Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

27 de mayo de 2015

Un paseo inesperado

Henry detuvo el auto frente el portón de entrada de sus tierras. Era de hierro rojo, por el óxido, no por pintura como había pensado Esteban. Él mismo se bajó, insertó una gruesa llave en el enorme candado y abrió una de las verjas, lo suficiente para que el auto pudiera pasar. Esteban observó el terreno que tenía por delante.
Era una extensión de terreno grande. Había potreros de pastos pardos a un lado, donde un centenar de vacas flacas masticaban la reseca paja sin demasiados ánimos. De ser Esteban una vaca, él tampoco habría querido comer de esa paja. Al otro lado había terrenos de labranza, también propiedad de Henry, donde se sembraba hortalizas, trigo y cebada, cuyos colores no eran diferentes al del pasto del otro lado.
«Este lugar se está muriendo».
Un año atrás la familia de Henry había desaparecido misteriosamente. En voz muy baja se llegó a murmurar que el joven los había asesinado para heredar antes de tiempo. Viendo el lugar, Esteban se preguntaba por qué alguien haría algo así por heredar un lugar en franca decadencia. Claro que hacía un año él no conocía a Henry, tampoco las tierras, y no sabía cómo había sido el lugar. Y en todo caso, ocre y oro todo, era más de lo que él jamás llegaría a tener.
Henry volvió a subir al auto y, tras cruzar el portón y cerrarlo de nuevo, condujo por un sendero de grava hacia la casa, que se alzaba medio kilómetro más adelante como un faro negro en un mar dorado. El aspecto de todo el conjunto era todo menos tranquilizador.
—No te gusta lo que ves —dijo Henry. No era una pregunta—. Lo comprendo. A mí me gusta menos que a ti. Es mío ¿recuerdas? Hace un año que todo está así. He intentado de mil maneras devolverlo a su estado original, pero nada ha funcionado. Abonos, insecticidas, resiembras, oraciones, hechizos… ¿Qué? ¿te extraña? Pues no debería extrañarte. Muchos aún creemos en la brujería. Al menos yo creía hasta que nada funcionó aquí. Haría lo que fuera para devolver a la finca su esplendor de antes. Éstas tierras eran el orgullo de mis padres y… y se están perdiendo. 
—Sé que lo lograrás —dijo Esteban.
—Sé que lo haré.
Se detuvieron en el patio frente a la casona negra. Era de madera, negra casi toda, excepto los marcos de puertas y ventanas y las gruesas columnas, también de madera. A Esteban le parecía sacada de alguna historia de terror.
—¿Te gusta? —Preguntó Henry.
—Sí —respondió Esteban. Y no era mentira. Los colores, aunque poco habituales, combinaban y creaban una cierta atracción—. Es muy bonita.
—La diseñaron mis padres hace diez años —contó Henry mientras subían dos escalones para llegar el porche. El piso de madera crujió cuando lo pisaron—. Demolieron la antigua casa, no tan grande como ésta, y la construyeron desde cero.
—Sin duda un trabajo formidable.
—Lo es.
Henry estaba abriendo la puerta principal cuando Esteban se fijó en un objeto blanquecino que sobresalía entre el césped pardo del patio. «Un hueso». Sin duda era un hueso. Esteban no sabía sobre anatomía ni sobre ninguna materia que tratara sobre el cuerpo humano, pero decididamente aquél objeto le parecía humano. «El tobillo —pensó— el que empieza en la rodilla y termina en el pie».
—¡Oh! —Henry había seguido la dirección de su mirada y también vio el peculiar objeto—. Travesuras de una de mis mascotas, supongo.
—¿Acaso tienes un león?
—No son tan salvajes.
De algún lugar sacó una bolsa plástica, bajó al patio y guardó el hueso en ella.
—Una pierna de carnero —anunció después de echarlo al bote de basura.
Desde luego que era una pierna de carnero. Aun así, Esteban se sintió inquieto. Recordó algunas de las historias que circulaban sobre la finca, historias de gritos a mitad de la noche, historias de rugidos y gruñidos, historias de invocaciones satánicas y fórmulas recitadas a la luz de hogueras que hacían que estas se agitaran como con vida propia, historias de seres semihumanos rondando por las tierras de Henry, historias que insinuaban que la ola de desapariciones que azotaba a la población tenía su origen allí.
—Entremos —dijo Henry, volviendo a su lado.
—Sí.
«Sólo son historias». ¿Entonces por qué ese hueso le había parecido humano? Pero se obligó a reprimir sus vagos temores y siguió a su anfitrión al interior de la casa.
El interior estaba en penumbras, el silencio era sepulcral y el aire húmedo. Henry no se molestó en abrir ventanas para ventilar el aire y que entrara algo de luz, sino que lo guió pasillo adelante. Al fondo abrió una puerta lateral y penetró en una estancia aún más oscura. Esteban se sentía en esos momentos como uno de esos chicos de las películas de terror que entran a tontear en casas abandonadas sin imaginar que van a encontrar escenas del más puro y absoluto horror. Solo que aquella casa no estaba abandonada, y él no andaba tonteando y, lo más importante de todo, no estaba en una película. En la vida real esas cosas sencillamente no pasaban.
Henry accionó un interruptor y una luz amarillenta, tenue, alumbró la estancia. El hedor era casi insoportable, pero la estampa aterradora de lo que había allí lo superaba con creces. Esteban retrocedió un paso instintivamente y apretó los dientes para no dejar escapar ninguna muestra de sorpresa o miedo.
Alineadas a las paredes había jaulas y mesas, donde había jaulas para los animales más pequeños.
—Te presento mis mascotas —dijo Henry visiblemente excitado.
Esteban conocía a Henry de unos meses atrás. Habían conversado un par de veces y su anfitrión le había contado que poseía una poco usual colección de animales exóticos y fantásticos. Esteban había dejado caer de manera casual que un día quería admirar su colección de mascotas. Y esa mañana Henry lo había interceptado en el pueblo y le dijo que subiera al coche que ese día vería lo que muy pocos habían visto. Esteban había pensado negarse, pero, necio de él, había aceptado. Y allí estaba, frente a una habitación de terror en lugar de frente al instituto, espiando a las chicas de la jornada dominical.
Había serpientes, monos horribles, lechuzas y buitres, un gato manco y un perro tuerto. En las jaulas sobre las mesas había arañas, la más pequeña del tamaño de un puño de niño, y la más grande, enorme como sandía. Había ratas y ratones, lagartijas (una de ellos de aspecto prehistórico) y un sin número de alimañas a cual más asquerosa y repugnante que la anterior. Esteban sufrió arcadas y tuvo que salir un minuto de la habitación para contener su revuelto estómago.
Cuando regresó aquel zoo de terror había despertado de una especie de letargo y producían ruidos furtivos que sobresaltaban a Esteban continuamente.
—¿Qué te parecen? —Preguntó Henry, radiante.
«¡Está loco! Éste maldito está loco. Cómo puede sonreír en un sitio así».
—Es una colección bastante heterogénea —acertó a decir. ¿Qué debía decir?
Henry soltó una risotada y le palmeó la espalda. Sus mascotas rebulleron y se agitaron en las jaulas. Esteban tuvo la sensación de que también reían.
—¿Qué es este lugar, Henry? —Preguntó con brusquedad. Sentía que se burlaban de él y eso lo ponía molesto—. Mencionaste especies raras, no horrendas.
—Es lo que tienes en frente —dijo Henry—. Especies raras, a algunos les parecerán especies feas, pero a mí no.
—Creí que hablabas de loros, guacamayos, algún felino y quizá uno de esos roedores que provocan admiración y no asco.
—Mi error sin duda —reconoció Henry—. ¿Aún quieres que te dé un recorrido especial o no?
—Yo… yo creo que no. Perdona. No me siento cómodo —se volvió hacia la puerta—. Esas cosas me dan miedo.
Atrás de él el zoo del terror se agitó, como al unísono, y mil ruidos tenues llegaron a oídos de Esteban, como si supieran que no quería verlos y eso les molestara. Incluso sintió que Henry se crispaba y durante unos momentos un miedo profundó lo apresó; tenía miedo a que aquellas alimañas salieran de sus jaulas y lo atacaran. Y cuando algo le tocó el hombro estuvo a punto de gritar.
—Tranquilo —le dijo Henry—. Está bien. Te causan aprensión. Espera fuera   que en un rato te llevo a casa.  
—Gracias.
Salió al porche y allí se dejó caer en una cómoda. Se llevó las manos a la cabeza y respiró hondo varias veces. «Esperen —se dijo un momento después— ¡La pata de carnero! Ninguno de los animales de allí dentro puede devorar algo así. El perro ciego tal vez, si saliera de su jaula». Un nuevo temor empezó a apoderarse de Esteban y pensamientos inquietantes comenzaron a circular en su mente.
Henry salió transcurridos unos cinco minutos. Mil y una ideas habían rondado por la mente de Esteban en ese tiempo. Pero había una que aventajaba a las demás. O más bien una pregunta: ¿Era cierto que las desapariciones tenían su origen en las tierras de Henry?
—¿Todo bien? —Preguntó Henry.
—Sí. Bueno… no. Es que tengo una duda.
—Plantéala.
—El hueso, la pata de carnero, ¿cuál de tus mascotas la trajo al patio?
—Ah, es eso —Henry se calló un rato. Esteban percibía que una lucha tenía lugar en su interior—. Es el más raro de todos —dijo al fin—. Tiene su jaula en el interior del bosque. No sé bien qué son. A veces uno de ellos escapa y…
—¿Quieres decir que son varios?
—Cuatro. ¿Quieres verlos?
—Henry, no son los mismos que han estado raptando gente del pueblo ¿cierto?
—No, no, claro que no. No son agresivos. Comen carne, pero sólo la que yo les doy —parecía escandalizado ante la insinuación de Esteban. Si estaba fingiendo era buen actor—. ¿Quieres verlos? Nadie más los ha visto. Serías el primero. Además de mí, claro.
Animales que comen carne, y que nadie más había visto, las consecuencias que de todo ello podían derivar eran varias. Sin embargo, Esteban quería verlos. A lo mejor de entre toda la colección de horrores de Henry había uno que valiera la pena. Y, por qué no, si Esteban los consideraba sospechosos de las desapariciones podía dar parte a la policía. El bienestar de la población debía sobreponerse a las aficiones poco usuales de su atípico amigo.
—Sí —dijo—. Quiero verlos.
—Entonces en marcha.
Antes de subir de nuevo al coche Henry fue al bote de basura y recuperó el hueso que había tirado allí.
—Tengo un pequeño cementerio más atrás —explicó—. Allá es donde pertenece.
Esteban asintió.
Entonces sí se pusieron en marcha. Condujeron cerca de un kilómetro tierra adentro, siempre rodeados por los pastos y siembras pardas, hasta detenerse al borde de un bosquecillo de árboles raquíticos, arbustos y maleza. Al menos ese todavía estaba verde. Aunque era evidente que tiempo atrás había gozado de mayor vigor. Después saltaron la cerca y se internaron en el bosquecillo.
—¿Esto también es tuyo? —Preguntó Esteban, más por romper el silencio que por curiosidad.
—Por supuesto. De otro modo no me atrevería de usarlo de refugio para mis amigos.
—Ahora son amigos.
—Mascotas, amigos ¿qué más da?
—De modo que yo soy tú mascota.
—Tú eres mi amigo. Por eso estás aquí.
Ya había un camino definido, resultado de tantas idas y venidas, de modo que mantuvieron un ritmo constante y sin entorpecimiento.
—¿Qué animales son? —Se interesó Esteban.
—Ya los verás.
Esteban se quedó con la duda. Hasta que llegaron.
La jaula era grande. Aunque más que jaula era un corral. Tenía varias hileras de malla metálica que se sostenían en postes de diez metros de altura. Arriba también tenía malla, como si Henry pensara que sus mascotas podían escalar la malla y saltar. El aspecto del lugar era espeluznante, y el olor, repugnante. Como si se tratara de un matadero de ganado. Había huesos blanquecinos dentro y fuera de la jaula, jirones de carne y ropa…
«¿Ropa?» Se sorprendió Esteban. Entonces empezó a mirar con mayor detenimiento. Había restos de un pantalón entre la malla. Un cinturón estaba un poco más arriba, camisas, ropa interior, todo hecho jirones y… un hueso blanquecino, un cráneo.
Esteban retrocedió horrorizado cuando los inquilinos de la jaula golpearon contra la pared más cercana. La malla se estremeció y al no poder cruzarla, los seres sacaron las manos sucias y grietadas como queriéndolo alcanzar. ¡Eran humanos! O al menos casi humanos. Vestían harapos viejos y deshilachados. Tenían los rostros sucios y la piel reseca y grietada. La boca era anormalmente ancha y los dientes pequeños y filosos, amarillos. Los más grandes eran un hombre y una mujer. Los más pequeños, también uno de cada sexo.
—¡Dios Santo! —murmuró.
Y entonces un pensamiento, casi una certeza, destelló en su mente: La familia desaparecida de Henry ¡era esa!
Iba a gritar, a salir corriendo, pero un débil ¡poc! le anunció que le golpearon la cabeza y el mundo empezó a dar vueltas. Mientras caía y se desvanecía vio a Henry sostener la tibia en sus manos. ¡Tibia! Eso era, así es como se le llama al hueso que vio en el jardín.

Henry sintió lastima por su amigo. Su intención no había sido matarlo. Pero sus padres y hermanos tenían hambre. Además, Esteban era muy suspicaz y quizá sospechara. Abrió la puerta de la jaula y arrastró a su amigo inconsciente al interior. Su familia mantuvo la distancia y observaban el banquete con ojos ávidos. A él no le prestaron atención. Quizá todavía lo recordaran o quizá sólo supieran que él era la fuente de su alimentación y que lo mejor era no tocarlo. Henry esperaba que fuera lo primero. Entonces quizá aún habría esperanza.
Sus burdos intentos de brujería era lo que los tenía en aquel estado. No sólo había afectado a su familia sino también sus posesiones, pero eso era lo de menos, lo importante eran ellos. Otras personas como él, practicantes de las artes ocultas, pensaban que quizá no era obra suya, sino una maldición de un tercero o del mismísimo Satán. De todas maneras, estaban investigando, ayudándole. Si existía una cura, la encontrarían. De momento tenía que seguir manteniéndolos en secreto, alimentándolos de carne humana, el único alimento que ingerían.
—Bon appétit —dijo a modo de despedida, cerrando la puerta. Su familia estaba empezando el banquete.
El dolor de los desgarros y mordidas debió despertar a Esteban porque Henry escuchó sus gritos cuando desaparecía entre el bosque.
—Lo siento amigo —murmuró—. Pero primero la familia. 

13 comentarios:

  1. ¡Pavoroso!. Un relato buenísimo. Da miedo desde el primer momento, va in crescendo y al final ¡¡uauuu!!
    Aunque tengo una duda, ¿la familia se volvió así por las prácticas de brujería o Henry los somete a brujería para volverlos a su ser anterior? Aunque la verdad es que en cualquiera de los dos casos es igualmente terrorífico.
    Un abrazo, espero con ansia el siguiente relato.

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    1. Gracias Esther. Me alegra que te haya gustado. En cuanto a lo de la familia, podría ser que una práctica errónea de la brujería los haya reducido a ese estado. Lo que sí es seguro que Henry busca formas para devolverlos a la normalidad, de lo contraria ya se habría deshecho de ellos.

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  2. Un buen cuento, con un final inesperado. Yo reía que tenía animales en el bosque. Tenía un tiempo si comentar, lo siento. Buena historia, espero la próxima historia. Hasta la próxima. Saludos desde Venezuela.

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    1. Bueno Ongie, parte del chiste era que creyeras que Henry guardaba en el bosque más animales, para sorprenderlos un poco con lo de la familia trastocada. Igual, saludos!

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  3. Muy buena historia..... Por estar leyendo las demás historias no me percaté de que subiste una nueva. Todas tus historias muuuuy buenas a excepción de la búsqueda del Fénix pues muy particularmente a mi no me agrada ese género. De las demás sólo puedo decir que son muy buenas. Lo poco o mucho que te falte mejorar sólo el tiempo lo dirá yo no soy un experto para decidirlo sólo te diré que para mi escribes excelente. Saludos desde Mazatlán, Sinaloa.

    Osiel C.

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    1. Gracias Osiel, tus palabras alientan. Lo de la Búsqueda del Fénix Dorado es comprensible, qué más se puede esperar de una historia que escribí hace seis o siete años cuanto apenas contaba con unos dieciséis años de edad. Y qué bueno que te guste todo lo demás, y gracias por tus halagos y buenos deseos. Un abrazo.

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    2. Nunca dije k no fuera buena la história de labusqueda del Fénix por algo aclare k a mi el género no me agrada. No he visto ni creo veR el señor de los anillos y harry potter. Hay mucha gente k ese género le fascina y pues a mi no. Pero para mi escribes muy bien

      Osiel

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    3. Ni yo dije eso Osiel. Jaja, empezó el debate. A lo que me refería es que en ese tiempo mi mente era más infantil y la historia es netamente para niños, sin embargo quise compartirla para que no terminara en la papelera de reciclaje como muchos otros borradores. En ese tiempo me gustaba mucho la fantasía, pero las tendencias cambian. Un abrazo.

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  4. Hola Manuel ami me encantó el fenix dorado es una historia mu bien narrada a mi me encantó sige asín eres de lo mejorcito con mauro ke yo leo mi nombre es Juan de españa

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    1. Gracias, Juan. Por supuesto, es como todo, a unos gusta a otros no. Pero lo principal es que os entretengáis leyendo. Saludos.

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  5. ke lo aces genial jajajajajajajjaja a juan de españa

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  6. Excelente, leerte es un placer, saludos desde México. Atte. Dany

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    1. Y para mí escribir es un placer, aunque hay momentos en que uno se frustra, pero siempre vuelvo. Espero sigas leyéndome y regocijándote con lo que escribo. Saludos!

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