de pie de un salto cuando llegó a la parte del ser de humo. Sonrió, sintiéndose estúpido. Si sus amigos lo hubieran visto hablar solo, como si interactuara con alguien… era mejor no pensar en ello. Miró con el ceño fruncido la botella medio vacía, todo era culpa de esa cosa. Lo bueno es que todo había sido una jugada de la borrachera ¿verdad?
De pronto lo asaltó un vago temor. ¡La bombilla! La bombilla de luz se había hecho pedacitos. Con lentitud, temeroso de lo que iba a ver, empezó a levantar la vista. El corazón le martilleaba dentro del pecho, sabía que, si la bombilla no estaba allí, entonces era posible que todo hubiese sido real. Siguió alzando la vista hasta que enfocó la bombilla. Se permitió un suspiro de alivio.
«Sólo fue el vino —se dijo—. No fue real». Él no la quería muerta. No. Por nada del mundo. «Fue ese vino del demonio. Mejor me deshago de él. Y que no me entere quién de mis amigos fue porque lo mato».
Cogió la botella medio vacía de vino y se fue afuera, a tirarla al bote de basura. No vio la ventana abierta, ni sintió la ráfaga de aire frío que entró en la estancia, ni oyó el golpeteo de los postigos contra la pared y, sobre todo, no vio la noticia en la televisión: una pareja de recién casados había sido brutalmente asesinada la noche anterior. Un testigo ocular (no de mucha confianza por ser un borrachito de esos que viven en la calle), dijo haber visto a un monstruo entrar por la ventana de la habitación de la pareja. “Era un monstro —dijo—, lo único humano en él era el pantalón gris y la chaqueta marrón»

6 comentarios:

  1. Uy brutal, que estilo Manuel me recordó la máscara pero más maléfico quién sería q le envió ese licor al personaje

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  2. Escribes muy bien, aún no terminó tus cuentos y ya subes otro. Eres muy bueno, sigue así y verás k ese punto de no ser tan conocido como Mauro o Jorge leal pronto cambiara pues eres muy bueno en lo k haces. No me perderé uno sólo de tus cuentos. Saludos desde el bello Mazatlán


    Osiel

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  3. Gracias a ambos. Me alegra que os haya gustado. Su aliento es algo que conmina a seguir escribiendo, a la vez que trato de hacerlo cada vez mejor. Abrazos!

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  4. Formidable relato, con un argumento muy original. Y estoy totalmente de acuerdo con el segundo comentario:. escribes muy, muy bien. ¡Eres grande!.
    Un abrazo desde España

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    1. Muchas gracias por vuestras palabras. Hago lo mejor que puedo y espero mejorar con cada nueva historia, aunque no siempre es posible. Igual. Un abrazo Esther.

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  5. Fascinada....si no es mia....de nadie mas !!

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