Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

1 de abril de 2015

Matando al demonio

Mi mujer es un demonio. No hablo en sentido figurado, sino literalmente. ¿No me creen verdad? Ya se darán cuenta de lo que digo es verdad. No obstante, es el demonio más hermoso que existe en el mundo. O al menos así lo creo yo. Es alta, de rostro alargado y sin mácula y su cabellera tan negra como la noche sin luna. Sus ojos son negros, profundos, cautivadores, un portal al mismísimo infierno. Y qué decir de su cuerpo y piernas torneadas… bueno, mejor no sigo, mi objetivo no es provocarles envidia o encender vuestra lascivia.
Su nombre es Britany, su nombre terrenal al menos. Su verdadero nombre es una retahíla de letras que nunca he logrado pronunciar, ni lograré. La conocí hace siete años y nos casamos hace seis. Pero no descubrí que era un demonio, un sirviente del diablo, hasta hace un año apenas. Ese día resolví escapar de ella. No lo logré. Y puesto que es un esfuerzo en vano también resolví hace mucho no seguir intentándolo. Siempre me encuentra. Pero no me maltrata. Todo lo contrario, me sonríe, me besa, me dice que se ha divertido pero que es hora de regresar a casa. Al rato estoy con ella en la cama, abrazados, pensando en qué voy hacer. Aterrado. Aunque a veces no tanto.
La verdad es que no es tan mala, y, ahora que lo pienso bien, la amo tal como es. Pero amo más mi alma, y sé que a menos que me desligue de ella, al término de mi vida, estaré en lo más profundo del infierno, en lugar de una morada de luz y paz en el cielo.
De modo que he resuelto que la única manera de librarme de ella es asesinándola. Y creo que ha llegado la hora de llevar a cabo ese acto. Perdóname mi amor, pero es por la salvación de mi alma.
Son las ocho de la noche y en la tv transmiten el noticiero. La verdad es que no le estoy prestando demasiada atención. Ni al noticiero ni a la cacofonía de ruidos y voces que provienen del ático, santuario de oración y hechicería de mi mujer. Son voces a veces sibilantes, a veces agudas. En ocasiones escucho risas, carcajadas y uno que otro sollozo. Pero el sonido más característico de esas sesiones son los cantos, una especie de salmodio lento, ora bajo, ora alto, atrapante. Por eso no le presto atención, son capaces de arrastrarme a una especie de trance en el que veo visiones de un horror innominable; mi futuro hogar a menos que haga algo.
Pero lo peor de todo no son las voces, ni las risas, ni el llanto, ni los salmos, no, lo más horrible es la sangre, y las fuentes de la que es extraída. Cada luna llena mi esposa se tiene que cargar a alguien para hacer esos ritos tan horribles. Sangre humana por supuesto. Lo ven, por eso también la tengo que asesinar, no sólo por salvar mi alma sino para salvar a cientos de vidas humanas.
Cambio de canal en la tv, sólo por fingir que hago algo, y me tomo una cerveza para controlar mis nervios y mi miedo. Si no consigo matarla, bien muerta, temo que por fin se harte y me asesine ella a mí, eso también sería terrible. Britany dice que me ama, que no me haría daño, pero igual, es un sirviente del mal, no puedo esperar obtener clemencia siempre.
Dan las nueve y luego las diez. El televisor sigue encendido, ahora mostrando un partido de baseball. No sé quiénes juegan, ni me importa. Arriba, en el ático, las voces se han apagado, no así el canto. Éste no cesará hasta la medianoche. Es entonces cuando yo tendré que actuar. El momento se acerca. Estoy más nervioso que nunca, a pesar de que cuatro latas vacías de cerveza adornan la mesita de noche.
El reloj de pared da las once. A las cuatro latas se han unido otras tres. Empiezo a sentirme mareado, de modo que decido no seguir con las cervezas. Allá arriba casi no se oye nada, pero si aguzo el oído sé que aun oiré una suave letanía, casi inaudible. Britany debe estar empezando a quedarse sin energías, el hechizo le consume las fuerzas.
Afuera una brisa helada y susurrante recorre el jardín, agita las persianas y golpea los postigos. No es una brisa normal, bien que lo sé yo. La luna llena casi está en su cenit. Pronto serán las doce, pronto será la hora.
Pero antes de que den las doce debo presenciar otros horrores, así como los presencié cuando empezó el hechizo. No entiendo bien cómo, pero Britany abre una especie de portal al caer el sol, de él sale un millar de diablillos y demonios menores a hacer sus fechorías. Unos sólo implantan pesadillas en las mentes más débiles, otros provocan locura o asustan a algunos desdichados. Pero también los hay que asesinan, ésos son los que más miedo me inspiran. No me tocan porque Britany se los ha prohibido. Pero ¿qué pasará cuando ella se canse de mí y les de su consentimiento? Tiemblo sólo de pensarlo.
Falta un cuarto para las doce y los primeros esbirros de mí esposa empiezan a regresar. Con ellos traen frío, miedo e ira. Las puertas de la casa se abren y algunos vidrios de las ventanas vuelan, es un espectáculo horrendo al que aún no me acostumbro. No puedo reprimir un temblor. Afuera son invisibles, pero adentro se materializan. En una ocasión traté de fotografiarlos, pero cuando revelé la cinta no había nada en ella.
Los primeros en regresar, como siempre, son una especie de cerdos voladores. Son pequeños, de no más de treinta centímetros de largo, tienen alas fibrosas, ojos redondos y colmillos y pezuñas negras. Entran en bandada y vuelan escaleras arriba, rumbo a casa, satisfechos por las pesadillas provocadas.
Después entran otros seres con cuerpo de serpiente y cabeza de carnero, también tienen alas y su aspecto es repugnante. Fijan sus ojos llameantes en mí, pero luego me ignoran, saben que soy intocable o sería su perdición. Me matarían si supieran lo que pienso hacerle a su ama. A éstos les sigue un sinfín de criaturas horribles, a cuál más maligna que la anterior. Todas son siervas del mal, y todas obedecen a Britany.
Los que más pavor despiertan en mi alma son unos seres altos, tan altos que tienen que agacharse para no topar en el dintel de la puerta. Su aspecto es descarnado, y a la luz de la pantalla del televisor puedo verles la carne y los nervios. Caminan en dos piernas como humanos, y su cuerpo hasta asemeja el de un humano, pero quizá sólo sea porque nos asesinan para comernos. De sus hocicos de perro y de sus garras largas gotea la sangre, y sus ojos me observan con avidez. Me estremezco al verlos, pero ellos pasan de largo y me dejan tranquilo.
El reloj de pared da las doce de la medianoche. Todos los esbirros del inframundo ya han pasado. Ahora me encuentro solo. Arriba el silencio reina, ominoso. Creo que ha llegado la hora. Suspiro tres veces, fuerte y profundo. Cojo mis herramientas y empiezo a subir.
El silencio en la casa ahora es total. El ruido de mis pies desnudos me parece el golpeteo de un martillo, y el de mi corazón, el de un enorme tambor. Espero no sean suficientes para despertar a Britany. Ahora debe dormir, agotada. Debo hacer esto rápido y con eficiencia.
La puerta del ático cede a un leve empujón. Ella la deja abierta para que yo la asista cuando termine sus ritos. Pobre, será su perdición. El lugar está oscuro. La luz que ilumina la estancia durante el rito desaparece cuando éste termina. Sin embargo hay una bombilla de luz eléctrica, la enciendo, y la luz blanquecina ilumina una escena capaz de revolver el estómago de cualquiera. En el centro hay dibujada una estrella de cinco puntas, de más de dos metros de diámetro, en cada punta hay una parte humana; la víctima de esa noche.
Britany duerme hecha un ovillo en el centro de todo eso, vestida sólo con un fino camisón, está más hermosa que la última tarde. Siempre sucede así. Su cabello produce un brillo lustroso, su rostro parece el de un ángel y su piel está más tersa y más suave. Así es cómo se mantiene siempre hermosa. Ella no recurre a tratamientos cosméticos como las demás mujeres.
Durante un instante mis piernas tiemblan y mi voluntad flaquea ¿Cómo se me ocurre querer asesinar a mujer tan divina? Pero me recupero. Ya en el pasado he flaqueado. Pero ahora mi voluntad es más firme y continúo avanzando.
Despacio, sin hacer ruido, me acurruco junto a ella. No se despierta. Se agita débilmente, mi corazón se acelera, y temo que el instante haya pasado. Pero sigue durmiendo y yo sigo con mi plan. Extraigo el cuchillo de mi pantalón, con parsimonia. La amo, juro que la amo, quizá por ello gruesos lagrimones empiezan a escapar por mis ojos a la vez que empiezo a acercar el cuchillo a su cuello. Su respiración es acompasada y su pecho sube y baja rítmicamente. Sin querer mi mano izquierda se desliza sobre uno de sus pechos, cabe perfectamente entre mis cinco dedos, redondo, bien formado, y duro como el de una muchacha virginal. Empiezo a flaquear de nuevo, el cuchillo empieza a retroceder. Rememoro todas las noches mágicas a su lado, el sabor de sus labios, la dureza de sus senos, el paraíso entre sus piernas, su boca húmeda recorriendo mi cuerpo, y pienso que si sigo con mi plan perderé todo eso.
Siento que pasa una eternidad. Ahora mi llanto es continuo. Es la mujer perfecta, tiene el cuerpo perfecto, y me hace feliz cuando logro olvidar lo que en realidad es, cosa que pasa más a menudo de lo que ustedes creerían. Si continúo perderé todo eso, y para siempre. Estoy a punto de desistir, tirar el cuchillo y acunarla en mis brazos. Pero entonces unos renovados bríos me embargan. Decido que las delicias de su cuerpo no compensan mi alma. Además, nunca me dará un hijo, y si lo hiciera, ¿qué tipo de ser sería? De modo que vuelvo a apretar con fuerza el cuchillo y, antes de que flaquee de nuevo, le rajo la garganta. Sé que es por mi bien y por el del mundo, aun así mi dolor es inmenso y mi desdicha incomparable.
La sangre fluye y tiñe mis manos de color escarlata. Por lo menos no sufrió, fue un corte limpio y seguro. Seco mis lágrimas y me dispongo a continuar con mi trabajo. Sé que eso fue sólo el principio. Debo darme prisa. Temo que despierte y se tome revancha. Y si despertara, no sé si tendría la fortaleza para alzar un solo dedo en su contra.
Afuera el silencio es sepulcral, excepto por débiles brisas de viento que corretean fuera y dentro de la casa al haberse colado por las puertas y ventanas abiertas.
Me pongo de pie y cojo el hacha afilada que había dejado a un costado. Tras dos golpes certeros, la cabeza de mi amada se desprende del tronco. La sangre salpica en un principio y después fluye como en un manantial, pronto se forma un charco a mis pies. Los ojos vidriosos de Britany miran al techo, la cabeza gira y de pronto me ven a mí. Sé que está muerta, aun así rebullo inquieto y vuelvo mi vista hacia su cuerpo. Aún no he terminado.
Corto los brazos a la altura del hombro y después las piernas. Es una visión de lo más horrible. No la corto por la cintura porque creo que ver sus vísceras desparramarse sería más de lo que mi estómago está dispuesto a soportar.
Después guardo los restos de Britany en unas bolsas. La cabeza la enterraré en el sótano. El tronco en el patio trasero. Las piernas y las manos las quemaré también en el patio trasero. No me atrevo a dejarlo todo junto, porque temo que las partes vuelvan a unirse y ella regrese. Tampoco quiero quemarla toda, esto es sólo un vago temor, pues también temo que vuelva.
Limpio la sangre de mis pies antes de bajar, no quiero ensuciar el piso. La primera parada es en el sótano. Remuevo las tablas que cubren el agujero practicado días atrás y tiró la cabeza de Britany en él. Sus ojos me ven, y durante un instante siento que se moverán y que sus labios me dirán algo. Miro con miedo el resto de bolsas, como temiendo que algo sucederá. Pero pasan los segundos y no ocurre nada, excepto mi corazón que golpea salvajemente mi pecho. Me obligo a serenarme, extraigo la tierra guardada en el cajón de la esquina y sello el agujero.
En el patio la luna llena brilla, mágica. Descubro el agujero oculto y tiro el torso de Britany en él. Me doy prisa con el enterramiento. De pronto tengo más miedo que cuando me acercaba a rajarle la garganta. Por último reúno leña seca e incinero los brazos y las piernas.
Ya casi son las tres de la mañana cuando por fin termino. Ha sido una noche muy larga, tensa y aterradora. Sólo espero no haber fallado. Espero haberme librado del demonio de una vez por todas. Y creo que así lo hice. Debería sentirme feliz y dichoso. Pero todo lo contrario, me siento triste, sucio, traidor, abatido y sobre todo, temeroso, temeroso a las consecuencias que me traiga semejante acto. 
Pero por ahora estoy cansado. Creo que lo mejor será ir a dar una cabezada. Ya mañana pensaré en lo ocurrido ésta noche. Sólo me lavo las manos y la cara y empiezo a subir a mi habitación. Mis pies descalzos producen leves crujidos en las gradas de madera y rompen el profundo silencio que impera en la casa. De alguna manera eso me pone nervioso.
Llego a la puerta de mi habitación. La abro. Enciendo las luces. ¡Oh, sorpresa! Mis piernas flaquean, mi corazón amenaza con detenerse. Me sostengo en el marco de la puerta. Cierro los ojos y trato de serenarme.
—Estaba seguro de haberlo conseguido esta vez —le digo. Las piernas aún me tiemblan.
Britany, sonriente, se pone de pie. Está más bella que nunca. Lleva puesta una bata de suave satén. Llega hasta a mí y me ayuda a sostenerme.
—Tranquilo, amor —me dice—. No deberías sorprenderte. ¿Cuándo te convencerás que nunca podrás hacerme daño?
Me mira a los ojos. Los míos manifiestan temor, frustración, sí, y amor. Los de ella, están divertidos, pero también veo bondad, ternura y amor, por mí. Al parecer no crucé los límites, no está enojada. Me relajo. No me hará daño. Era la enésima vez que la mataba, era la enésima vez que la encontraba sana y salva en la habitación. La había destruido de diversas maneras. A lo mejor tenía razón, yo no podía matarla.
Pensé en mi alma, condenada al infierno al término de mi vida. La vi a ella, radiante, la besé en los labios y bajé una mano por su cintura y más abajo. Decidí que no me importaba.
—Ven, vamos a la cama —me dice con ternura.
Yo la sigo. Vuelta a empezar otra vez.

6 comentarios:

  1. me encanto pero me quede con una duda realmente era un demonio y revivía o el estaba loco la mato y solo se imaginaba q regresaba ??

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    1. En verdad se trataba de un demonio, imposible matarla, al menos no por medios humanos.

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  2. Al parecer el pobre hombre o será liberado jamás. Esta es una bruja o un demonio bastante poderoso, ya siempre regresa haga lo que haga. Al menos disfrutará la vida antes de que llegue lo inevitable. Manuel este cuento me mostró lo mucho que has mejorado, ahora tengo más conocimientos, ya que las brujas existen. Espero tu próxima historia y te doy las gracias por tus cuentos sigue publicando. Saludos desde Venezuela.

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    1. No será liberado, a menos que recurra a una ayuda más divina. Y de que disfrutará de eso no cabe duda. Gracias por tus halago, eh. Un abrazo.

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  3. Excelente relato, Manuel. Me ha encantado. ¡Vaya elemento que es Britany! Menos mal que no se toma a la tremenda los intentos de su marido para deshacerse de ella, si no ¡pobre hombre! En fin sólo le queda tener paciencia, porque va para largo, como se suele decir, ¡mala hierba nunca muere!.
    Parabienes por tu gran talento

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    1. Gracias por escribirme Esther. Creo que para Britany los estériles intentos de su marido son más una diversión o un pasatiempos que un peligro de verdad. Pero que no se confié mucho, eh, el tipo va progresando y aunque la ama y pasa ratos muy a menos con ella, seguirá y seguirá buscando. Aunque ésto sólo es una teoría por supuesto. Igual, cuando vea que se acerca a la fórmula para deshacerse de ella, lo mata y ya. Un abrazo.

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