Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

8 de abril de 2015

La mujer de plata

Rick Wood se mudó a su nueva casa un día de invierno. Del cielo caía una incesante llovizna y un viento racheado mecía a ráfagas los arbolillos y flores del jardín. Era una casa vieja y grande, pero bien cuidada, a pesar de lo exiguo de su renta. Era una de las muchas casas de una residencia privada, no de mucho prestigio, pero aun así mejor a lo que los escasos recursos de Rick habían aspirado.
Rick sabía que la casa había sido habitada por decenas de familias antes que él, pero ninguna la había ocupado más de un año. Eso le producía una extraña inquietud. De todos modos, no le puso atención al asunto y trasladó sus cosas con ayuda del personal de mudanza.
Esa primera noche Rick se preparó una taza de café muy cargada (antes acostumbraba tomar red bull, pero ahora tenía que ahorrar en todo), se sentó frente a la computadora en su estudio y se preparó para una larga jornada de trabajo.
Rick era escritor.
A media noche cerró la laptop y encendió un cigarrillo, frustrado. Hacía mucho que no tenía una buena idea, ni siquiera una idea medianamente buena. Fue por eso que había dejado su apartamento en el centro de la ciudad. Sencillamente hacía más de un año que no ganaba un centavo con su trabajo. Y si no lograba escribir algo que se vendiera dentro de un período de pocos meses, se iría a la quiebra. La sola idea lo aterraba.
Le dio una buena bocanada al cigarrillo y subió los pies al escritorio, haciendo a un lado la computadora. Llevaba días así, pensando pensando, escribiendo escribiendo, y al final se daba cuenta que todo era basura. Estaba estancado, frustrado, y lo peor de todo es que ni siquiera contaba con la posibilidad de darse unos días de descanso, para tomar nuevos aires. Tenía que sacar algo, pronto.
De momento todo estaba bien. Podía pagarse aquella casa. Podía comprar uno que otro libro. Comía bien. Tenía ropa buena. Pero todo eso se iría a la fregada si no conseguía algo… Se volvió a llevar el cigarrillo a los labios.
De pronto un ruido lo sobresaltó y se puso de pie de un salto. Se quedó quieto un momento, tratando de escuchar algo. El silencio envolvía el lugar como una manta, pero era un silencio ominoso, intranquilizador. La quietud se mantuvo largo rato hasta que el ruido volvió a producirse.
—¿Qué demonios? —masculló— ¿Un gato?
No estaba equivocado. El maullido, lastimero, volvió a producirse un minuto después.
—No me dijeron que había gatos en la casa —su voz sonó extraña, fuera de lugar—. Debe ser de algún vecino —se convenció.
Se fue a la cama a las dos de la madrugada, tras darle un par de vueltas a unas ideas para escribir un libro, pero al final las terminó desechando, como todo. Lo último que oyó tras sumergirse en un sueño profundo fue el maullido de un maldito gato.
Se levantó a las diez de la mañana, completamente descansado y con nuevos bríos. Tras una ducha relajante, se preparó huevos con tocino y fue al centro comercial, concretamente a la librería. No compró nada, simplemente espió los títulos más recientes de los escritores de moda. Ver el éxito de los demás le insufló nuevas energías, de modo que tomó un almuerzo tardío y regresó a casa bastante alegre, dispuesto a esforzarse y sacar de su cabeza algo que también pudiera figurar en los estantes de las librerías de todo el país.
Encontró al gato, negro, en el sofá. Estaba hecho un ovillo.
—De modo que eras tú el de anoche —dijo. Lo cogió en brazos y lo acunó en el pecho. El gato ronroneó y le acarició en el mentón con la cabeza. Rick rió—. Tranquilo, me haces cosquillas. Ahora vayamos a averiguar quién es tu dueño.
Con el gato junto a su pecho, buscó la puerta. Giró la manecilla y salió, dispuesto averiguar quién era el dueño del felino. Iba a cerrar la puerta cuando se percató de que el gato ya no estaba en sus brazos.
—¿Pero cómo…? —Se preguntó alarmado— Ni siquiera me di cuenta cuando saltó. Ahora tendré que buscarlo.
Lo buscó, y lo llamó, imitando con su boca lo mejor que podía los maullidos, pero el gato no apareció. Al finalizar la búsqueda ya no estaba de tan buen talante como al principio.
«Bueno, si se fue, mejor que mejor.»
De todas maneras, no se sentía tranquilo.
Olvidó el asunto del gato y se puso a escribir. Era una historia de amor. Había decidido escribir una historia de amor. En base a periódicos y artículos había descubierto que las historias de amor vendían. Pero ¿qué sabía él del amor? Si su novia lo había dejado desde hacía seis meses, cuando vio que ya no producía nada. Pensar en su novia lo hizo sentir ganas de llorar (o mejor dicho “exnovia”), así como una extraña picazón por llamarle. Sí, llamarla e invitarla a ver su casa. Desde luego era una buena idea.
—¿Para qué? —se dijo después, cuando ya tenía el teléfono en la mano— ¿Para que vea que voy en descenso?
Esa noche ya no tuvo ganas de seguir escribiendo. Pensar en ella siempre lo hacía sentir desahuciado. La había amado, la amaba, y durante un tiempo había creído que el sentimiento era recíproco. Pero se equivocó.
Se acostó mucho antes de la media noche. Malhumorado, frustrado, triste. Esa noche la almohada recibió un vendaval de agua salada.
Dejó de llorar cuando un nuevo ruido se escuchó cerca y a la vez lejos. Se arrebujó más en las sábanas. El ruido volvió a escucharse. Entonces se levantó. Aquél no podía ser el gato como en un principio había creído. No. Desde luego que no. Aquel sonido era el de un perro, el sonido típico que haría un perro cuanto está atrapado y desea salir.
«¡Maldición! —pensó—. Primero un gato, ahora un perro, ¿qué demonios le pasa a esta casa?»
Cogió su lámpara de mano y se dejó llevar en la dirección de la que había venido aquella especie de lamento canino. Esa dirección lo llevó a la puerta trasera. Pero ahora el ruido se oía en dirección contraria. Allí tampoco había nada. Ahora el lastimero lamento se oía en el segundo piso. A mitad de las escaleras se detuvo, ahora el ruido provenía del sótano. De arriba provenía el maullido de un gato.
—¡Por los siete infiernos! —gritó— ¿Qué ocurre?
Los sonidos cesaron. Y Rick se fue acostar, profundamente nervioso y temeroso.
Esa noche no durmió bien y tuvo pesadillas sobre ladridos y maullidos fantasmas.
A la mañana siguiente recorrió todos los rincones de la casa. No había rastros de que animal alguno hubiese andando en ella. «A lo mejor los ruidos provenían de afuera». Pero sabía que eso era falso, él estaba seguro de lo que había escuchado.
Pero no todo había ido mal para Rick, porque durante la noche le había venido la idea que durante tanto tiempo estuvo esperando. ¿Qué sabía él del amor? Cierto, nada. Pero sobre el miedo sí sabía mucho. De modo que cambió la novela de amor por una de terror. Sin perder tiempo se puso a trabajar enseguida, a tal punto que hasta olvidó los extraños sucesos de esa noche.
Hasta la noche misma. Nuevamente escuchó los maullidos y quejidos lastimeros de un perro y un gato. Esa noche Rick Wood estuvo seguro de que en esa casa ocurría algo anormal, no por nada los anteriores inquilinos terminaban marchándose más temprano que tarde. No tuvo valor para levantarse a explorar. Un miedo hondo le atenazaba las entrañas y tuvo que conformarse con arrebujarse más en la cama y desear que todo aquel ruido cesara.
La siguiente noche fue igual. Y la siguiente. Y la que siguió. Rick ya no lograba conciliar el sueño como él quería, y cuando lo lograba, lo acosaban pesadillas sobre cosas que lloraban y gemían durante la noche.
Quince días después, Rick ya no quería estar en esa casa. Se le marcaban sombras en los ojos, y había perdido un par de kilos. Si hubiera tenido amigos le habrían preguntado qué le sucedía y que se veía desmejorado, pero el caso es que no los tenía. Pero lo peor de todo es que apenas había avanzado con su libro. Cuando se sumergía en el proceso de lectura recordaba los ruidos de la noche y un escalofrío acababa con su predisposición a escribir. También le causaba gran espanto que en las últimas noches había creído ver sombras negras que lo vigilaban mientras dormía.
Esa noche no ocurrió lo mismo. Esa noche se unió un ruido más al del perro y del gato, y ni siquiera éstos eran iguales. Y eso le hizo sentir más pavor.
Primero fue el ladrido del perro. Hasta esa noche el perro (si es que era un perro) se había limitado a emitir quejidos. Pero esa noche era el ladrido de un cachorro feliz. Rick incluso lo imaginó con la lengua de fuera, moviendo la cola. El gato no maullaba, sino que ronroneaba de placer, como le ronroneó a él el día que volvió del centro comercial. Pero lo más aterrador fue la risa, y el sonido como de pisadas recorriendo los pasillos de la casa. Era una risa femenina, juvenil, pura. Era la risa más perfecta del mundo, excepto porque era media noche y se daba en un lugar donde debía haber absoluto silencio. Rick imaginó a una joven corriendo descalza, con el can y el felino correteando tras ella, felices como nunca. El terror que se apoderó de él fue absoluto. No pudo más que arrebujarse más y taparse de pies a cabeza.
A la mañana siguiente Rick estaba decidido a abandonar aquella maldita casa. Así que se olvidó por completo de su libro y empezó a buscar otro lugar al que mudarse. «Con razón la renta es tan barata.»
Ese día la búsqueda fue infructuosa.
Rick estaba desilusionado. Aterrado. Frustrado. Irritado. Y un montón de cosas más. Aparte de escribir un libro medianamente bueno hacía cuatro años, no había obtenido ningún otro logro profesional. Las ganancias se estaban terminando y los siguientes tomos no habían salido siquiera de la editorial. Sus padres no le hablaban. Su novia lo había dejado. Un pasado mediocre, un presente mediocre y un futuro que se antojaba aún más mediocre. «¿Y ahora esto?» ¿Una casa embrujada?
Esa noche las cosas empeoraron. Las risas femeninas fueron más espaciadas y distantes, pero a eso de la una, oyó como la puerta de su habitación se abría. Rick le dio la espalda a la puerta, se cobijó más en las mantas, tembloroso y, por primera vez en su vida, le rezó a Dios. Le pidió que aquellos fantasmas se fueran. Dios no lo ayudó. Le llegó un halo plateado por el rabillo del ojo. Su miedo aumentó, si es que era posible, y Rick pensó que era su fin. El halo plateado se movió por la habitación y se detuvo a dos metros de su rostro.
Era una mujer. La acompañaban un perro y un gato, el mismo gato que había acunado hacía días. La mujer era verdaderamente hermosa, vestía de plata y su rostro blanco competía en luz con la luna llena. Alargó una mano blanca, perfecta, hermosa, de dedos largos y finos. Rick se cubrió de pies a cabeza, temblando, y rezó todo lo que sabía. Cuando se atrevió a descubrirse y a abrir los ojos, frente a él no había nada. Durante aquella noche no hubo más risas ni correteos. Rick pensó que sus rezos habían obtenido respuesta.
Aun así, no se confió. El día siguiente siguió buscando un lugar al que mudarse. A la caída de la noche no había encontrado algo satisfactorio. Esa noche no apagó la luz de la habitación. Recordó que, de pequeño, cuando tenía miedo, le pedía a su madre que le dejara la luz encendida. La luz en el techo, mientras permanecía boca arriba con los ojos abiertos, le recordó su casi olvidada niñez, una mezcla de melancolía y bienestar lo invadió. Recordó los días quedados atrás y se durmió mientras pensaba en su madre y su padre, alejados de él hacía mucho tiempo.
Despertó a media mañana. Se contentó por dormir bien por primera vez en quince días. Los maullidos, ladridos, risas y, sobre todo, la mujer de plata, no habían hecho acto de presencia. Sonrió satisfecho. A lo mejor las oraciones y rezos sí surtían efecto después de todo. En su alegría pensó que la mujer de plata era una dama muy bella y que, pese a todo, no le molestaría volver a verla de nuevo.
La siguiente noche también durmió de maravilla. Rick se dijo que de seguir así se olvidaría de la mudanza.
Explorando esa tarde en la casa dio con una botella de vino. Tenía cincuenta años de existencia y Rick no se lo pensó dos veces antes de abrirla y darle un pequeño sorbo. El sabor era añejo, dulzón y ácido. Se terminó la botella mientras oía música clásica.
Estaba medio ebrio cuando se fue a acostar.
Lo que lo despertó no fue el ruido de los fantasmas, ni el fuerte dolor de cabeza que a muchos produce el vino. Lo que lo despertó fue una luz plateada, harto familiar, que se colaba por la rendija de la puerta de su habitación. La luz de la habitación estaba apagada.
Seguramente aún tenía la cabeza embotada por el vino, porque de otro modo se habría tapado de pies a cabeza ante la sola idea de la presencia de la mujer de plata. Pero en lugar de ello se puso de pie, y caminó con torpeza hacia la puerta. Pensó que encontraría a la mujer fantasma frente a la puerta, pero no, la iridiscencia plateada venía de más allá. Ésta lo llevó hasta la sala. Sentada en el sofá, en posición muy cómoda, se encontraba la mujer de plata, con su tradicional perro y gato a uno y otro costado.
Quizá fue el vino, o quizá estaba soñando, pero lo cierto es que Rick sintió más curiosidad que miedo. Avanzó cauteloso y se sentó frente a la extraña mujer. Su rostro juvenil era el de una joven de no más de veinte años, pero sus ojos profundos anunciaban una cuenta de años mucho más larga.
—¿Quién eres? —preguntó Rick. Se sentía osado y valiente esa noche— ¿Por qué me atormentas?
—Nadie te atormenta, amigo —la voz de la mujer de plata era pura, virginal. Cualquier hombre caería embelesado ante voz tan dulce. Pero Rick no estaba por embelesarse esa noche.
—Tú me atormentas —la acusó, señalándola con el dedo índice—. Tú y tus mascotas demonios…
—No somos demonios…
—Aúllan, gimen, lloran, ríen, corretean por toda la casa. Me provocan pavor y perturban mi alma.
—Estamos solos en esta casa —dijo la mujer de plata—. Hace cien años que estamos en esta casa. No podemos salir. Algo tenemos que hacer. Noches estamos alegres, noches tristes…
Rick iba seguir incordiándola cuando ella se echó a llorar. Entre hipidos y sollozos contó sobre una maldición que un pretendiente rechazado le había lanzado hacía un siglo. Habló de cómo murió después, de cómo ella flotaba en la casa mientras sus padres lloraban sobre su cadáver. Habló de cómo sus mascotas favoritas (el perro y el gato) maullaban, ladraban y movían el rabo, dando saltos de alegría cuando la sentían. Pero sus padres se hartaron del comportamiento de los animales, además de que les recordaban la hija perdida en la flor de la juventud, y mataron al gato y al perro. De alguna forma los animales se habían quedado con ella. Y allí estaban.
Habló a grandes rasgos del siglo vivido en aquella casa. Sus padres se habían mudado y la casa había cambiado de manos medio centenar de veces. Al principio nadie la oía o la veía, ni a ella ni a sus mascotas, pero con el transcurso del tiempo la gente los oía, y les temían, y se marchaban. Y eso le provocaba más dolor. Dijo que Rick era la primera persona con la que hablaba. Y más tarde, cuando Rick, sin saber cómo, la acunaba en sus brazos, dijo que era la primera vez que tenía contacto con persona alguna. Y no es que no lo hubiera intentado. Era como si, con el paso del tiempo, se estuviera materializando.
Rick la acunó en sus brazos y le secó las lágrimas a besos y hasta se sorprendió prometiendo que no se iría, que se quedaría y que cuidaría de ella.
La mujer de plata desapareció antes del alba. Rick sentía un dolor punzante en la cabeza, sin duda fruto del vino, y se fue acostar. Cuando despertó, casi a medio día, todo le parecía como un sueño, e incluso se dijo que eso había sido precisamente, un sueño.
Pero no lo fue. Y la mujer de plata volvió esa noche, sonriente, risueña y le habló de lo mucho que harían juntos. Al principio Rick tuvo miedo, hay que tomar en cuenta que esa noche no había vino que le embotara los sentidos, pero lo fue perdiendo ante la jovialidad de la joven, ante el ronroneo del gato y ante los lametazos del perro. Por la madrugada, antes de que la joven desapareciera, ella le besó en los labios y le dijo que era el mejor regalo del mundo.
A partir de ese día Rick se olvidó de su libro, de su búsqueda de una nueva casa y de todo lo que tuviera que ver con el mundo exterior. Se enamoró de la mujer de plata y ella de él, y muchas noches, mientras el perro y el gato correteaban por los pasillos, se entrelazaban y pasaban horas de la más grande dicha.
Tiempo después nadie supo qué fue de Rick. Sus pocos conocidos dicen que se mudó con sus padres, otros que se fue al extranjero, otros que se suicidó, otros simplemente encogen los hombros y siguen su camino. Pero lo cierto es que Rick se mudó definitivamente con su mujer de plata. Los nuevos inquilinos de la vieja casa dicen que por las noches se oye a un perro, a un gato y a una pareja de enamorados, que ríen, cantan, bailan y que a veces también lloran.

6 comentarios:

  1. uyyyyy ,q linda historiaaaaaaaa y muy enigmatica, me hubiera gustado que sea masssssss larga. =)

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    1. Hola Marilu. La historia era más larga, pero últimamente me he vuelto perezoso, y, de meter todos los elementos sobrenaturales que en un principio se me ocurrieron, habría tenido que dividirla en dos partes. De modo que mejor opté por agilizarla un poco. Un abrazo.

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  2. Que cuento tan bonito. Un relato de fantasmas muy romántico y emotivo. Lúgubre y alegre a la vez. Y, como siempre, muy, muy,muy bien contado.
    Un abrazo desde España

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    1. Gracias por tus palabras Esther. Como ves, hasta los fantasmas sufren de soledad a veces. No todo es asustar al que puedan. Y bueno, quizá Rick encontró una mejor alternativa a colgarse de una viga. Saludos!

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  3. Que romántico y bello cuento. Hasta yo me enamor...

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    1. Hola Sharoll. De quién te enamoraste, eh? Jeje. No importa. Nuestros protagonistas si que lo hicieron. Un fantasma y un humano, quién lo diría. Me alegra que te haya gustado. Un abrazo.

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