Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

14 de febrero de 2015

Lo que se hace por amor

Martin se pasó las manos untadas de loción por el seboso cuello, terminó de arreglarse el negro cabello (escaso en la coronilla y en buena parte de los flancos) y se aplicó varias rociadas de colonia. A pesar de todo, su aspecto era desagradable, y él lo sabía. Su rostro era redondo, con la reciente afeitada se le veían manchas rosadas allí donde había estado la barba. La papada le colgaba feamente, tenía ojos de porcino, hundidos en la grasa, la nariz ancha y chata y una boca grande. Pesaba ciento cincuenta kilos y apenas medía poco más de cinco pies, con lo que las tetas y la panza le colgaban de manera grotesca. Trataba de ocultarlo todo arreglándose lo mejor que podía y usando ropa holgada.
A pesar de todo, cuando salió del cuarto de baño sonreía como idiota. Era catorce de febrero, el día del amor, y estaba dispuesto a pasárselo bien con una chica que le robó el corazón desde la primera vez que la vio. ¡Ah, cuando estás enamorado flotas como un pajarillo!
Su nombre era Jackelin y para Martin era una beldad entre las beldades. La chica tenía veinte años, veinticinco menos que el propio Martin, pero eso no había sido ningún impedimento. Más alta que él, de cuerpo de líneas pronunciadas y una espesa mata de cabello castaño, Martin no había tardado en quedar prendado de ella. No así la chica, pero eso era algo que muy pronto dejó de tener importancia.
Salió a la recién iniciada noche y se fue a acomodar al raído sillón de su viejo coche de tiempos pretéritos. El auto rechinó en una débil protesta hacia su ocupante. El perro del vecino empezó a ladrar, como siempre desde hacía muchos años. Era increíble que ni a los perros lograse caer bien. Pero eso lo traía sin cuidado.
Batalló durante un minuto para lograr que el motor respondiera, y uno más para ponerlo en marcha, pero cuando lo hizo, se deslizó con seguridad en las silenciosas calles del barrio de poca monta en el que vivía.
Vio por primera vez a Jackelin seis meses atrás, en la plaza de un supermercado. Como casi siempre, él se encontraba tragando una enorme empanada en una de las bancas, solo, por si fuera poco. La muchacha se sentó al otro lado de la pasarela, ataviada con Jeans que se ajustaban a sus curvas y una blusa escotada que mostraba el empiezo de sus firmes senos. Desde luego, una mujer como aquella no podía andar sola. Junto a la chica se sentó un joven muy apuesto, alto, de brazos fuertes y ojos azules. Alguien que practicaba algún deporte o iba al gimnasio, sin duda alguna, esos por los que las chicas de hoy babean. El joven pasó un brazo por los hombros de la chica, la besó en la boca y se pusieron a charlar muy contentos.
Martin se sintió fatal al observar aquella escena, pero no se amedrentó demasiado. Decidió en su fuero interior conseguir aquella hermosa mujer, hasta el punto de hacer lo que fuera, jugarse la vida si fuera preciso. Comenzó a partir de ese día con un trabajo de espionaje.
El maullido de un gato lo devolvió a la realidad, y el bamboleo del coche al pasar una rueda sobre él.
«¡Carajo!», pensó.
Por el retrovisor vio al felino mover las patitas en un último estertor. Aminoró la marcha de cuarenta a veinte kilómetros por hora, asustado. Se decía que matar a un gato traía mala suerte. ¡Rayos! Si en lugar de ir rememorando días pasados llevara la atención puesta en la carretera habría podido esquivar al animal. ¿Significaba eso que algo podría salir mal esa noche? No, eso no podía ser. Se suponía que esa sería su gran noche, tenía que ser su gran noche.
Luchó por sacar de su mente la horrenda imagen del gato moviendo sus piernecitas y trató de pensar en los placeres más cercanos. Lo consiguió sólo un poco.
Pensó en Jackelin, la hermosa Jackelin. La imaginó tal cual debería estar en el lugar que él había elegido: semidesnuda, vestida únicamente con lencería sexy de color rojo, un color que también él había escogido. La muchacha había dicho que lo complacería en todo, y Martin estaba sacando provecho de ello. El sólo imaginarla lo excitó y sintió una gran presión en los calzones. Sonrió con satisfacción. Sería gordo y feo, pero al menos en la parte que distingue a los hombres de las mujeres competía con el que más.
Era increíble que estuviera a punto de hacer uno de sus sueños realidad. Quién lo hubiera imaginado seis meses atrás. Jackelin no, por supuesto, pero él sí, algo había supuesto.
Recordó que había hecho gala de sus dotes detectivescas, de tal modo que a la semana siguiente ya sabía más de la muchacha que la madre misma. Bueno, la madre no sabía los nombres de todos los hombres con los que Jackelin había estado, Martin sí llegó a saberlo. También supo el nombre de los padres, hermanos, domicilio, hobbies y sueños. Sabía a qué horas se iba a la universidad, que días se salía antes de tiempo para irse con su novio (el guapetón ese del supermercado que se llamaba Marvin, casi igual que él), incluso llegó a saber qué amigas le agradaban realmente y quiénes eran a las que sólo les fingía.  
Rebuscando entre su historial de novios Martin se consoló al saber que no todos habían sido tan agraciados como el actual, lo que venía a ser igual a que Martin tenía una oportunidad. De manera que unos días después intentó acercársele. Acción que resultó ser un fracaso total. Sonrió al recordarlo. Pero eso había quedado atrás. Esa noche Jackelin finalmente sería suya. Cuánto habían cambiado las cosas desde hacía seis meses. La noche anterior la joven incluso le había dicho que lo amaba.
Las calles por las que transitaba estaban cada vez más silenciosas. La noche avanzaba paulatinamente. Aun así, dio con varias parejas de jóvenes, y otras no tan jóvenes, que caminando de la mano se sonreían con amor y se hacían zalamerías. Martin sintió una punzada de dolor, pero al mismo tiempo de alegría. Siempre había estado solo. Siempre pensó que Dios la había tomado con él: lo hizo gordo y feo. Ni siquiera le había dado el don de la palabra. Alguien le dijo una vez que no importa si eres bonito o feo, sino que las chicas se conquistan con detalles y frases hermosas. Él no tenía ni eso. Por lo general la lengua se le volvía de plomo cuando estaba frente a una mujer bonita. Pero con Jackelin había vencido ese miedo. Por eso sonrió al ver a las parejas, ahora sabía lo que era el amor. Sin embargo, la imagen del gato muerto, estirando las patitas en sus últimos agonizantes segundos, aun la veía regularmente.
Pronto el coche estuvo desfilando por las calles del barrio al que se dirigía. Era un barrio muy bonito, bastante alejado del casco urbano de la ciudad. Las casas estaban en un lote diferente cada una, a diferencia del casco en donde se arracimaban una junto a la otra. Todas las fachadas estaban pintadas y limpias y los jardines bien cuidados. Un lugar muy bonito para un encuentro amoroso.
Jackelin lo esperaba en una de esas casas. Martin la había comprado hacía diez años, con algo de sus ahorros. Siempre hacía tiempo para ir a limpiarla y recortar el césped, especialmente los domingos. Aunque a veces también se quedaba unas noches allí. Le gustaba mucho la casa, le guardaba cierto cariño, y había sido de gran ayuda desde que la había comprado, aun así, era reacio a tomarla como su residencia oficial. No, de eso nada. La casa le era útil para otras cosas simplemente. Esa noche, por ejemplo.
No tardó en detenerse frente a la susodicha casa. Era de dos plantas, color melón y el jardín se mecía al compás de la suave brisa. Estaba todo oscuro allí, pero no se preocupó, era un hecho que Jackelin estaba allí dentro. La casa tenía una excelente ubicación. La casa de la izquierda estaba abandonada, hacía diez años había sido de una anciana viuda, pero la pobre ya había partido en pos del marido fallecido hace muchas décadas. La de la derecha pertenecía a una mujer de casi cuarenta años, diez años atrás trabajada en un bar como bailarina y prostituta, ahora hacía lo mismo, por lo que no estaba durante la noche. Atrás había un terreno baldío, y de la del frente estaba separado por una ancha vía.
El auto pareció crecer unos centímetros cuando Martin bajó y fue abrir el garaje. La cortina de metal no produjo ningún sonido cuando la izó. El coche decreció nuevamente cuando volvió a meterse en él y lo introdujo en su covacha. Casi sufre un infarto cuando los faros del auto alumbraron la pared del fondo, al pie de ésta estaba el maldito gato atropellado, moviendo las piernecitas como hacía un rato. Martin cerró los ojos en un acto reflejo y el coche se apagó de golpe cuando soltó pedales y palanca.
El corazón le golpeaba fuertemente el pecho. Apretó más fuerte los ojos cuando creyó escuchar un pequeño maullido. Estuvo un minuto así, hasta que por fin se atrevió a abrir de nuevo los ojos, los faros alumbraban una pared lisa, al pie de ésta no había nada. Pero Martin estaba convencido que no había sido una alucinación, el gato estaba allí, podía jurarlo de ser necesario. Quizá aquella no era una buena noche después de todo. Por un instante se planteó la posibilidad de poner en marcha el coche y regresar a casa, a su otra casa. Después de todo, Jackelin le había dicho que lo amaba, era seguro que estaría disponible para él otro día. Pero renegó inmediatamente tal pensamiento, era la noche del catorce de febrero. No, ningún gato lo disuadía de sus planes. Se reafirmó en su convicción, salió del coche con paso seguro, cerró la cochera, metió la llave en la ranura de la puerta de enfrente y entró.
El lugar estaba oscuro. No parecía que allí dentro estuviera esperándole la mujer de sus sueños. Ni siquiera se molestó en encender la luz. Había hecho el mismo recorrido un millar de veces con anterioridad. Condujo su horrendo cuerpo pasillo adelante. Tanteó la pared hasta que dio con una puerta. Entró a un pequeño cuarto aún más oscuro que el resto, y la fuerza de la costumbre lo guío hacia la trampilla con acceso a los pisos inferiores. La imagen del gato muerto en la carretera se repetía en su mente una y otra vez. Y de vez en cuando lo miraba tendido en la cochera, estirando sus piernas fatídicamente.
El sótano estaba oscuro, terriblemente oscuro. En esta ocasión sí accionó el prendedor que estaba al final de las escaleras. El lugar se iluminó con lentitud. El sitio tenía un aspecto de lo más común, húmedo y sucio. Pero no era allí a donde Martin se dirigía. Con torpeza fue a una de las esquinas, hizo a un lado un viejo sofá y levantó la tapa de la trampilla secreta. La fragancia a mujer, a copulación, a sufrimiento, emanó del agujero y Martin se olvidó del gato y todo lo demás.
El lugar era obra de su creación. Le había tomado más de dos años terminarlo, pero la recompensa fue grande. Después de encender las luces, avanzó sin titubeos hacia una habitación al final del pasillo. No miró hacia ninguno de los lados.
Jackelin lo esperaba acostada en el enorme lecho, vestida únicamente con lencería color rojo. Su piel bronceada tenía un brillo especial. Martin sintió la presión en sus calzones. Se palpó el miembro y lo encontró duro. Cerró la puerta y empezó a desvestirse.
—¿Cómo estás, cariño? —preguntó.
La chica soltó un leve quejido como respuesta.
—Con que esas tenemos. La princesa no quiere hablar.
Se quitó la playera y su enorme vientre quedó libre, las tetas le colgaron. La chica pataleó, como debatiéndose.
—¡Hey! ¿Por qué esa actitud? Pareciera que no me amaras. Anoche dijiste que me amabas.
Se quitó los zapatos y se zafó el pantalón.
—Hace ratos atropellé un gato —dijo—. ¿Te lo puedes creer? No sé si me vaya a traer mala suerte. Bueno, eso no importa. Lo importante es el ahora. La noche de amor que pasaremos juntos.
Lo último fueron los calzones y quedó a la vista su miembro duro, venoso y enorme. Los ojos de Jackelin se abrieron como platos y se debatió tratando de huir, de resistirse, pero era del todo punto imposible.
—Sólo cierra los ojos —dijo acercándose a la cama—. Y prometo que lo disfrutarás igual o más que yo. Después ni querrás irte.
Le quitó el trapo de la boca a la chica y le metió la polla en lugar de éste.
—Si intentas hacer algo te mueres aquí mismo —le advirtió—. Y tú familia y tu noviecito van después.
La chica se mostró dócil, aterrada como solo Martin podía conseguirlo, incluso le quitó uno de los grilletes que la mantenían unida a la pared, para que tuviera un poco más de movimiento y lo satisficiera como él quería. La cabalgó dos veces en menos de diez minutos. Y una tercera vez diez minutos más tarde. Al final Martin estaba extasiado, había sido mejor de lo que había supuesto. La chica lloraba junto a la cama, asqueada, aterrada y quién sabe qué más. Martin no sintió ni pizca de remordimiento. Él lo hizo por amor. Se le había acercado con buenas intenciones, pero ella lo había rechazado sin conmiseración, lo llamó cerdo y muchos epítetos que se le parecían.
La miró allí, hecha un ovillo, desnuda, el rostro cubierto de lágrimas y el cuerpo de semen. Ya no parecía tan atractiva como antes. Tampoco había dicho nada en toda la noche, excepto llorar, pero eso no contaba. Si seguía comportándose igual quizá no fuera necesario rebanarle la lengua. Se dio cuenta que aún no había terminado. Su miembro aún quería más.
Se bajó de la cama y obligó a la joven a ponerse de pie. Le quitó el último grillete y la llevó a su celda. Allí tenía cama, agua, baño y hasta comida. Que no se dijera que Martin era un mal agradecido o un mal carcelario con quienes tanto placer le proporcionaban.
Entonces se quedó de pie en el pasillo, escudriñando las otras celdas, desnudo, con toda su fealdad a la vista. Quién sería la siguiente. ¿Jenny, la rubia de trasero pecoso o Helen, la de cabello rizado y que ponía más amor al acto? Las chicas se encogían y retrocedían a un rincón de su celda cuando Martin las miraba. Le asqueaba y lo ponía furioso que hicieran eso. Miró en cada una de las diez celdas, debatiéndose por quién escoger. En la última había una que había desmejorado mucho, Angie si no recordaba mal, le habían salido arrugas en la piel y tenía el pelo sucio y enredado. Tendría que deshacerse de esa y conseguir alguien más joven, como se había desecho de Carie para hacer espacio a Jackelin, o quizá necesitase más celdas, o también podía meter dos en cada una. Había muchas posibilidades…
Entonces lo vio, y ésta vez sí cayó de culo, aterrado hasta límites indecibles. Apenas a un metro de él estaba el maldito gato, en sus últimos estertores como siempre aparecía. Las mujeres también lo vieron, porque abrieron los ojos. Lo peor de todo no era el gato muriéndose, sino el ruido de las sirenas allá afuera y el de los golpes intentando derribar las puertas de su casa. Las mujeres también percibieron eso, y aunque no podían gritar al carecer de lengua, empezaron a hacer toda clase de ruidos. Jackelin lo miró fijamente y una sonrisa felina curvó sus labios.
—Se llama Lucy —dijo—. Es mi gatita, sabía que no me dejaría sola.
Martin sintió que el corazón se le paraba. Pero no fue así. Aún tuvo tiempo de pensar muchas cosas. Lo atraparían, era innegable que lo atraparían. También querrían quitarle a sus mujeres, pero eso no lo podía permitir ¡Eran suyas, de nadie más! De modo que decidió hacer lo único que podía hacer.
Fue a la habitación, regresó con el manojo de llaves de las celdas y un machete en la mano.
—Ustedes son mías —dijo—. ¡Mías! ¡Nadie más las tendrá! Deben comprender que esto lo hago por amor.
Cuando abrió la primera celda y degolló a la mujer que había allí, todas se pusieron como locas e histéricas. Jackelin perdió la mirada felina y empezó a gritar y a chillar.
La policía jamás llegó a tiempo. Ni para salvar a las mujeres, ni para atrapar con vida al hombre. Pero al menos, el resto de las mujeres estaría a salvo. Al menos durante un tiempo, hasta que alguien decidiera replicar la noticia que sin duda sería titular en todos los periódicos. 

11 comentarios:

  1. Madre mía que historia tan aterradora .

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  2. Que historia yo pensaba mientras leía en que momento Martín pudo seducir a Jackeline.

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    1. Pues usó un método muy efectivo. Espero no se os vaya ocurrir aplicarlo. Un abrazo amig@.

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  3. woaaa !!!!! historia alucinante , yo tb pensaba que Martin habria logrado conquistar a Jackelin ... jeje. Buena historia .Saludso desde Peru.marilu

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  4. ¡un relato escalofriante! La pena que la ilustración del comienzo da una pequeña pista sobre el giro dde la historia. Pero, aún así, ¡pone los pelos de punta!

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  5. ¡un relato escalofriante! La pena que la ilustración del comienzo da una pequeña pista sobre el giro dde la historia. Pero, aún así, ¡pone los pelos de punta!

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    1. Increíble no? Sucesos como estos ocurren en la vida real. Quizá yo lo masifiqué un poco. Gracias por leerme.

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  6. Wow!!!
    Y yo pensando en que habria hecho Martin para seducir a Jackelyn y todo fue distinto a como lo esperaba!!
    Me encanto!!!

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    1. Jaja. Pensaste en algo romántico y fue todo menos eso.

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