Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

27 de marzo de 2015

El viejo Elías

Eran las cuatro de la tarde cuando los dos niños se pararon frente a la casona abandonada. Miguel era el mayor de ambos, moreno, cabello negro y de tronco y brazos fuertes. Cumpliría doce el siguiente mes, pero parecía de catorce. Erick era un año menor, delgado, de rostro inmaculado y suave como el de una niña, y de pelo rizado y pelirrojo. El pelirrojo no quería estar allí, pero el moreno sí.
 Frente a ellos se alzaba, imponente, aterradora, la vieja casa de los Wattley, muertos hacía cien años, si se hacía caso a las historias. La casona era de tres plantas, en su mayoría de madera, pero no se había venido abajo por el peso de los años. Tenía la pintura desconchada, aquí y allá se habían caído unas tejas del techo, y la maleza la cubría como si fuera parte del bosque en la que se hallaba. Su color era gris, ominoso. Erick creía que en esa casa había fantasmas, así se lo dijo a su amigo.
—No seas gallina —le dijo Miguel—. Los fantasmas no existen. Sólo es una casa vieja que nadie ha querido comprar.
—Porque hay fantasmas —insistió Erick.
Miguel soltó una carcajada y le palmeó la espalda.
—A veces olvido que sólo eres un niño —dijo—. Pero ahora necesito que seas hombrecito y me sigas. Aunque no tan hombrecito, porque entonces ya no me servirías —le sonrió con picardía a la vez que se tocaba la entrepierna.
Erick se sonrojó.
Conocía a Miguel apenas hacía un mes. Iban juntos a la misma escuela, pero nunca habían cruzado más que un par de miradas. Hasta hace poco, cuando dos niños lo estaban golpeando en el baño y lo llamaban maricón. Miguel ahuyentó a los chicos malvados y lo ayudó a ponerse de pie y a limpiarse. Su ayuda fue tan desinteresada y sus gestos tan tiernos que Erick se supo del otro chico inmediatamente. En el mes transcurrido habían intercambiado caricias, castos besos, e incluso se habían tocado sus miembros, pero nada más. Hasta ese día. El chico pelirrojo amaba a Miguel, así que superpuso su amor al miedo que le inspiraba la casona y le siguió.
Miguel empezó a forzar una ventana con un madero, dando fuertes y secos golpes. Los golpes retumbaban secos, rompiendo el silencio del bosque.
—Creí que la madera estaba podrida —dijo Erick, sólo por decir algo.
—Tendría que estarlo —comentó Miguel—, dado que es muy vieja.
Volvió a golpear, la ventana vibró, pero no cedió. Erick pensó que, si presionaba ahora, podía convencer a Miguel de ir a otro lugar.
—Tal vez no sea posible entrar —tanteó—. Por qué no vamos a otro lugar. ¡El bosque! Estamos en medio del bosque, escondámonos detrás de unos árboles.
—¿Estarías tranquilo detrás de unos árboles? —Miguel enarcó una ceja—. Y si alguien nos encuentra, ¿qué le diré? No quiero que crean que soy una marica.
Aquello le dolió a Erick. Miguel debió notarlo porque luego se arrepintió.
—Lo siento, no debí decir eso.
—Y si mejor regresamos a casa —de pronto Erick ya no estaba tan seguro de querer hacerlo, menos en aquél lugar—. Podemos ir a mi habitación, y encerrarnos diciendo que vamos hacer tarea.
—Tú mamá ya sabe que no vamos al mismo grado —dijo Miguel—. Además, el otro día por poco nos sorprende ¿recuerdas? Cuando decidiste al fin ponértela en la boca. De suerte que fue educada al llamar antes de entrar, sino…
—Por favor ya no sigas —pidió Erick. Ese día creyó que moriría. Apenas le había dado una lamida al miembro de Miguel cuando su madre llamó a la puerta. No, no quería ni pensar en lo que diría si descubría sus preferencias.
—De acuerdo —accedió Miguel—. Pero entérate que no tenemos mucho dónde escoger. Así que quédate allí de pie, sin moverte, para que tu culito no sude, mientras yo tiro la ventana, aunque en ello se me vayan las manos.
Y así lo hizo, golpeó y golpeó, hasta que al fin la ventana empezó a combarse hacia dentro. Por último, la ventana se abrió y un pasador, bastante brillante pese a tener cien años, salió volando.
—¡Ya está! —dijo, eufórico—. Vaya que estaba duro esto. Y cómo no, si parece que la madera y el hierro tienen un año y no cien como dicen.
Se limpió el sudor de la frente con el dedo índice, pero antes que terminara, Erick se le acercó con un pañuelo y le limpió el rostro, cuello y brazos. Miguel se sintió conmovido, escudriñó en derredor, y tras asegurarse que nadie los veía, le besó en los labios. Después saltó al alfeizar de la ventana abierta y ayudó a Erick a entrar. Éste tenía miedo de entrar a esa casa, un miedo aterrador si se lo preguntaban. Pero era Miguel quien le tendía la mano y lo invitaba a entrar ¿Qué esperaban que hiciera?
 Entraron a un dormitorio, por lo que pudieron ver. Había una cama a la que le faltaba una pata, un ropero que parecía pronto a deshacerse y un viejo sofá mohoso. Todo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo. El lugar tenía el aspecto que debía tener. De todas formas, Erick sintió un escalofrío.
—¿Aquí? —preguntó inseguro.
—No. Exploremos un poco. Quizá hallemos algo mejor, esa cama no me inspira más que aberración.
—A mí también. Pero no tardemos —dijo Erick—. Ya casi son las cinco, y no me gustaría que la noche me sorprendiera en este lugar.
—Por primera vez estoy de acuerdo contigo.
La puerta de la habitación no opuso ninguna resistencia como la ventana. Salieron a un estrecho pasillo, cuajado de puertas a ambos lados; puertas de madera oscura y cuyo perfil se adivinaba ominoso. Erick temía encontrar algo no deseado en ellas. Tras unas rápidas visitas a lo que había tras las mismas, descubrieron habitaciones similares a la que les sirvió de entrada. En una el armario se había despedazado, en otra la cama no tenía ni una pata y en otra en el colchón había crecido moho semejando una cara humana. Erick también creyó percibir débiles huellas en el piso, aunque de esto último no estaba tan seguro. De lo que sí estaba seguro es que quería salir de allí cuanto antes. Si Miguel lograba excitarse en aquél lugar tan tétrico y ominoso, entonces quizá lograran hacer algo, porque lo que era él, no podía dejar de pensar en la sensación de que no deberían estar allí.
Poco después llegaron a una estancia central, rodeaba de habitaciones, de la que partían unas escaleras que llevaban al segundo y tercer piso. Allí la capa de polvo no era tan gruesa como en las habitaciones que habían visitado hace rato y Erick adivinó el contorno de unas huellas en el piso.
—Mira —le dijo a Miguel, señalando las huellas de unas botas—. ¿Ves? Te lo dije. Aquí hay fantasmas. Mejor vámonos.
—Los fantasmas no dejan huellas.
—¿Entonces qué?
Miguel se encogió de hombros, restándole importancia al asunto.
—Alguien sintió curiosidad por este sitio igual que nosotros.
Erick no estaba convencido.
—Vamos arriba —dijo Miguel—. Busquemos un cuarto o algo y hagamos lo que venimos hacer.
Erick lo siguió escaleras arriba, intranquilo, temeroso, con deseos de salir de la vieja casa de los Wattley cuánto antes.
En el segundo piso todo estaba igual que abajo, sucio, podrido y cubierto de polvo. Excepto una habitación. Ambos chicos cruzaron una mirada de sorpresa y miedo cuando al abrir una puerta descubrieron una estancia limpia y con signos de ser usada habitualmente. El colchón de la cama se adivinaba mohoso, pero las sábanas, cobertores y almohadas estaban limpias. El piso no tenía polvo, tampoco la mesa, las sillas, el ropero y el estante. Excepto…
—¿Qué demonios? —Masculló Miguel.
Erick se llevó las manos a la boca y ahogó un gritito.
—¡Es sangre! —dijo un momento después, con la voz aguda.
El espejo incrustado en el ropero tenía la mitad de la superficie roja. En el piso también había manchas del mismo color, y, tras escudriñar bien la habitación, también había en la mesa y en las paredes.
—No —dijo Miguel—. Debe ser pintura.
Dio un paso al frente, dispuesto a corroborar su observación, cuando un ruido a sus espaldas lo hizo detenerse. El ruido era débil, pero Miguel supo qué significaba: era una llave girando dentro de una cerradura.
—Alguien viene —dijo a Erick.
El chico menor estaba mortalmente pálido. Y cómo no, si lo primero que pensó fue que ese alguien era quien ocupaba esa habitación y quien había esparcido sangre en la misma.
—Miguel, ¿qué vamos hacer? Si nos encuentra aquí nos va a matar.
—Nadie nos va a matar.
—Pero…
—Si no te callas entonces sí quizá nos maten.
Erick cerró la boca.
—No te muevas, echaré un vistazo para ver si podemos salir.
Se asomó a la puerta. Ésta daba a un balcón interior que miraba a la estancia central del primer piso. La estancia de abajo estaba vacía. Miguel pensó en salir en esos momentos y escapar por donde habían entrado, pero el resonar de unos tacones sobre el piso de madera lo hizo desistir. La silueta del viejo Elías se perfiló en la estancia. Miguel oyó a Erick exhalar un gritito. De alguna manera el pelirrojo se había colado entre sus piernas y también miraba hacia abajo. Miguel lo golpeó con el talón en las costillas y lo mandó callar. El viejo miró hacia los lados, después se perdió en un pasillo.
Miguel exhaló un suspiro de alivio. El viejo no había tomado las escaleras. Erick temblaba entre sus piernas.
El viejo Elías era un hombre de más de cincuenta años, solitario, gruñón y que vivía al otro lado del pueblo. No se explicaba qué hacía allí. Sobre el viejo se contaban relatos extraños y aterradores y su casa era evitada por casi todo el pueblo. De él se contaba que años atrás mató a su esposa e hijos, haciendo desaparecer los cuerpos para no ser culpado. Y por supuesto, Miguel y Erick habían oído esas historias.
—Vamos, salgamos de aquí —dijo Miguel—. Ya sabemos de quién eran las pisadas en el piso. De todas formas, no se trataba de fantasmas.
Ayudó a Erick a ponerse de pie y juntos abandonaron la habitación. Se disponían a bajar las escaleras cuando el ruido de las botas les avisó que el viejo Elías regresaba. Se escurrieron hacia un lado, y se escondieron detrás de unos grandes recipientes de barro, en otro tiempo maceteros.
El viejo apareció de nuevo en la sala de abajo. Cogida por el brazo derecho arrastraba a una joven; del izquierdo no quedaba más que un pequeño muñón, vendado con harapos. La joven tenía el cabello negro enredado, el rostro macilento y la boca taponada con un pañuelo. La escena conmocionó tanto a Erick que sintió un líquido caliente escurrírsele entre las piernas. Miguel hizo ademán de levantarse, pero se mantuvo agachado, los puños apretados y el cuerpo tembloroso.
El viejo dio un empujón a la muchacha y esta se desplomó en el piso. La caída le levantó la falda y dejó a la vista sus piernas y el principio de sus calzones. Erick creyó que sería testigo de una violación. ¡Ojalá hubiera sido sólo eso!
El viejo Elías rebuscó entre sus pantalones, y al cabo de un segundo extrajo de este un cuchillo enorme, cuyo lomo semejaba una sierra.
—Miguel ¿qué hará? —Erick tenía la corazonada de que estaba a punto de presenciar algo horrible.
Y así fue.
La muchacha al ver asomar el cuchillo empezó a debatirse como loca, aterrada hasta límites indecibles. Intentó ponerse de pie y el viejo la tumbó halándole de los cabellos cuando lo logró. Sus ojos reflejaban todo el miedo del mundo y su cuello y rostro contraído anunciaban que quería gritar, sacar por la boca algo de aquel terror que la atormentaba, pero la mordaza se lo impedía.
El viejo Elías acercó al cuchillo al rostro de la muchacha y lo paseó por su rostro. Los ojos de la chica seguían el movimiento del objeto cortante, desorbitados de horror.
Miguel se puso de pie y dio un paso hacia el frente. Erick comprendió lo que su amigo quería hacer y lo detuvo halándolo con fuerza. De suerte que no quedaban de frente al viejo, sino a un costado. Si los descubría… Erick no quería pensar en lo que pasaría.
—¿Qué crees que haces? —Increpó a Miguel cuando lo devolvió al escondite— Él es un adulto, además tiene un cuchillo y está loco.
El cuerpo de Miguel temblaba peligrosamente y de sus ojos brotaban gruesas lágrimas.
—Tú no lo entiendes —masculló el mayor de los dos.
—¿Qué es lo que no entiendo?
—Esa chica de allí es la misma que desapareció hace una semana. —Erick recordó haber escuchado algo así, pero no le prestó atención. En el pueblo desaparecía gente más a menudo de lo que cabría en lo posible—. Es mi prima —concluyó Miguel.
Aquello fue una revelación para Erick. No lo sabía. Menos sabía qué hacer o qué decir en aquellos momentos.
—No tenía idea —fue lo único que salió de su boca.
—Claro que no, porque para lo único que tienes oídos es para la palabra polla y para la palabra follar.
Erick no pudo replicar porque un grito ahogado llamó su atención. El terror que le provocó lo que vio le hizo echar todo lo que tenía en el estómago: El viejo Elías, sin ninguna contemplación, rebanaba un brazo de la muchacha a la altura del codo. Cuando llegó al hueso volteó el cuchillo y siguió cortando con el lomo de sierra. El ir y venir del instrumento de tortura era algo que Erick jamás olvidaría, ni el rostro contraído de la chica, ni los gestos ávidos y demoníacos del viejo, ni la sangre y la carne cortada. Pero sin duda lo que más horror le causó fue cuando el viejo desprendió por fin el brazo, entonces empezó a comer.
Erick volvió a vomitar, pero en sus intestinos ya no tenía nada.
Miguel se volvió a poner de pie. Erick no hizo nada por detenerle esta vez. Pese a todo en su mente aún recordaba sus últimas palabras.
—¡Maldito! —Gritó Miguel, en lo alto de las escaleras—. ¡Monstruo, ha llegado tú hora!
Con las manos vacías se lanzó escaleras abajo.
El viejo Elías se repuso de la sorpresa de inmediato. Dejó su sangriento bocadillo en el piso y se puso de pie, cuchillo en mano. La chica, aún despierta, aunque moribunda, empezó a mover la cabeza, como si con ello pudiera hacer retroceder al chico.
Miguel siguió cargando. De pronto parecía mucho mayor de lo que realmente era, más alto, más guapo, más fuerte… Durante unos momentos Erick creyó que lo lograría, que tumbaría al viejo allá abajo, que salvaría a su prima y que se erigiría en su héroe. El hechizo se rompió cuando el cuchillo salió volando del brazo del viejo, se clavó arribita del esternón del chico y Miguel cayó y rodó los últimos escalones.
Erick debió soltar un grito en algún momento, porque el viejo clavó la vista en su escondite, extrajo el cuchillo del agonizante chico y empezó a subir las escaleras. Erick se echó a correr.
Un ruido sibilante le llegó al oído y el cuchillo pasó cerca de su cabeza. Aquello le dio unos valiosos segundos. Entró a una habitación vieja, abrió la ventana de golpe, y, sin saber de dónde salió el valor, se colgó de unas lianas que tapizaban la casa por lado fuera y saltó al suelo valiéndose de ellas. El resto sólo fue cuestión de correr.
Había escapado de una muerte segura. Sin embargo, el recuerdo de aquella tarde horrible lo perseguiría el resto de su vida. Jamás olvidaría el cuchillo cortando la carne y el hueso, la sangre empapando el piso, el rictus de dolor de la joven, al viejo devorando la carne humana. Pero, sobre todo, jamás olvidaría el vuelo del cuchillo, el ruido bofo cuando penetró en la carne de su amado, ni cómo éste cayó y rodó, y la sangre manando, la sangre…
Algo que serviría para paliar el dolor y el horror de esa tarde sería el recuerdo de cómo un millar de vecinos, tras enterarlos de lo que había ocurrido, registraron la casona abandonada y sus alrededores hasta dar con el viejo Elías. A media noche el monstruo con piel de humano fue asado en una hoguera, a la luz de la luna y en medio de grandes gritos.

10 comentarios:

  1. Manuel, día a día re superas. El cuento es impresionantemente bueno. Y conmovedor, ¡pobres niños!. Es una mezcla perfecta de horos, misterio y ternura. ¡por favor, no dejes de escribir nuna!

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    1. Jeje. Algo mórbido no? Narrado desde el punto de vista de unos personajes bastante peculiares. Y descuida, mientras viva, y amén de que no se arruine mi pc, seguiré escribiendo.

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  2. Entre de lo mejor que haz escrito. Sigue asi.
    Saludo desde mexico de un fiel seguidor que lee todos tus cuentos.

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    1. Gracias amigo. Me alegra que te haya gustado.

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  3. Da mucho que decir. Pero una pregunta, alguien más supo lo que había entre Ecrik y miguel. Digo, la madre de Erick casi los descubre, pero sospecha?. Y el viejo Elías, estaba poseído o era que venía de la guerra?, ya que maneja muy bien el cuchillo. Era canival o algo así. Una historia bien construida y con un final de los tuyos. Espero la próxima historia. Saludos desde Venezuela.

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    1. Pues por lo de los bravucones se deduce que en la escuela por lo menos sabían que Erick era de gustos peculiares. Ahora el viejo Elias era un caníbal, no era la primera vez que mataba, así que la práctica pudo haberle dado cierto grado de puntería. Un abrazo.

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  4. WooooooOOOOOO ,!!!! q cuentazooooooo!!!!!!!!!!! uno d los mejores , cada vez t superas , , sigue escribiendo asi .Saludos desde Peru =)

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    1. Gracias Marilu. Me alegra que te haya gustado.

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  5. Me pareció excelente el relato porque crea intriga todo el tiempo y al final se deja duda de que clase de ser es Elías digo si humano o no Felicitaciones Manuel

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    1. Gracias amig@. La intriga es parte del terror, así que procuro que haya una buena dosis de eso en mis historias.

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