Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

25 de febrero de 2015

Una noche en un hotel

La bruma era densa y cubría hasta donde alcanzaba la vista, y más allá, como una mortaja gris y húmeda. Pero lo peor era la nieve. Los copos eran grandes como canicas y golpeaban el coche como granizo. En algunos sitios la nieve había alcanzado medio metro de altura, y a pesar de las cadenas en las llantas, seguir avanzando era cada vez más difícil.
«Menos mal que no traje a mi esposa», pensó Ryan.
Casi la podía ver y oír en el asiento del copiloto.
—Te lo dije —su frase favorita—, no debimos salir hoy. Tendrías que haber esperado hasta mañana. Al diablo con tu jefe, que se pudra el maldito. Ni tanto que te paga para que expongas tu vida de esta manera. ¿Qué será de mí si algo te sucede? ¿Qué será de tus hijos?
«Maldita mujer». Nunca se callaba. Lo peor de todo es que ésta vez quizá llevara razón.
No eran ni las siete de la noche, pero la negrura era tal que pasaría por el corazón de la misma. Los faros del auto no llegaban más allá de diez metros, después todo era oscuridad.
Tenía entendido que unos diez kilómetros adelante había un pequeño pueblo. Sólo deseaba llegar allí, buscarse una buena cama y echarse a dormir. Al diablo con el jefe y su maldita reunión. Le diría que no pudo llegar a causa del clima y ya. ¿No lo despediría por eso o sí? Bueno, si lo hacía, por fin podría decirle unas cuantas cosas que desde hacía tiempo venía pensando y que ahora se agolpaban en su cabeza con rabia. Pero bueno, antes de buscarse una cama tendría que llegar al pueblo, ojalá el estúpido clima se lo permitiera.
Rabioso y frustrado siguió conduciendo. Menos mal que la rabia no lo hacía perder los nervios, de otro modo no habría podido corregir el rumbo en las ocasiones en que el auto se deslizaba hacia los lados y hacía mucho que se habría estampado contra un árbol.
En la carretera parecía no haber otra alma aparte de la suya. De alguna forma eso lo hacía sentir fuera de lugar, y la rabia fue cediendo su lugar al miedo. Miedo a un posible accidente, miedo a la espesa bruma y la recia nieve, pero sobre todo miedo a algo más supersticioso, como si algo o alguien que no le deseara nada bueno lo vigilara. Se dio cuenta que temblaba y tenía la piel de gallina, y no era precisamente por el frío congelante que hacía. Deseó con todas sus fuerzas llegar cuanto antes al pueblo.
De pronto aparecieron varias luces adelante, a un costado del camino, y su corazón se reconfortó. Durante un instante creyó que había llegado al pueblo, pero al revisar el tablero del coche constató que no había recorrido más de cinco kilómetros.
—¿Si no es el pueblo entonces qué…?
Una sonrisa de oreja a oreja cruzó su rostro, un letrero fosforescente a la orilla del camino anunciaba que había llegado a un hotel: El Rincón del Sueño.
—¡Carajos! —exclamó—. Creí que mi mala suerte hoy no tenía arreglo. —Sin pensárselo dos veces enfiló al estacionamiento cubierto de nieve del edificio.
«A menos que el hotel sea parte de mi mala suerte y haya aparecido sólo para que mi jefe me despida mañana. Eso sí sería irónico».
El edificio era de tres plantas, sobrio y elegante. En el estacionamiento no había muchos coches y los pocos que había eran bultos blancos en medio de la oscuridad. Ryan se bajó del auto y, al unísono, la puerta del hotel se abrió. Sufrió un sobresalto. Durante una fracción de segundo creyó que la puerta se había abierto sola, pero al ver salir por ésta a un anciano encorvado se reprendió mentalmente, aunque no estaba seguro si el aspecto del viejo lo tranquilizaba del todo.
El viejo abrió una sombrilla gris con sombras negras que asemejaban murciélagos y trotó hasta donde estaba Ryan. Era sorprendente que un viejo con tantas arrugas y tan encorvado se pudiera mover tan rápido. Era realmente feo y viejo. Tenía el cabello blanco y la piel grisácea y arrugada, los huesos se le marcaban en el pellejo y su rostro parecía el de una rata. Sin embargo, tenía una voz profunda y agradable.
—Buenas noches, señor —saludó, pero no esperó a que Ryan le respondiera—. Entrad por favor. —Lo tomó del brazo y lo haló hacia la puerta—. ¿No siente cómo la nieve rebota en su cabeza?
Ahora no la sentía, porque el viejo lo cubría con el paraguas. Tampoco hace un instante la había sentido, porque el viejo llamaba toda su atención. El viejo debió notar cierta resistencia porque dijo:
—Pero vamos, acompáñeme adentro. ¿O es qué quiere morir de frío acá afuera?
Ryan quería entrar, pero algo dentro de él lo retenía. De pronto aquel viejo con aspecto de rata le parecía repugnante y el perfil del hotel se le antojaba demoníaco y horroroso. Algo así como un sexto sentido lo invitaba a subir a su coche y marcharse, por muy feo que estuviera el camino. Pero desde luego eso no podía durar mucho, la idea de una sopa caliente y de una cama cálida pudo más y, asintiendo con la cabeza, se dejó guiar por el anciano.
—Mi nombre es John —dijo el anciano mientras caminaban—. Soy el dueño del Rincón del Sueño y lo he regentado durante más tiempo del que usted podría imaginarse. Me encanta atender a los clientes, aunque hay veces, como hoy, que no hay muchos, pero no importa, así puedo dedicarles un servicio más personalizado. A usted lo atenderé cómo a un Rey y le cobraré como a un campesino, una nimiedad. Creo que le daré la suite. Desde luego no es una gran suite, éste no es un hotel cinco estrellas, como usted comprenderá. Pero es la mejor habitación del hotel, su cama es amplia y las almohadas de pluma de cisne. ¿Le gustan las plumas de cisne? Porque si no es así puedo cambiárselas. Se lo pregunto porque se de personas que son alérgicas…
El viejo John no cesó en su cháchara hasta que Ryan estuvo instalado en la habitación más grande y lujosa del hotel. A cambio de quince minutos de parloteo incesante no parecía un mal premio. El viejo, alegre y jovial había reducido a cero la rabia de Ryan, y cuando vio la hermosa habitación en la que lo instalaron, también desapareció el miedo y la desconfianza que como un foco se habían prendido en su interior. Decidió que por fin tenía un rato de buena fortuna y se dejó consentir.
Más tarde el mismo John le subió una sopa de verduras y pollo, chuletas de cerdo que escurrían grasa y una botella de vino. Ryan se hartó hasta saciarse e incluso olvidó la regañina que sin duda recibiría el otro día, cortesía de su jefe. El viejo volvió una hora más tarde, se llevó los trastos, excepto una copa de fino cristal y una botella de vino extra que había traído.
—Es la mejor que tengo —dijo—. Hace incontables años que está en bodega, nunca nadie lo ha querido comprar, así que qué mejor que obsequiársela a usted.
Ryan le agradeció todas las atenciones y el viejo se marchó pidiéndole que la disfrutara, no sin antes decirle que no dudara en llamarlo por si necesitaba algo.
El vino era excelente, el sabor del verano era su esencia y Ryan pudo asegurar que nunca había probado algo tan delicioso. Se tomó una copa, sentando en un butacón junto a la amplia y rica cama, saboreando cada sorbo del caldo. Pensó que sí tuviera que vivir así, él no rechistaría para nada. Imaginó que los ricos disfrutaban de ratos así todas las noches, y por un momento sintió rabia hacia ellos, pero la hizo a un lado y se dijo que ese rato lo disfrutaría bien.
Se sirvió una copa más e imaginó que él era un magnate empresario. Aquel hotel era una de sus muchas posesiones y el viejo John, el mayordomo que se la cuidaba. ¿Y aquél delicioso vino? Uno de sus placeres. Podía darse más placeres si así lo quería, pero ahora no, lo único que quería era estar allí sentado, disfrutando aquel vino que tan relajado lo hacía sentir.
Ryan se terminó la segunda copa y se sirvió una tercera. Empezaba a sentirse mareado, y eso que no se terminó la primera botella. Le dio un buen trago a la tercera copa y escuchó un ruido. Volvió la vista hacia la dirección del ruido y se preguntó cómo demonios se había encendido la regadera. Tomó otro buen trago y fue a ver. Abrió la puerta sin ningún cuidado y por poco se le cae la copa cuando una sombra se escurrió. Ryan apagó la regadera y salió del baño inmediatamente, horrorizado.
Se terminó la copa de golpe y se sirvió otra; toda tranquilidad desaparecida. Lo que había visto tenía que ser un truco, de su mente, de la luz, del cuarto, de lo que fuera, pero tenía que ser un truco. Antes de que la sombra se escurriera Ryan distinguió la silueta y lo que hacía: se trataba indudablemente de la sombra del viejo John tomando una ducha.
A partir de ese momento su noche, que tan bien parecía discurrir, empezó a torcerse.
Apuraba su cuarta copa de vino cuando un golpe seco lo sobresaltó, la copa se le movió en las manos y una mancha morada se extendió por su camisa. «Maldición». El golpe seco volvió a producirse.
—Ya voy —dijo, tratando de limpiar con una servilleta la mancha. La mancha continuó allí.
Abrió la puerta. John estaba de pie frente a ésta, con los nudillos alzados, listo para llamar de nuevo. La sombra que la luz que salía de la habitación proyectaba en la pared de atrás era idéntica a la que había visto escurrirse en el cuarto de baño. John sintió el miedo atenazarle las entrañas.
—¡Oh! Veo que disfruta del vino. Eso me satisface mucho —dijo el anciano, sonriente, y jamás una sonrisa le pareció tan pavorosa al pobre Ryan—. Llamaba para ver si necesita algo: comida, golosinas, más vino, o compañía. No hay mucho trabajo esta noche, así que si usted lo desea… ¿Qué sucede? ¿Ocurre algo, señor?
Ryan trato de poner buena cara.
—Todo en orden, señor John —dijo. La voz le salió con un deje chillón—. El vino está delicioso. Y disculpe si soy grosero, pero creo dormiré ahora para salir mañana muy temprano.
—Como quiera —durante un instante una sombra cruzó el rostro del anciano. Ryan supo que el anciano no estaba nada complacido—. Que duerma bien. No dude en llamarme si necesita algo.
—De nuevo gracias por su amabilidad.
El anciano se marchó con pasó enérgico. Jamás un hombre tan anciano había gozado de tanta energía como aquel.
Ryan no tenía ganas de dormirse, pero tras haberlo dicho pensó que era lo mejor que podía hacer. Ya no se sentía cómodo en ese lugar. Lo mejor sería dormir hasta la madrugada y marcharse cuanto antes. Se terminó la copa de un trago y sin quitarse la ropa se tendió en la amplia cama.
Tenía la cabeza embotada, y la cama era más cómoda que la suya propia, en especial porque no tenía a la par a su esposa, roncando como locomotora y tirándose pedos como una motosierra, así que no tardó en caer en un sueño intranquilo.
Soñó que conducía por la carretera cubierta de nieve, sin embargo, en el cielo el sol brillaba y la brisa era cálida. Pero el sol se oscureció de improvisto, y el día se tornó negro y la carretera se volvió fango. Vio que una sombra había bloqueado al sol, y un líquido cálido le corrió por la entrepierna cuando vio que era una imagen gigantesca y alada del viejo John. La sombra abrió una boca aún más negra y lanzó hacia él algo oscuro. Los proyectiles impactaron en el auto y empezaron a escurrirse por cualquier lado. Ryan empezó a gritar cuando vio que se trataba de ratas, arañas, escarabajos y murciélagos; todos recorriendo su coche y su cuerpo.
Despertó en medio de un grito, horrorizado, y cuando creyó que todo había sido una pesadilla sintió rasguños y mil pies recorriendo su cuerpo. Saltó de la cama presa del pánico y encendió las lámparas en un santiamén, a la luz de éstas vio que la habitación estaba vacía. No había nadie. «No ha habido nadie», se dijo. ¿Entonces por qué aún sentía un cosquilleo en la piel?
Respiró hondo, y tentado estaba de llamar a John cuando el agua de la regadera empezó a caer. Dio un brinco del susto y esta vez sí se convenció de que no eran figuraciones suyas. Cauto, con pasos lentos, tratando de no hacer ruido fue al cuarto de baño. La llave de la regadera estaba abierta. La cerró con temor, girando la cabeza a diestra y siniestra, temiendo el ataque de algún monstruo en cualquier momento. Ningún monstruo lo atacó. Pero apenas había llegado a la puerta cuando el agua empezó a caer de nuevo. Ryan volvió la vista, horrorizado. La llave se cerró a sus ojos, luego volvió a abrirse, se cerró, se abrió… y así siguió hasta que Ryan cerró la puerta y corrió a la salida, horrorizado. Tras él oyó pasos, pisadas fuertes y confiadas. Sintió que el alma se le salía del cuerpo. Tiró del picaporte de la puerta, pero éste no cedió.
«¡Dios Santo! ¿Qué ocurre?»
Los pasos a su espalda estaban acercándose. Tiró del picaporte con más fuerza, pero éste siguió sin ceder un ápice. Cuando sintió que los pasos estaban sobre él se giró, veloz, dispuesto a plantar cara. Allí no había nadie, y los ruidos cesaron.
Una risa amarga, cargada de locura, brotó de su garganta. «¡No hay nadie! —se dijo— Solo es mi imaginación. Eso y todo ese vino viejo que me tragué». Se rió un momento más, hasta que un movimiento atrajo su atención. Las sábanas de la cama se agitaban como si algo rebullera bajo ella.
«¡Maldición! No es mi imaginación». Apenas pensaba esto cuando un torrente negro de alimañas empezó a brotar de debajo de las sábanas, los mismos bichos de su pesadilla. El horror se apoderó de Ryan, que empezó a gritar y a golpear la puerta. Pronto el suelo estuvo tapizado de ratas, arañas, escarabajos y lagartijas. Los murciélagos aleteaban de un lado a otro, el ruido del agua cayendo en el piso provenía del baño y en medio de aquel caos, era posible distinguir el ruido de pisadas. Ryan creyó que se volvería loco.
De pronto la puerta se abrió. Ryan se horrorizó aún más, él no la había abierto. Al otro lado apareció el viejo John, llevaba un garrote en la mano, puede que un bate de béisbol.
—Gracias a Dios, no sabe lo que está ocur… —pero se calló de golpe, porque el viejo John estaba diferente.
A simple vista el cambio era imperceptible, pero Ryan sabía que había en él algo diferente, quizá eran los ojos, malévolos y delirantes. Sí, eran los ojos, pero también su sonrisa, y sus caninos, puntiagudos y filosos… El garrote se descargó en su cabeza y Ryan vio un destello de luz antes de caer. Lo último que vio antes de sumergirse en la inconsciencia fue una boca de agudos dientes acercarse a su garganta.

Ryan despertó a la mañana siguiente, recostado en el volante de su coche. Un millón de pensamientos se agolparon en su mente. ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué le dolía el cuello? ¿Por qué se sentía tan agotado?
Imágenes de bichos, sombras que se escurren, pasos que no tienen dueño, empezaron a desfilar por su cabeza y recordó que había tenido una pesadilla. Sí, había sido una pesadilla. En algún momento de la noche debió haberse salido de la carretera, quedándose dormido en el acto. No era una hipótesis muy confiable, pero era mejor que creer que todo había sido real. Porque de ser así ¿no estaría muerto en lugar de estar en su coche? Así, convenciéndose de que nada había sido real puso en marcha el coche y enfiló en busca del lugar al que debía llegar.

En ningún momento se vio los dos orificios que adornaban su cuello.

7 comentarios:

  1. Oh cielos pobre tipo, vaya, no es mentira que los jefes son terribles al pagar ta mal, y llamar a los empleados para reuniones, bueno no todos los jefes son malos. Que bien que logró sobrevivir, aunque ¿los agujeros en su cuello le causará algún problema? .Espero la próxima historia y que bueno que no dejaste el blog.Saludos desde Venezuela.

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    1. Pues quién sabe lo que pase con esos agujeritos. Un final ambiguo, abierto a cualquier interpretación. Me gusta probar con distintos finales, así nunca están seguros con lo que os saldré. Saludos.

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  2. Un cuento excelente. Recreas muy bien la atmósfera, ¡yo me sentía allí, en la carretera en medio de la niebla! y transmites perfectamente la angustia y los sentimientos del protagonista. . Y el final es inesperado. Me temo que la mujer de Ryan va a dejar de roncar pronto! Enhorabuena y sigue así. Saludos desde España.

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    1. Gracias Esther. Me halagas con tus palabras. Bueno, uno hace lo que puede. Basta decir que prácticamente no planeo lo que escribo, concibo una idea y escribo, y el resultado son estos cuentos que gustosamente os regalo. Gracias por leerme.

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    2. Pues el resultado es estupendo. Sigue así, u por favor ¡no dejes de escribir!

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