Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

13 de mayo de 2015

Extraviados (segunda parte)

No alcancé a llegar muy lejos. Tropecé con una raíz y golpeé contra el tronco de un árbol. El mundo empezó a girar…
De nuevo estaba oscuro cuando desperté. Me dolía la cabeza y, tras palparme, noté que el chichón de la frente había regresado. No estaba solo, una mano cálida y temblorosa mesaba mis cabellos y mis amigos se acercaron cuando notaron que recuperaba la conciencia. No dijeron nada hasta que pude sentarme por mis propios medios. O quizá sí lo dijeron, pero yo no recuerdo nada.
—¿Estás bien? —Me preguntó Fernando.
—Sí.
—Te golpeaste muy fuerte —dijo Karen. Estaba tras de mí. Quitó su mano de mi cabello y la posó en mi hombro—. Temimos lo peor.
Entonces recordé todo. El miedo fue lo primero que sentí, pero luego éste se vio desbordado por la vergüenza. Miedo por todo el horror que había presenciado; vergüenza porque mi única reacción había sido salir corriendo. Y ni eso había hecho bien.
—¿Qué ocurrió? —Pregunté.
Los chicos me lo explicaron. Cuando los cuervos atacaban a Cristian yo había corrido, gritando de terror. No corrí ni cien metros cuando me estrellé contra un árbol y quedé inmóvil. Karen y Wendy corrieron a mi auxilio. Fernando y Adiel, en especial Fernando, se comportaron como héroes y ahuyentaron a los cuervos.
—Pero no se fueron hasta que destrozaron por completo a Cristian —dijo Fernando—. A nosotros ni siquiera nos miraron. Era como si supieran a quién atacar.
Nos consolamos mutuamente hasta el amanecer. Intentamos dormir, pero a pesar de que habríamos podido dormir una semana entera, nadie pegó un ojo. Teníamos miedo. Y no era para menos. El ruido de una ramita, el roce de las copas de los árboles al mecerse, todo nos espantaba de manera horrible. El retumbo del tambor había cesado, también el relincho del caballo, pero ahora había un búho. Lo más probable es que se tratara de un búho común y corriente, pero tras todo lo ocurrido, tenía la sospecha de que era una señal que indicaba que aún nos vigilaban.
El amanecer nos encontró más cansados que nunca. Y, contrariamente a lo que muchos creerán, lo ocurrido durante el día y la noche anterior nos parecía como un ensueño. Hablamos poco. No había mucho qué hablar ni energías para hacerlo. Esperamos que saliera el sol, por lo menos éste era normal, ubicamos el este, que era donde creíamos estaba el camino, y nos echamos andar, arrastrando los pies. Esa mañana no había cuerpos que transportar.
Recuerdo que el bosque en sí parecía un bosque normal, excepto por los ruidos, o debería decir, la ausencia de éstos. El viento movía los árboles y aullaba, pero eso era todo. Las más de las veces era posible oír nuestra respiración. Dónde estaba el trino de los pájaros, el toc-toc de los pájaros carpinteros, los roedores escurriéndose por doquier, el singular grito de los micos y monos tan comunes en aquella región ¿dónde? De vez en cuando se oía algún ruido aquí y allá, pero eran sonidos impropios de un bosque normal. De todas formas estaba tan cansado y hambriento que a veces me olvidaba de sentir miedo.
A medio día encontramos una charca de agua cristalina. No tenía más de un paso de longitud y anchura, y era tan improbable que estuviera allí de forma casual como que a mí me salieran alas. Pero Wendy no esperó a que yo expresara mis temores en voz alta. Sumergió por completo la cabeza en la charca y cuando la sacó, el agua le escurría por el rostro y los cabellos.
—Qué esperan, acérquense, está fresca —dijo.
—No —dije yo, fui el único que dijo algo. No era una negativa, sino un lamento.
Wendy se había dado la vuelta justo cuando dos tentáculos, gruesos como las piernas de hombre, emergieron de la charca. Uno se le enroscó en el cuello y otro en la cintura.
Si esto fuera un cuento, de esos heroicos y que gusta mucho a la gente, les diría que nos abalanzamos en ayuda de Wendy, que la cogimos unos de las manos y otros del cuerpo y que luchamos por quitársela a su presa. Pero como esto es una historia real no hubo heroísmo ni nada que se le parezca. Basta decir que nos quedamos de pie, demasiado aturdidos y derrotados para hacer nada. Y Wendy desapareció tras la cortina de agua cristalina para no volver a ser vista nunca. Si esa cosa hubiera querido habría acabado con todos allí mismo. No nos movimos y permanecimos así largo rato. Demasiado cansados para correr, demasiado cansados hasta para sentir miedo.
El primero en recuperar el movimiento fue Adiel. Se dejó caer, se llevó las manos al rostro y empezó a sollozar. Yo no lloré. Estaba demasiado cansado hasta para eso. Y durante un instante estuve tentado de lanzarme de cabeza en aquella aparente tranquila charca cristalina. Y quizá lo hubiera hecho, pero la charca, como leyendo mis intenciones, se fue reduciendo hasta desaparecer ante nuestros ojos.
¿Qué hacer ahora? No fue una decisión fácil. Lo más lógico era continuar. Pero si sumamos los kilómetros recorridos del día anterior a los de ese día, eso hacía un total de unos cincuenta kilómetros. Era mucha distancia, y sin embargo todo indicaba que seguíamos en el corazón del bosque. ¿Por qué continuar si de todas formas no llegaríamos a ninguna parte? ¿Por qué no quedarnos allí, hasta morir de inanición, o hasta que aquella fuerza que jugaba con nosotros decidiera terminar con nuestro sufrimiento?  
Se lo dije a los chicos ¡Qué valientes eran todos ellos! No desistieron. Estaban dispuestos a continuar. Había que seguir, dijeron, tarde o temprano llegaríamos a un lugar.
«¿Qué lugar? —Me pregunté—. ¿Un lugar donde otro de nosotros morirá o un lugar lejos de toda esta locura?»
De todas formas, admiré su valentía y no pude más que seguir caminando junto a ellos.
En todo aquel tiempo que no hacía más que caminar y preguntarme cómo moriría el siguiente, y quién sería, también pensé en algo que hacía ratos venía dando vueltas por mi mente. Recuerden que Wendy murió por asomarse a una charca que por lógica no tendría que haber existido, Cristian lo hizo por meterse con una bandada de cuervos y su comida, y Alise… bueno, supongo que Alise ha de haber rosado con alguna planta o algún animal debió picarla. También recuerden que si nos internamos en el bosque fue por perseguir un sonido que desde antes había sospechado que no era normal. Todo eso me hacía pensar que, si nos manteníamos alerta y lejos de cualquier cosa que no pareciera normal, quizá pudiéramos salvar el pellejo. Sólo era una conjetura, pero de todos modos se lo dije a mis amigos. Me dieron la razón y acordamos mantenernos atentos.
Aquello que jugaba con nosotros cambió de táctica. O quizá mi razonamiento nunca fue cierto. La verdad es que de pronto Adiel cayó de rodillas. Ésta acción de nuestro amigo fue precedida por un único boom, que retumbó en nuestros oídos y en nuestros corazones como un mazazo.
—¿Adiel, te encuentras bien? —Pregunté.
Adiel iba al frente en esos momentos, de modo que para vernos tuvo que volver el rostro. Aún tengo pesadillas al recordar ese rostro y el quejido que emitió. Su rostro era una máscara roja. La sangre le brotaba de la boca, de la nariz, de los ojos, de las orejas y hasta de los poros del cuero cabelludo. Ésta vez sí grité, y conmigo Karen y Fernando. Adiel intentó ponerse de pie y alargó una mano, pidiendo ayuda. Pero la mano se le puso negra y la piel empezó a caérsele.
La muerte de Adiel fue diferente a las demás. Alise murió en la semiinconsciencia. La muerte de Cristian fue rápida, dolorosa pero rápida. Wendy, a ella no la vimos morir, pero imagino que no vivió más allá de un minuto desde que fue sumergida. En cambio, Adiel, el pobre de Adiel, vivió más y sufrió mucho más.
Cuando vio que su brazo se ponía negro intentó gritar, pero lo que salió por su boca fue más sangre. Con el otro brazo, aún bueno, tanteó la tierra y se dejó caer. Fue un gesto desgarrador. Y así permanecería durante horas, hasta que todo su cuerpo estuvo negro y descascarado. Sabíamos que estaba con vida por los débiles quejidos que emitía y por los ojos que lo veían todo. Permanecimos a su lado hasta que todo terminó. No podíamos hacer nada excepto acompañarlo hasta el final. Si alguno de nosotros hubiera sido valiente, habríamos acortado su sufrimiento con una piedra o asfixiándolo. Pero no lo éramos. Y lo dejamos sufrir. Espero me perdone.
Cuando por fin murió, la noche llegaba y ninguno de nosotros tenía ánimos de continuar. Además, los ruidos del día anterior habían empezado a repercutir de nuevo: el retumbo de un tambor, el relincho de un caballo y también el ulular de un búho, siempre lejanos, como salidos de otro mundo.
Teníamos hambre, sed, y estábamos cansados. Nos sentamos sobre los troncos de unos árboles de raíces nudosas, juntos, a la espera del amanecer. Aunque, a fuer de ser sincero, no tenía ganas de ver un nuevo amanecer. Todo se había acumulado de tal manera que me encontraba sin ganas de seguir.
Pero lo vi. Lo que no vi fue la noche. Y quien no vio el nuevo día fue Fernando. Al parecer me quedé dormido instantes después de sentarme. O a lo mejor caí inconsciente. Quién sabe. Lo cierto es que desperté cuando el sol empezaba a pintar de rosa el horizonte. Abrí los ojos con pereza y agotamiento. Sentí un peso sobre mis piernas e ingenuamente sonreí, pensando que Karen las había usado de almohada. Bajé la mano con intención de acariciarla. Lo que toqué fue algo viscoso.
Me puse de pie de un salto, usando energías que no poseía. La cabeza de Fernando cayó al suelo y dio una vuelta antes de detenerse. Mi brusco movimiento y el sonido hueco de la cabeza al caer despertaron a Karen. Se remojó los labios con la lengua y abrió los ojos con pereza. Gritó. ¡Vaya que gritó! Me acurruqué a su lado y la abracé. Entonces empezó a sollozar.
Aún no sé qué fue lo que acabó con Fernando, ni si gritó o sufrió. Cómo murió es algo que no pude decir a las autoridades. Espero de todo corazón que le hayan cortado la cabeza de cuajo. A pesar del asco y el horror que me agobiaban también me sorprendí que “eso” no nos haya despertado para causarnos más horror. O quizá lo intentó, pero nosotros estábamos demasiado cansados para despertar. Su cuerpo estaba algo más lejos del lugar en que se había acomodado la noche anterior y no presentaba marcas de más lesiones. Eso de alguna forma me reconfortó.
Esa mañana Karen estuvo a punto de desfallecer. Su llanto era continuo y no dejaba de repetir que era inútil continuar. Yo estaba de acuerdo con ella. Pero naturalmente no podía decirle eso o su derrota sería total. De modo que tuve que mentirle. La consolé y le hablé al oído tranquilizadoramente. Le dije que todo estaría bien, que cobrara ánimos, y que siguiéramos. Le dije que reconocía ese sitio, que el primer día habíamos pasado por allí, y que no estábamos lejos del camino. Pasó largo rato así, pero lo conseguí, y al final Karen se puso de pie y pudimos continuar.
Durante un rato caminamos sin mayores contratiempos. Bueno, eso si no echamos en cuenta el cansancio, la sed, el hambre (que hacía que nuestros estómagos se contrajeran produciéndonos fuertes accesos de dolor) y el miedo y los recuerdos de lo que habíamos vividos en los últimos dos días.
Entonces dimos con el camino y mi alegría fue absoluta. Cómo describir el sentimiento de pasar de estar desahuciados a vivir de nuevo. No encuentro las palabras para ello. Porque una vez en el camino yo estaba seguro que estaríamos a salvo. ¡Parca esperanza!
Porque entonces, más cerca que nunca, oímos el retumbo de un tambor. Karen se abrazó a mí, llena de terror, y yo la abracé a ella. El tambor volvió a repercutir, otra vez, y otra vez, y otra… Inconscientemente me moví al centro del camino, aún en la absurda creencia de que allí nada podría hacerme daño. Después, igual de cerca que el tambor, oímos el relincho del caballo. Y el tambor siguió retumbando, cada vez más cerca.
Mi horror era profundo y bien fundado. Mi corazón martilleaba dentro de mi pecho y el resonar de aquel tambor repercutía en mis oídos como un eco. Sentí el impulso de echar a correr, pero, aunque lo hubiese intentado mis piernas no habrían respondido. De modo que me quede allí de pie, apretando el tembloroso cuerpo de Karen contra el mío, mientras aquél tambor se acercaba más y más.
Entonces apareció la muerte. Sé que es absurdo, no existe la muerte como una entidad, ni aquella cosa era la muerte, pero fue lo primero que vino a mi mente en esos momentos. Os describiré al ente que vi, entonces comprenderán por qué lo primero en qué pensé fue en la muerte.
Era un esqueleto humano. No mediría más de un metro cincuenta e iba vestido con botas de caña alta, pantalones de cuero, chaqueta de paño fuerte con brocado de oro, un sombrero con dobleces a ambos lados y una capa que descansaba en las posaderas del caballo. El caballo era un monstruo, resollaba vapor por las narices y sus ojos eran dos brasas centelleantes. El tambor era enorme, descansaba casi en el cuello de la caballería y el esqueleto lo golpeaba con un mazo negro. Sobre su hombro izquierdo descansaba un búho, en apariencia normal comparado con todo lo demás.
Sonrió, si es que alguien con los dientes perpetuamente pelados puede sonreír, y fue el gesto más aterrador que he visto en mi vida. No me asustó la sonrisa, sino la malicia y diversión que había tras ella. E intuí que algo malo iba a ocurrir.
El esqueleto sobre el caballo levantó su dedo índice. Karen se escapó de mi abrazo y se elevó. Se detuvo bruscamente a tres metros del suelo. El rubio cabello le colgaba y le cubría el rostro, aun así, pude percibir el miedo en él.
—¡No! —le grité a aquel ser—. Por favor, a ella no.
El esqueleto bajó el dedo y Karen se precipitó contra el suelo. Aún tengo pesadillas cuando recuerdo el ruido de su cuerpo al chocar contra la tierra, su grito y sus huesos partiéndose. El ser volvió a alzar el dedo y lo dejó caer de nuevo. El tremendo golpe volvió a repetirse. El miedo cedió paso a la cólera y me abalancé contra aquella cosa. No toqué nada. Estaba allí. Pero era como si fuera de aire. Volvió a alzar el dedo y yo corrí y me lancé al suelo. El cuerpo de Karen chocó contra mí, y aunque el golpe me dejó sin aliento, me aferré a ella con todas mis fuerzas, dispuesto a no soltarla, dispuesto a morir en ello.
Aquella cosa, fuera lo que fuera, no volvió a alzar el dedo. Le dio un único golpe al tambor y se alejó al trote.
Karen aún estaba con vida, y durante un instante pensé que podía salvarse. Pero tras ver el estado de su cuerpo me di cuenta de la verdad. Murió en mis brazos, cubierta de sangre y bañada por mis lágrimas. Antes de expirar me miró largo rato y alcanzó a decir “te amo”. Yo repetí lo mismo, pero ya no lo escuchó.
Nos encontraron abrazados. Gracias al GPS de la camioneta, mi padre había barrido el área en mi búsqueda. Sólo nos hallaron a Karen y a mí y durante mucho tiempo se me consideró culpable de todo lo que había ocurrido. Aún hay muchos que creen que lo soy. Pero la verdad es la que os conté. Fuimos víctimas de algo que nunca he llegado a comprender. Y a veces, en el corazón de la noche, escucho el retumbo de un tambor, cerca, cada vez más cerca y sé que vienen a por mí. 

6 comentarios:

  1. Wow inpactante final ....siempre he pensado en la muerte como algo benevolo, hasta hoy ...

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    1. Si es obra de Dios o una muerte rápida e indolora imagino que si. Pero si tienes que pasar por lo que pasaron los personajes de esta historia, te diré que es algo horrible.

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  2. Hasta el día de hoy di con tu blog recorriendo el de Mauro croche, escribes excelente!!! Es la primera historia que leo y rayos..... Me encantó!!! Eres muy bueno en lo que haces. Saludos desde Mazatlán Sinaloa.

    Osiel

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    1. Gracias por tus halagos Osiel. No soy tan conocido como Mauro pero no pierdo la esperanza de que eso cambie. Y si no, pues ni modo, que se le va hacer. Espero que sigas leyendome. Hay muchas historias acá, unas mejores que otras. Saludos desde Peten Guatemala.

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  3. Un relato excelente. Terrorífico, Y también triste. Enhorabiena, Manuel

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    1. Gracias Esther. Terrorífico y triste, tienes razón. Pensaba hacerlo aterrador en su final pero esto fue lo que salió, me gustó y se quedó. Un abrazo!

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