Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

11 de febrero de 2015

Los terrores de un bosquecillo

El embotamiento que le produjo la cerveza lo hizo perder pie. El poste del último faro de luz lo detuvo en su trayectoria hacia el suelo. Se enderezó torpemente, recostó la espalda contra el madero y se permitió unos cuantos suspiros. Estaba borracho. Quizá no debía haberse excedido con la cerveza, aunque haciendo honor a la verdad, no supo que se excedió hasta que fue demasiado tarde. Además, el film estuvo muy bueno, al igual que las lonchas de cordero asado.
—Te pisaste querido Jerry —se dijo. En la soledad de la noche, su voz sonó irreal y pastosa—. ¿Cómo haré para llegar a casa? Muy sencillo amigo, poniendo un pie delante del otro.
Volvió la vista hacia el pueblo. Las casas de una planta y techo de láminas y paja estaban todas oscuras, a excepción de la del buen amigo John, de la cual aún salía luz por las ventanas. También se oía el murmullo de las conversaciones, una que otra carcajada y hasta un grito esporádico, cuyo origen no era otro que una garganta alcoholizada. Era cerca de media noche, pero la fiesta no había ni mucho menos terminado. Sin duda se prolongaría hasta las dos o tres de la madrugada. Sintió una punzada de envidia. Pero no podía quedarse. Mañana tenía que levantarse temprano para atender al ganado, las gallinas y los cerdos.
Apartó la vista de la casa de John y la posó en el camino que serpenteante y oscuro se perdía en los bosquecillos que tenían su empiezo en las espaldas de las últimas casas. Su hogar estaba mucho más allá, lejos de la algarabía del pueblo, así como lejos de la televisión y la luz eléctrica. En noches como aquella lamentaba no tener ninguna de esas comodidades en su humilde choza, aunque siendo un hombre solitario como era, suponía que no aliviarían demasiado la monotonía de su vida.
El ulular de un búho acompañó una estridente carcajada venida de la casa de John. Jerry reprimió un escalofrío. Fue una combinación escalofriante.
Y ahora tenía que llegar a casa. Negro, su fiel caballo, había sufrido una torcedura de tobillo esa tarde y no lo pudo traer al pueblo. Era la primera vez que venía al pueblo sin él. Y no fue hasta ahora, que veía la oscuridad condensarse más allá del farol sobre su cabeza, que comprendió cuánto lo necesitaba.
—Ya lo sabes Jerry —habló en voz alta—, un pie delante del otro.
Se soltó del poste del farol y siguió su propio consejo. Un pie delante del otro. Trastrabilló un poco antes de detenerse de pie, todo lo firme que el alcohol se lo permitía. Un pie delante del otro. Así, hasta que salió de la rueda de luz del último farol. Allí la oscuridad era casi negra. Levantó la vista al cielo, arriba solo había nubes, dos únicas estrellas y ni rastros de la luna. Jerry sintió una opresión en el pecho, nunca había sido amigo de la oscuridad. Rebuscó en los bolsillos y en el interior de su camisa, no encontró la linterna. Maldiciendo su mala suerte siguió adelante.
—Después de todo, ¿Qué puede pasar?
Su voz se perdió en la noche y un búho le respondió. El ululato tenía una cualidad mística, tal que Jerry pensó que el búho le estaba hablando.
—¿Dios, qué he hecho? —Se cubrió con los brazos para aplacar un poco los temblores y el intenso frío que de pronto sentía, y sin apartar la vista del camino siguió avanzando.
Su pregunta se refería a por qué había ido al pueblo esa noche, sin Negro, sin su linterna, y por qué se había emborrachado, sabiendo lo susceptible que el alcohol lo volvía. Y lo peor de todo, ¿Por qué había visto la película de terror? Esa en la que un meteoro cae en el bosque y metamorfosea de la forma más horrenda a todos los animales. Si hasta podía jurar que el búho que ululara hace un momento ahora lo miraba con ojos de fuego e intenciones macabras.
—No pienses tonterías mi buen Jerry. —Clavó la vista en el suelo—. Sigue tú camino y nada pasará.
Al dejar más atrás la luz del farol, la oscuridad cedió un poco y fue posible distinguir perfectamente el camino y la silueta de los arbolillos que lo flanqueaban. El aire frío de la noche los hacía balancear suavemente y al rozar sus ramas producían susurros, como si hablaran acerca del solitario individuo que pasaba frente a ellos.
¡Un momento! ¡En verdad hablaban!
—Mirad a ese pobre hombre —dijo uno.
—Ya lo veo —respondió otro—. Sólo, borracho, sin mujer, sin hijos y pronto a pasar de los cuarenta años.
Los susurros se convirtieron en risas, las risas en carcajadas. De pronto todo el bosque se reía de él.
—Es un perdedor. Jajaja.
«No es real, no es real, no es real —se repetía Jerry en la mente—. Estoy ebrio, asustado y en medio de un bosque a mitad de la noche».
—¡Oh, somos muy reales, Jerry!
Jerry clavó aún más la vista en la tierra, se abrazó fuertemente y apretó el paso.
Un búho empezó a ulular. Pero no con un ululato común, sino en una nota cantarina, que se acoplaba de forma siniestra con las carcajadas de los árboles. Al primer búho se le unió un segundo, y después un tercero. Al final parecía que por cada árbol que se burlaba de él había también un búho. Y la noche se convirtió en un tormento.
«¡Dios! ¿Qué ocurre?»
Definitivamente no tenía que haber salido esa noche. No sin Negro. Tendría que haberse quedado en casa, oyendo su viejo radio, y a la locutora que de 10 a 11 pm lo hacía soñar con voz melodiosa. O al llegar al pueblo, en lugar de ir a casa de John, hubiera ido a visitar a doña Josefa. La regordeta viuda era una señora afable que siempre tenía una sonrisa y una taza de café para Jerry, bueno, también era cierto que él financiaba ese café y puede que hasta la sonrisa. Pero Jerry no iba por la sonrisa ni por el café. No, Jerry quería algo más de la señora, la hija de diecinueve años y ojos negros, sin dar más rodeos.
Hacía dos años que Jerry venía cortejando a la joven. Doblaba en edad a la muchacha, pero como dicen que para el amor no hay edad… Jerry empezó visitando a doña Josefa alegando pretextos poco creíbles, pero la señora tenía un sexto sentido para esas cosas e inmediatamente se percató de las verdaderas intenciones de Jerry. Lejos de lo que el pobre hombre había imaginado, la señora había sonreído cómplice, guiñándole un ojo, y le aseguró que tenía todo su beneplácito para que cortejara a su hija, ya que le parecía, según dijo, un hombre de buen hacer y que sin duda podría ofrecerle una vida digna a su querida muchacha.
De modo que Jerry se vio atrapado, y para no bajar ningún escalón respecto al altar en que lo tenía la señora, tuvo que verse magnánimo, regalando toda suerte de obsequios a la señora. Y la cortejada, de nombre Celeste, le pagaba obsequiándole una sonrisa pícara cuando la señora volvía la vista, o con un leve roce de su suave mano en la suya cuando había ocasión. Nada más. La chica mantenía la distancia, y eso la elevaba a los ojos de Jerry. Pero en el pueblo se rumoreaba otra cosa.
De pronto las risas de los árboles aumentaron de intensidad y Jerry se sintió desfallecer.
—¡El pobre Jerry! —gritó uno, alto—. ¡Está enamorado!
—Adivinen de quién
—De la chica más pródiga de todo el pueblo.
—¿Pródiga?
—Sí. Pródiga en sus caricias, pródiga en sus besos, pródiga con su humedad entre las piernas. Jajaja. Pródiga con todo mundo, menos con el pobre Jerry.
—¡Callaos! ¡Callaos! —Gritó Jerry. Aquello era el colmo. Se cubrió los oídos y echó a correr.
—Jajajaja.
Las risas lo acompañaban, lo seguían, lo atormentaban.
«No es real, no es real, no es real».
—¡Oh dulce Celeste! ¿Por qué eres tan bondadosa con los demás y tan mezquina con el pobre Jerry? ¿Es qué no es suficiente con todo lo que te ha dado?
Las carcajadas de los árboles le hicieron coro.
—Con lo que Jerry ha derrochado en ella podría haberse comprado mil mujeres. ¿O sabrá que Jerry tiene el pito del tamaño de un maní?
—¡Qué gran perdedor!
En su alocada carrera por huir de aquellas voces siniestras y burlonas, Jerry no vio la raíz que se metió entre sus piernas. Dio con la cara en el suelo y la sangre empezó a manar de la nariz. Se taponeó la nariz con la camisa… y entonces se dio cuenta de algo: el bosque se había quedado en silencio.
Por un minuto se olvidó de su sangrante nariz y se quedó quieto, sentado en el suelo, con la cabeza fija en un frondoso amate. El árbol de raíces y ramas nudosas ofrecía un aspecto tétrico, las formas oscuras de sus hojas creaban seres de pesadilla, pero no hablaba ni se movía.
Entonces fue Jerry el que se echó a reír. Era una risa de alivio. No lo podía creer. Todo había sido un truco de su mente. Sólo había escuchado lo que odiaba de su vida, llenándose de terror con su propia imaginación. Jerry rió, rió hasta el cansancio, hasta que la garganta le dolió. Entonces se echó a llorar. Las voces tenían razón. Su vida no era como debería ser. Tomaba demasiado, era solitario y la mayoría del tiempo se sentía desdichado. Celeste le sonreía muy bonito cuando la veía, e incluso había llegado a darle uno que otro besito, pero no le daba el sí. Sin embargo, se rumoreaba que a medio pueblo si le daba el sí y mucho más.
En medio de su llanto algo le llamó la atención. Algo se movió en el amate que tenía enfrente. Por un momento temió que fuera el árbol cobrando vida. Pero no. Era una sombra pequeña, daba saltitos en las ramas y se acercaba más y más. Entonces lo reconoció, se trataba de un búho, un búho de ojos naranjas y… ¡Oh no! ¡Tenía la cabeza de revés!
Jerry se puso de pie de un salto.
Fue como si ese salto hubiera hecho cobrar vida al bosque entero. El amate se enderezó y sus ramas se agitaron, en su nudoso tronco apareció una boca grande y dos ojos como cuchillas. El ruido de la madera enderezándose, el de las ramas al chocar entre sí, el de las hojas al rozarse, llenó el mundo durante un instante que duró una eternidad. Jerry estaba paralizado por el horror. Intentó decirse que nada era real pero la voz no le salió.
Los árboles se levantaron. Dejaron agujeros informes y tenebrosos allí dónde estaban sus raíces y formaron un coro alrededor del desdichado Jerry. El búho, una especie de adorno macabro, giraba la cabeza como la manecilla de un reloj.
—¿Ya no sigues llorando? —quién habló fue el feo amate, y se inclinó hasta casi rozarlo—. ¿Se te secaron las lágrimas, querido?
Jerry esperó una ronda de carcajadas como respuesta al comentario mordaz, pero todo se mantuvo en silencio. No sabía qué era más aterrador.
—Tienes una vida lamentable, Jerry —la voz vino de sus espaldas. Aún tuvo la audacia de girarse para ver al dueño de la voz, pero los árboles lo miraban sin inmutarse.
—Tienes que disculparnos, Jerry —el amate volvió a hablar. El búho lo secundó con un ululato fúnebre—. Has hecho el tonto demasiado tiempo. Créenos, será lo mejor para ti.
El tono de su voz, el ruido de la madera al doblarse, la lentitud con que las nudosas ramas se acercaban, el silencio sepulcral que lo rodeaba… Jerry no tenía que estar sobrio para entenderlo ¡Iban a asesinarlo!  
De pronto el miedo a la muerte le devolvió la voz y la movilidad de su cuerpo.
—¡No! —Gritó y se volvió dispuesto a echar a correr.
Tras unos árboles una sombra se movió y un relincho harto conocido rompió el silencio.
—¡Negro! —Exclamó Jerry—. ¡Has venido por mí, amigo!
La silueta de su caballo se perfiló entre los árboles, se abrió paso y llegó hasta el círculo en el que lo tenían.
Aquello fue más de lo que pudo soportar. Cayó de culo, las piernas flácidas y un dolor agudo y penetrante en el pecho. Las manos nudosas del amate le rodearon el cuello e hicieron presión.
Negro relinchó y coceó. Su adorado caballo, única compañía confortable en la soledad de su vida, tenía el rostro feamente asimétrico, pezuñas de cabra, una hilera de púas en la columna y del vientre, como una especie de ubre, colgaba el torso de su adorada Celeste, horrendo y deformado.
La presión en su garganta aumentó y la mente de Jerry se perdió en la oscuridad.

Despertó a la mañana siguiente a las puertas de su casa. Negro lo despertó golpeándolo con el moro. Nadie supo qué obró el gran cambio en Jerry. Lo cierto es que dejó de tomar, no volvió a visitar a doña Josefa y a su hija Celeste y al cabo de un año vendió todo lo que tenía y jamás se le volvió a ver en el pueblo.
Respecto a aquella noche de horror, ni siquiera el propio Jerry está seguro sobre lo que ocurrió. Realidad o imaginación, ya nada tiene importancia. Lo único cierto es que cambió su modo de vida y no se acerca a un bosquecillo por la noche ni por todo el oro del mundo.

11 comentarios:

  1. m encanto!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!.Marilu

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  2. Y a mi también me encantó. Sigue así lo haces muy bien!! Atte : alba

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  3. Que bien. Y el catorce os traigo algo de amor, o quizá no tanto. Os invito para que lo descubráis.

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  4. Muy bueno. Suspense e intriga hasta el final. Sigue así .Silvia. Lo pongo en anónimo porque si no , no deja publicar el comentario. Saludos desde España.

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  5. Me encanta tus historias menos mal ke decidiste en no cerrar el bloc me alegro las historias impresionante

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  6. ¡qué cuento tan bonito! escribes muy bien. ¡que bien que hayas decidido continuar con el
    blog!

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  7. ¡qué cuento tan bonito! escribes muy bien. ¡que bien que hayas decidido continuar con el
    blog!

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  8. Me alegra que os haya gustado el cuento chic@s. Es por eso por lo que escribo, para entreteneros, además de que me sirve de práctica. Cualquier tachón o duda respecto al cuento no dudéis en mencionarlo. Un abrazo para todos.

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