Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

22 de abril de 2015

Noche de Tareas

—Como que ya tardó bastante, ¿no? —dijo Enrique, dejando a un lado una hoja que contenía insufribles e incomprensibles fórmulas matemáticas.
—¿Te refieres a Dan? —preguntó Jennifer.
—¿Dan? —Se sorprendió Marcos—. ¿Lo conociste esta noche y lo llamas Dan? A mí nunca me has llamado Marc o algo así.
—Vamos, no seas payaso. Sólo soy amable. Además, lo conocemos desde hace casi un año, sólo que nunca lo habíamos tratado.
—Pero ya se tardó, ¿verdad? —Insistió Enrique.
—Puede que esté malo del estómago —dijo Marcos—. Ojalá esté malo del estómago. Resulta que además de geniecito ya me ganó el cariño de mi novia.
—Que no soy tú novia.
—Aún no, pero lo serás.
Ambos iniciaron una pequeña discusión. Enrique ignoró a ambos. Sus pequeñas discusiones no era nada nuevo. Es más, formaban parte de la rutina.
Se suponía que debía estar feliz. Aún no era ni media noche y ya casi terminaban la tarea. Todo gracias a Daniel. Ellos tres, solos, no la hubieran terminado nunca. Era imposible entender aquel galimatías de números que los profesores insistían en dejarles de tarea. Sin embargo, no estaba feliz. No es que estuviera triste. Pero había algo que lo tenía inquieto, y no daba con ese algo. Y la tardanza de Daniel sólo servía para incrementar esa inquietud.
—Creo que iré a ver si se encuentra bien —dijo.
—Déjalo tranquilo —dijo Jennifer.
—Deja que se muera —dijo Marcos. Recibió una mirada ceñuda cortesía de la chica.
—Le daré otro par de minutos —concedió al fin.
No obstante, no se quedó tranquilo y fue imposible que volviera a concentrarse en la tarea. La inquietud seguía carcomiéndole por dentro. Y no saber qué provocaba su inquietud lo ponía más inquieto. Buscó mentalmente alguna causa. Pero no encontró ninguna que lo convenciera. Estaban solos en casa, sus padres habían salido, pero no era por eso, puesto que no era la primera vez que se quedaba solo. Tras darle vueltas otro par de veces al asunto, sin proponérselo, empezó a pensar que tal vez tenía que ver con Daniel.
Daniel era un tipo muy guapo, demasiado guapo, a decir verdad. Eso ya era inquietante. Y si además no sacaba provecho de ello, llevándose a la cama a unas cuantas de sus enamoradas, eso también era inquietante. Pero no, la cosa no iba por allí. Quizá lo que le inquietaba era su silencio. Hablaba muy poco, solo lo imprescindible, y se mantenía apartado del resto lo más que podía sin incurrir en descortesía. No sólo allí con ellos, también en la escuela y donde quiera que lo chocaran. Pero tampoco creía que fuera eso.
Un profesor lo había metido en su grupo para hacer la tarea. Siempre habían sido tres. Ahora eran cuatro. Pero tampoco era eso. Quizá era porque ya llevaba casi media hora en el baño. Entonces se le ocurrió que tal vez no estuviese en el baño, sino que anduviese husmeando en la casa, sin el consentimiento de nadie, albergando quién sabe qué intenciones. Sí, eso debía ser, se dijo.
Pensaba en ir a buscarlo cuando Daniel regresó.
—C-chi-cos —balbuceó.
Se hallaba recostado en la esquina de una pared, tenía el rostro macilento y respiraba entrecortadamente. Enrique se llevó una gran impresión cuando lo vio. Era increíble lo que había cambiado en tan poco tiempo. O se mandaba una gran diarrea o padecía una enfermedad verdaderamente anormal.
—¿Qué te ocurre? —Preguntó. ¿O quizá era esa su inquietud? 
—C-casa. Tengo que… ir a casa.
Jennifer se había levantado de un salto, y tras la impresión inicial corrió al lado de Daniel y le pasó una mano por la cintura y se colocó uno de los brazos del chico sobre su hombro.
—¿Qué esperan? —espetó—. Ayúdenme a sentarlo ¿no ven que necesita ayuda?
Marcos fue a ayudar, no tan entusiasmado como Jennifer. Enrique fue a la cocina por un vaso de agua.
—C-casa. T-te-ngo que ir.
—No. Jamás llegarías a casa en ese estado —dijo Jennifer.
Cuando Enrique regresó con un vaso de agua, sus amigos habían recostado a Daniel en un sillón. El chico tenía el rostro demacrado, sus ojos parecían hundidos y una gruesa capa de sudor perlaba su rostro.
—Toma esto —le dijo.
Daniel fue incapaz de coger el vaso con sus manos, débiles y temblorosas. Pero Jennifer le ayudó e hizo que se lo tomara a traguitos.
Enrique observó todo de pie, tratando de dilucidar qué le ocurría al geniecito que tanto les estaba ayudando con la tarea. Esperaba que se recuperara pronto. Por él, por supuesto, pero también por la tarea y porque estaba en su casa. Lo que menos quería era un moribundo en su casa.
—Tengo que ir a casa. —Su aspecto no había mejorado, pero por lo menos había recuperado un tanto el habla.
—¿Es por tus medicinas? —Preguntó Marcos— ¿Quieres ir a casa por tus medicinas? Dinos que tomas y tal vez podamos hacer algo.
—No —aspiró una gran bocanada de aire—. No creo que puedan hacer nada. Nada. —Sus palabras fueron extrañamente convincentes.
—¿Tan grave es? —dijo Jennifer.
—¿Es contagiosa? —preguntó Marcos.
—No importa. Sólo tengo que irme.
Se puso de pie de un impulso, pero ya estando de pie las rodillas se le flexionaron y se fue de bruces. Jennifer quiso vestirse de heroína e intentó detener su caída; lo único que consiguió fue caer ella también. Enrique y Marcos los ayudaron a ponerse de pie y devolvieron al sillón a Daniel.
—No —se negó éste—. Tengo que irme. Creedme, tengo que marcharme.
Y de pronto se echó a llorar. Aquel repentino llanto los sorprendió tanto como su misteriosa enfermedad.
—Ustedes no saben nada —dijo entre sollozos—. Si lo supieran hace buen rato que se habrían deshecho de mí.
—No somos tan inhumanos —dijo Marcos—. Dinos cómo podemos ayudarte.
—Huyendo y escondiéndose como si el mismo diablo los persiguiera —los observó a través de una cortina de lágrimas—. O cortándome la cabeza.
Jennifer ahogó un grito.
—No digas eso. Todo tiene solución.
—No lo mío.
—Pero ni siquiera sabemos qué te ocurre —espetó Enrique, molesto de pronto.
—Ni tienen por qué saberlo. Si lo… —no terminó la frase al ser víctima de una fuerte convulsión. Tuvo arcadas y se inclinó para impregnar la alfombra de una baba verduzca, viscosa y hedionda. Enrique retrocedió un paso, asqueado y sorprendido.
—¿Qué enfermedad tienes?
Daniel se echó a reír. Era una risa fuerte, clara, socarrona.
—¿Enfermedad? Si lo mío fuera enfermedad sería el más feliz.
—¿Entonces qué tienes, Dan? —preguntó Jennifer, preocupada.
—No lo creerán.
—A mí se me hace que sólo está fingiendo —dijo Marcos—. Nos está gastando una broma para preocuparnos. Nadie enferma tan deprisa. Opino que lo saquemos a la calle y dejemos que se vaya a casa.
“Taladradora”, es una palabra que se queda corta a la hora de describir la mirada que Jennifer clavó en Marcos. Éste se encogió de hombros e hizo caso omiso. Nada que ver con la mirada que le dirigió Daniel, suplicante y esperanzada.
—Es lo que deberían hacer.
—No —se opuso Jennifer.
Daniel sufrió de nuevas convulsiones y empezó a expulsar más de aquella viscosidad sobre la alfombra. Jennifer le dio palmaditas en la espalda mientras lo miraba con ternura preocupada.
—Creo que mejor debemos llevarlo al hospital —dijo mirando a Enrique, esperando su aprobación.
Enrique asintió.
—Voy por las llaves del auto. Mientras, llévenlo fuera.
Apenas había dado un par de pasos cuando de la garganta de Daniel surgió un alarido desgarrador. Se detuvo, aterrado. No parecía un grito de dolor, sino de miedo.
—¡Ya viene! —dijo después.
—¿Qué viene? —preguntó Jennifer, con tiento.
—El otro.
“El otro” no es una frase que cause gran impacto. Ni alegría. Ni miedo. Entonces, lo que heló la sangre de Enrique no fue la frase, sino la voz. Una voz gutural, glutinosa, cavernosa, como si proviniera de algún abismo insondable.
—Corred —dijo Daniel, de nuevo con su propia voz. Aunque hacía visibles esfuerzos para hablar—. Corred ahora y puede que os salvéis.
Enrique no se dio cuenta cuando había caído, pero Daniel estaba en el piso, revolcándose en sus propios vómitos. Su piel se había vuelto amarilla, y empezaba a colgarle flácida y arrugada. Y sus ojos. Por todos los cielos, Daniel no tenía ojos, sólo dos cuencas vacías y oscuras que parecían perderse en un abismo sin fondo.
—¡Oh, Dios! —Musitó Enrique.
—No hay que temer —dijo Jennifer, con más calma de la que cabría esperar en una chica—. Es sólo un ataque de epilepsia. Muy fuerte, por lo que se ve. Pero si lo llevamos al hospital podremos ayudarlo.
—¿Epilepsia?
—Sí.
Daniel se puso de rodillas y rió guturalmente. Sus ojos negros y vacíos eran lo más aterrador que Enrique había visto en su vida.
—Niña estúpida —dijo. Otra vez era la voz gutural y cavernosa—. No puedes ayudarlo —nuevamente volvió a reír. Era una risa capaz de erizar los pelos de hasta un calvo—. ¿Crees que, ayudándole, como agradecimiento te follará? —De nuevo aquella risa escalofriante— No, claro que no.
—Dan ¿por qué hablas en tercera persona?
Daniel volvió a caer al piso entre convulsiones y aspavientos. Se tomó el rostro con las manos mientras parecía luchar con algo.
—¿Estás segura que es un ataque de epilepsia, Jennifer? —preguntó Marcos.
—No lo sé. Tendría que serlo. Pero ya no estoy tan segura.
Enrique no creía que fuera enfermedad alguna, ni del cuerpo ni de la mente. Sospechaba que todo tenía un trasfondo más oscuro y siniestro, más sobrenatural. Ahora estaba seguro de cuál era la causa de su inquietud.
—P-por f-fa-vor —Daniel intentaba hablar, con su voz. Hacía grandes esfuerzos por conseguirlo, pero era como si algo luchara contra él—. Aléjense. Váyanse antes de que sea demasiado tarde. —Había ganado la lucha. Al menos por el momento.
—Lo que necesitas es nuestra ayuda, no que nos alejemos. —A veces las mujeres son demasiado tercas.
—Hace años, cuando mis padres tenían veinte años de casados y nada a que llamar hijo —Daniel cayó entre convulsiones y haciendo grandes esfuerzos volvió a ponerse de rodillas. Jennifer hizo ademán de ayudar a levantarlo, pero Daniel la detuvo con un gesto y permaneció así—, un extraño hombre vino a mi padre y le ofreció la posibilidad de engendrar un hijo. Mi padre aceptó el trato y el desconocido le dio algún líquido extraño. Nueve meses después nací yo.
—¿Y cuál fue el precio a pagar? —Preguntó Enrique—. Porque sé cómo va esto y siempre hay un precio.
Daniel clavó los ojos en Enrique. Éste sintió un poderoso escalofrío recorrerle la columna. Sus ojos eran dos oquedades negras, en las que, en el fondo, muy en el fondo, se apreciaban, muy pequeños, los ojos de Daniel. Y tras éstos acechaban dos ojos felinos, rojos y naranja. Su pregunta había sido desinteresada, cargada de ironía. Pero ahora sabía que lo que el muchacho había dicho era cierto, y que la respuesta no le gustaría nada.
—Un día al año, un día al azar, yo dejaría de ser hijo de mi padre y sería hijo del desconocido, que también es mi padre.
—¿Y quién es ese desconocido?
—No lo sé. Un demonio quizá. Lo único que sé es que otro ser ocupa mi cuerpo un día al año y… y…
—¿Y qué?
—Mata y destruye a todo el que tiene a su alcance… mis padres, mis padres murieron en sus manos hace varios años. También aquellos junto a los que he estado cuando él viene. Y ahora viene, lo sé, lo siento, este momento de tranquilidad sólo es la calma que precede a la tormenta. Iros. Márchense y puede que se salven.
Oído bien, aquel cuento más bien parecía una fábula. Pero deja de parecerlo cuando quien lo cuenta ha sufrido una metamorfosis frente a tus ojos, y cuando te lo cuentan con una voz tan cargada de dolor y sentimiento. Enrique lo sabía. Era cierto.
—¿No podemos ayudarte? —Preguntó. Estúpido. Sabía que tenía que salir corriendo, salvar la vida, no quedarse preocupado por un tipo al que casi no conocía.
Daniel no respondió. Porque de pronto su pecho se infló y su rostro se alzó, mirando al cielo. De su boca surgió un alarido innominable y la metamorfosis se completó. Las oquedades negras que eran sus ojos se vieron de pronto ocupadas por dos ojos, uno rojo y el otro naranja. La piel macilenta y flácida desapareció y fue sustituida por una piel marfileña, estriada, inhumana. La boca se le ensanchó y los dientes se estrecharon y se alargaron. Le creció cola y garras, negras como el ónice. Intentar describirlo es absurdo. Basta decir que era el terror en persona.
Un líquido caliente se escurrió entre las piernas de Enrique. Lo último que vio fue aquellos dos ojos dispares. Rojo y Naranja. Lo último que escuchó fue dos gritos desencajados, aterrados, histéricos. Y lo último que sintió fue un aliento acre, y dolor, mucho dolor. Después todo fue oscuridad.

7 comentarios:

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  2. Perdona Esther sin querer suprimí el comentario. De todas formas gracias por escribir y leerme. Y debes saber que hago lo que puedo, tratando de agradar y sorprenderos siempre.

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  3. Hola me llamo Juan te escribo desde españa eres de lo mejor ke e leído en la Red me gusta mucho no dejes de escribir y cada vez me sorprendes más gracias

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    1. Mucho gusto Juan. Creo que es la primera vez que comentas. Y qué te puedo decir? Solamente que hago esto porque me gusta, y que mientras disponga de algunas horas de tiempo lo seguiré haciendo. Espero que sigas visitando el blog. Saludos.

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  4. ohhhh!!!! q cuento , nunca habia leido nada parecido!!! d donde t salen estas ideas?? muy bueno , sigue asi y no dejes d escribir , es mas escribe mucho mas seguido.Saludos desde Peru.

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  5. ohhhh!!!! q cuento , nunca habia leido nada parecido!!! d donde t salen estas ideas?? muy bueno , sigue asi y no dejes d escribir , es mas escribe mucho mas seguido.Saludos desde Peru.

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    1. Bueno, pues salen de mi imaginación. Pienso en algo y luego desarrollo la idea. Y en cuanto a publicar mas seguido, una vez a la semana, para mí esta bien. No creo tener tiempo para escribir dos cuentos por semana. Un abrazo!

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