Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

29 de abril de 2015

Terror en la noche

No era muy tarde. Las nueve, o como mucho las diez. Sin embargo, todo el vecindario parecía dormir, y eran escasas las ventanas que dejaban escapar un poco de luz. Darwin pensó que eso era inusual. Y sintió miedo. También notó que la temperatura había descendido y la noche se estaba poniendo mucho más que fresca. No llevaba chaqueta, sólo playera, de modo que tuvo que rodearse con sus propios brazos y frotarse el cuerpo para calentarse un poco. El vaho escapaba por su boca en pequeñas nubes blancas.
Era esa noche una noche atípica. Y Darwin tenía miedo.
Las farolas a orillas de la calle, como poniéndose de acuerdo, se habían apagado: una sí, una no. Darwin jamás había visto algo así. Era normal que se averiaran algunas, pero nunca en aquella distribución tan peculiar. Por lo que la noche, sin luna, era más negra de lo que debería ser. Y esa oscuridad le daba miedo. Pero no era el miedo que lo atormentaba.
En las cinco manzanas que llevaba caminado no se había encontrado con nadie. La calle parecía desprovista de vida, exceptuándolo a él. Tampoco había voces ni ruidos provenientes de las casas frente a las que pasaba. Era el único ser viviente en aquella calle. Y eso le daba miedo. Pero no era el miedo que lo hacía abrazarse con fuerza y mirar a uno u otro lado.
Lo que de verdad le daba miedo era todo el conjunto. La inusitada oscuridad. La inesperada soledad. El inverosímil silencio. Y el insospechado y escalofriante frío. Pero sobre todo esto prevalecía algo más. Algo a lo que no sabía cómo referirse. Era como un aura que flotaba o como un presentimiento o como un picor entre los omoplatos o… o como un sentimiento de culpa. No lo sabía. Pero se sentía amenazado, vigilado, señalado…
Ya no faltaba mucho para llegar a su casa. Cinco o seis manzanas. No estaba seguro porque hacía rato que no levantaba la vista de la acera. Temía que al levantarla vería algo más que la oscuridad. Cinco o seis manzanas. Pero se le antojaban cinco o seis kilómetros.
Ya se había acostumbrado al silencio cuando éste se vio interrumpido. No fue una interrupción brusca, sino más bien leve, casi inaudible. Tanto así que Darwin se encontró preguntándose si había sido un sonido real. De todas formas, apretó el paso, pero sin echar a correr. Y allí estaba el sonido de nuevo. Como de pisadas, torpes y desacompasadas, las primeras muy leves, las siguientes más audibles. Entonces se detuvo y dio un giro brusco. Tras él no había nada. Ni a los lados. Y los ruidos también habían cesado. Estaba en una parte donde la luz de las farolas no llegaba. Y aunque no miraba a nadie, nada le aseguraba que no hubiera algo cerca, camuflado en la oscuridad.
Con el miedo acrecentándose en su interior, Darwin reanudó la marcha. Mantuvo los oídos aguzados y continuamente volvía la vista atrás. El frío le atería la piel y el viento producía ruidos furtivos. Durante unos momentos parecía que lo de las pisadas era cosa imaginaria. Pero volvieron. Ésta vez más fuertes, más rápidas, más enervantes. Darwin iba echarse a correr, pero aún reunió algo de coraje y volvió la vista atrás. Las pisadas cesaron en cuanto empezó a girar el cuello, y descubrió una sombra escurriéndose entre unos arbustos. No logró identificar la sombra, no sabía si era humana, animal o de algún monstruo de leyenda, pero para Darwin fue suficiente. Se echó a correr como un loco. No importaba que lo vieran corriendo, no importaba que mañana los vecinos lo tacharan de chiflado por andar corriendo a tales horas de la noche, no importaba, porque de alguna manera Darwin sabía que corría por salvar la vida.

22 de abril de 2015

Noche de Tareas

—Como que ya tardó bastante, ¿no? —dijo Enrique, dejando a un lado una hoja que contenía insufribles e incomprensibles fórmulas matemáticas.
—¿Te refieres a Dan? —preguntó Jennifer.
—¿Dan? —Se sorprendió Marcos—. ¿Lo conociste esta noche y lo llamas Dan? A mí nunca me has llamado Marc o algo así.
—Vamos, no seas payaso. Sólo soy amable. Además, lo conocemos desde hace casi un año, sólo que nunca lo habíamos tratado.
—Pero ya se tardó, ¿verdad? —Insistió Enrique.
—Puede que esté malo del estómago —dijo Marcos—. Ojalá esté malo del estómago. Resulta que además de geniecito ya me ganó el cariño de mi novia.
—Que no soy tú novia.
—Aún no, pero lo serás.
Ambos iniciaron una pequeña discusión. Enrique ignoró a ambos. Sus pequeñas discusiones no era nada nuevo. Es más, formaban parte de la rutina.
Se suponía que debía estar feliz. Aún no era ni media noche y ya casi terminaban la tarea. Todo gracias a Daniel. Ellos tres, solos, no la hubieran terminado nunca. Era imposible entender aquel galimatías de números que los profesores insistían en dejarles de tarea. Sin embargo, no estaba feliz. No es que estuviera triste. Pero había algo que lo tenía inquieto, y no daba con ese algo. Y la tardanza de Daniel sólo servía para incrementar esa inquietud.
—Creo que iré a ver si se encuentra bien —dijo.
—Déjalo tranquilo —dijo Jennifer.
—Deja que se muera —dijo Marcos. Recibió una mirada ceñuda cortesía de la chica.
—Le daré otro par de minutos —concedió al fin.
No obstante, no se quedó tranquilo y fue imposible que volviera a concentrarse en la tarea. La inquietud seguía carcomiéndole por dentro. Y no saber qué provocaba su inquietud lo ponía más inquieto. Buscó mentalmente alguna causa. Pero no encontró ninguna que lo convenciera. Estaban solos en casa, sus padres habían salido, pero no era por eso, puesto que no era la primera vez que se quedaba solo. Tras darle vueltas otro par de veces al asunto, sin proponérselo, empezó a pensar que tal vez tenía que ver con Daniel.
Daniel era un tipo muy guapo, demasiado guapo, a decir verdad. Eso ya era inquietante. Y si además no sacaba provecho de ello, llevándose a la cama a unas cuantas de sus enamoradas, eso también era inquietante. Pero no, la cosa no iba por allí. Quizá lo que le inquietaba era su silencio. Hablaba muy poco, solo lo imprescindible, y se mantenía apartado del resto lo más que podía sin incurrir en descortesía. No sólo allí con ellos, también en la escuela y donde quiera que lo chocaran. Pero tampoco creía que fuera eso.
Un profesor lo había metido en su grupo para hacer la tarea. Siempre habían sido tres. Ahora eran cuatro. Pero tampoco era eso. Quizá era porque ya llevaba casi media hora en el baño. Entonces se le ocurrió que tal vez no estuviese en el baño, sino que anduviese husmeando en la casa, sin el consentimiento de nadie, albergando quién sabe qué intenciones. Sí, eso debía ser, se dijo.

15 de abril de 2015

Terror en el ascensor

Tom se metió en el elevador justo a tiempo. Compuso su mejor sonrisa y saludó con un “hola” sofocado a sus acompañantes.
—Bienvenido —dijo un anciano de barbas blancas y calva incipiente—. Llega usted justo a tiempo.
Una señora de pelo corto rizado lo miró con desdén. El caballero de saco y corbata miraba al techo. El hombre de mediana edad, que vestía un overol gris y que debía ser plomero o electricista, lo recibió con un asentimiento de cabeza. El joven de camisa manga larga, color fucsia, que sostenía una carpeta bajo el brazo, le dirigió una leve mirada, nada más. La hermosa joven de cabello negro, cuya falda negra quedaba por lo menos cinco dedos arriba de la rodilla, dejando ver el empiezo de unas más que deseables piernas, ni siquiera pestañeó.
—Sí —dijo Tom, todavía acalorado—, es que tengo prisa.
—¿A qué piso? —le preguntó el ascensorista.
«¿A qué piso? ¿A qué se refiere con…? Ah, ya
—Al treinta y cinco, por favor.
El empleado lo escrutó un momento. Era un tipo rechoncho, pulcramente vestido, y con un bigotillo de morsa sobre el labio superior. Tom se sintió incómodo bajo su mirada.
—Al treinta y cinco entonces —asintió el bigotes de morsa.
Marcó el número del piso y el elevador empezó a moverse.
—¿Es acaso usted modelo? —le preguntó el anciano de calva incipiente.
—¿Cómo dice? —Tom lo miró sin comprender.
—¿Si es usted modelo? Ya que veo que va al piso de la agencia de modelaje.
—¡Oh, por eso! No, claro que no. Qué tipo de modelo podría ser yo.
—De delincuencia tal vez —la que habló fue la señora de pelo corto.
—Escuché eso —dijo Tom.
La señora le frunció el ceño y volvió la vista a otro lado.
—No haga caso —dijo el anciano, quien miró reprobadoramente a la señora—. Mi querida Marta es así. Toda simpatía.
Tom ignoró a la señora. Aunque tenía que reconocer que su aspecto no era el mejor. Llevaba el cabello largo y desaliñado, los pantalones rotos y por un zapato se le escapaba el dedo gordo del pie. Pero era lo mejor que había conseguido.
—Sé que mi aspecto no es el mejor —dijo a modo de disculpa—. Pero las prisas no me permitieron…
—Muchas prisas se habría de tener para presentar su aspecto —dijo Marta—. No entiendo cómo lo han dejado entrar en el edificio.
Tom decidió que definitivamente Marta no le caía bien. De todos modos no dijo nada. No estaba allí para que lo juzgaran ni para excusarse por su apariencia, menos con una señora como aquella.
Fue entonces cuando las luces se apagaron y el elevador se detuvo con un fuerte bamboleo. Resonaron gritos agudos y maldiciones contenidas. Tom no pudo contener la suya.
—¡Dios, mío! ¿Qué sucede? —la vocecilla aguda sólo podía ser de la mujer de piernas bonitas.
Seguro que en su casa no se acordaba de Dios. «Ni cuando está en la cama bajo la barriga de alguien con suficiente dinero para poder pagársela», pensó Tom con amargura. Su voz había provenido de la izquierda. No podía estar a más de un metro. Quizá debería estirar la mano para comprobar si estaba bien, más o menos.
—Sólo fue la luz que se fue, señorita —dijo una voz masculina. El cubil que era el ascensor era una negrura absoluta. Tom no podía ver ni siquiera su mano frente a los ojos. Pero apostaría que aquella voz era la del caballero con corbata.
—El caballero tiene razón —la voz salía a espaldas de Tom. La voz del ascensorista—. Solo mantengan la calma un momento, mientras ponen en marcha los motores de reserva.
—No sucede muy a menudo esto —observó el anciano—. Llevo años subiendo y bajando en este edificio y no me había tocado algo así. Pero bueno, siempre hay una primera vez. O al menos eso dicen.
—Sí, eso dicen —estuvo de acuerdo Tom.

8 de abril de 2015

La mujer de plata

Rick Wood se mudó a su nueva casa un día de invierno. Del cielo caía una incesante llovizna y un viento racheado mecía a ráfagas los arbolillos y flores del jardín. Era una casa vieja y grande, pero bien cuidada, a pesar de lo exiguo de su renta. Era una de las muchas casas de una residencia privada, no de mucho prestigio, pero aun así mejor a lo que los escasos recursos de Rick habían aspirado.
Rick sabía que la casa había sido habitada por decenas de familias antes que él, pero ninguna la había ocupado más de un año. Eso le producía una extraña inquietud. De todos modos, no le puso atención al asunto y trasladó sus cosas con ayuda del personal de mudanza.
Esa primera noche Rick se preparó una taza de café muy cargada (antes acostumbraba tomar red bull, pero ahora tenía que ahorrar en todo), se sentó frente a la computadora en su estudio y se preparó para una larga jornada de trabajo.
Rick era escritor.
A media noche cerró la laptop y encendió un cigarrillo, frustrado. Hacía mucho que no tenía una buena idea, ni siquiera una idea medianamente buena. Fue por eso que había dejado su apartamento en el centro de la ciudad. Sencillamente hacía más de un año que no ganaba un centavo con su trabajo. Y si no lograba escribir algo que se vendiera dentro de un período de pocos meses, se iría a la quiebra. La sola idea lo aterraba.
Le dio una buena bocanada al cigarrillo y subió los pies al escritorio, haciendo a un lado la computadora. Llevaba días así, pensando pensando, escribiendo escribiendo, y al final se daba cuenta que todo era basura. Estaba estancado, frustrado, y lo peor de todo es que ni siquiera contaba con la posibilidad de darse unos días de descanso, para tomar nuevos aires. Tenía que sacar algo, pronto.
De momento todo estaba bien. Podía pagarse aquella casa. Podía comprar uno que otro libro. Comía bien. Tenía ropa buena. Pero todo eso se iría a la fregada si no conseguía algo… Se volvió a llevar el cigarrillo a los labios.
De pronto un ruido lo sobresaltó y se puso de pie de un salto. Se quedó quieto un momento, tratando de escuchar algo. El silencio envolvía el lugar como una manta, pero era un silencio ominoso, intranquilizador. La quietud se mantuvo largo rato hasta que el ruido volvió a producirse.
—¿Qué demonios? —masculló— ¿Un gato?
No estaba equivocado. El maullido, lastimero, volvió a producirse un minuto después.
—No me dijeron que había gatos en la casa —su voz sonó extraña, fuera de lugar—. Debe ser de algún vecino —se convenció.
Se fue a la cama a las dos de la madrugada, tras darle un par de vueltas a unas ideas para escribir un libro, pero al final las terminó desechando, como todo. Lo último que oyó tras sumergirse en un sueño profundo fue el maullido de un maldito gato.

1 de abril de 2015

Matando al demonio

Mi mujer es un demonio. No hablo en sentido figurado, sino literalmente. ¿No me creen verdad? Ya se darán cuenta de lo que digo es verdad. No obstante, es el demonio más hermoso que existe en el mundo. O al menos así lo creo yo. Es alta, de rostro alargado y sin mácula y su cabellera tan negra como la noche sin luna. Sus ojos son negros, profundos, cautivadores, un portal al mismísimo infierno. Y qué decir de su cuerpo y piernas torneadas… bueno, mejor no sigo, mi objetivo no es provocarles envidia o encender vuestra lascivia.
Su nombre es Britany, su nombre terrenal al menos. Su verdadero nombre es una retahíla de letras que nunca he logrado pronunciar, ni lograré. La conocí hace siete años y nos casamos hace seis. Pero no descubrí que era un demonio, un sirviente del diablo, hasta hace un año apenas. Ese día resolví escapar de ella. No lo logré. Y puesto que es un esfuerzo en vano también resolví hace mucho no seguir intentándolo. Siempre me encuentra. Pero no me maltrata. Todo lo contrario, me sonríe, me besa, me dice que se ha divertido pero que es hora de regresar a casa. Al rato estoy con ella en la cama, abrazados, pensando en qué voy hacer. Aterrado. Aunque a veces no tanto.
La verdad es que no es tan mala, y, ahora que lo pienso bien, la amo tal como es. Pero amo más mi alma, y sé que a menos que me desligue de ella, al término de mi vida, estaré en lo más profundo del infierno, en lugar de una morada de luz y paz en el cielo.
De modo que he resuelto que la única manera de librarme de ella es asesinándola. Y creo que ha llegado la hora de llevar a cabo ese acto. Perdóname mi amor, pero es por la salvación de mi alma.
Son las ocho de la noche y en la tv transmiten el noticiero. La verdad es que no le estoy prestando demasiada atención. Ni al noticiero ni a la cacofonía de ruidos y voces que provienen del ático, santuario de oración y hechicería de mi mujer. Son voces a veces sibilantes, a veces agudas. En ocasiones escucho risas, carcajadas y uno que otro sollozo. Pero el sonido más característico de esas sesiones son los cantos, una especie de salmodio lento, ora bajo, ora alto, atrapante. Por eso no le presto atención, son capaces de arrastrarme a una especie de trance en el que veo visiones de un horror innominable; mi futuro hogar a menos que haga algo.
Pero lo peor de todo no son las voces, ni las risas, ni el llanto, ni los salmos, no, lo más horrible es la sangre, y las fuentes de la que es extraída. Cada luna llena mi esposa se tiene que cargar a alguien para hacer esos ritos tan horribles. Sangre humana por supuesto. Lo ven, por eso también la tengo que asesinar, no sólo por salvar mi alma sino para salvar a cientos de vidas humanas.
Cambio de canal en la tv, sólo por fingir que hago algo, y me tomo una cerveza para controlar mis nervios y mi miedo. Si no consigo matarla, bien muerta, temo que por fin se harte y me asesine ella a mí, eso también sería terrible. Britany dice que me ama, que no me haría daño, pero igual, es un sirviente del mal, no puedo esperar obtener clemencia siempre.
Dan las nueve y luego las diez. El televisor sigue encendido, ahora mostrando un partido de baseball. No sé quiénes juegan, ni me importa. Arriba, en el ático, las voces se han apagado, no así el canto. Éste no cesará hasta la medianoche. Es entonces cuando yo tendré que actuar. El momento se acerca. Estoy más nervioso que nunca, a pesar de que cuatro latas vacías de cerveza adornan la mesita de noche.
El reloj de pared da las once. A las cuatro latas se han unido otras tres. Empiezo a sentirme mareado, de modo que decido no seguir con las cervezas. Allá arriba casi no se oye nada, pero si aguzo el oído sé que aun oiré una suave letanía, casi inaudible. Britany debe estar empezando a quedarse sin energías, el hechizo le consume las fuerzas.
Afuera una brisa helada y susurrante recorre el jardín, agita las persianas y golpea los postigos. No es una brisa normal, bien que lo sé yo. La luna llena casi está en su cenit. Pronto serán las doce, pronto será la hora.