Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

6 de mayo de 2015

Extraviados

Por una vez he decidido escribir esta historia para que todo el mundo pueda leerla. Ocurrió hace ya algunos años. Y ha sido la experiencia más traumática, aterradora y amarga que he vivido. Marcó mi vida de distintas maneras. E incluso estuve cerca de ir a la cárcel, pero no se halló las pruebas para culparme. Y mi padre que recurrió a contactos y numerosos sobornos. La he contado en pocas ocasiones, basta decir que nadie me creyó. Ahora me limitaré a escribirla, y ya ustedes sabrán opinar.
Hablaré de todo a grandes rasgos. Si detallara minuciosamente lo que ocurrió podría escribir un libro de decenas de miles de palabras. Y podría hacerlo, y sé que se vendería porque a la gente le encanta chismorrear sobre la desgracia ajena. Si no me creen miren a su vecino cuando toma el periódico, se darán cuenta que lo primero que busca son los grandes accidentes y muertes con fotografías a color. Y no se sientan mal, que sé que ustedes hacen lo mismo. Pero no lo haré. No escribiré algo con fines de lucro porque quise y quiero mucho a los que fueron mis acompañantes en tan horrenda aventura.
Recuerdo a Karen, con sus ojos azules, su rubio cabello y su sonrisa hechizante. Siempre fui su enamorado, aunque ella nunca lo supo. Y ella me amaba, y sólo lo supe hasta el final. ¡Ay, qué doloroso recuerdo! También estaba Wendy, alta, esbelta, con el cabello negro. Cristian, el galán del grupo. Adiel, el más pequeño de edad y de tamaño, con sus infaltables lentes de montura cuadrada. Fernando, el pelirrojo o cabeza de fósforo, como a veces le decíamos. Alise, que había sido novia de mis tres amigos y de media universidad. Y por último estaba yo, Alejandro, el de la camioneta último modelo y del papá con dinero. Quizá por esto mismo era prepotente y altanero, pero ellos me soportaban y me querían.
Estábamos de vacaciones en ese entonces. Recuerdo que empezamos a tomar en mi casa, los siete. No conformes con eso nos fuimos a una discoteca. Ingerimos ingentes cantidades de alcohol y también cocaína y nos divertimos como dementes. No sé cómo ni a quién, pero a alguien se le ocurrió la grandiosa idea de tomar unas cervezas en la cima de un templo maya. ¿Pueden creerlo? ¡En un templo maya! Lo peor de todo es que en nuestro estado nos pareció una idea de lo más formidable.  
El lugar turístico, una antigua ciudad maya, estaba a casi doscientos kilómetros de donde nos hallábamos. De modo que planeamos. Un plan de borrachos y drogados. Eran las dos de la mañana. A toda marcha llegaríamos en unas dos horas, saltaríamos la malla metálica y nos escurriríamos a la cima del templo más alto. El amanecer nos encontraría en la cima del mundo, felices, ebrios. Así de simple. A veces me pregunto si lo que se divirtió con nosotros después nos influenciaba desde esos momentos.
Manos a la obra. Al instante siguiente estábamos todos dentro de mi camioneta. Yo manejaba, todos querían conducir, pero les dije que estaban borrachos, como si yo hubiese estado más sobrio. Pisé el acelerador a fondo. En carretera todo fue bien. Escoramos un par de veces, pero nada más peligroso. Un centenar de kilómetros más adelante entramos a una carretera de terracería. En algún momento debí equivocar el rumbo, coger algún camino lateral, porque de pronto caía en la cuenta que el camino por el que iba era de tierra. No podía ser. El camino correcto era todo de balastre. Se lo dije a los chicos. Me dijeron que diera la vuelta.
Eso fue lo que ocurrió. Golpeé con algo. Al instante siguiente dábamos vueltas en el aire. Fueron dos o tres, no recuerdo bien. Todo sucedió tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de sentir miedo. El coche cayó de costado, hizo equilibrio y cayó sobre las ruedas. Terminamos de romper los vidrios para salir, ya que las puertas se habían atascado. Yo tenía un golpe en la frente y un cristal se había metido medio centímetro en mi pierna. Nada grave. Los demás también estaban bien, algunos cortes y contusiones menores, pero nada irreparable.
El coche había quedado inservible. No me preocupaba mucho el coche, lo que me preocupaba era salir de allí. Volví a meterme por la ventanilla e intenté arrancarlo, y ocurrió lo lógico, nada. Salí rascándome la cabeza y tocando el chichón que se me había hecho en la frente.
—No arranca —dije—. Tendremos que pedir ayuda.
Recurrimos a los celulares. Sorpresa. Nadie tenía cobertura.
—¿Y ahora qué? —preguntó Alise, que en esos momentos vendaba con un pedazo de tela un brazo de Cristian.
—Habrá que caminar —dije— Todos pueden ¿verdad? Saldremos a la carretera y le pagaré al primero que nos encontremos para que nos lleve a casa.
—O podemos esperar —dijo Jennifer—. Esto también es una carretera. Ese al que piensas pagar también puede pasar por aquí.
Me encogí de hombros.
—Caminando también podríamos entrar a un área con cobertura. Salir nos sería fácil si contamos con cobertura.
—Deberíamos esperar —dijo Cristian.
—Aún está oscuro, estamos ebrios y golpeados —observó Adiel—. Y me duele demasiado el cuerpo para caminar. También opino que deberíamos esperar. Acomodemos la cabeza en alguna raíz y durmamos. O mejor aún, me prestas tus piernas para usarlas de almohada Karen.
—No —respondió ella.
La oscuridad no me permitía verlo, pero lo imaginé sonreír. Era una puya. Sabía de mis sentimientos hacia Karen. Y se regodeaba con ello. Más aún, sabía que con mi dinero me había conseguido decenas de novias, pero con Karen no me atrevía, a ella no podía llevarla a un restaurante y después a un hotel. No. Con la mujer que se quiere no se hace eso.
Al final todos estuvieron de acuerdo en que lo mejor era esperar. De modo que claudiqué. Me senté junto al tronco de un árbol y Karen durmió en mis rodillas. Adiel y Fernando dijeron que también querían dormir en mis rodillas, pero los ignoré. Como no les hice caso se callaron y buscaron dónde esperar el amanecer.
Mi intención no era dormir. Así que me obligué a mantener los ojos abiertos. A veces se me cerraban, pero los volvía a abrir y agitaba la cabeza para despabilarme. Además, querría asegurarme que Karen estuviera cómoda en mis rodillas. No me importó que se me durmieran, sólo quería que estuviera bien.
Fue así que escuché el ruido del motor, no era un ruido muy fuerte, pero se escuchaba, y era el motor de un auto sin lugar a dudas. Sacudí con ligereza a Karen y le dije que oyera. Ella también lo escuchó y fue a buscar a los demás. Wendy, Adiel y Fernando no estaban lejos. Cristian y Alise aparecieron al rato, alisándose la falda una y abrochándose el cinturón el otro. Les dije que prestaran atención y ellos captaron el ruido. De modo que esperamos en el camino. Esperamos, esperamos…
Y esperamos. Nada pasó, ni cerca ni lejos. Pero el ruido seguía allí. Amaneció, y el ruido continuó igual. Les dije a los chicos que lo dejáramos así y empezáramos a caminar. Más de nuevo me llevaron la contraria. Habría que seguir el ruido dijeron. No podría estar tan lejos. Quizá era una carretera y lo que oíamos eran los montones de autos que circulaban por ella. No tenía lógica desde luego. O podría ser una casa, y el ruido, algún motor a gas para generar corriente eléctrica en ella. En cambio, no sabíamos a qué distancia estaba la carretera atrás.
De modo que me vi arrastrado con ellos. Atajamos por el bosque y avanzamos abriéndonos paso entre la maleza. Pronto tuvimos la piel irritada y las bonitas piernas de Alise, la única que andaba minifalda, se tornaron rojas. La chica se las rascó, y se le pusieron aún más rojas, y le empezaron a salir pequeñas pústulas.
Caminamos cerca de una hora o más. El sol salió y empezó a calentar poco a poco. El ruido seguía imperturbable. No parecía que fuéramos a hallar lo que lo producía. Se lo dije a los chicos. Me dijeron que continuáramos otro rato. No querían aceptar que se habían equivocado.
Caminamos otro rato. Entonces Alise gritó, era un grito agudo y aterrado. No tardamos en descubrir la causa. Las pequeñas pústulas de las piernas habían crecido hasta tener el tamaño de una uva y expulsaban un pus amarillento y repugnante. Nos asustamos. Hicimos que se sentara y le prodigamos algunos cuidados. Pero nadie tenía idea de qué hacer. Además, aunque hoy me avergüenzo de ello, todos teníamos miedo de tocarla por temor a un contagio.
A eso de las diez de la mañana las pústulas se habían extendido por todo el cuerpo de Alise. Cristian había subido a la copa de un árbol, en busca de algún poblado o alguna carretera, ya que con Alise en aquél estado no podíamos andar deambulando sin más. Pero cuando bajó dijo haber visto sólo bosque. Alise ya no podía ni caminar. De modo que empezamos a buscar algunas ramas para armar unas sencillas parihuelas y llevarla con nosotros.
En eso estábamos, armando las parihuelas, cuando los gritos de Karen y Wendy nos alarmaron.
—¡Oh Dios mío! —Recuerdo que gritó alguien, aunque no logro recordar quién.
Nos acercamos a donde se encontraban ellas, de prisa y alarmados. Lo que vimos nos dejó paralizados. Ni siquiera nos movimos. El pus que las enormes pústulas segregaban era ahora gusanos, amarillos y blandos. Lo bueno de todo fue que Alise parecía sumergida en la inconciencia y puede que nunca supiera lo que le ocurrió antes de morir. Al cabo de un instante empezó a sufrir violentas convulsiones y una espesa espuma empezó a salir por todos sus orificios existentes. No fue algo agradable de ver, créanme.
Y así fue como murió Alise; entre convulsiones, espuma y gusanos. Desolados nos sentamos a varios metros del cuerpo de la fallecida. Todo había sucedido tan rápido que no sabíamos cómo responder. Todos pensábamos que la muerte de Alise había sido producto del contacto con una hierba venenosa o por la picadura de alguna alimaña venenosa. De modo que teníamos miedo del bosque entero.
Fue Adiel, el más lógico del grupo, quien propuso continuar. Tras un rato de indecisión terminamos las parihuelas y valiéndonos de una camisa cortada en trozos cogimos el cuerpo de Alise y lo subimos a la improvisada camilla. Elegimos el camino que creímos correcto, de regreso al camino de tierra, y echamos a andar.
Tienen que comprender que estábamos cansados, hambrientos y sedientos, con resaca y varios magullones en el cuerpo, por lo que es comprensible que nuestro sentido de la orientación fallara y nos perdiéramos. Porque eso fue lo que pasó, caminamos y caminamos, cada vez más cansados y hambrientos, y en ningún momento dimos con el camino.
A unas pocas horas del anochecer empezamos a sentir un miedo más profundo. No hallábamos el camino, estábamos solos en un bosque peligroso, hábitat de hierbas o animales mortales, y nosotros sin saber qué hacer. Eso es suficiente para atemorizar a cualquiera. Si a eso le sumamos la muerte horrible y repugnante de nuestra amiga, los ruidos que empezamos a oír y que llenaron de temor nuestros corazones, créanme, eso es suficiente para volver loco al más valiente.
Porque hubo ruidos, que empezaron a eso de las cuatro o cinco de la tarde. Eran ruidos que ya habíamos oído en algún momento de nuestras vidas, pero no en un sitio como aquél. El primero de todos fue un retumbo, tenue y lejano, como de tambor. Pensamos que era el eco del bosque. Pero a los minutos volvió a producirse. “Un poblado”, pensaron mis amigos, pero yo no estaba seguro. Querían ir en pos del ruido, pero ésta vez fui tajante y no permití que se sobrepusieran a mi opinión. El retumbo siguió sucediéndose a intervalos de entre cinco y diez minutos, pero nosotros continuamos andando, tratando de no prestarle demasiada atención.
El sol pronto estuvo medio oculto en el horizonte, y otro sonido se le unió al primero. Era el relincho de un caballo, lejano como todo. Aquél relincho tenía alguna cualidad intangible que hizo que los vellos se me erizasen. Se suponía que no había asentamientos humanos a decenas de kilómetros de nuestra posición, entonces ¿qué hacía el retumbo de un tambor y el relincho de un caballo repercutiendo en nuestros tímpanos? Las respuestas que se me ocurrían eran todo menos tranquilizadoras.
Cayó la noche y nos encontró errando en bosque desconocido. Qué hacer. El cuerpo de Alise se había vuelto amorfo, millares de moscas lo cubrían y el hedor que empezaba a expedir era fétido. La noche era negra, y el retumbo lejano del tambor y del caballo aún nos acosaba. Lo único que deseaba era estar en cualquier sitio menos allí. Pero allí fue dónde nos tuvimos que quedar. Como ya dije, la noche era negra, la luna saldría hasta más tarde (y en todo caso sería una pequeña rayita de luz) y a nuestros teléfonos hacía horas que se les había acabado la pila. No podíamos ver. Así que no quedó más opción que detenernos en un claro y quedarnos allí a pernoctar.  
Dejamos el cuerpo de Alise sobre unas ramas, a varios metros del resto de nosotros. No queríamos soportar el hedor, pero tampoco queríamos dejar que algún carroñero hiciera de ella su cena.
Luego nos sentamos en círculo a sopesar nuestras opciones. No teníamos ni una. Lo único que restaba era esperar el amanecer y continuar en línea recta, en algún momento tendríamos que dar con una población. Pensamos en encender un fuego. Nadie tenía cerillos ni encenderos. Cigarrillos sí, pero no con que prenderlos. Lo intentamos a la antigua. Con piedra primero y con maderos después. En la televisión sí lo consiguen. Nosotros no.
Cansados, sedientos, hambrientos y con frío, no nos quedó de otra que intentar dormir. Yo formé pareja con Karen. Ella se tendió de costado y yo la abracé por atrás. Pensarán que era una situación que yo busqué. Pero no fue así. Se dio porque de alguna forma teníamos que paliar el frío, y acostarnos en parejas parecía la solución más obvia. Quizá era una situación que yo hacía mucho había soñado. Pero en esos momentos no me sentía nada romántico. Lo único que sentía era miedo, frío y demás necesidades fisiológicas. 
No recuerdo en qué momento me quedé dormido. Pero sí recuerdo el momento en que desperté. Me despertó, igual que a los otros, un chillido agudo y penetrante. Creo que es redundante decir que estaba cansado y hambriento, pero aquel chillido logró que me pusiera de pie tan rápido como el que más. No tardé en ver la fuente de aquél chillido: ¡Cuervos! Decenas de cuervos picoteaban y se peleaban el cuerpo de Alise. El horror y la indignación se apoderaron de mí de tal forma que me eché a correr para espantar a los pajarracos.  
Pero Cristian fue más rápido. En algún sitio había cortado una rama de regular tamaño y pronto se encontró ahuyentando los cuervos. Yo me detuve y empecé a buscar un arma similar. Quizá fue esa pausa la que me salvó, o quizá sólo uno debía morir esa noche. No lo sé. Lo cierto es que los gritos aterrados de las chicas y los gritos de dolor de Cristian hicieron que olvidara mi búsqueda. Cuando me volví, observé aterrado que todos los cuervos se habían abatido sobre Cristian. Lo picoteaban, lo arañaban, lo sangraban… Cristian se defendía con la rama, pero no obtuvo ningún resultado positivo. Los cuervos le alcanzaron el rostro y la sangre le corría por éste y, peor aún, vi como el pico de uno de los pajarracos se le hundía en un ojo; cuando lo retiró llevaba un trofeo sangriento de forma redonda.
Ver morir a un amigo de aquella manera no es algo agradable. Menos cuando tan solo horas antes has visto morir a una amiga, también de una forma horrible. Pero aún hoy día no sé qué me provocó más horror, si ver morir a Cristian o constatar que, efectivamente podía verlo. Recuerdan que hace un par de párrafos escribí que la noche era negra. Pues lo cierto es que en aquellos momentos no lo era. Había luna, luna llena, cosa que tenía que ser imposible porque hace apenas unos días había sido luna nueva. Y la luna, la luna señores, mostraba una cara. ¡Sí! ¡Una cara! Con ojos rasgados y malévolos, con nariz de enormes fosas nasales y una boca abierta que recordaba la risa malévola y divertida de algún demonio de inframundo.
En esos momentos tuve la certeza de que nada de lo que nos había ocurrido era fortuito. Ni el accidente en el coche, ni el que hayamos equivocado el rumbo, ni los extraños ruidos, ni las muertes inhumanas. Comprendí con horror que en verdad existían fuerzas superiores y que alguna de éstas estaba jugando con nuestras vidas.
Vean una película de miedo, o lean una historia en verdad aterradora, de noche, y luego salgan fuera de su casa a algún lugar oscuro o imaginen esas cosas en la oscuridad de su habitación, los reto a que me digan que no sienten miedo, a veces hasta mucho miedo. Ahora multipliquen ese miedo por mil y quizá se formen una idea de cómo me sentía en esos momentos.
Sabiendo eso, espero no me culpen por salir corriendo como un demente. Mi terror era sencillamente sobrecogedor. De modo que hice lo único que mi atormentada y sobrecargada mente dictó: Echar a correr…

Continuará…

Como casi siempre me sucede, planeo historias cortas que al final no son tan cortas. Ésta vez no fue la excepción. Lo que un principio planeé como una historia de tres mil palabras amenaza con extenderse casi el doble. De modo que he tenido que dividirla en dos partes. Segunda parte que aún no he escrito. Y para no tenerlos ociosos publico una parte hoy y postearé la segunda el próximo Miércoles. Igual espero que les guste.

Gracias por sus comentarios y por leerme.

8 comentarios:

  1. waaaaaaaaaaaaa, que terrible debe ser morir a tus amigos asi, me encantan tus historias. no veo la hora de que sea miercoles para poder leer una nueva. Felicidades! eres un excelente escritor!!
    Esperare con ansias la segunda parte. Saludos desde Piura, Peru.

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  2. ¡Qé miedo! Un relato terrorífico ¡Estoy deseando que llegue el miércoles para conocer el fina!
    Un abrazo desde España

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  3. Pues ansiosa por seguir leyendola..saludos

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  4. Paciencia, paciencia. Sólo espero no defraudarlas con la siguiente entrega. Y siempre gracias por sus comentarios. Y si ven algún error o tienen una pregunta no duden en hacerla. Abrazos!

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  5. Muy bueno, Manuel, es una historia intrigante. Las muertes son extrañas y tienen una innegable cualidad sobrenatural detrás. Veremos cómo sigue. Abrazos!

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    1. Gracias Mauro, se agradecen tus palabras. Y de que hay algo sobrenatural detrás, imagino que debe haberlo. No te salen gusanos del cuerpo y te ataca una bandada de cuervos así de fácil... Igual un abrazo.

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  6. Respuestas
    1. Gracias Belén. Me alegra que te haya gustado. Un beso!

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