Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

4 de marzo de 2015

La suplica de una señora

El barrio en el que vivía Yolanda era pobre y desolado. Vicente sintió una palpable disminución en sus expectativas. No parecía un lugar para una señora como Yolanda, o al menos no para la imagen que de ella se había llevado. Las zapatillas relucientes, el traje recatado y pulcro, el vocabulario correcto, nada de eso parecía encajar con ese lugar. Porque en verdad se trataba de un barrio de baja estofa. Las calles estaban sucias, los niños jugueteaban escuálidos, las casas parecían cuchitriles, y los habitantes se hablaban con palabras malsonantes y soeces, como sólo la gente de baja estofa acostumbra hacer.
Vicente se limitó a mantener cerrados los oscuros vidrios de su coche, a la vez que trataba de orientarse para dar con la dirección que le habían proporcionado. Era difícil orientarse en ese montón de callejas, en las que muchas veces no era posible distinguir los números de las calles. Y la única vez que se detuvo para preguntarle a un transeúnte, obtuvo como respuesta una mirada taladradora y un: “Debería abrir más los ojos”. Vicente los abrió largo rato, pero no vio nada, de modo que continuó vagando en las callejuelas, sin atreverse a preguntar otra vez.
Hasta que dio con la casa de Yolanda. Debía reconocer que era una casa más bonita que el resto, pero por muy poco, y desde luego, era más grande. Tenía dos plantas, y una fachada ornamentada, mientras que las casas vecinas eran de una planta sin ninguna decoración u ornamento en la parte de enfrente. Eso sí, las casas a ambos lados tenían unos jardincitos con unas pocas flores de vistosos colores, mientras que frente a la casa de dos plantas, el suelo parecía un erial.
Vicente detuvo el coche frente a la casa de Yolanda y se pensó seriamente apretar el acelerador y alejarse de allí. Definitivamente la mujer no era lo que había pensado. Pero eso no la hacía menos mujer después de todo, ni hacía menos pronunciadas sus curvas, ni menos rojos sus labios. Decidió que llamaría a la puerta, y si no le atendían a la primera se iría a casa. Se bajó del coche, temeroso de pronto, y llamó con los nudillos. Tardó un poco en escuchar un ruido de respuesta, pero cuando estaba a punto de regresar al coche, escuchó los inconfundibles tacones de la señora.
«Ya viene —se dijo—. Bien. Ahora no hay marcha atrás. Tengo que proseguir. No importa donde viva. Tampoco es que la quiera para que sea mi esposa. Hay que recordar que estoy casado».
Mientras distraía la vista, mirando a los lados, vio un rostro que lo miraba desde una ventana vecina. Era el rostro de una joven, bonito, pero con el pelo como paja sucia y los ojos con un brillo febril y temeroso. Clavó esos ojos en Vicente y meneó la cabeza de lado a lado, como diciendo que no. Luego movió los labios, no emitió sonido, pero Vicente comprendió lo que había dicho: “No entre allí”.
Vicente iba a dirigirse a ella, para preguntarle qué quería decir, pero en ese instante se abrió la puerta, y la joven se escabulló veloz.
—¡Qué agradable sorpresa, señor Vicente! —dijo la encantadora voz de Yolanda, a la vez que le tendía una suave mano.
Vicente se olvidó por completo de la chica de la ventana y de la desazón que le había provocado y se embelesó con la señora Yolanda. Señora porque ya se había casado y enviudado, pero no tendría más de treinta años, y se conservaba como las que sin duda alguna receta el doctor. Cogió la mano que le ofrecía entre las suyas y le dio un beso.
—Volver a veros es un verdadero placer, mi señora —dijo.
Yolanda escondió una sonrisilla con su mano libre y lo invitó a pasar.
—Pero olvide lo de señora, señor Vicente, llámeme simplemente Yolanda —le dijo, mientras lo llevaba a la sala.
—Como tú digas, Yolanda, a condición de que me llames Vicente.
—Ya lo hago, Vicente. —Le guiñó un ojo y le sonrió. Vicente se ruborizó como no lo había hecho desde la adolescencia.
Yolanda lucía un hermoso vestido de terciopelo rojo, que se ajustaba a su cuerpo lo suficiente para dejar ver sus suaves y pronunciadas curvas. Era alta, esbelta, de brazos largos y dedos finos, labios rojos, ojos pequeños y cabellera castaña. Vicente aún se preguntaba qué hacía una mujer como aquella en un barrio como aquél.
—¿Quieres un café o algo más fuerte? —preguntó Yolanda cuando lo hubo acomodado en un sillón.
—Café está bien —dijo. Aunque no le habría venido mal un whisky, para darse valor principalmente.
Había conocido a Yolanda esa mañana, a la salida de un banco. Se agradaron mutuamente y charlaron un rato. Media hora más tarde estaban en un restaurante, departiendo y conociéndose un poco. Fue así como supo que había estado casada, pero hacía tres años que su esposo había muerto. Tenía un hijo, fruto del matrimonio, de ocho años, quien gozaba de una salud muy frágil y a quien desde la muerte de su padre no sacaba de casa. Vicente le ofreció sus condolencias y Yolanda le dio su dirección, a la vez que le decía, con insinuaciones claramente sexuales, que estaría encantada de que la visitara alguna tarde, mejor si era ese mismo día.
Y allí estaba Vicente, dispuesto a comprobar de qué era capaz una viuda de tres años. «Se ha de sentir muy sola —se dijo—. Y por supuesto, también ha de necesitar sentir un hombre, por eso no esperó mucho para invitarme a su casa».
Yolanda volvió con una bandeja y dos humeantes tazas de café. Le ofreció una a Vicente y cogió la otra para sí.
—Estoy contenta de que hayas venido —le dijo.
—Y yo estoy contento de haber venido.
—Siempre supe que vendrías, pero me alegra que haya sido hoy —dio un sorbo, y luego, en vos baja, como para sí misma, agregó—. Esta noche podré dormir tranquila.
Vicente escuchó. «¿Dormir? ¿Quién dijo que te dejaré dormir?»
Charlaron largo rato, de cosas triviales, y de cosas personales, a tal grado que poco a poco se iban conociendo un poco más. Vicente se cercioró de que no cometía un desliz con su esposa, pero en algún momento debió cometerlo porque Yolanda se la mencionó.
—¿Y qué excusa pusiste a tú esposa para no llegar esta noche? —le preguntó.
Vicente no podía verse el rostro, pero estaba seguro de que estaba pálido. Yolanda lo observaba, impávida. Su primer pensamiento fue negar la existencia de una esposa, pero tras mirar a Yolanda a los ojos supo que no sería necesario negar. Ella lo sabía, y lo aceptaba así.
—No estoy en la ciudad —dijo—. Ando en un viaje de negocios.
—Muy hábil.
—Fue lo que se me ocurrió.
Durante un instante no supo qué decir. Yolanda se mantuvo serena, erguida, una sonrisa bailoteándole en los labios. A través de la ventana Vicente vio que afuera la noche había caído. En una pared vio unas fotografías, mostraban en mayor cantidad a Yolanda, un hombre moreno que debía ser su esposo muerto y a un chiquillo pelirrojo de rostro flaco y ojos extrañamente amarillentos, su hijo. Curiosamente del chiquillo sólo se veía el rostro, en ninguna fotografía aparecía el resto de su cuerpo.
—Es mi adorado —dijo.
—¿Eh?
—Mi hijo —aclaró—. Un niño dulce y cariñoso. Lástima su enfermedad. Quizá lo veas antes de irte.
—Lo visitaré por la mañana —lanzó.
Yolanda sonrió, cómplice.
—Estará encantado de verte. Ahora ven aquí.
No se lo tuvieron que decir dos veces. Vicente avanzó, la estrechó entre sus brazos y juntó sus labios a los suyos. Entre besos y arrumacos, Yolanda le quitó el saco y empezó a deshacer el nudo de su corbata.
—¿Aquí? —preguntó Vicente, percatándose que aún estaban en la sala.
—Sí.
—¿Y tú hijo?
—Descuida, no bajará.
La volvió a besar y a ciegas empezó a desatar los cordones que ceñían el vestido a su cintura. En esto estaba cuando oyó el grito, agudo, infantil, después los sollozos. Yolanda lo soltó de inmediato.
—¡Mi bebé! —gritó.
«Maldito infante».
Salió disparada. Vicente la siguió. Pero contrario a lo que había pensado, Yolanda no corrió escaleras arriba, sino que corrió hacia atrás de la casa.
—¿A dónde vas? —preguntó.
—Afuera. Mi niño está afuera. Quizá se cayó o lo atacó alguna alimaña.
—¿Alimañas? ¿Aquí?
«Bueno, con lo horrible que es este barrio quizá no sea una idea descabellada».
—Pero ¿no estaba en cama?
—Lo estaba.
Salieron al patio trasero. Estaba éste cercado por un alto tapial de madera. El suelo estaba cubierto de un césped casi muerto, parchado aquí y allá por yerbajos secos y un par de árboles nudosos en las esquinas. El área era pequeña, no se veía al pequeño por ningún lado.
—Pues no veo a tu hijo por ningún…
—¡Mami! —el gritó chillón y suplicante caló hasta el corazón de Vicente. Después vinieron sollozos y quejidos apagados.
Yolanda soltó un grito histérico.
—¡No! ¡Mi pequeño! ¡No!
—¿Qué sucede? —Quiso saber Vicente—. ¿Por qué no lo veo?
Yolanda, sin dejar de llorar corrió hacia delante. Aún no había llegado al agujero cuando Vicente lo vio, un parche negro en la penumbra de la noche.
«¡Maldición! ¡El maldito enano se cayó en un pozo!»
Efectivamente era lo que parecía el agujero, un pozo abandonado, una boca de algún monstruo pesadillesco o hasta el pasadizo al inframundo. De abajo brotaban sollozos apagados, como si el enano hubiese caído muy hondo.
«Me sorprende que siga con vida».
Yolanda por su parte no dejaba de llorar y arrastrarse por el borde del agujero. Estaba ensuciando su lindo vestido. De pronto se lo arremangó y asomó un pie al borde del agujero. Vicente entendió lo que pretendía hacer y actuó de inmediato.
—¡No te atrevas! —le dijo, sujetándola por las axilas y retirándola del borde—. ¡Te matarías!
—¿Qué no me atreva? ¿Qué pretendes que haga entonces? ¿Quedarme aquí sentada mientras mi pequeño se muere allá abajo?
—No.
—¡Oh, mi bebé! ¡Mi lindo bebé! ¡Cuánto ha de sufrir allá abajo!
«Y precisamente tenía que ocurrir esto hoy».
—Vamos adentro —le dijo Vicente—, llamaré a los bomberos.
—¡No! —Yolanda parecía aterrada con la idea—. No vendrán a tiempo, tengo que ser yo, ahora mismo, o mi hijo morirá, ¿no oyes sus quejidos?
—Sí —admitió de mala gana.
Los quejidos y sollozos eran lastimeros, llegaban al alma y hacían que Vicente se sintiera miserable. Lo que tendría que estar haciendo era rescatar al pequeño, y no maldiciendo porque se hubiera caído ese día.
—¡Tengo que bajar! —Dijo Yolanda, secándose las lágrimas—. Tengo que sacar a mi hijo de allí.
—¿Estás loca? ¡No podrías hacerlo!
Yolanda cayó de rodillas, desahuciada, llorando.
—Tienes razón —dijo—. No podría, soy una mujer. Pero tú sí ¿verdad? Tú sí podrías hacerlo. —Y su rostro era la súplica de una madre en el apogeo del dolor.
«Maldita vieja —maldijo Vicente—. En todo caso no sería caballeroso decirle que después de todo sería mejor que baje ella».
—No sé —dijo, rascándose la cabeza—. Creo que sería más conveniente llamar a los bomberos.
—Podría ser demasiado tarde. Por favor Vicente, baja y salva a mi hijo. Te lo suplico. Haré lo que me pidas, ser tu puta si así lo quieres.
Vicente estaba seguro de haber cambiado de colores.
—¡No! No será necesario. Pero no veo cómo podría bajar.
El rostro de Yolanda se iluminó, como si Vicente hubiera dicho que sí bajaría.
—¡Escalas! —exclamó—. Tengo escalas de cuerdas adentro.
Sin esperar que Vicente dijera nada salió disparada hacia el interior de la casa.
Vicente comprendió que de alguna forma se había comprometido. No podría echarse para atrás de modo que gritó:
—Y lámparas. Trae unas lámparas.
Maldiciendo su mala fortuna se acercó al borde del agujero; hacia abajo sólo había oscuridad. En cuanto asomó el rostro una vaharada de olor putrefacto le golpeó el rostro. Vicente retrocedió asqueado. Los quejidos y sollozos no habían cesado ni un instante.
«Con el dolor y este olor, el pobre chico ha de estar sufriendo una tortura, tendré que sacarlo de allí».
Yolanda volvió con una larga escala de cuerda y de forma precipitada la amarró al tronco de un nudoso árbol y la arrojó a la oscuridad. Después le tendió una lámpara a Vicente.
—Listo —le dijo—. Ahora puedes bajar.
—Sigo pensando que esto es mala idea —dijo Vicente, tratando de retrasar lo inevitable—. Quizá el chico se encuentre mal y yo sólo empeore las cosas.
—¡Por favor! —Suplicó la señora—. Sólo baja y saca a mi hijo.
—Deberíamos pedir la ayuda de un vecino por lo menos.
—¡Por favor! ¡Te lo suplico! Saca a mi hijo ahora, cualquier pérdida de tiempo podría ser fatal.
Vicente comprendió que no tenía otra opción. También comprendió que trataba de retrasar el momento porque de pronto tenía miedo. Con el paso de los minutos se había convencido de que ese agujero hediondo no le inspiraba nada de confianza. Peor aún, temía que allá abajo encontraría algo más que al dijo herido y enfermo de Yolanda.
—Está bien, lo haré —dijo, nada convencido.
—Gracias, gracias, te lo agradeceré toda mi vida.
«Y más te vale que lo hagas de la forma que yo tengo en mente».
Se asomó al borde del pozo, inspiró profundamente e inició el descenso. La escala era de cuerda gruesa y resistente, no tendría problemas en ese sentido. La luz de lámpara le reveló paredes de tierra desmoronada y cubiertas de musgo. Abajo, mucho más abajo, la luz llegaba tenuemente y revelaba un fondo bofo, cubierto de basura y maderos viejos y podridos. No veía al pequeño por ningún lado. Se lo dijo a Yolanda.
—El pozo se ha desmoronado durante muchos años —dijo—. Tiene huecos a los lados, seguro mi hijo está allí. Tú sólo baja.
Así lo hizo Vicente. Bajó, y a medida que lo hacía, el desasosiego se apoderaba de su ser, y un miedo a algo desconocido se iba apoderando de su alma. Pero siguió bajando, pensando en lo que debería estar sufriendo el pequeño allá abajo, pero sobre todo, pensando en la recompensa que recibiría de la madre. 
Calculó que iba a mitad de camino cuando escuchó un ruido furtivo a sus espaldas, se volvió como pudo, y vio dos ojos amarillos, el terror fue tal que por poco suelta la escala y se precipita hacia el fondo del pozo. Dirigió el haz de luz hacia allí y lo que descubrió le heló la sangre: un monstruo semihumano estaba agazapado en un hueco de poco más de un metro de diámetro. Su cuerpo era el de una serpiente, pero tenía manos con tenazas, y dos pequeñas alas traslucidas, demasiado pequeñas para que sirvieran para algo útil. Lo peor de todo era el rostro, un rostro completamente humano, excepto los ojos amarillos y los agudos dientes, el resto, era idéntico al rostro que había visto en la sala hacía un rato.
El hijo de Yolanda salió del agujero y se abalanzó sobre Vicente, este gritó y se debatió, pero al segundo siguiente caía. La caída no fue fatal, solo se quedó sin aire. Las que le sesgaron su vida fueron las tenazas que se hundieron en sus pulmones.

Arriba Yolanda cerró el agujero con una tapa oculta. Mientras su hijo se daba un banquete, ella fue a la sala, cogió las llaves que había sacado del pantalón de Vicente, y fue a por el auto de la víctima, tenía que quitarlo de enfrente de su casa para evitar ser señalada. 
Esa noche su hijo no pasaría hambre. Esa noche podría dormir tranquila.

12 comentarios:

  1. Muy bueno Manuel pero quien era esa persona que había visto vicente en la ventana? Eso me ha dejado confundida...
    Att: alba

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    1. No era nadie, o al menos nadie importante. Digamos que sólo un elemento fantástico de la histiria, puede que una vecina que ya sabía lo que le ocurre a los que visitan a Yolanda.

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    1. Gracias Clemente, me satisface que te haya gustado.

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  3. Un cuento muy, muy, bueno. Tienes una gran imaginación y sabes como mantener la tensión hasta el final. Realmente tienes un don para crear relatos cortos (que es lo más difícil de escribir). Así que enhorabuena.

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    1. Jeje, gracias. Trato de plasmar lo mejor que puedo las ideas que vienen a mi mente, sin contar todo de golpe por supuesto, el punto es mantenerlos interesados e intrigados hasta el final. Un abrazo.

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  4. OHHHHHHHHHHHH... !!!! muy buenooooooo , pobre Vicente , pero m dio un poco de risa el final : Esa noche su hijo no pasaría hambre. Esa noche podría dormir tranquila. jejejje

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    1. ¡¿Pobre?! Todo libidinoso y adúltero es lo que merece, o al menos se merece un castigo, jaja. Irónico ¿no? Lo que para algunos es motivo de horror y aberración, para otros (como Yolanda) es motivo de paz y tranquilidad.

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  5. por eso es malo visitar gente que no conocemo muy bie... buena moraleja diría Yo.

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    1. Pues sí, tienes razón. Y más cuando, como Vicente, llevas intenciones inmorales.

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  6. q bueno lo q le paso x wilo valla manuel has crecido bastante notoriamente los relatos son mas atrapantes y misteriosos y en el final seré sincera en muchos te luces (no me gustan los finales abiertos odio la desesperación q me causan) sin embargo adoro finales precisos y con un toke de duda como lo fue kary

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    1. Gracias por tus halagos Kary, hago lo mejor que puedo. En cuanto a los finales, hay finales y finales. Abundan los finales abiertos, es cierto, pero es una característica de éste género. Un abrazo.

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