Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

11 de marzo de 2015

La voz

La primera vez que Richard escuchó La voz no le prestó gran atención. Se le hacía tarde para llegar a su trabajo y no encontraba las llaves del auto. Le gritó varias veces a su mujer si había visto las condenadas llaves, pero o no lo escuchaba o no sabía nada porque no le respondió.
Busca en el bolsillo trasero del pantalón tirado en el cesto —le dijo.
—¿En el pantalón? ¿Qué demonios puede…? ¡Oh mira, aquí está! Gracias.
Tomó su maletín a la carrera, le dijo adiós a su esposa en la cocina y salió pitando a su trabajo. Sólo cuando estuvo a mitad de camino pensó en lo que había ocurrido. Frenó de golpe y por poco lo choca el auto que venía tras él.
—¡No fue mi esposa! —Exclamó— La voz que me dijo dónde estaban las llaves no era la de mi esposa.
Pero entonces se puso a meditar en lo absurdo de su elucubración y se dijo que sí tuvo que haber sido su esposa. Aun así, la voz había sido completamente extraña: grave, masculina, clara y autoritaria. «Por las prisas debo haberme confundido», se dijo. Pensando en que todo había sido producto de su imaginación, puso en marcha de nuevo el coche y fue a su trabajo. Cuando esa noche le preguntó a Carol, su esposa, si ella le había dicho dónde encontrar las llaves esa mañana y ésta le dijo que no, simplemente pensó que había sido un suceso muy curioso.

Esa fue la primera vez que Richard escuchó La voz, mas no fue la última. La siguiente ocasión que la escuchó fue una semana más tarde, cuando por causa del trabajo olvidó la fecha de su segundo aniversario de bodas. Pero la voz se lo recordó e incluso le dijo lo qué quería Carol de regalo. Richard hizo caso a La voz, más por prisas que por convencimiento, y el resultado fue una esposa feliz y un Richard meditabundo. ¿Qué era esa voz? ¿Algún demonio, algún don, qué?
A partir de ese día Richard empezó a escuchar la voz venida del aire más a menudo. Muy pronto ya no era sólo una voz sin emisor aparente, sino que era “La voz”. Daba consejos a Richard y le ayudaba con las cosas perdidas. También había ocasiones en las que le decía los pensamientos de las otras personas, y tras algunos juegos de psíquico, Richard comprendió que era verdad. Le decía lo que esperaban los demás de él y cómo eran sus estados de ánimo. Pronto La voz se convirtió en un elemento permanente de su vida.

Las cosas se complicaron un poco cuando la voz accedió a hablar con él. En un principio sólo le decía cosas, y cuando Richard le preguntaba cómo es que sabía esas cosas, que quién era, el silencio era la única respuesta que obtenía. Lo que le hacía preguntarse si después de todo no eran imaginaciones suyas. Pero La voz, aunque no le respondía, siempre volvía y Richard no tardó en convencerse de que era real.
La primera vez que le habló no fue una gran charla. Es más, Richard creía que le habló sólo para arrancarle algunas dudas y terminar de convencerlo de que era algo real.
Se encontraba en una joyería, tratando de hallar algo para su joven esposa. De pronto las alarmas se encendieron y los empleados acusaron de la pérdida de un anillo de diamantes. Nadie entraba y nadie salía. La policía llegó enseguida.
Fue él —le dijo la voz—, el de chaqueta negra. Ése que parece tan tranquilo.
Richard observó al que La voz le indicaba. Era un adulto joven, unos años menor que él. Alto, delgado, bien vestido, en definitiva, no parecía alguien que necesitase robar.
—¿Estás segura? —preguntó.
Algunas personas se le quedaron viendo de forma rara.
Seguro —corrigió La voz—. Estoy seguro.
—No parece un ladrón.
Los buenos ladrones no parecen ladrones. Atrápalo antes de que escape.
—¿Escapar? —Richard dejó escapar una risita—. Estamos encerrados.
Escapará metiendo el anillo en el bolso de la señorita de al lado. No podemos permitir eso ¿cierto?
—Cierto.
Richard, bastante inseguro, le dijo a un policía que había visto al hombre hurtar el anillo. La policía lo registró, el anillo estaba con él. Se lo llevaron y le dieron las gracias a Richard. Fue la última vez que Richard dudó de La voz.
El asunto fue que a Richard empezó a gustarle charlar con La voz. Ésta parecía saber todo, estaba dispuesto a ayudarle siempre, y siempre tenía algo ingenioso que decir. Los primeros días charlaba como lo haría una persona normal, sólo que nadie veía a su interlocutor y mucha gente lo miraba de forma desconfiada. En el trabajo le dijeron que dejara de hablar solo y se concentrara en lo suyo, y su esposa le preguntó si se encontraba bien.
—Me encuentro mejor que nunca —fue su respuesta.
Sus charlas no eran desvariadas, ni fuera de lugar, excepto que lo que la demás gente veía era a un hombre solo, hablando solo. Los vecinos empezaron a señalarlo, y algunos incluso se apartaban de la acera cuando él caminaba por ella. No comprendió de qué manera lo veía la gente hasta una tarde en que, sentado en una banqueta, vio pasar a una anciana loca, que halaba de una carretilla llena de harapos y hablaba con su marido muerto quién sabe hace cuánto tiempo.
«¡Rayos! ¿Cómo no me había dado cuenta?».
—¿Y tú por qué no me lo habías dicho? —recriminó a la voz.
No pensé que te importara.
—¿Que pensaste que no me importaba? Claro que me importa.
No todo el mundo habla con dioses.
—Pero parezco un lo… Espera, ¿dijiste un dios? ¿Eres un Dios?
Lo soy.
—¿Eres… el Dios… el grande, el omnipotente, el de la biblia?
La voz se echó a reír como si Richard hubiera contando un buen chiste. Pero no era una risa agradable, era áspera, sarcástica, con un deje de locura. Richard se encontró deseando que dejara de reírse.
No existe tal Dios —dijo al fin La voz—. Al menos no uno. Somos miles. Cada uno grande y omnipotente a su manera.
—Pero ¿cómo? No entiendo.
Los mortales no fueron hechos para comprender a los dioses. Nosotros sí los comprendemos a ustedes. Y sé lo que tú corazón desea. Fama, dinero, poder, mujeres. Richard, obedéceme ciegamente, cree en mí, sin preguntar ni rechistar y te daré todo eso, y más.
—Lo haré —prometió Richard sin vacilar.
Si no quieres parecer un loco deja de hablar en voz alta. ¿Nunca te pusiste a pensar en la capacidad que tengo para leer mentes?
—Tienes razón —dijo—. Tienes razón —corrigió.
Fue esa tarde en la que Richard entregó cuerpo y alma a La voz, y para bien o para mal, su destino quedó sellado.

Pasó una semana, dos, un mes. A Richard no se le volvió a ver hablando solo, de nuevo parecía haber vuelto a la normalidad, excepto por los largos ratos en que se ensimismaba y parecía ido de este mundo. Aparte de eso todo parecía ir sobre ruedas. La voz le ayudó a encontrar dinero y objetos de valor, y cuando descubrió al ladrón de una joya valuada en un millón de dólares y obtuvo como recompensa una décima parte de su valor, dejó su empleo, invirtió el dinero en la bolsa y se convirtió en una especie de detective que encontraba cualquier cosa perdida.
Económicamente se fue al alza. En la bolsa no dejaba de obtener ganancias y era el detective más empleado del país.
La voz le dijo que todos los magnates del mundo tenían a algún dios apoyándoles, y Richard creyó que con La voz él llegaría a ser uno. Seguía llamándole La voz porque éste en ningún momento accedió a decirle su nombre.
Los nombres de los dioses no pueden ser escuchados por humanos —le dijo en un par de ocasiones.

Te has convertido en un detective de renombre —le dijo la voz un año después del día en que llegó a su vida.
Lo soy —se jactó Richard—. Gracias a ti, pero lo soy.
Un descubridor de la verdad. ¿No crees que el colmo de un detective es que se le escapen cosas que ocurren frente a sus propias narices?
Richard se puso en guardia.
¿A qué te refieres? —Preguntó.
A tú esposa desde luego. ¿No la has notado rara últimamente?
Richard pensó.
La veo menos —dijo, sin saber a lo que se refería La voz—. Pero es porque últimamente he estado muy ocupado.
La voz rió, y Richard sintió que se burlaba de él. Siguió riendo.
¿De qué te ríes? —espetó mentalmente—. Dime.
Te engaña con el vecino —soltó La voz, sin contemplaciones.
Richard sintió que la vista se le oscurecía y notó un puñetazo en el corazón. De pronto su mundo tan perfecto se estaba tambaleando. Cuando por fin todo iba bien ¿eso?
Eso no se puede quedar así —le dijo La voz.
Ya lo creo que no —estuvo de acuerdo Richard—. Me divorciaré de ella y no la daré ni un centavo.
La voz volvió a reírse, ésta vez sin lugar a dudas había mofa en ella.
¿Divorciarte? —La voz volvió a reírse. De repente se tornó seria y fría— Nada de eso, su castigo es la muerte.
¿Qué? ¡Cómo!
Me considero un dios bondadoso. Y le perdonaría las infidelidades a cualquiera si ya tuvieran con su pareja un tiempo prudencial. Diez, quince años es suficiente para hartarse de alguien, y estaría permitida una aventurilla con alguien más. Pero ¿cuánto llevas casado? ¿Tres años? —Richard asintió—. Tú esposa no te engaña porque ya le has aburrido o no te ame, lo hace porque su corazón es impuro y alberga la ignominia. Es perversa y debemos deshacernos de gente como ella.
Pero es mi esposa.
Y te falló. Además, todo lo que te he dado me lo tienes que retribuir de algún modo. Me ayudarás a limpiar el mundo, Richard, empezando por tu casa.
A Richard le gustó esto último “limpiar el mundo”. La voz quería hacer del mundo un lugar mejor, y él lo ayudaría en lo que él le pidiera. Eliminar a su esposa si era necesario. Deshacerse de las cosas malas, sí, era un buen método.
Lo haré —le dijo a La voz—. Pero no será hoy. Recuerda que tenemos una fiesta.
La voz accedió. Empezaron a hacer planes para llevar a cabo la limpieza de su casa.
En ningún momento Richard dudó de la culpabilidad de su esposa.

A las ocho de la noche los invitados empezaron a llegar. En los jardines de su mejorada casa había comida por montón y bebida por barriles, los músicos estaban en una esquina y los convidados se paseaban con aire regio. Richard estrechó la mano de todos sus invitados, tratando de parecer amable, pero su atención siempre volaba al día mañana, en el que se desharía de su esposa. Además, apenas conocía a una fracción de los invitados.
Lo noche se empezó a aguar cuando su vecino (el mismo con el que lo engañaba Carol) entró por la puerta de su casa. Era un tipo bien parecido y musculoso, sin duda producto del gimnasio y los esteroides, y miró a Richard con condescendencia.
«El muy hijo de puta piensa que no lo sé».
Lo peor de todo es que él no había invitado al tipo a la fiesta. Sin duda era cosa de su mujer.
«¡Mira que meter a su amante a mi casa!».
Si había tenido una pizca de su atención en la fiesta, en esos momentos se olvidó por completo de la misma, y se dedicó a espiar a los amantes a la vez que charlaba rabioso con La voz. Éste no estaba ayudando mucho precisamente, lo único que hacía ere decirle los lugares en los que se habían visto y las muchas veces que se habían burlado de él al hacerle el cornudo.
A la mitad de la noche, cuando la fiesta estaba en pleno apogeo, Richard vio a su esposa entrar a la casa. Volvió la vista atrás y Richard constató que miraba hacia donde se encontraba el vecino, éste asintió, sonrió, bebió su copa, se la dio a un mesero y se fue hacia la parte de atrás de la casa.
El corazón de Richard galopaba como loco, la razón se le nubló y la rabia lo embargó.
«Es cierto —pensó—. ¡La maldita perra me engaña!»
Te lo dije.
Él también apuró su copa. Luego entró a la casa. Dispuesto a hacer lo que tuviera que hacer.
Encontró a su esposa sentada en el sofá. Se había quitado los zapatos y se masajeaba un pie. Tras ella, masajeándola los hombros estaba el vecino. El muy cabrón le sonrió cínicamente, sin dejar de tocar a Carol. Ella también le sonrió, con ternura, con amor. Eso lo encolerizó más.
—Cariño, esta fiesta es esplendida —le sonrió Carol.
¡Mátala!
 Avanzó hacia ella, con los puños apretados y el rostro contraído. 
—¿Amor? —la voz de su esposa ya no rebosa ternura y amor, sino preocupación. El vecino seguía masajeándole los hombros y sonriendo sínicamente— ¿Te encuentras bien?
Las manos de Richard se abrieron y se cerraron alrededor de la garganta de Carol. Ésta gritó. El muy hijo deputa del vecino ni siquiera se movió. Siguió masajeándole los hombros, a la vez que su sonrisa se ensanchaba más y más.
Richard siguió apretando. Carol lo miraba con los ojos saltados, pataleaba e intentaba gritar. Sus ojos reflejaban miedo, pero en el fondo, Richard notó una pizca de compasión. Su determinación empezó a flaquear. De pronto ya no estaba seguro de su culpabilidad.
¡Mátala! —Gritó La voz—. No cedas. Es culpable. Debemos limpiar el mundo de gente como ella.
Richard ya no tuvo dudas. Siguió apretando.
Quizá fue su esposa la que logró gritar, o quizá fue él, nunca estuvo seguro, lo cierto es que un minuto después entraron en tromba los invitados de la fiesta. Sintió que unas manos lo tomaban y lo apartaban, pero el trabajo ya estaba hecho. El maldito vecino seguía sonriente (aunque nadie reparaba en él) y La voz le gritaba sus felicitaciones por un trabajo bien hecho.

Richard fue llevado a la cárcel, pero tras alegar que un dios le había ordenado hacerlo porque su esposa lo había engañado con el vecino (un vecino que nadie conocía), fue traslado a un manicomio donde hoy día aún pasa horas y horas ensimismado, hablando con La voz, quien le ha prometido sacarlo de allí y recompensarlo grandemente.  

12 comentarios:

  1. ¡madre mía! ¡qué cuento más terrorífico! Manuel, como siempre, ¡un diez!

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  2. ¡madre mía! ¡qué cuento más terrorífico! Manuel, como siempre, ¡un diez!

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  3. OHHHHHHHHHHH!!! como siempre , m alegras el dia!!!

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  4. Excelente cuento Manuel este cuento me sorprendió, aunque tengo una duda, ¿será que era un dios de verdad debe ser otra cosa Manuel? El ser humano es manipulable por cosas en las cuales confía y de las que no tiene conocimiento Gran historia, da mucho que pensar, espero la próxima. Saludos desde Venezuela
    Ongie

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    1. Gracias Ongie. Y la verdad, ni yo estoy seguro respecto a la naturaleza de La voz. Irónico ¿no? Pero me late que o bien el tipo estaba loco o bien algún ser sobrenatural, un demonio lo más probable, estaba influyendo en su vida.

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  5. De lo mejor que haz escrito. Me encantó.

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  6. Vaya Manuel me encanto lo mejor que has escrito y felicidades cada día te superas sigue así.
    Atte?; alba

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    1. Jeje gracias. Es lo que busco, mejorar cada vez más. Un abrazo.

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  7. que originalll!!!!! son tuyas estas historias a mi me encanto esta,, un saludo desde peru ahhh soy mercedes

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